Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 35 de 48

Páginas del PDF

Gladiadores

Encuentro en Herculano

sacado de un sótano donde la debían de haber tenido en ayunas muchas horas.

–Dos días.

–¿Y por qué no me has dicho nada?

–No me gusta pedir -respondió ella.

Encuentro en Herculano

La litera que llevaba a Lacertio se alejaba en la noche de agosto hacia Pompeya tirada por mulas. Detrás de las cortinas corridas, Lacertio intentaba en vano conciliar el sueño. Tendido sobre una fina sábana, un muchacho de unos quince años dormía desnudo junto a él.

Lacertio había recibido de Esporo una tablilla en la que le informaba del inesperado comportamiento de Palfurnio. Ante el asombro general, éste había transformado su palacio abierto de par en par en un campamento atrincherado, custodiado por guardianes en pie de guerra. La tablilla no decía -la cera grabada no puede pecar de indiscreción- que Palfurnio debía de sospechar algo, y ese algo Lacertio sabía muy bien qué era. Si Palfurnio se había encerrado tras los petos y las espadas de una guardia pretoriana, era porque alguien le había comunicado la decisión que se había tomado contra él. Y eso merecía un viaje a Pompeya, incluso cuando en el palacio imperial iban a precipitarse los acontecimientos.

Lacertio se sintió inquieto. En Roma, entre los cortesanos de Domiciano que vivían con el nerviosismo de su conspiración permanente contra César, Lacertio confiaba en la empresa en la que colaboraba desde hacía meses.

Pero ahora, mientras se alejaba de la Ciudad, solo frente a sí mismo en

aquel camino y de noche, el conspirador tenía miedo.

Lacertio había amasado una gran fortuna. Si el asunto fracasaba, lo perdería todo y probablemente también la vida, porque un día Tito, cansado de que se burlaran de él, haría rodar cabezas pese a haber jurado no hacerlo jamás.

La cólera de los hombres buenos es la más temible. Y el insomnio se instalaba en el espíritu del pasajero de la litera, que comprendía que aquella conspiración se adhería a su piel como si fuera la túnica de Neso. Desearía abandonar esa peligrosa nave ahora que Domiciano no lo permitiría.

La litera se balanceaba suavemente, acompañada del golpeteo amortiguado de los cascos de las mulas, que habían sido envueltos en tela para que nada impidiera el difícil sueño del señor. El adolescente desnudo, que dormía profundamente, tocó con una de sus piernas un muslo de Lacertio, despertando un deseo en el que éste vio el medio de escapar a su angustia.

Le había comprado aquel jovencito a Cosio Libano la semana anterior, tras una violenta escena que la mujer de éste, Acilia, le había hecho a su esposo en su presencia. El efebo acaparaba todas las noches y toda la energía de su Cosio y ella le amenazó con la separación. Acilia poseía fortuna, mucha más que Cosio, y en Roma cada vez resultaba más fácil divorciarse por razones de ese tipo. De manera que Cosio cedió y Lacertio se ofreció para comprar al retoño. Se lo había llevado de viaje por temor a la soledad.

Alargó la mano para acariciar el sexo del efebo. Éste sonrió entre sueños y abrió los ojos; luego, mientras la caricia proseguía, acercó la boca al pecho de su amo y le besó los pezones. Aquella boca descendió hacia el vientre y atrapó suavemente entre sus labios el falo erecto. Lacertio acariciaba ahora los rizados cabellos de su joven esclavo, y se dejó caer hacia atrás en espera del placer que muy pronto le ofrecería el olvido mediante el sueño.

Lacertio se despertó. La litera estaba inmóvil. Apartó las cortinas. El sol dorado de la mañana modeló las formas del cuerpo del jovencito dormido boca abajo, con la cabeza entre los brazos. Las mulas, por su parte, dormían de pie. Los esclavos estaban sentados en la hierba. Unos pájaros trinaban.

La reducida caravana se había detenido cerca de una fuente, junto a una hilera de cipreses próxima a la bifurcación en la que el camino de

Herculano se separa del de Pompeya.

Lacertio bajó de la litera y se acercó a la fuente para realizar sus abluciones matinales. Los esclavos lo secaron enseguida y le sirvieron en una bandeja su almuerzo consistente en galletas, queso e higos. Al poco, un jinete se acercó a la litera. Puntual a la cita matutina, el mensajero de Esporo que el viajero esperaba le presentó una tablilla tras haber desmontado. «Éste te conducirá a Herculano, a una casa preparada para ti donde me reuniré contigo antes del mediodía», leyó Lacertio.

Además de mulas, caballos y vehículos, Esporo alquilaba casas por meses o por años, y proporcionaba a quienes lo necesitaban jardineros, muebles, flautistas y jovencitos afeminados o _ no. También podía poner a disposición de sus clientes fontaneros diestros en reparar las canalizaciones, cocineros capaces de preparar un gran festín o una cena íntima aderezada con platos afrodisíacos, e incluso techadores que reparaban rápidamente los tejados. Se había enriquecido durante el período de reconstrucción que siguió al terremoto, gracias a los fondos que Lacertio había puesto a su disposición. Nadie sabía que era su agente en Pompeya.

El jovencito seguía durmiendo cuando la litera se puso de nuevo en marcha.

Ésta entró en Herculano y penetró, tras atravesar un laberinto de calles estrechas, en el jardín rodeado de altos muros de una casa en el corazón de la ciudad.

Lacertio recorrió las estancias amuebladas con gusto y adornadas con ramos de flores en jarrones de alabastro. Cogió al azar de la biblioteca varios rollos de pergamino y se instaló fuera para leer a la sombra de los árboles.

El primer rollo que abrió era un relato del asesinato de Calígula. «Cuando se disponía a pasar por una galería subterránea -leyó Lacertio-, donde niños de noble familia traídos de Asia se preparaban para aparecer en escena, se detuvo para observarlos… Mientras les hablaba, Caerea le asestó un violento golpe en el cuello con la hoja de su espada, gritando: "¡Vamos!", y Cornelio Sabino, que estaba entre los conjurados, de una puñalada certera le atravesó el corazón. Desplomado en el suelo, presa de convulsiones, gritaba que aún estaba vivo…»

La mirada de Lacertio se apartó del pergamino para dirigirse a los rosales del jardín. ¿Era un signo el hecho de que el primer rollo que hubiera caído en sus manos le narrara el asesinato de un emperador de Roma? ¿Y si Domiciano le pedía en el último momento que se uniera a los que matarían a su hermano? ¿Qué haría él, Lacertio? ¿Y si la operación fracasaba? «Al oír sus gritos, sus porteadores acudieron con estacas -continuó leyendo-, seguidos de inmediato por sus guardas germanos. Y mataron a varios de sus asesinos, e incluso a varios senadores inocentes…»

Así pues, aquella conspiración había tenido éxito, pero muchos de los ejecutores perecieron inmediatamente. Aquellas puñaladas les hicieron perder sus esclavos, sus propiedades, sus casas en el campo, sus compañeras o compañeros de cama, todo cuanto permite gozar de la vida…

La obra, que Lacertio continuaba desenrollando, recordaba que Galba había preferido ofrecerles él mismo su cuello a los asesinos, que Vitelio había sido arrastrado con ayuda de un garabato para ser arrojado al Tíber, que Claudio había muerto envenenado presa de atroces dolores…

«¡Roma! – murmuró Lacertio-. ¿Todos aquellos a los que les das el título de César deben acabar así?» Mientras meditaba, oyó unos pasos y, al volverse, vio a Esporo que avanzaba hacia él sonriendo.

El recién llegado era un hombre alto y atractivo de unos treinta años, de rasgos delicados, que lo hacía todo con elegancia, incluso los crímenes que le encomendaban. En comparación con él, Palfurnio aparecía como un personaje de teatro cómico, un gordo grotesco con su verruga y su vientre.

En Esporo, el vicio y el crimen adoptaban un aspecto delicioso.

–¡Ave, Lacertio!

–¡Siéntate junto a mí, apuesto joven! – dijo calurosamente el romano, a quien la visión de aquel hombre de porte gracioso y tranquilo le hacía recobrar la confianza-. ¡Habla! ¿Cómo están las cosas?

–Nos han cambiado a Palfurnio -dijo Esporo en tono de chanza-. Le envié a un joven y una muchacha, regalo que sabes recibe con glotonería y, en este caso, regalo envenenado, pensando que no tendrían dificultad en franquear las defensas de la fortaleza en la que se ha enclaustrado. El joven, que era un atleta, llevaba escondida una cosa destinada a ser clavada en la espalda del señor de la casa, además del arma natural que debía hincar en el sitio habitual.

Después tenía que huir por la terraza que conoces. Pero no hay manera de engañar a los guardias de Palfurnio. Desnudaron al joven y le encontraron lo que llevaba escondido.

–¿Y si ha hablado? – preguntó Lacertio.

–El hombre que le convenció de que nos hiciera ese trabajo por ochenta mil sestercios no era de esta región y se marchó de la ciudad una vez cerrado el trato.

–Perdona por haber dudado de tu prudencia -dijo Lacertio sonriendo.

Reflexionaba, buscando una idea para sugerírsela a su adepto. – ¿Cómo le van las cosas a Efestio? – le pregunto al cabo de un rato.

–¿A Efestio? ¿Te refieres a su negocio de gladiadores? Pues van fatal, ya que nosotros hemos hecho todo lo posible para que así sea.

–¿Podrías hacerle venir aquí? Dile que alguien quiere invertir en su familia.

–¿Hablas en serio?

–¡Yo siempre hablo en serio!

–Puedo enviar en su busca ahora mismo. Se quedará de piedra al ver que alguien le tiende una mano caritativa…

Mientras Esporo se alejaba para dar las órdenes pertinentes, el romano regresó a sus pergaminos; luego, negándose a seguir pensando en los

crímenes que no habían cesado de manchar la historia del Imperio desde Bruto y César, los apartó.

Un esclavo guiaba a través del jardín a un hombre de unos sesenta años, más bien delgado, que caminaba un poco encorvado, como si le pesara la tristeza reflejada en su rostro. La escuela de gladiadores del lanista Efestio, situada en Herculano, había sido durante mucho tiempo rival de la de Palfurnio en Pompeya. Había perdido esa batalla con el transcurso de los años y se sabía que estaba al borde de la quiebra.

Tal como había previsto Esporo, la mirada de Efestio expresó incredulidad cuando vio quién se hallaba sentado en aquella banqueta, en aquel jardín.

–¡Por todos los dioses! – exclamó-. ¿Qué quiere de mí mi enemigo Lacertio? ¿Estoy en una trampa, en este lugar florido, una trampa más de las que ya me ha tendido?

–¡Siéntate, Efestio! – dijo el romano, riendo-. No tienes nada que temer de mí…

–¡Esto sí que es una novedad! – comentó el otro con agria ironía.

–¿Cómo van tus negocios, Efestio?

–Por muchas razones, y ahorrándote mi indignación al oír tales palabras en tu boca, indignación que caería también en saco roto, te responderé que tú ya conoces la respuesta a esa pregunta.

1. Las escuelas de gladiadores también recibían el nombre de «familias».

–¿Cómo? ¿Sigues teniendo deudas?

–Unas cuantas.

–¿Quieres lo que necesitas para pagarlas?

–¡Oh, Vesbius -exclamó el hombre-, tú que dominas esta ciudad con tu cabeza coronada de humo, dime que no estoy soñando y que mi torturador aquí presente ha enviado de verdad a uno de sus esclavos en mi busca! Pero

¿qué idea tienes en mente, Lacertio, para hacerme una proposición semejante?

–La idea de perjudicar a tu enemigo Palfurnio -soltó el romano sin rodeos.

–¡Oh, oh! – exclamó Efestio, que había oído decir que su rival se había atrincherado de la noche a la mañana en su casa, protegido por sus hombres-. De manera que los tiempos han cambiado… Pero ¿qué entiendes tú por perjudicar? Es una palabra que puede abarcar muchas cosas. Si se trata de perjudicar sus negocios como él lo ha hecho con los míos, ya no dispongo de los medios para hacerlo…

–Ahórrame tener que expresarme de una forma más precisa. ¿Cuál es el instrumento de tu arte? La espada, ¿no?

–¿Esperas de mí que le perjudique utilizando una espada?

–Muchas espadas.

–¿Qué significa eso? No te pido que seas preciso, sino únicamente claro…

–Palfurnio ya no sale de su casa. Está rodeado de sus hombres, que odian a los tuyos desde hace tiempo. ¿No se produjo entre ellos, hace unos años, una famosa pelea que costó muchas vidas? Si tus gladiadores, después de que algunos de los suyos se hubieran enfrentado a ellos en público, fueran a atacar la mansión de su señor, a nadie le sorprendería. Se produciría una encarnizada batalla, en el transcurso de la cual Palfurnio podría resultar herido. Y durante un combate sin cuartel, entre hombres acostumbrados a llegar hasta el final, corre el peligro de que esa herida le sea fatal.

–Es verdad -aprobó Efestio, que había recobrado la sangre fría-. El peligro es, efectivamente, enorme.

–El fin accidental de Palfurnio resultaría beneficioso para tus negocios -

comentó Lacertio-. Para ti, sería la oportunidad de recuperarte e incluso de instalarte en Pompeya. Sobre todo teniendo en cuenta que en Roma habría personas dispuestas a ayudarte…

–Has sido a la vez claro y preciso -repuso el otro con gran satisfacción-. Tu mensajero decía que alguien estaba interesado en invertir en mis negocios.

No me siento decepcionado, sino todavía asombrado de que ese alguien sea Lacertio…

–¡Ya lo ves, Efestio, hay días malos y días fastos! El viento cambia. Y, para ser precisos hasta el final, ¿a cuánto ascienden tus deudas?

–Me temo que no estén lejos de alcanzar la cifra de millón y medio.

–Estoy totalmente dispuesto a invertir esa suma. Y compraremos el negocio de Palfurnio cuando se saque a subasta.

El triste semblante de Efestio se alegó por primera vez.

–Es preferible tenerte como amigo que como enemigo dijo.

–Sí, ¿verdad?

Una vez que Efestio se hubo marchado, Esporo apareció de nuevo. – Ven a sentarte junto a mí -dijo el romano-. Aún no hemos terminado. He venido por el asunto de Palfurnio, pero también por otro. Como sabes, el galo Sila, el galo de Menesio, se encuentra ahora en la mina de azufre.

–Lo sé.

–¿Cuentas con alguien allí arriba que pueda hacerte un favor?

–Conozco a alguien que me hace favores, pero no por amistad, sino a cambio de dinero.