Gladiadores
Tercer episodio
El cónsul le devolvió la copa vacía al esclavo que se la había llevado hacía un momento. Se tambaleó, como si tuviera vértigo. Honorio y Sila se acercaron y lo sostuvieron.
Él se inclinó hacia delante emitiendo un lamento ronco. Unos esclavos llevaron a toda prisa una banqueta. Sila y Honorio le ayudaron a sentarse en ella, pero el Proscrito se dobló sobre sí mismo, sujetándose el vientre con las manos. Pese a todo, levantó la cabeza para mostrarle a Sila un rostro torturado que se esforzaba por sonreír.
–¡Gracias, amigos míos, gracias! Al igual que la vida, esta cicuta es amarga
-dijo entre dos gemidos que ahogaba con gran dificultad-. Tan sólo la amistad la- dulcifica… -añadió en un último suspiro.
Sus ojos se quedaron en blanco y sus amigos lo dejaron caer sobre la banqueta.
Tercer episodio
Cuando Metalla ama
La antecámara de César
–¡Por fin has vuelto! – exclamó Tito al ver a su hermana, que entraba en la estancia imperial exageradamente maquillada y envuelta en velos de seda dispuestos por su costurero de manera que corrigiesen los efectos de su gordura-. Y bien, ¿qué has averiguado? ¿Dónde está?
El emperador de Roma, su hermano, estaba tumbado en el diván que
llevaban todas las mañanas a su habitación para que se acomodara en él mientras le lavaban los cabellos y se los perfumaban.
–¡Nadie sabe nada dé ella, César! Salió por la mañana en su litera con un pequeño esclavo sin decir adónde iba. Eso es todo cuanto saben.
–No tiene ningún sentido -murmuró Tito, haciendo un mohín que formaba pliegues en su hermosa boca.
Afortunadamente para él, su rostro le debía más a su madre, Flavia Domitila, que a su padre, Vespasiano, del que un humorista dijo que presentaba permanentemente los rasgos contraídos de un hombre que tiene dificultades montando a caballo.
–Hace muchísimo tiempo que no veo una mujer tan hermosa como ella -
prosiguió César-, y huye la víspera del día en que va a acostarse conmigo.
No tiene ningún sentido y resulta mortificador…
–Estoy de acuerdo -admitió Domitila-. Y, si quieres saber mi opinión, no entiendo nada de lo que sucede…
–¿Y Casio Longino? ¿No tiene bastantes vigilantes y soplones en la Ciudad? ¿Qué sabe?
–Al parecer, lo mismo que yo.
–Se burla, ¿no es cierto? ¿No tiene al menos una hipótesis, una sospecha? –
Sí, por supuesto. Sospecha del galo Sila, el heredero de Menesio, que según dice está enamorado de ella.
–¿Ese galo? – preguntó sorprendido César-. ¿Qué sospecha de él?
–Todo. Que la ha secuestrado e incluso que la ha matado. Carga las tintas, por supuesto. Ignoro si sabes, y si no es así yo te lo digo, porque me he enterado hace poco, que pertenece al clan de Lacertio y que,'por
consiguiente, intenta calumniar al galo, que ha interpuesto a Lépido en el camino de su amigo hacia el tribunado…
–Y tú, ¿qué opinas?
–Opino que Mancinia es demasiado sutil para dejarse manejar por ese galo, aun cuando le guste y se hayan acostado juntos. Y añado que el susodicho Sila es el prototipo del soldado fiel entregado a Roma y al Emperador, y que, en consecuencia, no se le ocurriría disputarte a esa joven, sobre la cual no tiene ningún derecho. Además, si no me equivoco, ya tiene bastantes problemas desde que heredó de Menesio.
–¿Qué clase de problemas? – preguntó César, incorporándose para sentarse en el diván, ayudado con delicadeza por los dos esclavos peluqueros y expertos faciales, que estaban acabando de aplicarle en la frente y las mejillas paños calientes y fríos alternativamente.
–Lacertio y los demás andan tras él como mastines persiguiendo a un oso y afirman que ha heredado de Menesio de forma fraudulenta.
–Eso lo sé -dijo Tito-. Me lo dijeron públicamente, y precisamente Mancinia tomó la palabra en mi presencia para sostener lo contrario.
Tito tenía plena confianza en su hermana y todas las mañanas escuchaba de su boca, mientras le aseaban, la crónica de los rumores romanos. Y el verdadero amor que le habían profesado las legiones que capitaneara en Palestina, donde mató con sus propias manos a doce guerreros judíos con doce flechas el día de la toma de Jerusalén, le inclinaba hacia la hipótesis de un galo Sila fiel al Emperador incluso en el papel de amante burlado.
–¿Y el marido? – insistió- ¡Esto podría ser cosa de él! Porque tiene un marido, ¿no es cierto?
–No exactamente -bromeó Domitila, a quien una esclava abanicaba con un instrumento de marfil provisto de una tela tensada procedente de China-. El tal Patroclo sólo se interesa por los órganos genitales masculinos y da
gracias a los dioses cada vez que alguien le hace el amor a su mujer. Si ese alguien, además, ocupa el trono imperial, entonces supongo que disfruta…
–¡Esta mañana estás inspirada! – constató Tito, riendo-. Pero eso no nos devuelve a Mancinia -añadió en otro tono.
Domitila bostezó mientras le devolvía a una sirvienta la copa de limonada helada que se acababa de beber y no dio ninguna respuesta al interrogante de su hermano a propósito de Mancinia.
–Esta noche he dormido poco -se quejó-. Opio Sabino ofreció ayer una cena a la que me invité y que terminó muy tarde.
–¿Y oíste algo interesante? – preguntó Tito, que esperaba alguna revelación.
–No, pero fui para ver, no para oír… -¿Para ver?
–Para ver con mis propios ojos a la sobrina de Cesonia. La tal Cesonia es la nueva esposa de Opio Sabino, el cual la ha traído de no sé qué lugar de África. Todo el mundo me había hablado de esa sobrina, que llegó a Roma hace unos días, alabando su belleza. Y como no escatimo ningún esfuerzo para complacerte, y complacer tu placer, desafié el aburrimiento de esa clase de reuniones con la finalidad que puedes imaginar… Pues bien, es todavía mejor de lo que dicen. Cuando veas a esa joven, que por lo demás es una mujer, puesto que tiene veintidós años, no pararás hasta que la hayas desnudado y traspasado con tu dardo… La mayoría de los hombres que llegaban y la veían con su indumentaria bastante escasa se quedaban varios minutos con los ojos desorbitados. Era cómico.
–¿Y cuándo veré a esa maravilla?
–Mañana en Ostia, adonde la he invitado a ir en tu nombre y con el pleno consentimiento de Cesonia, que está encantada de lo que le va a suceder a su sobrina. Me juró que era virgen a pesar de su edad, ¡Alégrate, pues, de que en África todavía se cultive la virtud! ¡Para esas mujeres que vienen de su provincia, tu cama es el monumento más hermoso de Roma!
Veintiocho guardias pretorianos permanecían inmóviles a lo largo de las paredes de la antecámara donde Tito iba a aparecer de un momento a otro, como todas las mañanas. Ante la puerta por donde entraría, otros guardias mantenían un espacio libre, alrededor del cual se agrupaban los portadores de peticiones, que de este modo podrían entregarle al soberano antes de que éste se adentrase por un pasillo delimitado por dos cordones de tela roja.
César caminaría lentamente por dicho pasillo, respondiendo a los saludos de unos y otros y entablando conversación si en su opinión el tema merecía la pena, conversación que todo el mundo escucharía con el máximo interés en un silencio religioso. Los guardias llevaban la espada desenfundada, y los portadores de peticiones habían sido registrados a la entrada, a fin de evitar que pudiesen introducir en la antecámara un puñal además de su súplica.
Sin embargo, entre todos los que se encontraban allí -aquellos que iban para ver a César, aquellos que iban para ser vistos por él y aquellos que, llegados de una provincia o un proconsulado, iban a husmear antes de presentar un informe al cabo de unos días a los burócratas de alto rango de los que dependían-, ninguno de entre todos aquellos hombres cuidadosamente peinados y lujosamente vestidos pensaba atentar contra la vida del hijo de Vespasiano, que no había cesado de sorprender por su bondad desde su advenimiento, aun cuando llegara al poder supremo con una reputación detestable que había hecho temer un nuevo Nerón. En otros tiempos se le había acusado de querer sublevar a sus soldados contra su padre, simplemente porque éstos adoraban al cónsul que tan bien había estado a su mando en Judea. Se le había reprochado, tanto en los salones como en las tabernas, su loco e inoportuno amor por Berenice, la esposa de Británico, que había sido criado con él como un hermano. No obstante, se había separado de ella y la había exiliado, pese a que ella también le amaba.
Finalmente, se llegaba incluso a sentir resentimiento hacia él por ser capaz de componer excelentes poemas tanto en latín como en griego, deduciendo de ese talento real que con toda seguridad, a semejanza del hijo de Agripina, ridiculizaría la corona imperial prostituyéndola en el escenario de los teatros. No sucedió nada de esto, pese a que declamaba con entonación, al contrario que el sanguinario histrión que ocupara el trono una veintena de años antes que él. Por ello, su bondad había constituido una sorpresa mucho más agradable.
Sin embargo, presentaba el inconveniente de dejar lugar, en aquella antecámara y fuera de ella, a las intrigas de aquellos que le rodeaban y que no poseían un alma tan noble…
Entre el rumor de las conversaciones a media voz que ascendía de los asistentes en espera de la augusta aparición, las cabezas se volvieron hacia otra puerta por la que entró Domiciano, segundo hijo del difunto Vespasiano y diez años menor que César. Cuando estaba en Roma, Domiciano afectaba ser el primero en ir a abrazar a su hermano a la salida de su estancia imperial, a fin de que la fuerza y la constancia de sus sentimientos fraternales fueran bien conocidos por todos. Desde la puerta más modesta por la que aparecía, emprendía a través de la antecámara repleta de cortesanos un recorrido que pretendía ser similar al que el Emperador realizaría poco después, prestando atención a quien quería pedirle un favor, una intervención o incluso un atropello, un recorrido que finalizaba ante la puerta del aposento de César.
Domiciano tenía también buen aspecto, pero nunca había podido deshacerse de una tez demasiado roja, y la vergüenza que le inspiraba su calvicie precoz no era la menor de las preocupaciones que le atormentaban, siendo la primera el desagrado que le producía no sentarse en el trono en lugar de su hermano.
Avanzó, estrechando manos entre las suyas y prestándose a efusiones que acompañaba de buenas palabras, a fin de que Lacertio, que se movía entre la multitud para abrirse paso, tuviera tiempo de llegar hasta él. De este modo, cuando se inclinó sobre el adversario de Lépido y de Menesio al tribunado, sus abrazos parecieron sin ningún género de duda improvisados.
–El galo está en la prisión Máxima -le susurró Lacertio al oído.
–Bien -murmuró Domiciano en respuesta, con una sonrisa amistosa ¿Y qué de Palfurnio?
–Asegura que lo de Mnéster está resuelto.
–Excelente -murmuró Domiciano, y acto seguido exclamó en voz alta, irguiéndose-: Tú eres el candidato apropiado, Lacértio, y tú serás quien gane, ¡estoy seguro! – Luego se inclinó para darle unas palmaditas en la espalda en un último gesto amistoso, susurrando esta vez-: Que se haga lo propio con Palfurnio. Ahora es el momento…
Tras haber ordenado la desaparición del hombre de Pompeya que le había servido en las operaciones llevadas a cabo contra Menesio y su heredero, Domiciano finalizó su sonriente recorrido por la antecámara unos instantes antes de que los dos batientes de la puerta de los aposentos imperiales se abrieran.
–¡Tito César Imperator!
Al oírse el anuncio del mayordomo, se hizo el silencio, las cabezas se volvieron y apareció Tito, vestido de seda y oro, hermoso como un ídolo.
Los que habían ido con peticiones las elevaron para que las viesen los secretarios que seguían al soberano y las recogieran en un cesto.
–¡Hermano! – dijo César, abrazando a Domiciano-. Siempre siento la misma alegría al verte aquí todas las mañanas…
–Sabes que comparto esa alegría -mintió Domiciano. César retenía las manos de éste entre las suyas.
–¿Es cierto, hermano? – preguntó Tito con cierta tristeza en la voz. Tú eres el primero de aquellos a quienes no les niego nada, no lo olvides nunca…
No hagas nada sin decírmelo y no escuches a los que te hablen mal de mí…
–¡Nadie lo dice ni lo piensa! – protestó Domiciano, envolviendo su nueva mentira en una sonrisa.
César le dirigió una última mirada a su hermano menor y pasó, saludando a todos aquellos que le saludaban, uno tras otro:
–¡Ave, Popidio!… ¡Ave, Cerialis! Gracias por lo que has hecho en la Narbonense. Estos días me han leído tu informe y todo el mundo está muy contento… ¡Ave, Istacidio! La muerte de tu padre me ha apenado mucho.
Le recordaremos como a un hombre honrado… ¡Ave, Terencio! Tu poema dedicado a las fiestas de Ceres me ha encantado. Estoy celoso, pero te felicito aún con mayor énfasis por ello… ¡Ah, Lacertio!
El hombre de Domiciano se había situado, a codazos, en un lugar por donde tenía que pasar el soberano.
–¿Estarás preparado para los juegos? – le preguntó éste-. ¡Cuidado! Por lo que me han dicho, tu adversario Lépido y su amigo galo están a punto de comerte el peón… ¡Han prometido cinco mil fieras y diez mil gladiadores!
¿Piensas hacer otro tanto, Lacertio?
–No creo, César, que el galo Sila pueda mantener sus promesas… ¡Está en la prisión Máxima desde anoche!
Tito frunció el entrecejo al oír el nombre de Sila, que le recordaba el gran disgusto producido por la ausencia inesperada de la bella Mancinia.
–¿Qué dices? ¿Ese tal Sila? ¿Y por qué?
–Me temo que el procurador le ha acusado de haber reivindicado falsamente la sucesión de Menesio -respondió Lacertio con un desenfado destinado a ocultar el interés que le otorgaba al asunto-. Pero yo me comprometo a hacerme cargo de todos los hombres y animales que él había hecho venir a Roma -se apresuró a añadir.
César, contrariado, se había detenido ante Lacertio y, a su alrededor, todos escuchaban. Los juegos eran una de las pasiones de Tito, que no dejaba ni un solo día de acudir a la arena mientras éstos se desarrollaban.
–¿Y Metalla? – preguntó el emperador de Roma, que conocía el nombre de todas las estrellas del circo-. ¿Qué sucederá con ella? ¡Si la esedaria de Menesio no lucha contra tu cartaginesa el día fijado, la plebe se sublevará e
incendiará el anfiteatro recién construido! Y debo decir que yo apoyaré de corazón su cólera…
–¡No te preocupes, César! Metalla está embargada con todos los bienes que constituyen la herencia de Menesio. Debido a este hecho, vuelve a ser esclava, y yo ya he entablado conversaciones para comprarla. ¡Entonces luchará porque tendrá que someterse a mi voluntad!
–¡Si lucha -intervino una voz que se elevó de pronto por detrás de César-, no será por tu cuenta, Lacertio!
Tito se volvió y reconoció, por la toga, a un joven abogado cuya escasa altura y voz ingrata daban un aspecto ridículo, pero que le tendía una petición rodeada con un cordoncillo de seda con un aire ferozmente resuelto.
–¡Plazca a César, a quien todos llaman Benevolente, dirigir la mirada a esta defensa del ex oficial Sila, injustamente acusado de captación de herencia y utilización de falsedad! – clamó Honorio, uniendo el gesto a la palabra-. En cuanto a Metalla la esedaria, oh, César, puedes estar seguro de que luchará el día fijado. Pero lo hará en nombre de Sila y en memoria de Menesio, como mujer libre que es y que sigue siendo, ya que esta mañana he presentado un recurso de urgencia basándome en la jurisprudencia, que, desde el famoso juicio celebrado bajo el tercer consulado de Antonio, no ha cesado de respetar la condición libre de los esclavos cuya manumisión había sido concedida por herederos a los que el procedimiento desposeyó ulteriormente de sus bienes, cualquiera que fuese el motivo de ello.
Nestomaros estaba muerto y Sila se hallaba en prisión; sin embargo, impávido ante el Emperador de Roma, orgulloso como Artabán y seguro del caso que defendía, el abogado Honorio, hijo de Caedo, iba a batallar solo contra la poderosa facción de Lacertio hasta en la mismísima antecámara imperial.
Divertido por el espectáculo que ofrecía el joven, Tito esbozó una sonrisa y cogió la petición con sus propias manos antes de entregársela a uno de sus