Gladiadores
Honorio seduce al Senado
–Pues bien, cuando huelas a azufre, no lejos de esa montaña humeante, allí será donde nos detendremos…
Cotio, con un nudo en la garganta, miraba a la vieja muñeca con una sensación que casi parecía miedo y se dio cuenta de que había deseado con tanta intensidad que Sila no estuviera muerto que había empezado a creer en sus vaticinios.
–¿Has dicho «nosotros», Vieja? – replicó-. ¿Acaso quieres ir tú también allí?
–¡Por supuesto! Yo también tengo una cita con el fuego y el azufre…
–¿Y caminarás durante dos meses? Es mucho.
Ella se encogió de hombros.
–He caminado durante tantos meses que podré muy bien hacerlo dos más.
Honorio seduce al Senado
Los bancos del Senado del pueblo romano, ese ilustre areópago, el corazón del inmenso Imperio cuya cabeza era César, se hallaba al completo. Cuando Honorio avanzó hacia la tribuna, en el hemiciclo que había visto desarrollarse tantas escenas grandiosas o dramáticas desde hacía más de tres siglos había un silencio absoluto.
El abogado se inclinó ante el augusto mueble desde el que las más grandes voces de la historia de Roma habían pronunciado, desde Catón hasta Cicerón, sus memorables discursos, y a continuación se volvió lentamente hacia los senadores, que observaban con cierta diversión a aquel joven de
físico ingrato y nacimiento oscuro que, sin embargo, gracias tanto a su tenacidad como á su ardor, había logrado ser admitido en el seno de aquel noble lugar tras haber reunido, mediante largos trabajos, todos los elementos necesarios para la revisión del proceso a raíz del cual el galo Sila, heredero del patricio Menesio, había sido arrojado a las fieras durante las ceremonias de la inauguración del Coliseo.
–¡Patres conscripti -exclamó con su voz de falsete, pero que atraía la atención por la vehemente convicción de que estaba impregnada-, sabios que presidís desde los orígenes de la República el destino incomparable de un pueblo único! ¡Justicieros que habéis hecho rodar tantas cabezas de aquellos que atentaban contra el poder y la integridad de Roma! Todos vosotros, en fin, que habéis transmitido a ese nombre ilustre de senador, para los siglos venideros, un significado imperecedero…, me presento modestamente ante vosotros tras haber investigado tanto en los campamentos de las legiones donde todavía llevan el uniforme militar los compañeros del ex oficial Sila como en las calles de la Ciudad donde se traman las intrigas, me presento, digo, y os anuncio con orgullo que por fin he acabado de desembrollar el ovillo de las maquinaciones a consecuencia de las cuales el patricio Menesio y su compañero de armas, el galo Sila, perecieron, el primero víctima del veneno, y el segundo de los feroces dientes de los tigres, maquinaciones cínicamente urdidas por hombres impuros, ávidos de poder y traidores a la voluntad afirmada por César, desde el inicio de su feliz reinado, de desterrar el crimen y la mentira tanto de los palacios como de los foros donde se tratan los asuntos de Estado…
Honorio, con un gesto amplio, dejó caer los brazos que había extendido hacia delante y apretó los puños.
–¡Sí! – exclamó con fuerza-. He reunido las pruebas. He oído a los testigos.
¡He obligado a la verdad a salir de su pozo y la traigo desnuda ante vosotros! – Hizo una pausa antes de proseguir, en un tono que se esforzó en teñir de dolor-. ¡Ah, padres conscriptos! Esa verdad, desnuda, no es hermosa… ¡Cuánta bajeza voy a exponer ante vuestros ojos! ¡Cuánto fango voy a verter a vuestros pies! Pero ¡qué sombrío goce para mí poder vengar finalmente la muerte de aquel que era un patricio semejante a vosotros, y
lavar la memoria de ese soldado de las legiones sin tacha que era su amigo, bajo las mismas armas que tantos de vosotros llevaron al servicio de la grandeza de Roma…!
Honorio dejó que su frase finalizara en el silencio, como si quisiera con ello saludar a esa grandeza romana que evocaba, y después dio unos pasos ante la tribuna a la manera de alguien que pasea meditando.
–Tranquilizaos -prosiguió, alzando súbitamente la cabeza-, no ejercitaré más la elocuencia… ¡Son los hechos los que hablarán por sí mismos, y no el aburrido y torpe Honorio!
Se había acercado al cesto de paja que, antes de que se abriera la sesión, había dejado en uno de los pupitres donde se apoyaban los escribas encargados de tomar nota de las frases más relevantes de los oradores en la tribuna. Sacó de él un rollo de pergamino y varias tablillas, que blandió sobre su cabeza a fin de que todos pudieran verlos.
–He aquí en primer lugar, escrito en este rollo, la declaración del cónsul Rufo Vecilio Estrabo, obtenida de su propia boca en el campamento de Batavia, donde todavía estaba el mes pasado, al mismo tiempo que las de los tres caballeros que presenciaron, en el patio de la granja gala de Sila, la entrega a éste de la tablilla en la que el patricio Menesio urgía a su compañero de combate a que viniera a reunirse con él en Roma, con objeto de garantizar su protección contra las amenazas que sentía pesaban sobre su vida. Escuchad lo que nos dice el cónsul: «Menesio no me ocultó -leyó Honorio- que querían atentar contra su vida y que la presencia de Sila a su lado en Roma era lo único que podría tranquilizarle y permitirle continuar aspirando al tribunado. Esa tablilla que me entregó, no la leí, por supuesto, pero como fue grabada en mi presencia de la mano de Menesio, tras las palabras que éste me había dicho al respecto, su contenido resultaba evidente…». Pero, diréis -prosiguió Honorio, devolviendo el rollo al cesto de los documentos-, esa declaración no constituye hablando con propiedad una prueba… ¿Acaso no tenemos la tablilla? ¡Desgraciadamente, padres conscriptos, los enemigos de Sila y de Menesio eran numerosos y carecían de escrúpulos! Cuando Sila le mostró esa tablilla al prefecto de los
vigilantes Casio Longino Cepio, unas horas después de la muerte del patricio envenenado, el prefecto se la quedó con el pretexto de que constituía una prueba. ¿Le pediréis a Casio Longino que venga ante vosotros y os presente esa tablilla? Si lo hacéis, os responderá que por desgracia se extravió. Entonces, vosotros, padres conscriptos, confiaréis en la palabra de tan alto funcionario… Pues bien, si me permitís tales palabras, será una debilidad por vuestra parte, ¡y por la parte de ese curioso prefecto de los vigilantes una mentira! Porque esa tablilla no se perdió jamás.
Permaneció escondida. ¡Escondida, eso es un recurso demasiado fácil!, protestaréis vosotros entonces. Decididamente, este Honorio, después de habernos anunciado pruebas, no nos hace más que juegos malabares. ¡Pues bien, senadores, no! ¡Honorio no tiene la cara de presentarse en vuestro ilustre areópago como ilusionista, como prestidigitador!
Al tiempo que decía estas palabras, el joven abogado había regresado al lugar donde estaba el cesto. Sacó entonces de él una tablilla, que mostró a los presentes antes de depositarla en manos de uno de los senadores que ocupaban la primera fila, y afirmó con potente voz:
–¡La tablilla confiscada y escondida está aquí! ¡Reconoceréis en ella el sello de Menesio! ¿Cómo ha llegado a mis manos? Leo esa pregunta en vuestras miradas, senadores. Y la respuesta es sencilla, si bien tiene un carácter repugnante… Cuando se trata con malhechores, es decir, hombres para quienes el oro lo es todo, y el honor nada, se depositan sobre la mesa ante sus ojos miles de sestercios y no se tarda en ver a uno de esos bribones dispuesto a traicionar a los demás… Así pagué de mi bolsillo cien mil sestercios por esa tablilla a un empleado de la secretaría del prefecto de los vigilantes, que huyó de Roma con esa suma tras haber extraído la tablilla en cuestión del interior de la caja personal de Casio Longino, el cual afirmaba que había desaparecido… Ese empleado temía tener que responder un día de los crímenes de los que había sido testigo a la vez que cómplice, y prefirió irse provisto del viático que yo le proporcioné… De este modo, gracias a ese sórdido trato, dado que no podía hacerse otro, la tablilla regresa allí donde debería haber estado siempre, es decir, entre las pruebas del proceso que, por desgracia, Sila perdió antes de perder la vida… ¡Yo no he hecho más que colocarla en su lugar!
Honorio cogió la tablilla de las manos de uno de los senadores de la primera fila, que la había leído después de algunos más y que se la tendía, y la metió en el cesto.
A continuación volvió a dar unos pasos ante la tribuna en actitud reflexiva, permitiendo a los senadores distraer su atención e intercambiar entre ellos comentarios que llenaron el hemiciclo con un murmullo salpicado de exclamaciones.
Luego el joven abogado tomó de nuevo la palabra.
–Pero, entonces, diréis, ¿este Honorio acusa al prefecto de los vigilantes de haber actuado con la finalidad de que no se pudiese descubrir la verdad sobre la muerte de Menesio? ¡Terrible acusación, presentada contra uno de los más prestigiosos personajes de la Ciudad! ¡Pues sí! – dijo Honorio en tono decepcionado-. Aquel que debe velar por la tranquilidad de los ciudadanos es una de las piezas de esta trama criminal. Es él quien protege la charca fangosa donde bullen los conspiradores… En esa charca vamos a pescar un primer pez, vamos a abrirle las entrañas y, cual arúspices buscando en ellas los signos nefastos, a leer en su interior cómo fue envenenado el patricio Menesio. El pez en cuestión es un tal Ictios, que ejercía el oficio de leno y tenía un establecimiento donde alquilaba y vendía jóvenes. Fue él, Ictios, quien les reveló a Sila y a los que le ayudaban en su investigación los detalles de la conspiración cuyo objetivo era hacerle beber al patricio la copa envenenada…
Mientras hablaba, Honorio había regresado donde estaba el cesto de las pruebas y extrajo de él otro pergamino, que desenrolló.
–He aquí -anunció-, relatada, la escena de la confesión del leno Ictios, tal como la vieron y oyeron los veteranos Cotio Isidoro, Ventilio Melia, Colodio Titio y, por último, el ex legionario de Galia Bélgica Imógenes.
Todos ellos han firmado esta exposición de los hechos redactada ante notario, a petición mía, en la colonia donde ahora se hallan establecidos y adonde me trasladé para oírles, exposición que reproduce fielmente las
palabras que pronunció el leno Ictios después de que ellos lo desenmascarasen… «Por orden de Palfurnio, propietario de una escuela de gladiadores en Pompeya al que yo obedecí durante todo el complot tramado contra Menesio, le proporcioné un veneno de efecto muy rápido al intendente Patrobio, que se encargaba de los esclavos del palacio Menesio.
El indigno Patrobio le entregó dicho veneno a la tamborilera Edilia, a fin de que ésta lo vertiera en la copa en la que bebía habitualmente su amo… Para convencerla, le había hecho creer que se trataba de un filtro de amor destinado a hacer que él se enamorase apasionadamente de la joven, circunstancia de la cual ella podría obtener grandes beneficios. Convenció asimismo a la joven de que ella debía beber inmediatamente después, a fin de que el hechizo surtiera efecto. Pero, por supuesto, era para que ella pereciera también y no pudiese revelar los detalles del crimen…» He aquí, padres conscriptos -concluyó el joven abogado, devolviendo el pergamino a su lugar-, cómo el intendente, traicionando la confianza de su señor, envió a éste a la muerte sin que Sila, pese a haber llegado a Roma el mismo día, pudiera hacer nada por evitarlo. Salvo, por supuesto, jurar que haría cuanto estuviese en su mano para desenmascarar a los culpables. ¡Juramento fatal, que le conduciría a su propia muerte tras un proceso en el que la justicia se vio escarnecida!
–Evidentemente -continuó Honorio-, si pudiera traer ante vosotros a Patrobio en persona, que huyó del palacio Menesio la noche misma del crimen y no ha vuelto a dar señales de vida, sería más convincente, lo sé, que presentando las declaraciones de antiguos soldados devotos a Sila…, si bien resulta difícil sospechar que cinco veteranos servidores ejemplares de Roma hayan cometido perjurio… -Interrumpiendo su discurso, dejó el rollo en manos de los senadores que se encontraban cerca del lugar donde se había detenido-. ¡Bien! Dejemos los testimonios escritos. Algunos de vosotros, padres conscriptos, los tomaréis en consideración; otros, excesivamente preocupados por la perfección, los dejaréis de lado. Pero no por ello me desanimaré -declaró Honorio con firmeza-. He buscado al intendente Patrobio muy lejos y, lo confieso, no he podido encontrar su rastro… Sin embargo, mientras iba tras él pensaba: Después de todo, Honorio, si pudieras convencer a Palfurnio, ese pompeyano citado por Ictios como el principal artífice del crimen y que, lejos de haber huido tras
su fechoría, continúa llevando, en su encantadora ciudad al pie del Vesubio, un tren fastuoso de vida en una mansión bien provista de muebles caros y de esclavos, si pudieras convencerle a él, me decía, de que fuera a declarar en persona ante la justicia, ésta se haría de verdad y la causa estaría ganada…
Honorio recorrió con la mirada las filas de senadores sentados en sus bancos.
–Ahora, muchos de vosotros, padres conscriptos, lo sé, os sentís tentados de sonreír… ¿Cómo iba a precipitar Palfurnio su propia perdición, viniendo a confesarse aquí autor de crímenes horrendos? Ello, en efecto, podría parecer absurdo si los dioses hubiesen permanecido insensibles al insulto lanzado contra la Justicia, y Temis indiferente a la terrible suerte que aniquiló a Menesio y a Sila… -Hizo una pausa para proseguir en otro tono-.
Mirad, padres conscriptos, en los momentos más crueles de este caso, por ejemplo cuando fui golpeado, atado a un árbol en un bosque y abandonado por aquellos que querían impedirme participar en el proceso de Sila, cuando encontré mi casa totalmente vacía, cuando tuve que refugiarme, para sobrevivir, en casa de una honorable comerciante conmovida por las persecuciones de las que era objeto, a lo largo de todas esas pruebas me negué a perder la confianza en los dioses… Quise creer que se cansarían de tolerar el crimen y que al final se pondrían de parte de las víctimas… Pues bien, padres conscriptos, esa idea que no me abandonó se revelaría cierta.
Porque llegó el momento en que las mentes que yo había podido captar entre las que organizaran todo ese complot me permitieron enterarme de que habían decidido eliminar del mundo de los vivos a Palfurnio, que con tanto celo había servido a sus infames intereses. Y la razón era precisamente ese servicio que les había prestado, para así hacer desaparecer una de las pruebas vivientes. Y digo infames intereses, en plural, porque al envenenamiento de Menesio se suma el crimen de haber hecho elaborar, de la mano del hábil falsificador que es Palfurnio, las tablillas supuestamente encontradas en casa del fenicio Khalil y que sirvieron para convencer a los jueces de la culpabilidad de Sila… Provisto de esta preciosa información, me bastó pues trasladarme a Pompeya, llegar allí antes que los sicarios encargados de liquidar a Palfurnio, advertir a éste del peligro que corría y
convencerlo de que viniera a arrojarse a los pies de vuestra noble asamblea, a fin de implorar vuestra clemencia tras haber denunciado a los criminales con los que se había asociado… ¡Y Palfurnio, padres conscriptos, al verse acorralado, aceptó! ¡Y está aquí, dispuesto a comparecer ante vosotros! ¡Y
yo, en este instante, ya no soy únicamente el abogado de Sila! Me erijo también en defensor del miserable Palfurnio, torturado por los remordimientos, maldecido por los dioses, convertido en víctima tras haber sido verdugo, y ahora os suplico encarecidamente que le perdonéis la vida, y lo condenéis al exilio lo más lejos posible de las fronteras del Imperio, donde rehará una vida de hombre honrado. Merece vivir, padres conscriptos, porque él es quien nos va a permitir, mediante su confesión y su testimonio, devolverle a Sila más allá de la muerte el honor que le fue arrebatado. ¡Padres conscriptos, he ahí donde está la verdadera justicia! En la clemencia con la cual desterraréis a Palfurnio en lugar de arrojarlo a las fieras. ¡Basta, desgraciadamente, con que la sangre de Sila haya corrido ya por la arena! ¡Basta de sangre! Estoy seguro, conociendo la nobleza de espíritu de Sila, de que él hubiera aprobado el fallo que vais a pronunciar en ese sentido… ¡Guardias! – dijo Honorio en un tono teatral, en el que la voz de falsete pasaba desapercibida dado el dramatismo de la circunstancia-.
¡Haced entrar al testigo Palfurnio!
Las miradas se clavaron en la puerta que comunicaba, por detrás de la tribuna, con las estancias donde permanecían los testigos o inculpados antes de ser presentados ante el Senado, y los padres conscriptos vieron avanzar a un hombre bastante corpulento, con la coronilla despoblada, varices en las piernas y la mirada gacha como bajo el peso de la vergüenza.
–¡Palfurnio! – exclamó el joven abogado-. ¡No les regatees la verdad a quienes tienen a su cargo el destino de Roma! ¿Le ordenaste realmente, desde tu residencia en Pompeya, a Ictios, que no podía negarte nada, que le proporcionara veneno al intendente Patrobio con la finalidad de causar la muerte de su señor?
–¡Por desgracia, soy culpable de ello! dijo Palfurnio con voz débil en medio del silencio de la atenta asamblea.
–¿Pusiste -prosiguió el joven abogado- tus habilidades de falsificador al servicio de los enemigos de Sila y grabaste de tu mano las tablillas que permitieron condenar a ese ex oficial de las legiones de captación de herencia? ¿Hiciste eso también, Palfurnio?
–Sí, también eso -confesó el pompeyano-. Que los dioses me perdonen por haber consagrado mi vida al mal, para satisfacer las maniobras de un importante personaje…
–Exacto, no tienes más que decir una palabra, Palfurnio, para estar en paz con este ilustre areópago, con la verdad, con tu remordimiento, revelarnos un nombre… ¡que tu boca pronuncie ese nombre! ¡Responde! ¿A quién ayudaste a tramar y perpetrar esos crímenes?
–Actué por instigación del patricio Lacertio -declaró el pompeyano en medio de un atento silencio, inmediatamente reemplazado por el murmullo de las voces de los senadores, estupefactos al oír citar ante ellos el nombre del adversario de Menesio al tribunado, el nombre de un hombre ambicioso que se sabía era adepto a Domiciano. Una revelación horrible, pues confirmaba los rumores que corrían por la Ciudad, según los cuales el propio hermano de César intrigaba contra el poder imperial. Y aquel insignificante leguleyo convertía, ante el Senado de Roma, ese rumor en acusación pública y, mediante la declaración de Palfurnio, en certeza.
Los senadores se calmaron poco a poco y Honorio tomó de nuevo la palabra.
–¿Qué podría añadir yo, padres conscriptos, a esa triste revelación? Dejo a vuestra imaginación la tarea de extraer todas las conclusiones que se deducen de esta confesión pública.
Era una alusión a la responsabilidad del hermano de César, y el areópago no se equivocó.
–Debo evocar ahora el vergonzoso episodio en el cual los hombres de Lacertio me raptaron de mi domicilio, donde perfilaba los argumentos que
tengo el honor de presentar ante vosotros en este momento, la víspera del día en que debía defender a Sila de la vergonzosa acusación de captación de herencia… ¡Un miembro de la abogacía raptado en su propia casa, en plena ciudad, y maniatado para ser abandonado en un bosque poblado de lobos, el mismo día en que debe aparecer en el pretorio! ¡Qué insulto al derecho! Ese insulto abriría ante mí un largo período de clandestinidad, pues tuve que esconderme para no sufrir la suerte fatal con la que se me amenazaba… Y
fue entonces, ilustres senadores, cuando pude apreciar los nobles sentimientos que es posible encontrar en todas las capas de la sociedad romana, porque me asistieron en el infortunio un pobre esclavo ignorante, que me reanimó y me acogió en su miserable cabaña de carbonero, y una comerciante de un barrio popular, que regenta una modesta pensión familiar y que me ofreció asilo, techo y sustento, y en cuya casa me enterré, temiendo día y noche oír los pasos de mis asesinos subir su rústica escalera…
–¡Y es justo, padres conscriptos -continuó Honorio-, que esa mujer sea recompensada por el bien que le ha hecho a un defensor de la verdad! Y por eso ella va a tener el honor de presentarse ante vosotros con sus humildes vestiduras… ¡Guardias, haced entrar a la hospedera Omitila!
Al pronunciar estas palabras, Honorio notó que le invadía un gran malestar, como si de pronto se diera cuenta de que, llevado por su convicción, estuviese a punto de cometer un error queriendo presentar a la oronda mujer ante los senadores, como testigo de las persecuciones que había sufrido por culpa de Lacertio y sus esbirros. Tuvo la sensación de que, de ese modo, iba a comprometer la buena impresión que sus palabras habían causado hasta entonces, y el sudor provocado por la angustia comenzó a resbalar por su espalda, bajo la toga. Pero era demasiado tarde. La oronda hospedera hacía su entrada, conducida por los dos guardias de servicio.
Una sonrisa, en efecto, afloró en numerosos rostros entre la augusta asistencia, ante la visión de aquella mujer del vulgo, de unos cuarenta y cinco años, vestida de forma llamativa y con varios collares de oro alrededor del cuello. Honorio se quedó estupefacto, pues sólo le había visto lucir un collar a su patrona y amante, que en esta ocasión lucía cinco o
seis… La vendedora de sopas de dos o cuatro ases hizo una especie de reverencia ridícula que provocó auténticas risas en los bancos, risas que helaron de espanto el sudor que corría por la espalda del joven abogado…
Fue entonces cuando se produjo una cosa terrible que petrificó literalmente al orador, privándole de voz, arrebatándole incluso la esperanza de poder conjurar con cualquier frase el desastre que iba a destrozar su reputación y la causa que se había empeñado en hacer triunfar: Omitila, con una amplia sonrisa en los labios, se levantaba lentamente la falda, mostrando sus muslos y, finalmente, el pubis poblado de tosco vello que Honorio tan bien conocía. El desastre llegó al colmo cuando el joven abogado notó que estaba teniendo una erección ante aquella visión que le resultaba tan familiar, pues su amante no le daba reposo alguno en ese terreno, y que dicha erección particularmente vigorosa levantaba su toga de una forma tan evidente que muchos senadores estallaron de risa, señalándoles con el dedo a los que todavía no se habían percatado de ello la prueba de la naturaleza extrajurídica de los vínculos existentes entre la hospedera y el defensor.
Lo peor fue cuando este último notó que iba a tener un orgasmo, que la inminencia de éste era irreprimible y que iba a producirse ante los ojos de los patricios más notables de la capital del universo… Entonces se despertó, profiriendo un potente grito y crispando las manos en el pelo de la hospedera, que se hallaba practicándole una felación a su amante dormido, al que había encontrado a su lado en erección, en su lecho casi conyugal, como cada mañana…
Tras haber escapado su horrible pesadilla por la boca de Omitila -que, a todas luces, se esforzaba por hacerle olvidar a su amante sus imperfecciones físicas y su edad mediante esta práctica matinal-, Honorio, como todos aquellos que acaban de ser liberados de un mal sueño, saboreó la idea de que su futura defensa ante el Senado de Roma no estaba comprometida y de que los padres conscriptos no verían jamás a la hospedera levantarse la falda en su presencia. Recordando las diversas fases de su discurso, Honorio constató que si su defensa había hecho agua en el momento de la aparición de la hospedera, la escena anterior, es decir, la declaración de Palfurnio, era el elemento decisivo de la demostración que quería realizar
de la inocencia de su cliente. ¡Sí, evidentemente, Palfurnio! él era la clave del caso, y la evidencia se impuso en la mente del joven abogado: aquel sueño era premonitorio y se lo había inspirado la propia Temis.
¿Acaso la semana anterior no había hecho que le sacrificaran dos pichones a la diosa de la Justicia, enviando a un esclavo de la casa al templo de la vía Metrovia con treinta sestercios ahorrados del dinero que su protectora le daba para sus gastos, con la misión de pedirles a los sacerdotes que tuvieran a bien ofrecer ese sacrificio en nombre de un abogado anclado en su casa por una grave enfermedad? Aquel sueño era la respuesta que le enviaba Temis desde el Olimpo. Ella no le había abandonado, pese a las desastrosas apariencias. Ella le mostraba el camino de Pompeya, insistiendo en el papel esencial que desempeñaba el crapuloso Palfurnio en el acta de acusación.
Debía partir a toda costa para Campania. Ella le mostraba el camino…
Omitila sonreía con sus gruesos labios, feliz del grito que había lanzado su joven amante, el cual recompensaba sus esfuerzos. Era evidente que la mujer estaba cada vez más ligada a él, como demostraban las veintidós libras de peso que había perdido en un mes, en el transcurso de cuatro sesiones semanales de gimnasia en las termas de Caracalla, y el dinero que se gastaba sin miramientos en la peluquería -ella que hasta entonces jamás había puesto los pies en un establecimiento de ese tipo-, todo ello ante el gran asombro de sus esclavos vaciadores de orinales y cocedores de sopas, que la veían dejar cada vez más el cuidado del negocio en manos del número uno, Ifidias. Ifidias vivía con la frenética esperanza de ser libertado, y en consecuencia llevaba los asuntos de su ama con mayor rigor que ella misma.
Honorio se incorporó resueltamente en la cama.
–Omitila -declaró-, las atenciones que tienes hacia mí me conmueven cada vez más, pero te debo la verdad. He tomado la decisión de poner fin a una situación que se parece a las delicias de Capua y que, por ello, está comprometiendo mi carrera. Pase lo que pase, debo partir sin tardanza para Pompeya, donde comenzaré la investigación gracias a la cual confío en defender con éxito ante el Senado la causa de la que te he hablado… Siendo