Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 11 de 48

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Gladiadores

La litera de Mancinia

ahogando un grito y procurando no realizar movimientos demasiado acusados, por miedo a arrastrar con ella a su pareja. Sila comprendía su maniobra y se prestaba al juego; le divertía que la pequeña quisiera otro orgasmo, y quizás un tercero, no sólo por el placer que obtendría, sino sin duda también para halagar al señor, dándole de esta forma la ocasión de ser un amante eficiente.

Tras unos instantes de calma, la joven se puso de nuevo en movimiento, pero esta vez permaneció con los ojos abiertos para acechar en el rostro de Sila los indicios que le revelaran la inminencia de su satisfacción, que a todas luces pretendía continuar retardando.

Tenía para ello una razón que no era la que había imaginado su señor, aunque éste la comprendió al ver aparecer y acercarse al lecho a la segunda flautista, adormilada y con su larga cabellera rubia que le caía, revuelta, sobre los hombros. Sila la vio rodear a su compañera con los brazos y después acariciarle los pechos para ayudarla a precipitar su placer. Se percataba de sus intenciones, y tuvo que luchar para controlarse en el momento en que la muchacha que lo cabalgaba dejó escapar el grito que la liberaba. La joven permaneció un momento empalada sobre él, inmóvil y presa de estremecimientos, antes de dejar que su compañera ocupase su lugar a toda prisa. Ésta comenzó a gemir enseguida, ayudada por las caricias de sus propios dedos en el clítoris. Sabía que el señor no podría seguir esperando y era preciso que precipitara su orgasmo. Éste se desencadenó, arrastrando de inmediato a Sila, que ya no podía más. Los rubios cabellos de la joven, que se tumbó suavemente sobre él, gimiendo, se esparcieron por su pecho. El galo rodeó a la pequeña con sus brazos y ambos se durmieron enseguida, sin separarse, olvidando aquél los peligros que lo amenazaban y que el sol traería al levantarse sobre la Ciudad.

La litera de Mancinia

El alba llegó, en efecto. Iluminó el rostro de Sila a través de los barrotes de las ventanas del pabellón y el cuerpo de su rubia compañera, tendida a su lado. La esclava morena, por su parte, dormía en el suelo, a los pies del lecho, junto al viejo perro. Sila se despertó y se puso en pie, contempló a la joven un instante y luego, inclinándose, la cogió en brazos para depositarla en la cama, al lado de su cómplice. Sin abrir los ojos, como si continuara durmiendo, la muchacha rodeó con los brazos los musculosos hombros del ex oficial de las legiones y acercó la boca a la del señor para darle un beso antes de abandonarse de nuevo al sueño.

Sila se quedó un rato mirándolas a ambas, desnudas y graciosas, inocentes al borde de un abismo de peligro y sufrimiento al que él mismo podía ser arrastrado de un momento a otro. Le sorprendió que el viejo perro todavía siguiera dormido y se inclinó para tocar su pecho. Esta vez estaba rígido y frío. El compañero de caza de Menesio había muerto.

Sila se incorporó. Pensó que estaba bien así. El viejo perro germano rendía homenaje a su amo, reuniéndose con él en el reino de las sombras. Haría que lo enterraran junto al pórtico para que montase guardia, en el seno de la tierra, en la tumba del patricio Menesio. Sila se dirigió al cuarto de baño, se mojó la cara en una de las dos pilas y luego descorrió los cerrojos que las jóvenes habían cerrado la noche anterior. Abrió la puerta y se encontró en el umbral cuando los pájaros dejaban oír sus gorjeos matinales. El pequeño edificio estaba rodeado de guardias armados, que se volvieron hacia él al oír que la puerta se abría y que se quedaron mirándole. Unos llevaban un venablo en la mano; otros, una espada.

Sila permaneció un instante inmóvil, preguntándose si aquellos hombres se habrían reunido para matarlo cuando despertara, mientras el palacio todavía continuaba dormido. Los silbidos de varios venablos, lanzados desde unos metros de distancia, serían el único ruido que se oiría antes de que el galo fuera rematado con la espada que le cortaría el cuello.

Sin embargo, el ex oficial de las legiones no podía demostrar el miedo que sentía, de manera que cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia los guardias.

–Te saludamos, señor -dijo el que estaba más cerca-. Hemos velado tu sueño esta noche, al ver que habías decidido dormir aquí…

–Está bien -repuso Sila.

Si debían matarlo, lo harían ahora, después de haber pronunciado aquellas palabras tranquilizadoras, como se acostumbra a hacer cuando se asesina a un hombre importante y se desea evitar que tenga tiempo de gritar o pedir ayuda.

Pero los guardias se apartaron ante él y Sila esperó en vano ser atacado por la espalda…

Seguido por todos los que habían pasado la noche alrededor del pabellón, el galo caminó hasta los establos, junto a los cuales se hallaban los cuarteles de la guardia.

Una vez allí, ordenó que tocaran para convocar a todo el mundo fuera. Uno de los guardias entró en el establo y salió de él con una trompeta del modelo en servicio en la caballería de las legiones. Dio el toque de diana y a continuación el de formar. Sila constató que se producía un ligero barullo en los alojamientos y los establos. Los guardias empezaban a salir para formar.

Sila se acercó al trompetista y le preguntó dónde había servido.

–Era corneta en la caballería de las alas de la legión de Vespasiano en Judea

-respondió éste.

–¿Serviste bajo las órdenes de Menesio?

–No, no tuve ese honor. Fui reclutado por el que está al mando de la guardia, Leptio.

Los hombres habían formado en tres filas ante ellos.

–¿Dónde está Leptio? – preguntó Sila.

Nadie respondió.

–¿Duerme? ¿No oye la trompeta? ¿Se ha marchado a dormir a la Ciudad?

En vista de que nadie contestaba, el corneta se decidió a hacerlo.

–Sí, señor.

–¿Duerme todas las noches en la Ciudad?

–No podría decirlo, señor.

Sila meneó la cabeza. Luego examinó a los guardias, que permanecían inmóviles.

–Estáis demasiado gordos -dijo. Y añadió-: Yo también. – Los guardias rieron-. Recorreremos cuarenta veces el camino de ronda a paso de carrera.

– Hizo una pausa y prosiguió-: Lo haremos todas las mañanas a las cinco, una hora más pronto que hoy. Esta mañana me he levantado un poco más tarde porque era mi primer día entre vosotros y porque dos jovencitas me tocaron la flauta en plena noche… -Los hombres rieron de nuevo-. Por eso me condeno a mí mismo a recorrer cuarenta veces el camino de ronda. –

Entonces cambió de tono para preguntar-: ¿Quién es hoy el oficial de guardia?

Uno de los suboficiales dio un paso al frente.

–Si me detengo antes de completar las cuarenta vueltas, me obligarás a continuar a golpes de vara. – El suboficial permaneció en silencio-. ¿Me has entendido? Es una orden. Y pobre de ti si no la ejecutas. ¡Repite la orden, como se acostumbra a hacer en el servicio en campaña!

–Si os detenéis antes de completar las cuarenta vueltas, señor, os obligaré a continuar a golpes de vara.

–¡Bien! Pero no me llames señor; llámame Sila. Soy Sila, ex oficial de las legiones; salvé la vida de Menesio y él salvó la mía. Por eso estoy aquí y por eso quiero averiguar quién lo ha matado. Y al que lo ha matado, lo mataré yo con mis propias manos.

Los hombres de la guardia estaban ahora petrificados, pero una especie de viento guerrero soplaba en ellos silenciosamente a medida que Sila los espoleaba con palabras viriles.

–Así pues, vamos a correr, y los que se detengan antes de dar cuarenta vueltas recibirán la vara. Tendrán tres días para entrenarse y acostumbrarse, y si al cuarto día no dan las cuarenta vueltas irán a remar un año a nuestras galeras, con los dos de vosotros a los que dejé fuera de combate la noche en que me introduje en los jardines de este palacio y llegué junto al lecho de Menesio, vuestro señor, sin que ninguno de vosotros me viera ni me detuviese… ¡La noche en que fue envenenado! ¡Que esos dos que quisieron coger langostas del vivero y no fueron capaces de percatarse de que yo era un extraño, que esos dos se den a conocer!

Un hombre dio un paso al frente. Sila reconoció a aquel al que había golpeado primero.

–¿Cómo te llamas?

–Sirio -contestó el hombre.

–¿Dónde está el otro?

–Huyó ayer, al enterarse de que hoy estarías aquí.

–Y tú, ¿no has huido?

–No, señor.

–¿Por qué?

–El perro está atado a su cadena -dijo el guardia-. Tengo una mujer y dos hijos en la Ciudad.

Sila sabía que en aquel momento todos juzgaban sus actos. Cada palabra y cada gesto trazaría a sus ojos el retrato del señor que era.

El galo se volvió hacia el corneta.

–¿Dice la verdad?

–Sí, señor -respondió éste.

Sila reflexionó y luego volvió a dirigirse al culpable.

–¿Sabes que en las legiones el bastón es el castigo que se aplica al centinela que no ha vigilado como es debido?

–Sí, señor.

–Sesenta golpes serán tu salario y te evitarán ir a remar durante un año.

–Gracias, señor.

–¡Sila! Nada de «señor».

–Gracias, Sila -repitió Sirio.

–¡En el acto! Ve a buscar al verdugo de los esclavos. Y nosotros, mientras tanto, correremos para intentar librarnos de la vara…

Sila bajó de su caballo empapado de sudor y manchado de espuma ante la entrada del gran atrio del palacio. Dejó las riendas en manos de un esclavo, que se alejó para conducir al animal a los establos. El galo había dado las cuarenta vueltas sin necesidad del estimulante de la vara, sin duda gracias a los músculos y la resistencia que le habían proporcionado los trabajos del campo, empezando por el arado y acabando por la siega, que llenaban su

tiempo y su aburrimiento. Había saltado con el caballo a la carrera y lanzado el venablo con los hombres de la guardia, los cuales, a excepción de una decena de ellos, habían superado mejor o peor la prueba de la carrera en torno a la muralla que rodeaba la vasta propiedad cuyo dueño era ahora el galo.

En el atrio le esperaban los diversos intendentes y mayordomos, que le saludaron con premura, pues se había corrido la voz entre el servicio de lo sucedido al amanecer con los guardias y nadie menospreciaba ya al nuevo señor.

Éste no sabía muy bien qué órdenes dar a toda aquella gente que dirigía las escuadras de esclavos encargados de los diferentes servicios del palacio.

Además, su primera preocupación era ir lo antes posible a la escuela de gladiadores donde vivía Metalla, situada a unas diez millas de los muros de la Ciudad. La esedaria, en efecto, no había aparecido el día anterior entre los que fueron a presentar sus respetos al heredero de Menesio. Aquello no podía sino ser un escándalo a ojos de todos, pero a Sila, conociendo al feroz personaje con el que se enfrentaba, no le sorprendía. La esedaria debía de sentirse humillada por no haber obtenido la libertad en virtud de la voluntad testamentaria de su amo y amante. El hecho de que éste hubiera depositado la suerte de la mujer a la que decía amar en manos de un galo desconocido, Metalla debía de interpretarlo como un terrible insulto, tanto más cuanto que la decisión del patricio parecía incluirla en la lista de sospechosos de haber participado en el complot cuyo objetivo era su muerte.

Sila se estaba preguntando si iría solo a la escuela de gladiadores que formaba parte del patrimonio de Menesio, y de la que la esedaria era responsable, o si se haría escoltar por un destacamento de la guardia armada, cuando la aparición, en el paseo bordeado de cipreses que conducía al gran atrio, de una litera rodeada por un grupo de hombres, algunos de los cuales tocaban el tamboril y la flauta, trajo una diversión inesperada.

Sila avanzó por los peldaños que era preciso bajar para salir del atrio y comprendió, por los andares de los que se aproximaban, que se hallaba ante ricos juerguistas que finalizaban por la mañana una noche ocupada en beber

y comer con exceso. La litera, de la que tiraban dos mulas lujosamente enjaezadas, era magnífica, y los ropajes de los siete u ocho personajes que la acompañaban, aunque estaban manchados de vino, eran togas de seda como las que se llevan en la corte de César. Aquellos personajes coronados de flores, pese a sus diferentes grados de ebriedad, no podían ser sino gente de alta posición, sin duda conocidos de Menesio…, y por eso la guardia de la entrada los había dejado pasar.

Al llegar junto a las columnas de mármol del atrio, entonaron un canto báquico acompañado por el sonido de la flauta y el tamboril, que dos de ellos tocaban. Todo esto lo hacían, en su ebriedad, con mucha elegancia. El galo tenía ante sus ojos a romanos de la alta sociedad del Imperio, corrompidos por el dinero y los goces, pero más finos y civilizados que cualesquiera otros en el universo conocido…

El canto se interrumpió en seco ante Sila, y uno de los juerguistas, volviéndose hacia la litera, tomó la palabra para decir con énfasis:

–¡Deteneos, mulas de paso seguro que lleváis un delicioso fardo! ¡Henos aquí en presencia del valeroso Sila en persona y no necesitamos ir más lejos! El orador, girando sobre sus talones para situarse de cara al señor de la casa, estuvo a punto de caer a causa de la rapidez del movimiento que había querido ejecutar pese a su estado tambaleante. Pero se agarró del hombro de uno de sus compañeros y prosiguió en el mismo tono:

–¡Salud, Sila! Porque tú eres sin duda el oficial galo, heredero del noble Menesio, nuestro difunto amigo… ¡Nadie podría equivocarse, viendo tu porte viril, modelado por los trabajos guerreros al servicio de Roma!

–Soy Sila, en efecto -dijo el galo, que había optado por sonreír. – Como ves por el desorden de nuestras ropas y nuestro andar tambaleante, hemos pasado la noche de fiesta en el palacio de Tito César Imperator, a quien los dioses asistan, él mismo divino y vencedor en todas las cosas. Y en el transcurso de esa noche en ese palacio tu nombre ha sido pronunciado varias veces en presencia del propio César, que se ha interesado por ti…

–Debes saber, Sila -prosiguió-, que la desgracia de haber perdido a tu amigo y la fortuna de haber heredado sus bienes te convierten, al menos durante algunos días, en el hombre donde coinciden las miradas de toda la ciudad.

Y nosotros, cuando hemos visto que el alba se acercaba, hemos exclamado de común acuerdo: ¡Vayamos a ver a ese héroe, cuyo nombre está en boca de todos, y a saludarlo en la morada que debe a la amistad viril! ¡Vayamos a llevarle un presente de bienvenida, un presente inestimable, un tesoro, en una palabra, que los velos de esta litera no van a continuar ocultando por mucho tiempo a tus ojos, oh, Sila!

Al llegar al final de su perorata, el orador, cuyo rostro estaba bañado en sudor a causa del esfuerzo que realizaba y de todo lo que había bebido durante la noche, reprimió un hipido tapándose la boca con una mano y, con un gesto teatral, agarró el velo que cerraba la litera por un lado para apartarlo. Aquel movimiento le hizo perder el equilibrio. La cortina a la que se aferraba se desgarró al caer, todo el mundo se echó a reír y Sila vio, sentada en la litera, a Mancinia, la mujer de Patrocio y su amante, coronada de flores como los demás y vestida con una túnica lo bastante transparente como para permitir adivinar su hermoso pecho color de leche y las manchas oscuras de sus pezones, Mancinia, que reía a su vez y que le mostró los muslos al levantarse para descender de la litera.

La bella italiana rodeó los hombros del galo con sus blancos brazos.

–¡Sila! – exclamó-. ¡Qué aventura! ¡Tú aquí, más rico que Creso! ¿Seguirás queriendo algo de mí, ahora que puedes tener a las mujeres más hermosas del Imperio? Llévame a tu cama enseguida, antes de que tengas tiempo de reflexionar…

–¡Ni lo sueñes, Mancinia! Acabo de montar a caballo y de lanzar venablos durante dos horas. Antes pasaremos por los baños…

–¡Sí, sí, encantada! ¡Me harás el amor sumergidos en agua caliente!

Sin embargo, el hombre que había guiado a la ebria tropa hasta allí se había levantado realizando notables esfuerzos y agarraba a su vez el brazo de Sila.

– ¡Por todos los dioses, Sila! Ordena a tus gentes que nos conduzcan a los baños a nosotros también. No podremos dar un paso más sin rompernos el cuello… Y si el cuello del ánfora se rompe, todo el vino que contiene se esparcirá por el suelo, ensuciando estos lugares idílicos… Déjanos en manos de tus esclavos y masajistas mientras le das a Mancinia lo que espera de ti con tal impaciencia. ¿Sabes que nos ha suplicado que la trajéramos aquí, porque no se atrevía a venir sola?

Los esclavos que se ocupaban de las termas del palacio de Menesio se habían acercado a los juerguistas, pues, en cuanto había n oído la música de la tropa, habían comprendido que los necesitarían. Ayudaron a aquellos nobles personajes que se habían sacrificado a Baco en presencia y en compañía de César a llegar hasta los vomitorios, donde, antes que nada, les harían arrojar, con ayuda de sus hábiles dedos introducidos en su boca, el exceso de lo que habían comido y bebido.

–¡Oh, Sila! – dijo Mancinia, recostada sobre su amante, tras una larga lucha amorosa que había finalizado con las potentes exclamaciones que la joven dedicaba a Venus cuando se sentía feliz de entregarse-. ¿Qué va a ser de mí si me abandonas para casarte con una mujer rica como tú?

Estaban tumbados en una cama de madera de cedro, junto a la pileta de agua fría para sumergirse y refrescar el cuerpo después de haberse abandonado en el caldario a las manos de los esclavos, que formaban bajo sus dedos bolitas negras con las impurezas que se extraen de la piel ablandada por el vapor.

El baño y el masaje le habían quitado a Sila el cansancio producido por sus ejercicios matinales, y a Mancinia, el de la noche pasada en los desórdenes del festín imperial.

–¿Sabes una cosa, Sila? ¡Tito César quiere acostarse conmigo!

–Bien -replicó Sila con ironía-, pues no puedes negarte. ¿No eres una romana por excelencia? Te debes en cuerpo y alma al Imperio…

Ella meneó la cabeza.

–¡Eso me da lo mismo! Si lo hago, será por ti.

–¿Por mí? – preguntó Sila, sonriendo-. No te pido tanto…

–Pero ¿no te das cuenta, amor mío? Es importantísimo para ti que alguien pueda ayudarte ante el César. Todavía ayer, se dijo ante él que habías sido tú el que envenenó a Menesio para heredar sus bienes…

–¿Y quién dijo eso?

Mancinia se encogió de hombros.

–No serviría de nada que supieses los nombres de todos los que piensan tal cosa. Había cientos de personas en tomo a Tito César y la conversación derivó hacia Menesio y su muerte, ya que esa muerte produce grandes repercusiones en la próxima elección al tribunado. Ahora, Lacertio está seguro de ganar. No tiene ningún adversario y a nadie se le ocurre quién podría reemplazar a Menesio a un mes de la votación…

–¿Y cómo podrías ayudarme tú ante César?

–Ya lo he hecho, amor mío. Cuando César preguntó cómo era ese galo que había heredado la fortuna de Menesio, entonces yo tomé la palabra, yo, la cabeza de chorlito, la mujer de hermosos pechos y hermosas nalgas que se supone que no entiende nada de política. Y lo hice porque sabía desde esa misma mañana que César quería acostarse conmigo. Hay dos mujeres de su familia que siempre están a su lado. Una se llama Aridicia, su primera amante, la que lo desvirgó, según dicen, y la otra es su hermana, Domitila.

Ellas son las encargadas de anunciar la buena nueva a las muchachas que él desea poseer. Les dice: «Tráeme a ésta», y una de ellas va a verte y te explica que César desea ardientemente tenerte en su cama. Tienen mucho trabajo, porque eso es continuo… Incluso cuando estaba locamente enamorado de Berenice, se pasaba las noches haciendo el amor tanto con muchachas como con muchachos. Pero no podemos odiarle por eso. Hemos

tenido tantos emperadores que mataban a gente a diestro y siniestro que no vamos a quejarnos de éste, que al acceder al poder juró que nunca le haría daño a nadie…

–En resumen -concluyó-, él hace correr esperma en lugar de sangre.

Después de todo, ¡es un progreso! – Sila sonrió y la joven prosiguió-: Bien, pues ayer por la mañana, cuando salía de las termas en casa de mi tío, una esclava del palacio vino a avisarme de que, a mediodía, Aridicia llegaría en su litera ante la casa y que yo debía arreglármelas para que la puerta del jardín estuviese abierta, a fin de que ella pudiera entrar, y que fuera a verla porque debía hablarme de un asunto importante… ¿Te das cuenta? Yo hice todo eso, evidentemente, y encontré en la litera a Aridicia, pintada como un cuadro y comiendo golosinas mientras se hacía aire con un abanico. Me dijo que me sentara a su lado, que era una de las mujeres más bellas de Roma, que tenía unos muslos maravillosos…, y me acarició no sólo los muslos, sino también la entrepierna, de manera que creí que había venido por decisión propia y no en nombre de César. Finalmente, me dijo que César no paraba de hablar de mí y que le había confesado que mi imagen le impedía dormir y trabajar. Si no entendí mal, ¡el Imperio estaba en peligro! En cualquier caso, era preciso que me preparara para ir con él a Ostia, donde tiene la intención de pasar unos días a finales de la década.' «¿Qué debo decirle a César?», me preguntó al final, haciendo un mohín ridículo. Le respondí que César era un hombre apuesto, lo cual es cierto, pues hemos tenido también la suerte de que esté muy bien físicamente y sea inteligente, a pesar de tener demasiado vientre para sus cuarenta años, y añadí por cortesía que yo también lo había deseado a él con frecuencia, cosa que es absolutamente falsa. Lo único que pienso es que, en última instancia, una puede acostarse con él si no tiene posibilidad de hacer otra cosa. Entonces ella se refirió a Patroclo y dijo que no había tenido suerte al casarme con un hombre como él, al que sólo le gustan los muchachos, olvidando evidentemente mencionar el hecho de que a su antiguo alumno le gustan los hombres tanto como las mujeres, y yo, por mi parte, me abstuve de decirle que estoy bastante contenta de tener un marido como Patroclo, pues al menos no me importuna y me deja hacer todo lo que quiero, incluso acostarme contigo, amor mío, lo cual es para mí lo más maravilloso del mundo…

Mancinia abrazó entonces a Sila, en un súbito arrebato amoroso, y le besó apasionadamente en la boca. Luego permaneció acurrucada contra él, ronroneando.

–Nadie me ha hecho nunca gozar como tú. Me vuelvo loca cuando me penetras…

La joven se interrumpió para besarlo largamente y cogió el sexo de su amante con la mano.

Durante unos minutos sólo se oyó el murmullo del agua que fluía en la pileta del caldario. Después, Mancinia exhaló un profundo suspiro antes de reanudar su parloteo, meneando la cabeza.

–No haremos el amor otra vez. Me saldrán ojeras y no puedo permitírmelo.

Debo ir a las tres al templo de las vestales, pues una sobrina de Patroclo recibe hoy el velo… Todo el mundo se daría cuenta de que he hecho el amor como una loca. Cuando gozo varias veces seguidas, me salen unas ojeras enormes. Pero, no hago más que decir tonterías. Seguiré con el relato de los sucesos de ayer…, ¿dónde me había quedado?

–Tomaste la palabra en mi favor porque por la mañana te habías enterado de que Tito César se interesaba por ti…

–¡Ah, sí! Entonces dije que te conocía desde hacía años, que Patroclo y yo teníamos una granja en la Galia al lado de la tuya, y que tú eras un hombre notable, absolutamente honrado y siempre justo con tus esclavos, que respetabas profundamente al Imperio y a César, que profesabas un auténtico culto por Menesio, con el cual habías hecho toda clase de cosas increíbles en la guerra, y que era completamente imposible y absurdo que hubieras intentado hacerle daño… Por último, dije que era él quien te había pedido que dejaras la granja para reunirte urgentemente con él en Roma, y que yo estaba allí, en la Galia, cuando eso había sucedido. Entonces se produjo un silencio. ¡Si hubieras presencia do la escena! Todo el mundo miraba a Tito César, pendiente de lo que diría. –

¿Y qué dijo?

1. Período de diez días.

Mancinia rió.

–Dijo que ese galo, que aparentemente tenía todas las virtudes, debía de ser además un hombre apuesto para que una mujer de la belleza de Mancinia sintiera tanta admiración por él…

–Muy galante… Aprovechó la ocasión para dedicarte un cumplido. ¿Y qué sucedió después?

–Alguien dijo que no por ello dejaban de existir serias dudas acerca de la autenticidad del testamento que convertía a un galo en el legatario universal de Menesio, y que, si bien el galo tal vez no hubiera sido el instigador del asesinato, probablemente sí era el juguete de los hombres de negocios fenicios que habían presentado el testamento ante la sorpresa general, los cuales tenían la intención de aprovecharse de la ingenuidad de ese hombre de provincias y de su desconocimiento de los asuntos romanos para realizar a continuación, a su costa, fructíferas operaciones con la fortuna de Menesio, ya que a buen seguro eran ellos los que la iban a administrar…

Sila reflexionó en lo que acababa de relatarle Mancinia y luego preguntó:

–¿Qué más se dijo?

–¡Oh! Cambiaron de tema y se produjo un barullo de conversaciones que se superpuso a las palabras de aquellos que seguían hablando de Menesio y de ti, de manera que no pude oír nada más…

–¿Sabes cómo se llama el hombre que habló del testamento falsificado?

–No sé quién es, pero me acuerdo muy bien de su cara y mañana puedo preguntarles su nombre a algunos de los que estaban allí… O, todavía

mejor, al tío de Patroclo, que conoce a todo el mundo y sabe todo lo que ocurre en el palacio… Pero ¿para qué quieres saberlo, Amor mío?

–Me han dicho que tendré muchos enemigos en Roma -bromeó Sila-, así que debo empezar a confeccionar la lista…

–Vendré a verte pasado mañana y te diré lo que haya averiguado. –

Mancinia lo abrazó de nuevo-. Te dejo dos noches para que recuperes fuerzas, pero tendrás que hacer gala de una gran energía… ¡Por todos los dioses, Sila! No haré más que pensar en eso durante dos días, en el momento en que volveré a verte y tú me tomarás en tus brazos…

De repente, ante la sorpresa de Sila, que la enlazaba por el talle, la joven estalló en sollozos:

–Lo que sucede es terrible -gimió, apretando su rostro inundado de lágrimas contra el pecho de su amante-. Cuando estábamos en Vienna, te deseaba ardientemente porque sólo podía hacer el amor con mis camareras y porque ese idiota de Patroclo no sirve para nada, pero ahora, desde que llegué a Roma contigo y me dejaste en Ostia, he comprendido que te amo de verdad.

¿Me oyes, Sila? Eres el hombre al que amo, jamás amaré a otro, ahora lo sé y seré muy desgraciada…

De los grandes ojos negros de Mancinia brotaban abundantes lágrimas que rodaban por el pecho del galo, el cual acariciaba los cabellos de la joven, al tiempo que besaba suavemente su frente.

–No, Mancinia, tú nunca serás desgraciada. Sabes muy bien que nunca te haré daño y que siempre estaré junto a ti…

Ella negó con la cabeza, sollozando.

–Sí, pero tú amas a esa pequeña esclava a la que desvirgaste antes de partir, lo sé. Todos sois iguales. Os gustan las esclavas porque sabéis que os pertenecen totalmente y que podéis hacer de ellas lo que queráis… Eso es lo que os excita a los hombres, y nosotras no podemos luchar contra ello…

–Estás diciendo tonterías -replicó Sila, sonriendo e inclinándose sobre la hermosa boca de Mancinia para darle un tierno beso.

Sin embargo, después de hacerlo se acordó de Haedunna, de su mirada mientras se entregaba a él, y pensó que tal vez Mancinia tuviera razón.

* La peluca de Nestomaros

Sila dejó a Mancinia dormida en los baños donde se habían unido y se vistió para ir a la escuela de gladiadores. Se dirigió hacia los establos a fin de elegir un caballo capaz de llevarle hasta allí. Sin embargo, antes de que le diera tiempo a hacerlo, se presentó un mensajero procedente de la poterna de entrada del palacio para informar al señor de que un hombre llamado Nestomaros acababa de llegar con equipaje de viaje, y que había montado en cólera porque no le dejaban franquear la puerta, pese a haber dicho que era un amigo del señor y que éste le había invitado a instalarse en el palacio cuando quisiera y tanto tiempo como quisiera.

–¿Cómo es? – preguntó Sila, que no conocía a nadie que se llamara así, ni en Vienna ni en ningún otro lugar.

–Es un… galo, señor. Lleva el cabello largo y un gran mostacho. Le acompaña una mujer, montada en uno de los caballos, una mujer bajita y gorda, mucho más joven que él…

–¿Hay varios caballos?

–Sí, señor, tres. Caballos galos, fuertes y con grandes pezuñas. Uno para él, otro para su mujer y otro para el equipaje.

–¿Nestomaros? – repitió Sila-. ¿Es todo lo que ha dicho?

–Ha dicho, señor, que era vuestro amigo de infancia y que acababa de llegar a Roma, que había tenido el tiempo justo de pasar por casa de Certio antes de presentarse en la vuestra…

–Está bien -dijo Sila, sonriendo-. Que le dejen entrar.

Sila se entretuvo unos minutos eligiendo un caballo, ordenó que lo ensillaran y lo condujeran a la entrada del gran atrio, y luego se dirigió al paseo principal a fin de asistir a la llegada de Nestomaros, que evidentemente era, transformado en notable galo por obra del hijo de Libio, el Proscrito en persona.

Éste, caminando al lado de su caballo, que un guardia del palacio conducía por la brida, exclamó con voz estentórea en cuanto vio al heredero de Menesio:

–¡Sila! ¡Estás protegido por auténticos cancerberos! ¡Me han hecho esperar a tu puerta, a mí, que llevo dieciocho días recorriendo caminos para venir a verte!

El falso Nestomaros se expresaba en correcto latín con un marcado acento galo que lo convertía, a todas luces, en un indígena perteneciente a una buena familia educada en la mejor escuela romana de Lugdunum. El gran mostacho, la cabellera tirando a pelirrojo, las joyas de oro un poco demasiado vistosas que llevaba en torno al cuello, la tela de lana de su túnica, todo era minuciosamente galo, y la locuacidad del Proscrito unida al talento como peluquero y experto en vestuario de Certio elevaban aquella nueva encarnación del cónsul desterrado a la categoría de obra de arte. Y la joven que le seguía a lomos de un caballo más pequeño, con sus aros en las orejas y su ropa tan costosa como anticuada, tampoco podía ser sino de la Galia. Sin embargo, se trataba de su amante Clidion, a quien el Proscrito había sacado del panteón que compartía con él en el reino de las sombras pestilentes.

–¡De manera que has venido! – dijo Sila, después de que los dos hombres se hubieran dado un abrazo ante la mirada de numerosos esclavos surgidos de los establos y el atrio para ocuparse de los viajeros y sus monturas-. Estoy conmovido y te lo agradezco.

El Proscrito había decidido acudir en su ayuda.

–¡Que pase lo que tenga que pasar!-dijo Mersennah, asiendo del brazo al ex oficial de las legiones-. Estoy cansado del agujero donde me entierro y he optado por combatir contigo a la luz…

Se volvió para contemplar los impecables edificios, sus ornamentos, los frescos de las paredes, la silueta de los establos, con una capacidad para más de doscientos caballos, y aquel paseo que se prolongaba hacia el pórtico, al pie del cual Menesio iba a ser inhumado y que unos esclavos limpiaban incesantemente.

–Este palacio que domina la capital del mundo -dijo-, ¿no es acaso un lugar admirable, que merece arriesgarlo todo por él?

–Tú lo dirigirás, Nestomaros. Voy a presentarte ahora mismo a los intendentes y mayordomos, y a decirles que has venido para eso…

Penetraron en el gran atrio mientras los esclavos transportaban el equipaje y las camareras conducían a la joven esposa del viajero -riéndose para sus adentros del pantalón que ésta llevaba bajo el vestido, al estilo galo- al aposento que ocuparía con su esposo.

Los intendentes llegaron y Sila les anunció que su amigo, el administrador de bienes Nestomaros, había venido de Lugdunum para encargarse de la gestión del palacio y de las granjas que lo aprovisionaban. En lo sucesivo, tendrían que obedecerle en todo.

Nestomaros comenzó a hacer a los diferentes mayordomos preguntas que demostraban que un galo podía conocer a la perfección la manera de hacer las cosas en Roma, y su autoridad se impuso por sí sola, al igual que había sucedido con la de Sila por la mañana.

Pero Nestomaros, para dar un gran golpe de efecto, ordenó que reunieran a todos los esclavos, cualquiera que fuese su función. Aparecieron, pues, tanto los que limpiaban las letrinas como los contables y los engreídos

secretarios, los porteadores de madera de manos callosas y maneras torpes que garantizaban la calefacción de las termas como las camareras y las flautistas, elegantemente vestidas y maquilladas. Llenaron el atrio en silencio, y el Proscrito tomó la palabra, cuidando su acento galo, para anunciar que todos los castigos y las multas quedaban cancelados con ocasión de su entrada en funciones. Además, una suma de cien sestercios sería entregada a cada uno a título de gratificación. Luego ordenó que todos volvieran a su trabajo, conscientes de que a partir de ese momento el derroche de los bienes del señor sería castigado, además de con azotes, con la pena de ir a remar a las galeras, en el. caso de los hombres, y de ser vendidas a un leno, en el de las mujeres.' Poco antes de su muerte -añadió Nestomaros-, Menesio había ordenado construir varias galeras nuevas de tres hileras de remeros. La necesidad de formar lo más rápido posible tripulaciones para servirlas debía incitar a todo el mundo a portarse bien…

Los esclavos y los intendentes, la mayoría de ellos también esclavos, se dispersaron, y Sila, que deseaba hablar confidencialmente con Mersennah antes de dirigirse a la escuela de gladiadores, condujo a su amigo hacia el lugar donde le preparaban al patricio difunto una sepultura digna de él.

Se aproximaron al lugar fatídico y penetraron en la construcción de mármol que daba acceso al salón a cielo descubierto desde donde se dominaba toda la Ciudad.

Los ojos del compañero de armas de Sila se habían llevado con la muerte aquella visión cuando era del color azul de la noche, salpicada por las luces que titilaban en ella. Sila y el Proscrito la veían ahora coloreada por los rayos de un sol que bañaba de dorado los miles de tejados de tejas redondas, antes de teñir el horizonte lejano de los campos.

–Fue aquí, ¿verdad? – preguntó Mersennah-Nestomaros, que ya sabía, por Sila, cómo había perecido Menesio.

–Fue aquí. Le vi beber y la oí a ella decirle que no quería vino porque al día siguiente debía ocuparse de ciertos menesteres… Y no comprendí que asistía a la muerte de aquel al que había venido a defender contra los

peligros de esta ciudad…

El Proscrito meneó la cabeza.

–Para eso sirve el veneno -dijo.

1. Un siglo más tarde, bajo el emperador Adriano, se prohibiría y sería considerado un crimen.

–En tu opinión, ¿es posible que ella quisiera matarlo? – preguntó Sila.

Metalla creía en la existencia de un testamento que la convertiría en ciudadana libre a la muerte de su amo. Ella no amaba a Menesio. Las frases pronunciadas aquella noche por la esedaria todavía resonaban en los oídos del galo. No era la voz de una mujer enamorada la que Sila había oído desde lo alto del pórtico donde se ocultaba. Ella se negaba a tener un hijo de su amante. Había hecho el amor con placer, desde luego -si es que sus gemidos no eran la parte sonora de una comedia que representaba ante su bienhechor-, pero podía tratarse de un placer egoísta, a la medida de una mujer como ella, inaccesible a la debilidad y que había sobrevivido desde el principio de su cautiverio entre los romanos a fuerza de crueldad. ¿Tenía Metalla un amante de corazón entre los gladiadores con los que vivía, en una atmósfera que olía a sangre y arena, uno de aquellos gladiadores, esclavos como ella?

Metalla deseaba la libertad y la fortuna que le podría proporcionar la escuela de gladiadores, que Menesio había fundado para ella, pero sobre la cual la joven no tenía ningún derecho. En cuanto a su libertad, para ser completa, no podría acceder a ella sino a la muerte del patricio, porque la liberta en que se habría convertido mientras éste estuviera con vida, en el caso de que él hubiera aceptado poner fin a su condición servil, según la ley habría permanecido estrechamente ligada al antiguo amo.

La voz del Proscrito interrumpió la reflexión de Sila.

–No creo que ella quisiera su muerte. Veo más bien en ello un asunto político. Y es por eso por lo que debes esforzarte en hacer que la elección

de Lacertio fracase. ¡Castiga a aquel a quien el crimen beneficia! – El falso Nestomaros miraba los cimientos destinados a albergar la tumba de Menesio. Luego se volvió hacia la Ciudad-. ¡Qué espectáculo para las ensoñaciones de Menesio, dormido en el silencio del más allá, el de esta Roma que lo ha matado antes de que pudiera conquistarla! – Sila escuchaba el murmullo que subía de las calles-. A la memoria de aquel al que quieres dar aquí una sepultura -prosiguió el cónsul destituido-, debes ofrecer en primer lugar la derrota de sus enemigos. ¡Lacertio no debe acceder al tribunado en su lugar! De lo contrario, Menesio será dos veces vencido, por la muerte y por el triunfo de aquellos que le odiaban…

–¡Puedo presentarme al tribunado! – dijo Sila.

–Desde luego que no. Pero puedes gastar sin problemas una fortuna para que sea elegido alguien contra Lacertio. Piensa, Sila, el renombre que obtendrás si organizas, en nombre del candidato al que vas a apoyar, los juegos que Menesio quería ofrecerle a César, al Senado y al pueblo. ¡Y qué espectáculo, organizado por nosotros, tendremos ante nuestros ojos! ¿Quién sabe? Tal vez obtengas la amistad de Tito, que no es una mala persona, al contrario… Le apasionan los gladiadores. Vengarás a Menesio y confundirás a sus enemigos convirtiéndote en alguien influyente en el palacio imperial… Debes hacer que elijan contra Lacertio a alguien honrado -prosiguió-. Además, será un acontecimiento memorable, susceptible de asombrar a todo el Imperio -comentó con ironía.

–Pero ¿acaso hay un solo hombre honrado en esta ciudad? – replicó Sila en el mismo tono, con los ojos clavados en el paisaje de las siete colinas.

–¡Es verdad! – exclamó el Proscrito-. No había caído en ello. En Roma, no -

prosiguió-, pero en las tierras a las que se han retirado para huir de ella, a fin de vivir con frugalidad de sus corderos y su grano, sin duda quedan algunos Cincinatos al estilo de los antiguos tiempos… -Tras reflexionar unos instantes, Nestomaros exclamó-:

–¡Lépido! ¡Eso es, Lépido! Ése es nuestro hombre. Durante todo el tiempo que fue prefecto de la annona bajo César Augusto, la Ciudad no dejó de ser

aprovisionada en abundancia, sin perjuicio para las finanzas públicas y sin beneficio para las suyas. Luego se retiró a sus tierras, cerca de Veies, después de que unos intrigantes convencieran al Emperador de que no le renovara el cargo. Allí se las arregló tan bien para que lo olvidaran que Nerón no pensó en mandarlo asesinar…

Sila meneó la cabeza.

–¡No querrá volver a la política!

–¡Desengáñate, galo! ¿Acaso tú mismo no estabas en algunos momentos cansado de la felicidad que experimentabas entre tus bueyes y las esclavas que desvirgabas cuando estaban maduras? La Ciudad es un veneno, pero es también una droga deliciosa por la cual suspiran después quienes la han probado, cuando se ven reducidos a las verduras de sus huertos y los molestos parloteos de sus hiladoras… ¡Ah, el hogar ante el cual se vela en invierno! – concluyó cómicamente-. Uno se muere de aburrimiento…

Partamos para Véiés -añadió en otro tono-. Convenceremos a Lépido. Está a cuatro horas de caballo.

Uno de los esclavos secretarios apareció en ese momento, procedente del palacio.

–Señor -le dijo a Nestomaros-, han venido varias personas que desean ver al amo. Una de ellas es un abogado…

–¡Abogados! – exclamó con desprecio el Proscrito-. Se acercan a tu fortuna, Sila, como abejas a un pastel.

Sila reconoció enseguida al abogaducho de la toga remendada que había visto levantarse del banco en el estudio del notario Quirilio, el día de la lectura del testamento, para atrapar al vuelo la causa de Metalla, frustrada por no ver cumplida la promesa que Menesio le había hecho. Permanecía en los escalones por los que se subía al atrio, dándose aires de importancia.

Había debido de ir a toda prisa a la escuela de gladiadores donde vivía la esedaria y la había convencido de entablar una demanda contra aquel tal

Sila que había usurpado los bienes de Menesio… De hecho, ¿qué podía perder? Ya se tratara de Porfiria o de aquel galo desconocido, seguiría siendo esclava de uno u otro, a falta de un acta de liberación debidamente firmada por su amante.

El abogaducho avanzó hacia el galo.

–¿Eres tú Sila, el que se proclama heredero de Menesio? – preguntó con firmeza.

–Y tú -intervino el Proscrito, con una sonrisa irónica-, ¿eres el escarabajo que viene a engordar su pelota con la porquería de los demás?

–¡Lleva cuidado! – dijo el abogado, frunciendo el entrecejo-. Soy Honorio, hijo de Caedo, inscrito en el colegio de abogados de la ciudad de Roma, y, si me injurias, caerá sobre ti el rigor de la ley.

*. Alto magistrado cuya misión consiste en garantizar, en cualquier circunstancia, el aprovisionamiento de víveres en Roma.

–¿Puede tu madre asegurar que eres el hijo de Caedo? – prosiguió el Proscrito.

–¿Qué quieres decir con eso? – repuso el otro.

–A una mujer puede fallarle la memoria cuando está demasiado ocupada.

¿Llevaba tu madre un registro de todas las visitas que recibía en su habitación para garantizar tu subsistencia y la suya?

–¡Campesino! – exclamó el abogado, ultrajado-. ¿Has salido de tu agujero provinciano para insultar el honor de una noble familia? ¡Los dos reiréis menos cuando estéis ante los magistrados!

–¿Y por qué íbamos a presentarnos ante los magistrados? – preguntó el Proscrito.

–Para responder a la demanda presentada por mi clienta, la esedaria Metalla, referente al embargo de la escuela de los Amarillos rayados de verde de la que es gerente, hasta que haya un pronunciamiento acerca de la validez del testamento que tu amigo, aquí presente, exhibió ante el notario Quirilio ayer… Nestomaros negó con la cabeza.

–Mi amigo Sila no exhibió nada en absoluto. Ignoraba que un tal Khalil se presentaría en casa de ese notario con un testamento en su favor. Pero, dime, gran hombre, ¿cuánto le has pedido a Metalla para ocuparte de su causa?

–¡Eso es asunto mío! – replicó el jurista de la toga remendada.

–¿Tú crees? Pues a mí me parece que también es nuestro, de lo contrario, no estarías aquí… Responderé en tu lugar: le has pedido el seis por ciento del valor de la escuela de los Amarillos rayados de verde en caso de que tengas éxito…

–¿Cómo lo sabes? – le interrumpió el otro, encogiéndose de hombros. –

Conozco las costumbres de esta hermosa y gran ciudad, por muy campesino que sea. Y sé también que le has pedido mil sestercios por adelantado para tus gastos y que ella te ha aflojado apenas doscientos, lo cual ni siquiera alcanza para pagarle a tu patrona, a quien le debes varios meses de alquiler por el cuchitril donde vives encima de un establo, y saldar las cuentas con el tabernero, que ya no te da a crédito más que sopas de guisantes porque le has dado demasiadas largas…

–¡Mucha labia tenéis vosotros, los de Lugdunum! – le espetó el joven abogado, rojo de rabia.

–¡Eh! – repuso el Proscrito-. ¡No más que tú! – A continuación le hizo una seña a uno de los secretarios que habían asistido al enfrentamiento-. Trae una bolsa con mil sestercios y un talón por valor de cinco mil denarios* con cargo al Banco Tirreno de Crédito Agrícola, a nombre de Honorio, hijo de Caedo. ¡Date prisa!

El secretario se inclinó y corrió hacia la estancia donde estaban los escritorios y las cajas fuertes del palacio. El abogaducho observaba a los dos galos, el auténtico y el falso, con la boca abierta.

*. Un denario equivale a cuatro sestercios, y un sestercio a cuatro ases.

–Metalla es la esclava del oficial galo Sila aquí presente, gran hombre -

explicó Nestomaros-, y sus asuntos son, pues, los nuestros. Nos ocuparemos de ellos a su debido tiempo. Mientras tanto, Sila te toma a su servicio con mil sestercios y cinco mil denarios de adelanto, además del dos por ciento del valor de los negocios que le hagas ganar. ¿Aceptas?

–Es…, es una oferta digna de ser considerada -balbuceó el desdichado de la toga remendada.

–¡Vamos! – exclamó Nestomaros-. Ve a insultar a tu patrona, arrójale a la cara el dinero que le debes, múdate, vístete convenientemente para honrarnos y regresa aquí para empezar a trabajar en nuestros negocios…

Acto seguido se volvió hacia Sila, que había sacado un bastoncillo de viburno de su reserva y se lo colocaba entre los dientes. El galo firmó el talón con cargo al Banco Tirreno con el estilete que le tendió el secretario a su vuelta de los escritorios.

–Así es como se solucionan aquí los asuntos -concluyó Nestomaros, mientras el abogado, transportado de alegría, se alejaba-. A partir de ahora, ese desarrapado te será fiel hasta la muerte.

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