Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 3 de 48

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Gladiadores

Los rápidos del Ródano

Él se inclinó para acercar el rostro al suyo y vio que le sonreía.

Los rápidos del Ródano

Por la mañana, Sila envió a Todj a casa de Patroclo con una tablilla en la que le informaba a su vecino y amigo que partía hacia Roma, en respuesta a la llamada de un compañero de las legiones, galo como él, que se encontraba gravemente enfermo y le pedía que acudiese a la cabecera de su lecho antes de que las Parcas cortasen el hilo de su vida. Luego montó en su caballo helvecio, en el patio de la granja, mientras los esclavos se agrupaban para dirigirse a los campos y acabar la siega. Varias mujeres se acercaron a besarle los pies cuando estuvo instalado en la silla, como si presintieran que el amo partía para permanecer fuera mucho tiempo y por un grave motivo. Éste les recomendó que procuraran que reinase la concordia entre todos durante su ausencia y les comunicó que había delegado su autoridad en Todj; después se alejó, con el corazón dividido entre la emoción de abandonar el universo en el que reinaba como si fuese un dios y el placer, olvidado desde hacía tiempo, de reconciliarse con la vida de aventura que siempre había llevado antes de retirarse del ejército.

Como el calor del sol todavía no se había apoderado del paisaje de rastrojos, constelados por los tallos de trigo dispuestos en montones en espera de ser almacenados, lanzó su caballo al galope por el camino de tierra batida que serpenteaba al pie de las colinas. No tardó en divisar la granja de Patroclo más abajo. Dos jinetes, en los cuales reconoció a Todj seguido de Patroclo en persona, salían de allí. ¡Patroclo a caballo! Aquello era un verdadero acontecimiento. El sobrino de Vitelio sólo se desplazaba en carro o en litera, para no magullar las delicadas carnes de su trasero.

–¡Sila! – exclamó el romano cuando se encontraron-. ¡Realmente, tu

crueldad no conoce límites! Tenías que cenar con nosotros esta noche. Ya había ordenado que fuesen a buscar hielo a Vienna para refrescar los vinos y preparar los sorbetes…

Patroclo llevaba aún la túnica de noche, bordada con diminutas flores, y transpiraba abundantemente a causa del esfuerzo poco habitual que había realizado para interceptar la carrera de su vecino hacia el embarcadero.

–¡Lo siento muchísimo, Patroclo! Pero mi amigo me ha hecho saber que se encuentra a las puertas de la muerte y debo apresurarme…

–¡Es preciso, pues, estar en las últimas para gozar de tu compañía! –

exclamó el romano con su voz de falsete-. ¿Debo cortarme las venas delante de ti para que aceptes cenar en mi casa? Mancinia se ha desmayado cuando le he dicho esta mañana que partías para Roma sin ella, contrariamente a lo que acordamos ayer…

–No habíamos acordado nada -señaló el galo.

–De cualquier modo, ¡no puedes hacerle una afrenta semejante a Mancinia!

Se está preparando. Ya han enganchado su carro y te alcanzará por el camino. ¿Conoces a Cimón, mi auriga, y mis dos caballos grises? ¡Pueden llegar a Vienna antes que tú!

En ese momento se oyeron gritos y un ruido de ruedas, y los tres hombres volvieron la cabeza hacia el porche de la villa de Patroclo, que se divisaba unos ochocientos metros más abajo. Un carro tirado por dos caballos salió entre los batientes abiertos del portón. El polvo humeaba bajo los cascos de los dos caballos tordos que avanzaban cuesta arriba. El auriga, como buen conocedor del terreno, se apartó del camino y cruzó con decisión a través de los campos, enfilando directamente hacia el grupo de los tres jinetes que permanecían en lo alto de la colina, mientras Mancinia, sonriente, se agarraba con una mano a la barra de sujeción y agitaba la otra en su dirección. El vehículo llego a la altura de Sila y Patroclo en tres minutos.

Mancinia, cuyo voluminoso pecho destacaba bajo el ligero vestido, le indicaba al cochero que prosiguiera sin detenerse.

–¡Adelante, Cimón, adelante! ¡Demuéstrale a ese galo que monta una jaca de labor lo que son auténticos caballos! – Al pasar ante Sila, le espetó, riendo a carcajadas-: ¡Esta vez no te me escaparás, Sila!

El galo sonrió y sacó del bolsillo una de sus ramitas de viburno.

–¡Qué mujer tienes, Patroclo! Es una fuerza de la naturaleza…

–Exacto -repuso el sobrino del acaudalado Vitelio exhalando un suspiro-.

Haría falta un soldado como tú con toda su tropa para satisfacerla… Te la confío -añadió, sujetando al galo por un brazo-. Sé que está en buenas manos. ¡Que los dioses te protejan en Roma! – concluyó-. Nos veremos allí el mes que viene…

Sila calculó la hora por la altura del sol. El pontón de las once no atracaría antes de cuarenta minutos en el embarcadero que se divisaba en el río, flanqueado por un grupo de casas donde se hallaban los comercios que vivían de la escala, dos millas más abajo de la ciudad.

Los dos caballos grises del carro de Mancinia avanzaban ahora al paso, empapados de sudor, y Sila se puso al galope para adelantar al vehículo. Al llegar al edificio de la Rodania, la compañía que explotaba los pontones, dejó el caballo en manos de uno de los esclavos y se acercó al empleado responsable de la escala, que se hallaba bajo un tejadillo, sentado ante una especie de escritorio. – Salud, Sila -dijo el empleado.

–Salud, Tercio. ¿Hay plazas en el pontón de las once para Marsella? El llamado Tercio consultó las tablillas que tenía ante sí.

–Va completo -declaró-. ¿Por qué no nos ha enviado a alguien para hacer la reserva?

–Ha sido una decisión improvisada, y la mujer de Patroclo viaja conmigo…

-El segundo camarote oficial no ha sido reservado. Si el prefecto o alguien así no se presentan en el último momento para ocuparlo, será para

vosotros…

–Gracias, Tercio. Voy a hacer un recado. Cuento contigo.

El galo se dirigió hacia las tiendas agrupadas un poco más allá y entró en la joyería, donde también se vendían cuchillos, bolsas de viaje, objetos de aseo y juguetes para los niños.

–Salud -dijo al entrar el ex oficial de las legiones-. Quisiera una pulsera de esclavo.

El comerciante, un hombrecillo rechoncho y calvo, con los dedos repletos de anillos y una lupa de joyero atada a un cordón grasiento que colgaba de su cuello, se levantó del taburete donde estaba sentado. Tenía las piernas tan cortas que no pareció mucho más alto que antes. Volvió ligeramente el cuerpo hacia el mueble con cajones situado detrás de él, contra la pared, y preguntó:

–¿Qué medidas tiene vuestro esclavo? ¿Es un hombre o una mujer?

–Una jovencita -respondió Sila.

El hombre abrió un cajón y el galo vio una hilera de esas pulseras de cobre que llevaban los esclavos en el tobillo.

–No la quiero de cobre -decidió el ex oficial, meneando la cabeza.

–No son caras -arguyó el calvo que creía que a su cliente le parecía un gasto excesivo-. Puedo dejaros ésta por dos sestercios setenta… Las de bronce no cuestan mucho menos, y, si es para una sirvienta de la casa, el cobre causa mejor efecto. Evidentemente -añadió, con una mueca de desprecio-, si la va a llevar para realizar trabajos en el campo o los establos…

Todos aquellos destripaterrones de la región, que exportaban su trigo y sus bovinos hasta lo más recóndito de Italia, eran inmensamente ricos, pero tan tacaños como los demás.

–De oro -indicó sucintamente Sila, acercando una mano a la ramita de viburno que trituraba entre los dientes desde que entrara en el comercio.

El hombrecillo de cortísimas piernas le miraba ahora con ojos de asombro.

–¿De oro?

Una pulsera de tobillo pesaba mucho, y de oro costaría una bonita suma.

¡Para marcar a una esclava!

–Tengo prisa -dijo Sila, cortante-. Debo embarcar en el pontón de las once.

El hombre se apresuró a sacar el cajón de las pulseras trabajadas en metales preciosos, que estaba cerrado con llave, y lo colocó sobre el mostrador, entre él y su cliente. El cajón contenía una veintena de pulseras de plata y media docena de oro.

–Dispongo de menos variedad en oro, evidentemente -se excusó, sonriendo con servilismo.

Vio que Sila sacaba un paquete de tablillas de madera, cada una de las cuales llevaba un sello de cera con el distintivo del Banco Vienense de los Alóbroges.

El dedo del galo señalaba la pulsera más maciza.

–Ésta -dijo-. ¿Cuánto vale?

El hombre depositó el objeto sobre la balanza.

–¡Mirad, señor! – exclamó-. Pesa más de seis onzas… -El comerciante desvió la mirada hacia las tablillas sobre las que su cliente se disponía a inscribir el montante de la compra con el pequeño estilete atado a una cinta-. Mil seiscientos ochenta sestercios -anunció con cierta inquietud.

Esperaba que el granjero regatease y había dicho aquella cantidad pensando que la rebajaría hasta mil quinientos, pero el estilete de Sila grabó rápidamente la cifra en números romanos. El hombre encendió una lamparilla de aceite para ablandar la cera del sello y Sila apoyó el anillo sobre ésta, inscribiendo su marca personal: una espada entrecruzada con la cifra veintiuno, la de los veintiún años que había pasado en el ejército, desde los dieciocho hasta los treinta y nueve, edad que tenía en el momento en que se retiró para comprar la granja. Luego dijo que la pulsera debía ser llevada a la granja del oficial veterano Sila, en el camino de Vienna a Rutium, y le tendió el cheque al joyero, que ya había reconocido el sello del banco más importante de la ciudad de Vienna. Dicha ciudad, que fue fundada mucho antes que Lugdunum, habría sido la primera capital de la Galia en lugar de ésta, si los imbéciles de los vienenses no hubiesen apostado por el caballo perdedor, como un atajo de patanes que eran, al atacar por sorpresa a la retaguardia de las fuerzas de César, el cual acababa de remontar el valle del Ródano tras haberse detenido en sus tierras. Le habían recibido con reverencias y las llaves de la ciudad en una bandeja.

César, furioso, había vuelto atrás, había hecho entrar en razón con severidad a los vienenses, decapitando a todos los notables del lugar, y, por supuesto, había establecido su campamento, destinado a convertirse más tarde en Lugdunum, cincuenta kilómetros más arriba, en un recodo del Ródano donde en aquella época no existía ninguna aglomeración urbana.

El joyero inclinó la cabeza respetuosamente antes de guardar el cheque en un cajón y, tras coger un estilete y prepararse para escribir en una tablilla, preguntó:

–¿Qué deseáis poner en el grabado, señor?

–Grabarás lo siguiente: Soy Haedunna, pertenezco a Sila, oficial de las legiones, que me aprecia…

El hombre miró a su cliente.

–Es…, es un poco largo, señor. Corremos el riesgo de que no quepa, o de que la letra quede muy pequeña… -Y, frunciendo el entrecejo, se aventuró a

proponer-: Haedunna pertenece al oficial Sila, que la ama… ¿Os parece apropiado?

Sila, sorprendido, permaneció en silencio un instante. ¿Llegaría a amar a la pequeña, que se había entregado a él la noche anterior con el sufrimiento reflejado en el semblante, y de nuevo al amanecer, cuando él la había poseído de nuevo, con un gemido de placer?

El otro acechaba con una sonrisa idiota la respuesta de su cliente. La campana que anunciaba la llegada del pontón de la compañía Rodania sonó fuera.

–Está bien -dijo Sila.

Cuando la puerta del camarote se cerró tras los dos, Mancinia se arrojó en brazos de Sila.

–Por fin -murmuró, apretando su hermoso pecho contra el del galo y acercando a él la boca, con una irreprochable hilera de blancos dientes impregnados de un aliento delicioso.

Mancinia bajó la mirada, y sus ojos, ornados con largas pestañas negras, se quedaron en blanco.

–Muero de amor, Sila -prosiguió-. Hace meses que sólo tengo a mis camareras… Sueño todas las noches contigo y con tu olor a macho.

Imaginaba que me poseías en los campos donde haces la siega y que olías a sudor…

Su mano descendía hacia el sexo de Sila. Pero, al llegar allí, encontró una calma total.

–¡Oh, oh! – exclamó, riendo, al tiempo que introducía su lengua puntiaguda entre los labios de su compañero de viaje-. La pequeña de ayer ha pasado antes que yo y se lo ha llevado todo… -No obstante, continuó ofreciéndole sus besos, que Sila no rechazaba, y se desabrochó el vestido, dejando al

descubierto sus pechos de generoso volumen-. Pero yo utilizaré todos los medios a mi alcance y, si mi mano no logra despertarte, mi lengua se encargará de hacerlo…

Sila empezó a excitarse, pero en ese momento alguien llamó a la puerta del camarote. Mancinia interrumpió sus caricias.

–¿Qué ocurre? – preguntó el galo.

–El servicio de comidas, señor -dijo una voz inocente al otro lado de la puerta.

Sila fue a descorrer el cerrojo y un joven desgarbado, con la túnica de uniforme de la compañía, apareció en el umbral, dejando entrar con él el rumor de los rápidos que el pontón descendía a gran velocidad. La luz era crepuscular. Una gran ola saltó sobre la barandilla y salpicó la espalda del muchacho.

Éste llevaba en la mano las listas con los platos disponibles y comenzó a enumerarlos.

–Hay un surtido variado de pescados ahumados de Escandinavia y toda clase de jamón de la Galia, cocido o ahumado, y también salchichones. En Lyón hemos embarcado vulvas de cerda calientes, croquetas en salsa y aves al vino. Todo eso se mantiene al calor hasta las diez. Tenemos tres variedades de vino blanco y cuatro de vino tinto. Los blancos son de Béziers, de Mosela y bitúrigos. En cuanto a los tintos…

Mancinia le quitó la palabra:

–¡Por todos los dioses! ¿No te das cuenta de que tengo hambre de algo muy diferente a la vulva de cerda, grandísimo bobo?

–Tráenos un surtido de jamón y de carnes frías, y vino de Mosela con hielo

-intervino Sila, que buscaba un denario en la bolsa que llevaba atada a la cintura, bajo la túnica-. ¡Date prisa! Y después no vuelvas a molestamos…

El papanatas se inclinó, se guardó la moneda y salió. Unos minutos más tarde regresó acompañado de un niño. Entre los dos llevaban varias bandejas y un cesto que contenía las garrafas de vino y el cubo del hielo.

El camarote fue invadido por platos y comida. Una vez el cerrojo corrido, Mancinia comió y bebió en abundancia. Luego, con los ojos brillantes y el rostro coloreado por el vino, se quitó la ropa y apareció ante su compañero con todo el esplendor de su hermoso cuerpo.

Sila contemplaba el generoso espectáculo del prominente monte de Venus ornado con una negra pelambrera, de los muslos anchos y firmes y de las largas piernas de aquella belleza italiana.

Ella apoyó ambos brazos en los hombros del galo y acercó de nuevo una boca glotona.

–¿Te sientes decepcionado? – susurró-. No está tan mal, ¿no te parece? Su mano acarició el pecho musculoso del oficial de las legiones. Después empezó a dirigirse más abajo.

–Veamos si continúas insensible a mis caricias -añadió, riendo. Esta vez, la voluntad de Sila se mostraba firme y rígida.

–¡Ah, Sila, mi soldado! ¡Esto que tienes aquí es un venablo! – exclamó la bella romana, cerrando la mano sobre el arma preparada para el combate amoroso. A continuación, abrió el pantalón que Sila llevaba al estilo galo y se inclinó para aproximar una boca amorosa hacia la carne que continuaba apretando entre los dedos.

Sila cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás, sobre la litera con colchón de lana del camarote de lujo del pontón número XXXVIII de la Compañía de Transportes Fluviales del Ródano y del Rin, denominada corrientemente «la Rodania».

1. De Burdeos

Mancinia emitió un potente grito al liberar el orgasmo, que convulsionaba todo su cuerpo, al tiempo que clavaba las uñas en la espalda de Sila. Luego se relajó de golpe, abandonándose bajo el peso de su amante. Una sonrisa de felicidad inundó su semblante, hasta entonces crispado por el violento placer que la dominara durante el largo abrazo, entrecortado por diestras caricias, que la había unido a Sila. Éste retiró la mano que había colocado sobre la boca de su compañera para ahogar sus gemidos, por temor a que la oyeran en el camarote contiguo, donde con toda probabilidad se hallaban los dos importantes personajes que habían subido a bordo en Lyón, es decir, antes de la escala realizada en Vienna, donde el galo había embarcado en compañía de la esposa de Patroclo.

El propio Sila había experimentado dos veces el supremo placer entre los brazos de la corpulenta belleza morena y quiso expresarle su gratitud. –

Ahora lamento no haber aceptado antes lo que me ofrecías susurró contra el rostro de la hermosa italiana.

La apacible sonrisa no se había borrado de los rasgos de su amante. Sila se desasió para tenderse al lado de ella, interrogando con la mirada el bello rostro. Pero los párpados de largas pestañas se habían bajado. Mancinia, exhausta por el intenso orgasmo que le había permitido liberar todos los deseos acumulados durante meses y que Patroclo no se preocupaba de saciar, se había dormido. Sila sonrió y colocó las manos bajo la cabeza para instalarse cómodamente junto al costado ardiente de la joven. Sí, Venus le había colmado… Ayer, la pequeña Haedunna se había entregado a él con amor, transportada por el reconocimiento que le inspiraba, y él había experimentado el placer de penetrar a una virgen que le ofrecía lo único que poseía en el mundo. Hoy, aquella espléndida estatua de carne vencida por el sueño le hacía un presente suntuoso… Sila pensó en lo que había mandado grabar en la pulsera de oro destinada a su joven esclava. ¿Amaría a aquella pequeña como había amado a Marga, la hermana de Todj, que los dioses finalmente le habían arrebatado?

El ex oficial de las legiones notó que se le encogía el corazón. ¿Por qué había dejado a la pequeña tras de sí al día siguiente de su primera noche?

Menesio poseía bastantes palacios para alojarla junto a él. Menesio… Al repetir mentalmente el nombre de su amigo, el patricio al que le debía la vida y en busca del cual iba para pagarle esa deuda, Sila comprendió de repente que su oído acababa de percibir ese mismo nombre pronunciado en el camarote contiguo, a través del tabique revestido de madera noble contra el que había apoyado la cabeza tras haberse separado de Mancinia.

En efecto, se oía un murmullo, en algunos momentos ahogado por el ruido de las aguas agitadas del Ródano al golpear los flancos del potente pontón, que proseguía su descenso a través de la noche guiado por pilotos que conocían todos los recodos del río, y en otros, por el contrario, enunciando con más claridad un fragmento de frase, cuando los que conversaban al lado animaban su charla con palabras vehementes.

Sila acercó un oído al tabique y concentró allí toda su atención.

–En este asunto, el propio Lacertio se deja manejar -dijo una de las voces en el camarote contiguo.

«¿Quién es ese tal Lacertio?», se preguntó Sila. La voz prosiguió:

–Menesio no llegará al tribunado… Existe un medio de impedírselo, y ese medio se utilizará, podéis estar seguro de ello, estimado amigo…

–¿No querréis decir que va a ordenar asesinarlo? – preguntó la otra voz.

El estruendo que produjo una ola al azotar brutalmente el pontón silenció parte de la respuesta. Sila, con los cinco sentidos puestos en la conversación, oyó de nuevo:

–Cuando mataron a Rufo Corbulón en la cacería, nadie relacionó el hecho con él, por supuesto, pero yo sé que tenía hombres en la región. Además, no olvidéis que a Rufo le gustaba cazar solo, con sus famosos perros corredores germanos de los que tan orgulloso se sentía y que le ojeaban los jabalíes prácticamente entre las piernas. Ignoro cómo se las arreglará, pero, si yo estuviera en el lugar de Menesio, me ocuparía de mi compañía

naviera, de mi banco y de mis amantes, y olvidaría el tribunado… Él desea el poder y lo obtendrá empleando los medios que sean necesarios. Ha infiltrado agentes en la policía de Roma para dividirla, tiene hombres por doquier y os aseguro que…

Unos golpes en la puerta del camarote interrumpieron al que hablaba, que dio la orden de entrar. Sila distinguió a continuación un tintineo de platos y comprendió que los sirvientes habían ido a retirar los restos de la colación de los dos prestigiosos viajeros, poniendo término a su conversación.

Después, los dos hombres se desearon buenas noches en el umbral del camarote. Uno de ellos, que debía de ocupar un camarote normal, se despedía de su interlocutor, el cual sin duda era un prefecto o un pretor que regresaba a la capital tras un recorrido de inspección.

Al otro lado del tabique se hizo el silencio. Sila, tendido junto a Mancinia, que continuaba dormida, escuchaba el rumor del río y los breves gritos que daba de vez en cuando el piloto situado en la parte delantera del pontón con la misión de detectar los remolinos a la luz de la luna, y que informaba también al encargado de dirigir, en la parte trasera, las maniobras de los dos pesados remos destinados a gobernar la nave. A bordo de dicha nave, arrastrada por el torrencial Ródano, Sila acababa de entrar de lleno en la aventura para la que Menesio le había llamado… ¿Quién era ese «él», ese poderoso personaje al que se refería su vecino de camarote? ¿Quién quería detener la carrera de Menesio hacia el tribunado y por qué? Sin duda, el propio Menesio ilustraría a Sila en Roma acerca de ello en cuanto se entrevistaran. «Ha infiltrado agentes en la policía de Roma para dividirla, tiene hombres por doquier…» Contra aquellos hombres, y contra la propia policía de la Ciudad, Sila tendría que luchar, él que jamás había puesto los pies en aquella capital donde vivían un millón de hombres y mujeres, decenas de millones de desarrapados, legiones de ladrones, escuadras de asesinos y tropas de prostituidos de ambos sexos.

Luego, Sila, agotado por los trabajos del campo y los esfuerzos dedicados a Venus durante las últimas veinticuatro horas, se sumió en el sueño junto al generoso cuerpo de Mancinia.

–Esta vez no me mientes, ¿verdad, Sila? ¿Me juras que vendrás a buscarme a casa de Vitelio en cuanto hayas solucionado tus asuntos con tu amigo?

En el muelle del puerto de Ostia, donde la galera que realizaba el trayecto Marsella-Roma acababa de desembarcar a sus viajeros, Mancinia, sin preocuparse de las miradas que atraía su belleza, oprimía impúdicamente contra su amante su pecho y su vientre, todavía repletos de las emociones experimentadas durante dos noches de amor.

–¡Eres realmente más terco que una mula de la Galia! ¿Por qué no quieres finalizar el viaje conmigo? – prosiguió, señalando con la mirada el carro de alquiler, con auriga y dos caballos enganchados, que permanecía a la espera de ejecutar la santa voluntad de la bella romana-. Yo podría dejarte en casa de tu amigo. Apenas llegarás una hora antes a Roma con tu caballo, y te perderás en la Ciudad. No eres consciente de la circulación que hay en Roma y de la complicación de sus calles…

El galo negó con la cabeza.

–No te preocupes por mí -dijo, sonriendo.

Tras haber desembarcado del pontón en Marsella, en compañía de Mancinia, Sila había pasado sin detenerse por delante de las oficinas de la compañía marítima de Menesio -que evidentemente tenía una agencia en todos los puertos del Mediterráneo, desde España hasta Palestina- y había optado por embarcar con la joven en una nave de otra compañía, a fin de que nadie sospechara el objeto de su viaje. La conversación escuchada la víspera a través del tabique del camarote le había servido de lección. No estaba dispuesto a darle a conocer ni a Mancinia ni a nadie que pudiera estar observándole la dirección de Menesio y, por consiguiente, el objeto de su viaje.

–Consultaré un plano de Roma. Ya sabes que me he pasado años guiándome por mapas y que estoy acostumbrado…

La joven, renunciando a convencerle, lo besó con ternura.

–En fin, no me quejaré más… Te he tenido prisionero durante dos días y dos noches, y me has dejado agotada…?%hora me pasaré ocho días durmiendo como un tronco… -Mancinia se echó a reír-. Pero, dentro de ocho días, despertaré y te necesitaré… ¡Y pobre de ti como no cumplas tu palabra, galo salvaje! Recurriré a los servicios de una hechicera y haré que te eche una maldición. No podrás volver a hacer el amor con nadie, ni siquiera con esa esclava esmirriada que no tiene ni pechos…

Y se alejó con su paso de diosa en dirección al carro de alquiler, amenazándole con un dedo en plan de broma, mientras uno de los esclavos burócratas de la compañía de alquiler avanzaba hacia Sila.

–Vuestro caballo está a punto, señor -anunció.

Otro esclavo, mozo de establo, conducía por la brida el caballo pedido por el galo. El primer esclavo tendió una tablilla de madera en la que figuraba el sello de la compañía de alquiler.

–¿Pagaréis en metálico o con un cheque, señor? – preguntó con cierta repugnancia, expresando la sensación que experimentaba al tener que tratar con un palurdo del campo.

–En metálico -respondió sobriamente Sila.

–Cien sestercios de depósito y tres sestercios por día -recitó el joven esclavo burócrata-. ¿Cuánto tiempo pensáis quedaros con el animal, señor?

–Tres días -contestó Sila.

Había planeado recorrer las inmediaciones de la propiedad de Menesio, hablar con la gente que vivía en las proximidades y observar lo que sucedía en las calles vecinas antes de presentarse ante el dueño de la casa. Una vez.

que hubiera entrado en el palacio que debía de ser la morada del candidato a tribuno, ya no podría moverse con libertad, y a Sila le gustaba enterarse de

las cosas personalmente.

El esclavo burócrata grabó rápidamente una cifra en la tablilla de madera con su estilete y declaró:

–Esta tablilla os servirá de recibo para recuperar los cien sestercios cuando entreguéis el animal en nuestro establecimiento de la vía Morena. ¡Buen viaje, señor! – concluyó, inclinándose.

–Espera -dijo Sila-. ¿Dónde hay un plano de la Ciudad?

–Podréis consultar uno al llegar a nuestro establecimiento de la puerta Ostia. El local está a la derecha, antes de cruzar la puerta -puntualizó el joven afeminado-. Tenemos guías que pueden acompañaron por toda la Ciudad. También podéis reservar habitación en un hotel, entradas para todos los espectáculos o una mesa en cualquier restaurante…

Mientras el joven recitaba su texto publicitario, Sila montó de un salto apoyando los antebrazos en la silla, sin hacer caso de las dos manos juntas que le presentaba el mozo de establo a modo de peldaño.

–También podéis contratar los servicios de una muchacha por un día o una semana -finalizó el joven invertido.

–Gracias, hijo -repuso Sila con su voz serena desde lo alto del caballo. Pero lo que me interesa son los muchachos.

Tras coger las riendas, el oficial de caballería que fuera Sila dio un golpe preciso de talón en los flancos de su caballo de alquiler, el cual, comprendiendo de inmediato con quién estaba tratando, apreció la sensación de llevar por fin a alguien digno sobre su lomo.

El joven afeminado, boquiabierto, miraba al macizo galo galopar en dirección a Roma.

–¡Menudo tipo! – exclamó el mozo de establo junto a él-. ¿Has visto cómo