Gladiadores
Cuarto episodio
¿Era papá un dios cuando estableció un impuesto sobre los urinarios? ¿Lo será nuestro hermano si un día ocupa tu lugar?
Tito César miró a su alrededor.
–No hables tan alto -dijo.
Se acercaba una joven con una bandeja llena de vasos de naranjada.
Hermano y hermana cogieron uno cada uno, mientras miraban distraídamente a los leones y las panteras que se comían los cadáveres de los cristianos, ya todos muertos. La muralla de espinos había sido restaurada por los mozos de la arena; todo estaba de nuevo en orden.
Bebieron naranjada.
–Creo que tienes razón -declaró Tito después de un rato-. No lo proclamaré a los cuatro vientos, pero haré que envíen instrucciones a todas las provincias para que no sigan haciendo aparecer cristianos en el circo.
–Es una lástima que Metalla y su amiguita no hayan podido beneficiarse de esa decisión -concluyó Domitila en tono nostálgico, enjugándose el rostro con el fino pañuelo que apretujaba en sus manos desde el inicio de la conversación-. Debían de estar muy hermosas las dos cuando hacían el amor…
Tito rió a carcajadas.
–¡Si vieras la cara que has puesto mientras decías eso! De todo el dinero que has ganado hoy, ¿cuánto habrías dado por estar con ellas?
–Digamos que una cuarta parte larga -respondió ella, sonriendo-. Al contrario de lo que pensaba papá, yo creo que el dinero está hecho para gastarlo…
Cuarto episodio
Día de ceniza en Pompeya
Cita con Polión
Después de haber bordeado la costa durante largo rato, la birreme que transportaba a los condenados se dirigió hacia la orilla. Una marca pintada de blanco indicaba un espigón y unas cabañas de pescadores diseminadas en una extensión llana y arenosa. Era allí donde se desembarcaba a los hombres que debían dirigirse a pie a la mina de azufre situada en la ladera del Vesubio. Durante la estación cálida, el camino se hacía de noche.
La birreme se deslizó en silencio con los remos en alto; luego, a una orden, los de un lado fueron retirados para que la nave pudiese colocarse junto al espigón, y ésta lo hizo sin ninguna colisión. Los marinos que maniobraban en el puente echaron pie a tierra para atar las amarras.
Una veintena de hombres con uniforme militar y algunas mulas esperaban en la playa, en el lugar de donde partía el espigón. El tintineo de los martillos chocando contra las cadenas se oyó en los costados de la galera.
Estaban desenganchando éstas de las anillas a las que los condenados habían permanecido sujetos durante todo el viaje. La luna había salido, bañando el paisaje horizontal con su luz fría.
Los prisioneros aparecieron en el puente. Sus siluetas encadenadas de dos en dos caminaron sobre la madera de las planchas alquitranadas, arrastrando su chatarra hacia la playa. Sila iba el último, solo, con las manos encadenadas tras la espalda y conducido mediante una atadura, como un oso, por el guardia que cerraba la marcha.
El galo observó que los dos centuriones que se encontraban en el centro del grupo de soldados lo miraban acercarse, sin duda preguntándose por qué ése no iba atado a otro. Enseguida vio que los dos funcionarios de la
administración penitenciaria que los habían acompañado desde Ostia hablaban con ellos mirando en su dirección. Sila dedujo que estaban informándoles de quién era. Un hombre que, en principio, no estaba hecho para ir a morir a la mina, pero que a pesar de ello iba.
1. Galera con dos filas de remeros.
Uno de los dos centuriones caminó hacia el galo y llegó hasta su altura.
–¿De modo que tú eres Sila? – preguntó.
El condenado se encogió imperceptiblemente de hombros. En semejantes circunstancias, echaba mucho de menos sus bastoncillos de viburno.
–Era Sila -respondió en tono lacónico. El centurión meneó la cabeza.
–¿Es posible que los dioses hayan permitido que llegues hasta aquí, cualquiera que sea la razón que han tenido para ello? – deploró.
Uno de los hombres, que permanecía junto a las mulas, recibió la orden de conducir una de éstas hacia Sila y el centurión.
–Vas a ser encadenada a esta mula -declaró este último-. Así, al menos podrás caminar solo, sin llevar los pies atados.
La cadena que sujetaba las manos de Sila tras su espalda fue enganchada a la cincha del animal.
–No podemos hacer más por ti -añadió el centurión. – Seas recompensado por lo que haces.
–Una vez, un condenado huyó durante el trayecto hacia la mina porque uno de nosotros le había quitado las cadenas de sus pies heridos. ¿Te das cuenta? Nosotros somos soldados… Nos adjudican este trabajo porque hemos cometido faltas en el servicio, pero seguimos siendo lo que somos.
Pues bien, la noche en que sucedió aquello, la luna se había ocultado tras
las nubes. El hombre desapareció en la montaña y no logramos encontrarlo.
Y el suboficial que había ordenado quitarle las cadenas fue azotado hasta morir…
Sila alzó los ojos hacia el cielo.
–No temas -dijo-. Esta noche, el cielo está despejado y la luna no se esconderá.
En plena noche, a medio camino de su objetivo, la columna hizo un alto durante una hora. Las mulas se quedaron de pie, inmóviles. Los condenados y los soldados se tumbaron o se sentaron en el suelo. Sila, agotado y bañado en sudor, se durmió profundamente. No había caminado al aire libre desde hacía meses. Le despertó el ruido de las cadenas que se agitaban a su alrededor en el momento de reemprender la marcha. Esta vez, los centuriones montaron en las mulas.
El grupo que iba a encerrarse en el universo del azufre avistó el campamento a la salida del sol. Ante la entrada de éste se alzaban cinco o seis construcciones modestas que debían de ser figones o tiendas para los soldados y el personal del campamento. Dominado por la masa del volcán, en un paisaje desprovisto de vegetación, era un lugar de desesperanza.
El cortejo se detuvo ante la puerta de dos batientes que albergaba el porche del campamento, construido siguiendo el modelo de los campamentos militares, con su alta empalizada hecha de estacas de madera acabadas en punta y un foso alrededor, respetando la dimensión reglamentaria que Sila conocía de sobra. Los dos batientes se abrieron y volvieron a cerrarse tras el cortejo de los prisioneros y sus acompañantes.
En el cielo, el sol parecía elevarse con gran rapidez, infligiendo su ardor a los condenados, ahora alineados en el vasto espacio que se extendía ante el edificio consagrado a la administración de la mina. Sila notaba que el sudor le resbalaba bajo la túnica. Los responsables que habían conducido a los prisioneros, así como los dos centuriones, salieron por fin del edificio acompañados de varios personajes, comentando el pergamino que uno de
ellos llevaba en la mano y que contenía la lista de los recién llegados. Tan sólo figuraban los nombres de los que eran ciudadanos romanos; los otros, de condición servil, constaban como un simple número. Estos últimos estaban allí por motivos puramente económicos; habían escapado al castigo supremo por la sencilla razón de que su ejecución habría supuesto un gasto, cuando podían realizar algún trabajo durante varios meses e incluso varios años. Separaron a unos de otros en dos filas.
Faltaban dos de los que figuraban en la lista. Los acompañantes venidos de Roma explicaron que habían muerto durante el trayecto. Uno de ellos había sido víctima de una fiebre violenta, mientras que al otro lo habían encontrado muerto con el rostro amoratado, probablemente tras haber sido estrangulado durante la noche por los otros condenados. Los habían arrojado al mar por el camino, tal como preveía el reglamento.
Los dos responsables de la administración aceptaron la explicación y se corrigió de común acuerdo el número total de prisioneros. Los secretarios redactarían después un atestado en el que se hicieran constar los hechos.
Todos sabían que aquello no tenía ninguna importancia. La administración penitenciaria jamás se ocuparía del número exacto de los condenados llegados a la mina de azufre tras aquel viaje, pero era preciso que las reglas burocráticas fueran respetadas.
Mientras se desarrollaba esta conversación, uno de los prisioneros se tambaleó y cayó al suelo junto a su compañero de cadena, que tuvo que agacharse para que no le arrastrara a él. Unos guardias se acercaron y lo empujaron con el pie para obligarlo a levantarse. Pero el hombre permaneció inmóvil. Uno de los soldados que se ocupaban del caso sospechó que estaba muerto y se arrodilló para comprobar si el corazón le latía. Como la respuesta se reveló negativa, su compañero fue autorizado a sentarse mientras iban en busca de los instrumentos necesarios para separar al vivo del muerto. Sila oyó que modificaban de nuevo, de común acuerdo y entre bromas, el número total de los condenados.
Uno de los guardias llegó enseguida con un saco de lona, de donde sacó una especie de gafas rudimentarias, formadas por dos tablillas de madera con
una abertura horizontal en el centro y destinadas a proteger los ojos de la quemazón causada por la reverberación de los rayos solares en el azufre de la mina.
Los esclavos, tras haber recibido cada uno de ellos un par, se alejaron haciendo tintinear sus cadenas hacia la mina, que empezaba unos centenares de metros más arriba del campamento, en la ladera de la montaña cuya cima era el cráter del volcán. De ese cráter era de donde habían brotado, en tiempos inmemoriales, las masas de azufre que se extendían formando escalones tras haber sido talladas durante dos siglos por los mineros, a los que quemaban a fuego lento y asfixiaban por su polvo y su olor.
Sila y el resto de hombres que no tenían de condición libre más que el nombre permanecieron de pie, esperando. Luego, el galo vio que los dos personajes que parecían dirigir el campamento estaban examinando la lista en la que figuraban su nombre y el de sus compañeros. Uno de aquellos personajes era de altura media, muy moreno, y tenía ojos negros y cejas muy pobladas. De pronto alzó la cabeza con expresión de sorpresa y comenzó a recorrer la fila de los condenados con un aire escrutador. Luego se acercó y, a medida que lo hacía, Sila empezó a pensar que aquel hombre le resultaba conocido. Buscó en su memoria y, justo en el momento en que recordó, el militar transformado en guardián de presidio se plantó ante él con una sonrisa maliciosa.
¡Polión! El que llevaba ese nombre había sido expulsado de la VII legión por haber cogido dinero depositado al pie de las enseñas.' Un soldado acusado erróneamente fue torturado hasta morir sin que Polión, oficial como Sila y protegido de la sospecha por su grado, confesara. Más tarde, Sila, que desde hacía tiempo tenía una mala opinión de su colega, le tendió una trampa y logró desenmascararlo. Los oficiales se reunieron y la mayoría de ellos querían la muerte para aquel que había deshonrado su uniforme y, sobre todo, permitido que pereciera un inocente. Sila se inclinó por mostrar cierta clemencia, dado que Polión era un hombre valeroso en el combate.
–¡Sila! – exclamó el oficial destituido-. ¡Qué alegría verte aquí!
Tras haber perdido su grado, Polión fue asignado a una de las unidades disciplinarias que vigilaban los presidios o realizaban tareas peligrosas a las que pocos sobrevivían. Él había ido a parar a aquella mina de azufre, donde, al parecer, había hecho carrera.
Polión se volvió hacia los guardias y los otros condenados.
–Llevadlos a todos a trabajar. Éste no es como los demás; yo me ocuparé de él…
Todos se alejaron con su inevitable ruido de cadenas y Sila permaneció solo bajo el sol, frente al hombre del que se convirtiera en enemigo.
–Ahora estás tú en el lugar al que me enviaste hace tiempo -dijo Polión con gran satisfacción.
–Di más bien al que te enviaste tú mismo, Polión…
–Tal vez. Pero recuerda que te supliqué que no dijeras nada y me evitaras ese destino.
1. Así se llamaba el peculio que los legionarios amasaban hasta el momento de su liberación.
El galo se encogió de hombros.
–¿Era posible callar, cuando habías dejado que otro pereciera en tu lugar?
–Muy pronto me suplicarás tú a mí…
Sila permaneció en silencio. Polión señaló las gafas de madera que el condenado había recibido al mismo tiempo que los demás y que tenía en la mano.
–¿Ves eso? Dejaré que las lleves en la mina durante unos meses y luego
ordenaré que te las quiten. Entonces perderás la vista poco a poco. Cuando la hayas perdido totalmente, te pondremos con los que están ciegos y hacen girar las muelas de moler el grano, o las ruedas que suben el agua de las cisternas. También tiran de los carros como si fueran animales. Iré a verte trabajar y te preguntaré si no lamentas no haberte apiadado de mí.
–Ahora es cuando me apiado de ti -repuso Sila.
Polión golpeó con el puño el rostro de Sila. Después se volvió hacia los soldados, que se encontraban cerca de ellos.
–¡Haced que azoten a éste! – ordenó.
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