Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 5 de 48

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Gladiadores

La tamborilera

Sila se despertó en la habitación del hostal donde se había quedado dormido por efecto del vino y se acercó a la ventana para calcular la hora. El sol acababa de ponerse y el cielo cargado de nubes presagiaba una noche oscura. El estrépito del hostal, repleto de comensales, llegaba hasta sus oídos. El patio, iluminado por la luz de las lámparas de aceite que había en la sala, estaba desierto.

El ex oficial de las legiones regresó a la cama y abrió la bolsa de viaje que el esclavo había subido a la habitación horas antes. Sacó el puñal de combate enfundado en su vaina y se lo enganchó al cinturón. A continuación sacó la cuerda fina que había traído, al extremo de la cual había un gancho de acero, y la enrolló alrededor de éste a fin de que el metal no quedara visible y de que el artilugio ocupase el menor espacio posible. Por último, lo introdujo en un gorro de tela y se tocó con él.

Su primer impulso fue bajar al patio por la ventana, pero luego consideró más oportuno salir del hostal normalmente. Por consiguiente, abrió la puerta que daba al pasillo, se dirigió hacia la escalera y empezó a bajar.

Llegó a la entrada, que daba a la vez al patio y a la sala, y, como ésta estaba a rebosar y los sirvientes y esclavos se hallaban ocupados cumpliendo las órdenes del patrón, nadie reparó en su presencia, ni siquiera un marmitón que tropezó con él mientras llevaba a toda prisa dos enormes cestos llenos de vajilla sucia al fregadero.

Así pues, se encontró sin tropiezos en el patio. Allí no vio más que al mozo del establo al que había despertado cuando llegara a mediodía y que se levantó del haz de paja donde estaba sentado para preguntarle con respeto y premura si quería el caballo. Sila le dijo que no y salió del patio.

La plaza se hallaba vacía y las vivas luces de las antorchas que iluminaban el palacio de Menesio al otro lado de los muros y del gran portón no hacían sino sumirla más en la oscuridad. Entre la muralla de la suntuosa propiedad y las hileras de casas había un espacio con grandes cedros plantados. Sila había reparado en aquella extensión de terreno esa mañana, cuando llegó a caballo a la plaza. Ahora reinaba en ella la más profunda oscuridad. El galo hizo como si se dirigiera hacia la calle para bajar por ella, luego la cruzó y subió por el otro lado, pegado a las casas, para encaminarse hacia el terreno.

Recorrió unos centenares de metros de este modo. Finalmente, cuando consideró que no podía ser visto, se dirigió abiertamente hacia la masa sombría de los grandes árboles, entre la cual su silueta no tardó en confundirse.

Sila permanecía inmóvil contra el tronco de un cedro y esperaba, observando la alta muralla del palacio. Las cigarras rompían el silencio con sus cantos. Unas luciérnagas revoloteaban, recorriendo la oscuridad del sotobosque con sus destellos verdosos. Una patrulla de dos guardias acababa de pasar entre los cedros y el muro, justo en el momento en que Sila se había acercado a éste. El galo consideró que habían transcurrido unos quince minutos desde entonces y que otra patrulla, o la misma, no tardaría en aparecer de nuevo. En efecto, un intervalo de quince minutos entre el paso de una ronda y otra era un espacio de tiempo razonable en tales casos.

Sin embargo, tuvo que esperar cinco minutos más antes de que reapareciera la patrulla. Los dos guardias conversaban, anunciando su llegada desde lejos con sus risas. «Estos guardias son un desastre», pensó Sila. En cuanto empezase a ejercer su función, ordenaría que les dieran veinte latigazos a esos dos individuos; a partir de entonces, los demás vigilarían en silencio.

Los guardias avanzaban junto al muro, pero la oscuridad era demasiado profunda para que Sila pudiera distinguir sus rasgos a fin de identificarlos más tarde. Pediría la hoja de servicio de aquella noche y acabaría por pillar a esos dos estúpidos. «¿Y si ni siquiera hay hoja de servicio?», se preguntó el ex oficial de las legiones.

Los dos guardias se habían alejado y ella caminó hacia el muro. Se había quitado el gorro para sacar la cuerda provista del gancho. Volvió a cubrirse la cabeza y lanzó la cuerda. No había realizado ese gesto desde hacía años, pero el gancho llegó exactamente donde debía, justo con la longitud de cuerda necesaria, y las garras de acero quedaron sujetas al borde del muro al primer intento. «Ha sido una suerte», pensó con modestia Sila, que ahora experimentaba una gran confianza en sí mismo. Era de nuevo la aventura, tras la monotonía del arado y la segadora. «Si no estuviera Haedunna…», pensó el galo. Si no estuviera Haedunna, no tendría ningún motivo para pensar en la granja ni sentiría reticencia alguna en ponerse al servicio de Menesio a fin de ayudarle en su carrera hacia el consulado. Incluso tal vez hacia el Imperio, ¿por qué no? Menesio era popular en el ejército, y ahora eran las legiones quienes nombraban y destituían a los emperadores.

El galo escuchó el silencio de la noche antes de comenzar el ascenso del muro. Pero no se oía ningún ruido de pasos y no debía perder tiempo.

Escaló a pulso, apoyando los pies en la piedra de la muralla, y llegó arriba sin dificultad. Tras sentarse a horcajadas sobre las tejas barnizadas, cambió la cuerda de lado, la arrojó hacia el interior del recinto y descendió con rapidez a los jardines del palacio de su amigo, donde cualquier asesino podía entrar aprovechando la oscuridad, pese a la existencia de una guardia formada por sesenta hombres. La luna había asomado súbitamente entre las nubes y su claridad bañaba por completo los senderos bien trazados de la propiedad. A fin de caminar en silencio, el galo se quitó las sandalias de cuero y se las ató al cinturón. Oyó acercarse un galope de caballos, ruido nocturno que su oído todavía era capaz de reconocer desde lejos.

Aparecieron dos jinetes armados con venablos por el sendero arenoso que bordeaba la muralla y que constituía un camino de ronda en el interior de la propiedad. Pasaron muy cerca de Sila, que contenía la respiración.

«No hay perros», pensó Sila. Era absurdo. Mañana compraría dogos en la mejor perrera de Roma. Si los guardias hubieran. llevado perros… Sila se alejó en dirección a la masa de edificios del palacio, cuya cima se hallaba iluminada por un resplandor amarillento que debía de proceder de las antorchas encendidas en un patio donde seguramente se encontraba Menesio con sus invitados, si es que esa noche los había.

El galo percibió un aroma a flor de naranjo. Enseguida entró en el naranjal de la propiedad y fue avanzando de árbol en árbol para acechar, con objeto de sorprender a los guardias antes de que lo vieran a él.

La brisa que empezaba a soplar en la noche cálida le trajo un murmullo de voces. Caminó en aquella dirección y vio a dos guardias sentados en un banco de piedra, totalmente ocultos por los jazmines que rodeaban el banco.

Sin embargo, su conversación les delataba. Sila los evitó y se dirigió en silencio hacia un ruido de agua que percibía a su derecha, procedente del otro lado de una cortina de cipreses. Éstos encerraban un vasto cuadrilátero que contenía una sucesión de estanques de mármol blanco, escalonados entre sí por un pasaje central embaldosado de lava negra. Sila penetró en el recinto y se inclinó sobre el estanque más próximo. Rebosaba de peces -

carpas, anguilas, lucios y truchas-, separados por especies mediante rejillas móviles. Cabezas de tritones con pobladas melenas vertían el agua de un estanque a otro a través de sus bocas de bronce. Mientras ascendía de un nivel a otro, pegado a los cipreses para permanecer confundido con su masa, Sila se percató de que, si bien todos los estanques de la izquierda eran de agua dulce, todos aquellos que se extendían de forma simétrica a ellos al otro lado de la escalera central eran de agua de mar… El galo se aventuró a cruzar el espacio abierto bajo la luna a fin de ver lo que había en el vivero marino más cercano. Un hervidero de langostas y cangrejos reptaban por allí. «¡Qué lujo!», pensó el galo, ante la visión de unos bogavantes que sólo se encuentran en el Atlántico.

Debían de transportar constantemente cubas de Ostia a Roma para renovar el agua de mar de los estanques, que esclavos pescadores montados en barcas de color verde y blanco con las armas del amo poblaban con sus capturas diarias…

Sila se puso a pensar en el poder de Menesio y vio demasiado tarde a los dos guardias que acababan de aparecer al fondo del cuadrilátero de cipreses donde se encontraba la entrada del vivero. Uno de ellos permanecía inmóvil mirando en su dirección y el otro avanzaba hacia él con su espada corta en la mano. Sila se dirigió sin prisa hacia una construcción contigua a la hilera

de cipreses, que sin duda era el lugar donde los esclavos encargados del vivero guardaban sus herramientas de trabajo. La puerta podía estar abierta o cerrada; era una cuestión de suerte. Sila la alcanzó. No estaba cerrada…

Entró en el cobertizo y cogió al azar una redecilla de mango largo y una gran cesta; luego salió y se topó de cara con el guardia. Con el sombrero que llevaba, el galo podía pasar por un esclavo que hubiera ido a realizar una tarea nocturna.

–¿Qué haces aquí de noche? – preguntó el guardia.

Sila adoptó una actitud tranquila y respondió en un latín incorrecto, con un acento rudo de campesino galo.

–Tengo que llevar veinticuatro langostas a la cocina al alba… Voy a cogerlas ahora… -Acto seguido avanzó hasta el borde del estanque de crustáceos y sumergió con decisión la redecilla en el agua transparente-.

¡Cosas del cocinero! – comentó con una risa simplona y sin mirar a su interlocutor, que parecía aún desconfiado.

Sila logró capturar una enorme langosta, la metió en la cesta y prosiguió metódicamente su pesca con gestos lentos, esperando desanimar al guardia.

Pero éste, tras reflexionar unos instantes, le preguntó a media voz en tono de complicidad:

–¿Podrías coger tres o cuatro más?

Sila no respondió enseguida. Marcó una pausa y después dijo:

–¿Qué ganaré yo?

El otro introdujo una mano bajo su túnica, donde llevaba la bolsa, y sacó una moneda de bronce.

Sila interrumpió la pesca para guardársela.

–Coge un cesto del cuarto -dijo, señalando la construcción con la cabeza. El

guardia entró en el cobertizo. Sila echó un vistazo en dirección al otro, que había seguido desde lejos la maniobra y permanecía a la entrada de los viveros para proteger la operación vigilando. Esa escena debía de haberse desarrollado más de una vez del mismo modo. Los guardias se surtían de los productos del vivero dándoles una limosna a los esclavos, y llevaban peces y langostas a sus dependencias para que se los asaran. El auvernés de Las Dos Alondras tenía razón. La guardia de Menesio era un absoluto desastre.

Sila entró en el cobertizo antes de que el guardia tuviera tiempo de salir.

Llevaba su puñal de combate en la mano y pinchó con él el cuerpo del otro a través de la túnica, a la altura del corazón.

–Si haces el menor ruido -dijo Sila en voz baja, esta vez sin acento, con el tono de oficial que da órdenes en plena acción-, estás acabado.

–¿Estás loco? – farfulló el guardia-. ¿Qué haces…?

Pero los músculos de acero del galo le aplastaban el cuello y empezaba a faltarle aire. El puñal había cortado la carne, dispuesto a clavarse. El guardia se abandonó en manos de su agresor. Éste cortó una de las numerosas cuerdas que colgaban del techo y la utilizó para atarle a su víctima las manos a la espalda. A continuación le metió un trozo de tela en la boca y lo amordazó. Lo derribó sobre un montón de redes y le quitó rápidamente el casco de cuero, el cinturón y la espada. Sila salió a los viveros de esta guisa, con un cesto en la mano en el que había puesto las langostas.

Caminó hacia el segundo guardia, al que ya no veía a la entrada de los viveros pero que debía de estar oculto no muy lejos. Sila lo distinguió entre dos cipreses, montando guardia. El galo avanzó a terreno descubierto, mostrándole de lejos el cesto de las langostas. El otro avanzó hacia él para ver lo que contenía y, cuando llegó a su altura, Sila le asestó un terrible puñetazo en el estómago. El guardia dobló el cuerpo, intentando desesperadamente recobrar el aliento. Entonces recibió un segundo golpe en el mentón y se derrumbó. Sila lo arrastró por el mármol hasta el cobertizo,

donde lo encerró con su compañero.

–¡Cerdos! – murmuró el galo, alejándose del vivero tras haber arrojado al agua las langostas-. No hacen más que rapiñar y ni siquiera luchan cuando alguien los ataca.

Aquellos dos tipos pasarían un año remando en una de las galeras de la compañía naviera de Menesio y regresarían de allí con mejores sentimientos.

Oculto detrás del pedestal de una estatua de Marte con su casco, situada en el sendero bañado por la luna frente a Venus coronada de flores, Sila observaba el camino embaldosado de lava negra que desde allí conducía directamente a un pórtico sostenido por dos columnas dóricas sobrecargadas de plantas trepadoras. Más allá se elevaban a la vez hacia el cielo una luz procedente de las lámparas encendidas y una suave música de varias flautas tocando con habilidad al unísono.

Sila, tras acercarse al pórtico, admiró el modo en que los arquitectos habían utilizado el emplazamiento de la colina sobre la cual habían construido el palacio del patricio. Entre las columnas del pórtico, y tan alto como éste, un trompetero que representaba un muro ocultaba lo que había al otro lado. Ese muro delimitaba en realidad una especie de explanada abierta sobre el paisaje de Roma que se extendía entre sus colinas, una explanada desde la que se podía ver sin ser visto. En las calurosas noches de verano, aquella terraza, suspendida como un balcón sobre el panorama de la Ciudad eterna salpicada de luces, se convertía en el salón de Menesio.

Sila se quitó el gorro y sacó de nuevo el gancho. La música de las flautas continuaba sonando, subrayada de vez en cuando por un tintineo de campanillas y por el golpe más sordo de una pandereta. Menesio estaba allí, soñando ante la imagen de aquella ciudad que quería conquistar…

El gancho ascendió por la piedra del pórtico y cayó sobre el borde de una cornisa con un ruido discreto. Sila trepó, arqueando el cuerpo para buscar apoyo en la piedra de una columna. La acrobacia no resultaba tan fácil

como escalar una muralla, y el oficial de las legiones llegó arriba empapado de sudor. Se arrastró por lo alto del pórtico, intentando confundirse con éste, y finalmente Regó al ángulo a partir del cual su vista podría sumergirse en el elegante refugio de su amigo.

Y, en efecto, Sila vio. Sentadas en un banco de madera noble, dos preciosas flautistas, acompañadas de una tercera adolescente que se ocupaba del tamboril y las campanillas de cobre, ejecutaban la alborada que llegaba a oídos de Sila desde hacía unos instantes. La Ciudad iluminada servía de telón de fondo a aquel encantador cuadro, con un cielo de seda azul constelado de destellos bajo la caballería de nubes que desfilaban ante la luna y en ocasiones la ocultaban. Por último, sobre un lecho de ébano con largueros finamente esculpidos y ornados con incrustaciones de nácar, Metalla la esedaria, desnuda y con las piernas en alto, se abandonaba al señor de la casa, desnudo también, que la poseía con un poderoso movimiento de vaivén, movimiento que la orquesta de adolescentes acompañaba al mismo ritmo, improvisando según los gestos y las emociones de la pareja de amantes…

Sila había llegado hasta donde se hallaba su amigo Menesio, tras haber burlado a la guardia, para encontrarlo ocupado haciendo el amor con su amante… El cuerpo musculoso de Metalla se combaba, dominado ahora por una rápida oleada. Con los ojos entornados y la cabeza caída entre el desorden de los rubios cabellos escapados de su moño deshecho, la esedaria aplastaba sus pechos contra el pecho, también musculoso, de su pareja.

Inició un gemido de placer que anunciaba el orgasmo. Las flautistas y la tamborilera no se equivocaron; acompañaron aquel gemido, y los que le siguieron, con similares quejidos de sus instrumentos hasta el espasmo final, que arrancó un largo grito a la bella luchadora, grito que la música prolongó para detenerse en seco al mismo tiempo que la joven, exhausta, se dejaba caer silenciosamente hacia atrás. Ante la mirada de Sila, que ahora lamentaba su osadía y su indiscreción, los dos amantes permanecieron largo rato inmóviles antes de desasirse lentamente. Metalla se incorporó, se sentó en el lecho y recogió sus cabellos sueltos sobre los hombros.

–¡Por todos los dioses! – exclamó con un mohín irónico en su hermosa y

severa boca-. Afortunadamente, existe el amor… -Su rostro, que Sila había visto serenarse tras el orgasmo, recobraba su dureza-. ¿Puedo despedirme de mi señor ahora? – preguntó.

Menesio pareció no tener en cuenta el tono que la joven dio a la pregunta, en el que había una especie de desafío. Ella acababa de entregarse y había experimentado un violento placer, mientras que él la poseía en todos los sentidos del término, puesto que era su esclava. Pero Sila percibía toda la tensión que había en su interior, y sin duda entre ambos, aun cuando Menesio afectara tranquilidad ante ella. El galo recordó el relato que le había hecho el arverno aquella tarde. Ella le pertenecía igual que un objeto o un animal… Ella continuaba arriesgando su vida en la arena, cuando su amo le había propuesto desde hacía mucho tiempo que dejase de luchar.

1. A los romanos no les violentaba hacer el amor delante de sus esclavos.

–Mañana debo levantarme muy temprano -dijo Metalla-. Los caballos que encargaste en Bretaña han llegado hoy y los haremos correr al alba, antes de que empiece a hacer calor.

Menesio hizo una seña con la mano en dirección a una puerta abovedada que se abría bajo el pórtico de enfrente, que Sila, tumbado incómodamente en lo alto del otro pórtico, no podía ver bien desde el lugar donde se encontraba. Apareció un esclavo.

–Sirve un poco de vino fresco -ordenó el señor de la casa, que continuaba desnudo, mientras Metalla se ponía sin prisa ante el esclavo la túnica de seda que se quitara momentos antes para hacer el amor.

–Bebe un poco de vino antes de irte -dijo el patricio-. Dormirás mejor… La gladiadora negó con la cabeza.

–No, gracias, de verdad… Bebo demasiado desde hace algún tiempo y sabes que las personas como yo que beben no llegan a viejos…

–Tienes razón -repuso Menesio-, no debería impulsarte a beber. Pero sabes

bien que deseo que dejes de luchar de una vez por todas. ¿Cuándo abandonarás las armas, contra los demás y contra ti misma…? ¿Por qué no quieres tener un hijo?

El rostro de la joven se ensombreció, otorgando a la cicatriz que cruzaba su mejilla toda la crueldad de la herida.

–¿El hijo de una mujer cuyo oficio es matar? – preguntó ella con un rictus amargo-. ¿Crees que estoy hecha para dar vida, yo que vivo rodeada de muerte?

–Únicamente depende de ti no seguir viviendo así -replicó Menesio. Ella meneó la cabeza.

–¿En qué me convertiría sin los caballos, los clamores de la arena y la emoción le los peligros? ¿Y tú? ¿Cómo me verías cuando fuese una mujer que engorda en una casa en la que se aburre? No tientes a los dioses, no les pidas que sea diferente de como soy…

El esclavo llenó una copa, que Sila, desde lo alto de su escondrijo, vio empañada por el frescor del hielo donde el vino había sido conservado, y se la tendió a su amo.

Menesio, que ahora permanecía en silencio, bebió un largo trago de vino fresco. Sila comprendió que las relaciones entre la esedaria y el patricio se estrellaban contra ese muro de dureza tras el que la mujer se había encerrado.

–Hasta mañana -dijo ella-. Y tú, olvida que no soy la que deseas -añadió, mientras se alejaba hacia la puerta abovedada por la que antes apareciera el esclavo.

Las flautistas se levantaron del banco, interrogando al amo con la mirada:

¿ya no las necesitaba? Menesio les indicó que se marcharan. La tamborilera salió de la estancia donde había entrado hacía un momento. Llevaba en las manos una vasija y una esponja. Se acercó al señor, pasó la esponja por sus

muslos y su sexo, y a continuación agarró éste para que el señor orinara en la vasija. Una vez concluida esta operación, sonrió, inclinó la cabeza y se retiró. Ahora, Menesio estaba solo.

«Está solo, en efecto», pensó Sila, que comprendía por qué le había llamado el patricio. Su mujer lo engañaba y le declaraba la guerra, mientras que su amante era prisionera de su terrible condición y no podía escapar de ella.

Además, Menesio no tenía hijos a los que poder legar su fortuna y todo cuanto había construido en su vida repleta de acciones y batallas…

Sila se sintió conmovido. Menesio, en su soledad, había recurrido a él. Tal vez el patricio romano no tuviera en el mundo a nadie con quien poder contar más que a ese amigo, el ex oficial galo en compañía del cual había arriesgado su vida en numerosas ocasiones. ¡El ejército! En aquel universo podrido que era el mundo romano, sólo estaba limpio el ejército…

Sila se percató de que Menesio, tras apurar la copa de vino y dejarla al borde de la cama de ébano, se había dormido de inmediato. Ahora reposaba de costado, de espaldas al galo, que desde lo alto de su observatorio no podía verle el rostro.

Sila, tendido en lo alto del pórtico, se dio cuenta de que él también se había adormilado, al menos durante unos minutos, y se lo reprochó. Si la guardia no era capaz de impedir que un intruso entrara en la propiedad, le correspondía a él, a Sila, velar para que nadie le pusiera la mano encima al patricio mientras dormía. Si un asesino llegara hasta el lecho de Menesio, Sila habría saltado de inmediato abajo del pórtico, puñal en mano…

El galo vio que el sol palidecía al este. Ya no tardaría en amanecer.

Menesio, que no debía de dormir mucho, como todos aquellos que habían llevado la vida de los campamentos y que abarcan numerosos asuntos, despertaría muy pronto. Entonces encontraría a su amigo de pie junto a su lecho.

Sila cogió de nuevo el gancho, que se hallaba a su lado, sobre el pórtico, colocó los garfios convenientemente y descendió por la cuerda a fin de estar

abajo antes de que el durmiente abriese los ojos y comprendiera que el galo había espiado sus actos desde lo alto del pórtico. Al llegar al suelo, Sila hizo saltar el gancho y lo atrapó al vuelo antes de que golpeara el embaldosado de mármol. Luego dio la vuelta en derredor a la cama de ébano donde el señor de la casa continuaba durmiendo, con el rostro contra la almohada de seda, y penetró bajo la bóveda que conducía a la estancia en la que había permanecido durante la velada el esclavo encargado de la bebida y la comida.

El galo bajó unos peldaños para encontrarse en una habitación donde se alineaban, en unas estanterías, las copas y los platos destinados a las colaciones, además de montones de manteles. Una monumental heladera tallada en un bloque de mármol negro, provista de una tapa de corcho recubierta de cobre bruñido, contenía las bebidas y todo aquello que debía conservarse al fresco.

El propio esclavo, un adolescente de unos diecisiete años con el cabello crespo, dormía boca arriba, con la boca abierta, en una amplia banqueta baja adosada a la pared, y la tamborilera que se había ocupado hacía un rato de Menesio también se hallaba tendida, como fulminada por el sueño.

La estancia estaba oscura y Sila no reparó enseguida en que el esclavo tenía los ojos completamente abiertos. Pero sin duda la mirada del galo había registrado lo extraño de ese detalle, pues Sila volvió sobre sus pasos cuando se disponía a salir de la habitación para observar al durmiente más de cerca.

Aquellos ojos abiertos clavados en el vacío y aquella boca abierta también eran los de un muerto. Sila, habituado a los campos de batalla, no podía equivocarse en eso. Sus pies tropezaron en el suelo, junto a la cama, con la botella de vino vacía que había visto entre las manos del adolescente cuando éste le sirviera vino a Menesio. Experimentó intensamente la sensación de encontrarse en el centro de una catástrofe y acercó un oído al pecho del joven esclavo. Su corazón no latía. Después sacudió brutalmente a la muchacha, que tampoco despertó. Sila corrió por la bóveda para llegar hasta donde se encontraba Menesio y se precipitó hacia el lecho de ébano.

Agarró por los hombros a su amigo, que seguía acostado con la cabeza contra la almohada, para colocarlo boca arriba, esperando con todas sus

fuerzas que el durmiente se despertase sobresaltado y exclamara: «¡Sila!

¡Por todos los dioses, tú aquí…!», pero sabiendo perfectamente que por desgracia Menesio no se despertaría, que el destino estaba sellado, que él había llegado demasiado tarde y que Menesio había muerto envenenado, envenenado ante los ojos de su amigo, que le había visto beber la copa de vino que contenía el veneno sin comprender lo que estaba sucediendo, y que no lo había comprendido hasta ver los cuerpos del esclavo y la tamborilera atrapados en el sueño del que nadie despierta.

El adolescente y la tamborilera habían probado el vino destinado a Menesio, ese vino del que Metalla no había querido beber…

Con la boca entreabierta y un rastro de espuma amarillenta en la comisura de los labios, el rostro inmóvil del patricio vuelto hacia el de su amigo Sila se parecía a los rostros de piedra de las estatuas que se ven en el foro, las estatuas de esos cónsules entre los que Menesio jamás figuraría…

Los dedos del galo levantaron uno de los párpados del patricio, dejando al descubierto un ojo cuya mirada se dirigía al más allá…

El prefecto de los vigilantes se había instalado cómodamente en el gran atrio del palacio de Menesio, había ordenado traer mesas para sus chupatintas y no soltaba a Sila. Éste había comprendido su error al no marcharse sin decir nada a nadie tras haber descubierto a su amigo envenenado, saltando de nuevo la muralla con ayuda del gancho, tal como había entrado, o incluso desapareciendo discretamente en la confusión producida por el descubrimiento del asesinato. Sin embargo, la conmoción experimentada había prevalecido en él sobre todo lo demás y ahora era preciso que saliera de este trance.

–Todo eso suena muy bien -dijo el prefecto de los vigilantes-, pero seguimos sin saber cómo has entrado en la propiedad. Alertas a todo el mundo cuando descubres a Menesio sin vida y reclamas a un cirujano a voz en grito, pero puede tratarse de una puesta en escena. No hay que olvidar que has sido el último en estar a solas con el difunto y que, por consiguiente, puedes muy bien haber vertido tú mismo el veneno…

El prefecto de los vigilantes pronunciaba estas palabras con su prominente belfo, pues tenía el labio inferior mucho más abultado que el superior, y una mirada falsa que en ningún momento se detenía en los ojos de Sila.

Aquellos modales empeoraban el malestar que se había apoderado del galo al ver cómo actuaba el personaje tras ser llamado para constatar la defunción y empezar a dirigir la investigación. No había ordenado que precintaran los frascos con líquido de la estancia donde Sila había descubierto al joven esclavo de cabello crespo y a su compañera de juegos fulminados por el veneno, ni tampoco había interrogado a los esclavos por separado, como habría hecho alguien decidido a descubrir la verdad a toda costa. Aquel personaje quería a todas luces hacer el mínimo esfuerzo y concluir lo más deprisa posible. Sila recordó las palabras que había oído en el camarote contiguo al suyo, en el pontón que descendía el Róda 1. El equivalente del prefecto de policía.

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