Gladiadores
Los dos puñales de Ascletarión
muerte, encontraba en el amor inesperado de aquella pequeña a la que había conocido por casualidad el olvido supremo, el olvido del plazo siempre presente ante sus ojos. Prolongó largo rato su abrazo y no sació su deseo hasta que la notó a ella agotada.
Permaneció unos minutos aplastándola con su peso; luego se apartó de ella para sentarse en la cama. Entonces vio que iba a dormirse con una sonrisa en los labios. Pero se lo impidió para decirle que necesitaba saber dónde había que llevar los platos. Ella le habló del taller de calderería, en la calle a la que había ido sola el día anterior, mientras él la esperaba, de la escalera exterior en el patio, que siempre estaba desierta, pues no vivía nadie más aparte del que esperaba la comida, y de la manera en que debía llamar a la última puerta de la galería.
El gladiador acarició el encantador rostro y le dio un beso en los labios que para la desdichada fue una felicidad celestial. Le dijo que durmiera si tenía ganas y que él la despertaría a tiempo para no regresar tarde a la taberna.
También él se marcharía entonces con los platos. No le cabía duda alguna de que se había levantado, como todos los demás esclavos, a las cuatro de la mañana, para pelar las verduras y desescamar los pescados, y era normal que se cayera de sueño después de los tres orgasmos que había tenido. La miraba dormir desnuda, con la tela que servía de sábana atravesada sobre su vientre, dejando al descubierto su sexo infantil, apenas cubierto por un poco de vello. Experimentó de nuevo un violento deseo de poseerla, pero esperó a que transcurriera el cuarto de hora de gracia que el destino le concedía antes de que ella regresara a su cadena y su carcelero para inclinarse sobre ella y volver a penetrarla. De este modo, la pequeña se despertó con la felicidad de un nuevo abrazo que la inundaba.
Los dos puñales de Ascletarión
Mancinia se había puesto la ropa de una de las mujeres del servicio que iban al mercado todas las mañanas. Llevaba un vestido de lino vasto, un pañuelo en la cabeza, sandalias rústicas en los pies y, al brazo, un gran cesto en el fondo del cual una especie de paño no muy limpio envolvía treinta mil sestercios en monedas de oro y de plata, así como dos cheques al portador por valor de diez mil sestercios cada uno, que se podían cobrar en el Banco Comercial y Marítimo del Pireo, famoso por tener sucursales en todos los puertos del Mediterráneo.
El pequeño Tarcisio, vestido con andrajos como esos huérfanos de la calle que les disputan la comida a los perros en los montones de basura, la seguía a distancia sin que su actitud delatase que tenía algún tipo de relación con la que era su señora.
Al aproximarse a la calle donde se encontraba el antiguo taller de calderería, que él había ido a reconocer solo al amanecer, el chiquillo apretó el paso para adelantar a Mancinia y llegar antes al patio, a fin de asegurarse de que estaba desierto. Ella lo vio regresar de inmediato y se cruzaron sin que mediara palabra, lo que entre ellos significaba que la joven podía entrar sin temor. Mancinia entró a su vez en aquel patio e hizo lo que le había explicado Specilus. Rodeó el taller de calderería desierto, por donde circulaban gatos piojosos, y encontró la escalera exterior que conducía a la galería. Toda clase de malas hierbas crecía entre los adoquines donde se amontonaba chatarra abandonada.
Las planchas de la galería chirriaban bajo sus pies. A continuación, la joven se adentró en el pasillo que llevaba a la madriguera de Mnéster. El corazón le latía con cierta rapidez y se notaba las piernas flojas. Ir a buscar a Specilus a su taberna y convencerlo con carantoñas había sido un juego divertido. Subir esa escalera en el siniestro decorado donde se escondía un hombre condenado a muerte y pasar ante todas esas puertas cerradas mientras abajo maullaban gatos esqueléticos, no resultaba tan agradable.
Cuando recorría la galería, le pareció que la espiaban desde detrás de aquellas puertas. Al llegar a la última, vaciló antes de dar los golpes acordados, conteniendo la respiración para distinguir si se oía algún ruido
procedente del interior.
Finalmente, su mano cerrada golpeó la madera de la puerta cuatro veces y luego dos más. Sin embargo, durante un rato no sucedió nada. Mancinia, desconcertada, miraba a su alrededor. ¿Observaba Mnéster por un agujero practicado en la pared, o desde otra puerta a fin de abrir en el momento oportuno? Al ver su túnica y el cesto, sin duda pensaría que le llevaban comida. Por fin oyó al otro lado de la puerta unos pasos que se acercaban y la respiración de alguien que escuchaba.
Luego se oyó un ruido de cerrojos y una voz preguntó: -¿Eres tú, pequeña?
–No -respondió Mancinia-. Pero soy una amiga de Specilus. ¡Abre, deprisa!
No deben verme aquí.
Ella notó que el hombre vacilaba, pero los cerrojos se movieron y la puerta se abrió lentamente. Por el semblante descompuesto de Mnéster, Mancinia comprendió que estaba en el límite de sus fuerzas y que no tendría dificultades para hacerle hablar.
La silueta atlética de Ascletarión había aparecido a su vez en el patio del taller de calderería. El gladiador se había quitado los coturnos, los había escondido bajo la escalera que conducía a la galería del primer piso y había subido dicha escalera descalzo. Había avanzado por la galería y el pasillo sin hacer que las planchas crujieran bajo su pies.
Siempre sin hacer ruido, había dejado los dos platos de comida en el suelo, cerca de la puerta que la pequeña le había indicado como la de la madriguera de Mnéster, y había pegado la oreja a esa puerta. Entonces había oído un murmullo de voces…
¡Mnéster no estaba solo! Eso, evidentemente, no facilitaría la tarea de su ejecutor, pero a Ascletarión no le preocupaba tener que matar a una o dos personas más. A no ser que los visitantes fueran también hombres expertos en el combate y estuvieran bien provistos de armas, no tendría muchas dificultades en cumplir la tarea con sus puños o, mejor aún, con los dos
largos puñales que llevaba bajo la túnica, uno debajo de cada axila, sujetos por unos arneses de cuero ligero que le había hecho hacer en Pompeya al guarnicionero de la escuela de gladiadores de Palfurnio, antes de partir.
Luego, con la oreja todavía pegada a la puerta, Ascletarión comprendió que la voz que se mezclaba con la del hombre escondido allí era una voz de mujer.
El gladiador frunció el entrecejo. Tendría que matarla si no se iba por iniciativa propia en un plazo de tiempo bastante corto. Era un fastidio.
Ascletarión se percató entonces de que nunca había matado a una mujer y pensó que no le gustaría en absoluto hacerlo. Aunque, en esta ocasión, era una necesidad. Palfurnio no consentiría que el hombre que había enviado a Roma para suprimir a Mnéster fuese lo bastante negligente como para dejar una huella de su paso en la memoria de un testigo, fuera éste quien fuera, y tendría razón.
Mnéster había hecho sentar a Mancinia en el viejo diván que constituía el mueble principal de la habitación, contentándose él con un taburete. En el cuarto contiguo se veía una cama y un gran lasanum. Había también una mesa mugrienta, y eso era todo.
El rostro del jugador estaba lívido y abotargado. Se pasaba horas enteras tumbado, rumiando sus desgracias, sin recibir más visitas que las de la pequeña que le llevaba la comida como a un animal enjaulado.
Durante los primeros días de su reclusión le había propuesto a la esclava de Specilus que se acostara con él, pero la pequeña había rechazado la oferta haciendo un signo negativo con la cabeza. Él no había insistido porque sabía que era la favorita del tabernero y ya tenía bastantes preocupaciones como para añadir una más.
En el pasillo, Ascletarión, tras haber constatado que su presa no estaba sola, había abierto sin hacer ruido la puerta contigua a la del alojamiento de Mnéster. Buscaba un lugar desde donde pudiera oír con claridad lo que decían.
Se encontró en una amplia habitación desprovista de muebles, ya que la única habitable era la que ocupaba Mnéster. Recorrió el tabique de separación hasta encontrarse a la altura donde debían de estar los que hablaban. El tabique estaba construido con planchas de madera mal unidas y con nudos, algunos de los cuales estaban vacíos, aunque obstruidos por la densa capa de polvo adherida a las tablas. Ascletarión vació uno de los nudos con la punta de uno de sus puñales, con precaución, y los vio a los dos instalados frente a frente. La mujer, que se había quitado el pañuelo, era una muchacha espléndida, rebosante de juventud y belleza pese a la horrible ropa que llevaba, que no podía sino ser un disfraz. No hablaba como una esclava, sino más bien como una patricia. Ascletarión se quedó aterrorizado. Miró el largo puñal y volvió a guardarlo bajo su axila. Nunca podría clavar esa hoja en el cuerpo de una mujer así. Los dioses, y la primera de todos Venus, no le perdonarían jamás semejante crimen… Sería perseguido por su ira hasta el final de los tiempos, erraría indefinidamente por las orillas del Éstige, ya que Caronte se negaría a montarlo en su barca y Cerbero, al verlo a la entrada de los Infiernos, rompería su cadena para abalanzarse sobre él y despedazarlo…
–Haré que traigan mi litera al patio -dijo la voz de Mancinia-. Tú te escondes abajo, entre la chatarra, y en cuanto llegue te metes dentro. Te conduciremos al palacio de Menesio y verás a Sila. Tú mismo le dirás lo que hay que decirle… Mnéster meneó la cabeza.
–Ordenará que me maten -dijo-. No le perdonará a nadie el asesinato de Menesio…
1. Orinal.
–No será así, si yo se lo pido. Y tú tienes una moneda de cambio. Le ofrecerás a Sila declarar por escrito, delante de testigos e incluso de uno o varios de sus abogados, todo lo que sabes de los que tramaron la muerte de Menesio. Después él te ayudará a marcharte de Italia. Tiene una flota de naves, como muy bien sabes. La de Menesio, que ha heredado él. Mientras se prepara tu marcha, en su palacio estarás seguro.
Mnéster rió con una expresión desengañada.
–¿Hay en esta ciudad un hombre capaz de mostrarse magnánimo con uno de los que han ayudado a provocar la muerte de su compañero de armas?
No puedo arriesgarme a comprobarlo por mí mismo poniéndome en sus manos… ¿Cuánto me das si te digo y te escribo todo lo que sé, aquí y ahora? Además, tendrás que dejarme tu ropa de esclava que va de compras y saldrás con la mía.
–Cincuenta mil sestercios. Mnéster pareció estupefacto.
–¿Llevas esa suma encima?
–Sí -contestó ella.
–¿Y si te matara para apoderarme del dinero y poder huir?
–Serías degollado por mi cochero y los cuatro esclavos que me acompañan.
Mi recadero está esperando fuera e irá a avisarlos si permanezco demasiado tiempo en tu casa.
Mnéster sonrió.
–Era una broma. Simplemente, quería hacerte comprender que corres un gran riesgo viniendo aquí. ¿Por qué te mezclas en un asunto semejante?
–Sila es mi amigo. ¿Nunca has tenido amigos?
El jugador se encogió de hombros.
–Un hombre como yo nunca tiene amigos.
–Pero Specilus te ayuda y te esconde.
–Porque espera recuperar el dinero que me prestó. El dinero es lo que más le interesa…
Mancinia ignoró esas palabras.
–Entonces -dijo-, ¿qué dices? ¡El tiempo apremia!
–Enséñame el dinero -repuso él-. Como en el juego. Debes poner tu apuesta sobre la mesa…
La joven abrió el cesto, retiró una tela y algunos botes de cosméticos y después empezó a sacar las monedas de oro agrupadas en rollos. A continuación le enseñó los dos cheques, largas tablillas de madera recubiertas de cera y protegidas por un estuche de seda.
Ascletarión, a través del agujero practicado en el tabique, presenciaba esta escena con gran asombro. Debía recibir veinte mil sestercios a cambio de la ejecución del desecho humano desplomado en el taburete. Si, además, arramblaba con lo que había sobre la mesa -y nadie podía impedírselo, tal como estaban las cosas-, sacaría de la operación ochenta mil sestercios en total. Le compraría al gordo la pequeña y pasaría tres meses con ella.
Después volvería a combatir y, si moría, la pequeña disfrutaría del dinero que hubiese quedado después de la juerga que se habrían corrido juntos.
Aunque, pensándolo bien, no. No volvería a combatir. Con ese dinero, se largaría a Persia con ella. Los persas reclutaban mercenarios, de manera que se haría mercenario, y la pequeña cocinaría en los campamentos. Como los persas son unos ingenuos y todo lo que procede de Roma les deslumbra, evidentemente sería oficial, se tiraría a la pequeña todas las noches -los oficiales tienen derecho a que les acompañe su mujer- y le enseñaría a mamarla. Ella le quería y estaría encantada de mamársela para complacerle.
He aquí lo que tramaba el hábil Ascletarión.
Por supuesto, debía matar a esa ricachona al mismo tiempo que a Mnéster para obtener el dinero; de lo contrario, armaría un escándalo de mil demonios y los vigilantes le perseguirían. Era una lástima, un auténtico embrollo, y Ascletarión, teniendo en cuenta el físico de la joven, la cólera de los dioses y todo lo demás, ciertamente no la mataría por nada. Pero, por ochenta mil sestercios, la cosa cambiaba, y, desde el momento en que
aquella mujer iba a estar al corriente de lo que Mnéster estaba dispuesto a confesarle, era una necesidad absoluta, e incluso podría pedirle a Palfurnio una prima suplementaria por haberla suprimido antes de que fuera a contárselo todo al tal Sila, el magnánimo héroe de las legiones.
Verdaderamente, Palfurnio había acertado eligiéndolo a él, Ascletarión, para resolver un asunto así. Había llegado justo a tiempo para oír la conversación mantenida entre ambos. ¡Menuda suerte! Sin suerte no se puede hacer nada, por muy listillo que uno sea.
El hecho de que Mnéster decidiera o no irse en la litera con ella para dirigirse a casa de Sila no cambiaba nada. Esta vez, a Ascletarión, que seguía espiando por el agujero de la madera, le entraron ganas de reír. ¡Era una idea fantástica! Si ese imbécil se largaba en la litera, los dejaría montar a los dos. Seguramente correrían las cortinas para no ser vistos durante el trayecto y, en cuanto las cortinas estuvieran corridas, antes incluso de que el carricoche se pusiera en marcha, se abalanzaría sobre el cochero que, lógicamente, estaría junto a la mula de cabeza, y lo apuñalaría entre las costillas, en el sitio justo. El tipo no soltaría ni un suspiro, y Ascletarión descorrería bruscamente las cortinas de la litera. Los enviaría ad patres a ambos, la ricachona y Mnéster, antes de que les diera tiempo a gritar.
Además, si gritaban un poco en aquel patio desierto tampoco pasaría nada.
Entonces, él mismo conduciría la litera en el puesto del cochero hasta el palacio de Menesio, les diría a los esclavos porteros que llevaba un regalo para su señor y se marcharía tranquilamente, dejándole a Sila la tarea de desembarazarse de los fiambres.
Ascletarión reía en silencio mientras pensaba en la cara que pondría el galo heredero del noble Menesio cuando sus esclavos le llamaran para mostrarle el contenido de la maldita litera, la sangre y todo lo demás…
El veterano Cotio avanzó con precaución por el patio y, tras ver el taller de calderería que correspondía a la descripción que le habían hecho, se apresuró a entrar en él para esconderse detrás de las chapas y los hierros amontonados allí.
A la mañana siguiente a la de la muerte del leno Ictios, en el estanque de las
morenas, Sila le había encargado al veterano que buscara a Mnéster. Cotio empezó por enviar a sus tres compañeros, con los bolsillos llenos de sestercios, a jugar en los garitos con la misión de preguntar dónde se podía encontrar a Mnéster. Uno de ellos regresó con el nombre de Paolitia, la vieja amante del jugador, la cual, según le habían dicho, deseaba perjudicar a éste. Cotio fue a casa de la prestamista y se presentó como alguien a quien Mnéster había engañado y que quería pasar cuentas con él. La prestamista le dijo que a buen seguro lo escondía Specilus, que le había prestado no poco al fugitivo. Specilus temía que Mnéster pereciera antes de disponer de tiempo y de medios para devolverle lo que le debía. La usurera añadió que el tabernero tenía una casa en la vía Noevia, una especie de taller donde no vivía. Ella lo sabía porque una vez le prestó dinero contra una hipoteca realizada sobre dicha casa. Si él escondía a Mnéster, ése era el sitio ideal.
En cualquier caso, Cotio podía ir a comprobarlo.
Y eso era lo que Cotio había hecho sin demora. El taller abandonado en aquel patio desierto le pareció, en efecto, un escondrijo muy satisfactorio.
Así pues, entró para esconderse también allí, con carne seca y pan para alimentarse, y un recipiente que había encontrado en ese mismo lugar donde podría orinar, decidido a esperar todo el tiempo que fuera necesario para ver aparecer al tal Mnéster, que sin duda debía de salir de vez en cuando disfrazado y que a buen seguro recibía visitas. El veterano llevaba su puñal reglamentario oculto bajo la túnica, además de una de las hondas que había aprendido a manejar en Berbería, con doce bolas de hierro a modo de proyectiles en una bolsa de cuero.
Cotio calculó que la existencia de aquel patio le permitiría traer una silla de porteadores como la utilizada para raptar al leno. La silla llegaría sin hacer ruido al patio, los veteranos subirían la escalera en silencio, reventarían la puerta del alojamiento de Mnéster con una palanca, se abalanzarían sobre él, lo amordazarían y lo conducirían así al palacio Menesio, donde Sila le haría beber veneno como había hecho con Ictios. Entonces pasarían al culpable siguiente, por ejemplo a ese tal Palfurnio que causaba estragos en Pompeya. Ése, con su escuela de gladiadores, resultaría más duro de pelar.
Pero Cotio no dudaba que Sila sabría llevar el asunto de maravilla. El veterano decidió que el rapto de Mnéster tendría lugar al día siguiente por la
noche. Él se quedaría esperando, escondido entre la chatarra, hasta por la mañana, a fin de ver quién entraba y salía. ¿Iba Mnéster personalmente a comprarse la comida, o bien se la llevaba alguien? Al día siguiente, a mediodía, Cotio abandonaría el lugar para regresar al palacio Menesio a rendir cuenta a Sila y preparar la silla y todo lo demás para el rapto.
Mnéster no soltaba prenda ante los rollos de monedas de oro. Pensó que se iría esa noche aprovechando el tumulto nocturno, vestido de mujer, con el cesto y todo el dinero que contenía, el dinero del milagro. Se vengaría de aquellos a los que había servido durante tanto tiempo y que ahora querían suprimirlo igual que se liquida a un caballo enfermo. Caminaría hasta la puerta Ostia y allí cogería un vehículo público para dirigirse a Ostia, fingiendo ser una campesina que regresa a su casa tras haber vendido los productos de su granja en Roma. Se alojaría en un hostal de mala muerte y al día siguiente intentaría embarcar en una nave rumbo a África, adoptando en esta ocasión el aspecto y las maneras de un comerciante que va a hacer negocios a ultramar.
–¿Has traído algo para escribir? – le preguntó a Mancinia.
Ésta había sacado del cesto varias hojas de papiro y plumas. Destapó un frasco de tinta y lo colocó todo ante el jugador.
–Escribe que tú, Mnéster, en presencia de la patricia Mancinia, esposa de Patroclo Cuspio Ciro, confiesas haber participado en el envenenamiento de Licio Menesio Captio, candidato al tribunado, y ello por orden del patricio Lacertio, su adversario en esa magistratura… Di exactamente cuál fue tu papel y quién más que tú sepas tomó parte en el crimen…
La pluma de Mnéster, hombre hábil en cuestión de escritura, chirriaba sobre el papiro con decisión y regularidad, y aquel chirrido sumía a Ascletarión en un estado de estupefacción. Ahora sabía el nombre de aquella hermosa mujer, y eso le pareció todavía peor que matar a una desconocida. Sin embargo, el documento que iba a sacar de aquella habitación no permitía que se apiadara de su suerte.
–¿Qué otros hombres de Lacertio están implicados en el asunto? – preguntó Mancinia-. ¿Con quién tratabas tú directamente?
–Lo estoy escribiendo -contestó el jugador-. Digo que recibía las órdenes y el dinero de un tal Palfurnio, uno de los hombres más conocidos de Pompeya, que trabaja para Lacertio…
Mnéster continuó escribiendo y luego firmó. Releyó su obra y le tendió el papiro a la joven para que ella lo leyera a su vez.
–¿Qué harás con esta confesión? – le preguntó-. ¿Llevársela a tu amigo Sila?
–No -contestó ella-. Esperaré dos días, durante los cuales tú tendrás tiempo de marcharte de Roma y de Italia. Luego se la mostraré a Tito César.
–¡A César! – exclamó Mnéster, horrorizado.
Ascletarión no conocía el miedo. Luchaba y mataba desde hacía varios años sin haber experimentado jamás ese sentimiento. Sin embargo, lo experimentó al otro lado del tabique al oír pronunciar el nombre casi divino.
Aquella loca iba a desvelar todos los manejos de Lacertio, el propio Lacertio y Palfurnio serían víctimas del desastre que se desencadenaría, y Ascletarión también, evidentemente.
En ese momento, Mnéster sintió un gran cansancio en su interior, como si el peso de todas las componendas y todos los crímenes y delitos en los que había participado para poder seguir alimentando su pasión por el juego se acumularan de pronto sobre sus espaldas. Y la cosa no acababa aquí. Ahora debía huir al otro extremo del mundo, ya que Tito César conocería su nombre cuando hubiese leído la confesión. Y tendría que vivir meses con la angustia de ser perseguido y reconocido, y con el temor de que le robaran aquel dinero del que dependía su supervivencia.
Por el contrario, si decidía ir a casa de Sila con aquella mujer en la litera, tal como ella le había propuesto, la cosa resultaría más fácil… Sila se ocuparía
de todo. Aquella mujer era una patricia, y el galo, un auténtico soldado.
Ellos no le mentirían. Sila era sin duda un hombre de palabra, no un jugador arruinado como él, Mnéster, ni una podredumbre como Palfurnio. Además, lo que el galo quería era el pellejo de Lacertio, no el de sus compinches.
La compañía naviera que Sila había heredado tenía oficinas en todas partes.
Mnéster le pediría al galo que lo empleara en una de ellas con un nombre falso. Eso era lo que había que hacer: ponerse en manos del galo. Además, Mnéster ya no duraría mucho. Lo sabía. Sabía que estaba consumido. No sólo consumido: acabado.
–Está bien -dijo Mancinia-. Te agradezco lo que has hecho por Sila. Acto seguido enrolló el papiro y lo metió en el cesto.
–¡Por todos los dioses, espera! – exclamó Mnéster-. No llevas aquí más que un cuarto de hora. Puedes muy bien dejarme reflexionar un poco…
El hombre comprendía que iba a encontrarse de nuevo en su abyecta soledad y que no podría seguir soportándola.
–No puedo esperar mucho -repuso ella-. Lo que me interesa es prevenir lo antes posible a Sila de los peligros que corre.
–El peligro que corre tu amigo Sila -se apresuró a decir Mnéster- es el mismo que corro yo: ser suprimido por orden de Lacertio… En su caso, tal vez eso adopte la forma de una trampa que le tenderán.
–¿Y qué sabes tú de esa trampa?
–Si sabes que entre las muchas aptitudes de Palfurnio figura la de ser un notable falsificador, y si comprendes que sus amigos no se deben de atrever a matar al galo a puñaladas, por el escándalo que se armaría tras el asesinato de Menesio y la revelación del contenido de su testamento, no te costará imaginar de qué naturaleza podría ser el golpe que van a asestarle…
–¿Puedes ser más preciso?
–Si uno tiene a su servicio a alguien como Palfurnio, le puede pedir que redacte unas tablillas que parezcan escritas más o menos bien por la mano de Menesio y que supuestamente serán borradores de su testamento, como si el autor de esas tablillas hubiera practicado varias veces para imitar la escritura del patricio ocupado en redactar sus últimas voluntades. El fenicio Khalil fue quien presentó el testamento en cuestión, tras haber declarado ante notario que éste había sido dejado en depósito en su despacho. Pues bien, el prefecto de los vigilantes irá a arrestar a Khalil a su despacho, acusándolo de haber redactado un testamento falso con la complicidad de Sila. Al mismo tiempo, registrará el lugar, como es habitual, y encontrará las tablillas redactadas por Palfurnio en el fondo de un armario. Éstas habrán sido introducidas allí el día antes por un empleado de Khalil, al que se le habrá dado a elegir entre diez mil sestercios por aceptar hacerlo y la muerte a cuchillo en el transcurso de una pelea con unos maleantes si no acepta. Y el chupatintas en cuestión estará dispuesto a declarar que una noche, pocos días antes de la apertura del testamento, vio a Sila y a Khalil encerrarse para redactar uno falso. Añadirá eso a cambio de un suplemento de dinero y otro suplemento de amenazas. Probablemente es una prueba un tanto capciosa, pero, dado que el prefecto de los vigilantes Casio Longino es devoto de Lacertio y que muchos jueces están dispuestos a encontrar fundada la acusación a cambio de dinero o de la promesa de un cargo importante, Khalil y Sila serán apresados, la ejecución del testamento suspendida, y los bienes de la sucesión embargados en espera de una decisión de la justicia penal. Como ves, solo en Roma contra gente que trama semejantes intrigas, tu amigo Sila no tiene ninguna posibilidad. Está condenado a morir en prisión o en la arena durante los juegos. En todo caso, cuando yo gozaba de la confianza de mis amigos Palfurnio y Lacertio, y cuando ellos me hacían el honor de preguntarme mi opinión, eso es lo que les habría aconsejado hacer para acabar con Sila del modo más satisfactorio posible. Estoy seguro de que se les habrá ocurrido sin mi ayuda…
Mancinia se sintió también desalentada. Lo más cruel y peligroso que existía en Roma iba a destruir al hombre al que amaba. Después recordó que ella iría a Ostia con Tito César, que iban a acostarse juntos, que durante unas horas serían un hombre y una mujer en la cama, que Tito era bueno y
que ella le contaría todo lo que le había sucedido a Menesio y luego a su.
amigo Sila. Por supuesto, se guardaría de mencionar el papel que su hermano Domiciano podía desempeñar en este asunto. Pero, si Tito César intervenía para poner fin a la persecución de Sila, y dado que el papel de Domiciano en ello no había salido a la luz pública, éste no actuaría. Eso era lo que había que hacer: decírselo todo a César.
¡Los dioses no habían abandonado a Sila! Habían puesto en su camino a una mujer enamorada, y Venus protegía los amores de Sila inspirando a Tito César deseo por Mancinia. La joven decidió que, inmediatamente después de dejar a Sila, esa misma tarde, iría a ofrecer un sacrificio a Venus en el nuevo templo que había sido construido cerca del circo de Flaminio. La diosa velaría por ella cuando César la llevase al lecho imperial, y ella le inspiraría al Emperador la compasión que Sila necesitaba para escapar a las fuerzas malignas que querían apoderarse de él. Venus haría que el amor triunfase sobre esas fuerzas malignas…
La voz de Mnéster sacó a Mancinia de su piadosa ensoñación.
–Lo he pensado mejor -dijo aquella voz cansada-. Llévame al palacio Menesio en tu litera. Prefiero ponerme en manos de la clemencia de Sila, pues, mientras Lacertio y los demás no sean desenmascarados y puestos fuera de la circulación, mi vida estará en peligro dondequiera que vaya. Y si tu amigo no quiere perdonarme, le pediré que me conceda la gracia de darme veneno e iré a tomármelo al lugar donde Menesio pereció para apaciguar a sus manes…
Mnéster se había levantado del taburete. Su voz había adquirido firmeza al final del discurso. Miró los rollos de oro que estaban sobre la mesa y se sintió sorprendido al constatar que ni siquiera tenía ya ganas de recoger el filón que su última jugada de dados le había hecho ganar.
Desde su escondrijo, Cotio vio aparecer a un chiquillo harapiento. Su instinto guerrero, agudizado en el transcurso de años en campaña, le sugirió que aquellos andrajos eran una pizca demasiado andrajosos y no
concordaban con la mirada audaz y el aspecto de estar bien alimentado del que los llevaba. El chiquillo se detuvo, escuchó el silencio del patio y lanzó una mirada atenta a su alrededor. A Cotio le pareció que aquel comportamiento era el que adopta lo que en lenguaje militar se llama una avanzadilla -es decir, un jinete o un soldado de infantería al que se envía solo en misión de reconocimiento o para guardar los flancos- y que, en consecuencia, estaba a punto de producirse algo interesante.
El muchacho, en efecto, una vez satisfecha su prudencia, se dirigió a la escalera, cuyos peldaños subió sin que aparentemente le preocupara hacer ruido. Cotio se desplazó con precaución por el taller desierto hasta un lugar desde donde pudiera observar, resguardado por el batiente entreabierto de una ventana, la galería cubierta y la sucesión de puertas cerradas, una de las cuales debía de corresponder al refugio de Mnéster. El chiquillo recorrió la galería hasta llegar a la última puerta y dio allí varios golpes, seguidos de dos más tras una pausa. Cotio se sintió muy satisfecho de haber averiguado cuál era la señal de identificación que le permitía al fugitivo abrir sin temor a sus visitantes. Conocer aquel santo y seña facilitaría el rapto.
Cotio vio que la puerta se abría. Se produjo un intercambio de palabras en voz baja que el veterano no logró entender, pero distinguió un rostro femenino con un pañuelo antes de que la puerta se cerrara y de que el chiquillo recorriera de nuevo la galería por donde había llegado hasta allí.
Cotio frunció el entrecejo. Había alguien más con Mnéster. Si esa persona se quedaba con él, las cosas se complicarían. Pero, de hecho, no constituía un obstáculo serio. Con la ayuda de sus tres colaboradores, los reduciría a ambos sin dificultad. Atarían y amordazarían a la mujer, y la dejarían allí.
Bastaría con que se taparan la cara en el momento de la operación para que ella no pudiese identificar a los agresores.
Al llegar al pie de la escalera, el chiquillo cruzó el patio, esta vez con paso decidido, y salió a la calle. Cotio pensó subir la escalera a su vez e ir hasta la puerta de Mnéster para intentar oír lo que se hablaba en el interior. Sin embargo, era correr un riesgo demasiado grande, sobre todo a la luz del día, pues la mujer podía salir en cualquier momento. Así pues, renunció a ello y
no tardó en felicitarse por su decisión: para su gran sorpresa, oyó un ruido de cascos de caballo en los adoquines. El chiquillo regresaba, pero esta vez guiando a una mula enganchada a una litera, que llevaba la segunda mula detrás… Cotio comprendió entonces que su misión iba a fracasar. La mujer había ido para llevarse a Mnéster y el chiquillo preparaba las cosas, deteniendo el vehículo al pie de la escalera para que el fugitivo pudiese montar en él de modo que quedara a la vista el menor tiempo posible.
Si Cotio quería ser el que se llevase a Mnéster, debía suprimir al chiquillo y a la mujer antes de dejar fuera de combate al jugador para poder embarcarlo y conducirlo al palacio Menesio. Había cometido un grave error al ir solo a observar lo que ocurría en aquel patio. Debería haber ido acompañado de sus tres amigos a fin de estar preparado para cualquier cosa.
Cotio sabía que sólo contaba con unos minutos para encontrar la solución a aquel difícil problema, sin la cual uno de los artífices de la muerte de Menesio escaparía a su castigo. Era prácticamente imposible reducir al chiquillo y a la mujer, y además a Mnéster, sin armar alboroto. El muchacho, que era ágil, saldría corriendo a la calle pidiendo ayuda, la mujer también gritaría con fuerza, y él no podía matarlos a los dos al mismo tiempo con su puñal reglamentario.
Sin embargo, Cotio había cogido la honda movido por su instinto y había colocado en ella una bola de hierro. Podría salir a la entrada del taller y matar a Mnéster en el momento en que se dispusiera a montar en la litera; al menos se habría adelantado algo en el plan de venganza que Sila estaba llevando a cabo. Pero Cotio no había recibido instrucciones de Sila a este respecto, y no se debe actuar sin órdenes. No era la muerte de Mnéster lo que deseaba el ex oficial, sino su testimonio y la denuncia del resto de individuos que habían conspirado con él contra Menesio.
El chiquillo había dejado la mula de cabeza atada por la brida a la barandilla de la escalera y ya recorría la galería en dirección a la puerta, donde llamó con fuerza según la señal convenida. Cotio permanecía oculto a la entrada del taller, con la honda preparada. Observó los tres objetivos que acababan de salir y ahora caminaban por la galería en dirección a la
escalera. Decidió que dejaría a Mnéster y a la mujer montar en la litera y que, en el momento en que ésta fuera a ponerse en marcha, después de que el chiquillo hubiese desatado la brida de la mula para hacerla salir del patio, lo derribaría lanzándole una bola con la honda. Apuntaría al pecho y no la tiraría con demasiada fuerza. Así, el muchacho tendría una posibilidad de salvarse, aunque, de todas formas, era el precio que había que pagar para recuperara Mnéster. Después de todo, el chiquillo era un simple esclavo y, además, toda aquella gente estaba pringada en el asesinato de Menesio. No había que ponerse sentimental.
Cotio pensó que a continuación se abalanzaría sobre la mujer para asestarle un buen golpe con el mango del puñal y acercaría la hoja al cuello de Mnéster para impedirle gritar. Luego también lo golpearía, lo ataría y lo amordazaría con telas de la litera, y conduciría ésta a través de Roma hasta el palacio Menesio. Eso era lo que había que hacer para salvar la situación.
La honda estaba preparada, el chiquillo había llegado al pie de la escalera, Mnéster y la mujer del pañuelo montaron en la litera, y el chiquillo empezó a desatar la brida de la mula. Cotio avanzó dos pasos fuera del taller e hizo girar la honda, pero en ese momento, de lo alto de la escalera surgió un hombre de cabellos rubios y musculoso como un gladiador, que bajó los escalones a una velocidad increíble con un largo puñal en cada mano.
Literalmente volaba sin hacer el menor ruido con sus pies descalzos, y en un instante alcanzó al chiquillo y le clavó uno de los puñales en el pecho.
Cotio vio que era exactamente el lugar del corazón y que aquel tipo era un asesino profesional. El chiquillo se desplomó sin emitir un grito, mientras el sujeto ya se dirigía con la misma rapidez a la litera. La parte superior de su cuerpo desapareció dentro, oculta por las cortinas, y Cotio supo enseguida que iba a matar, porque no oyó sino un grito ahogado y unos gemidos.
El veterano comprendió que había perdido la partida, pero no detuvo el movimiento de su arma, que silbaba al girar. El tipo, que tenía el oído fino, a la medida de la fiera que era, volvió la cabeza hacia él, de manera que la bola de hierro le golpeó en plena frente. El veterano vio que su caja craneana estallaba, cosa que no le sorprendió, porque había balanceado el arma con todas sus fuerzas, y esas fuerzas eran comparables a la cólera que