Combust

K. Bromberg · Capítulo 21 de 62

Combust

Dieciocho

Dylan

El silencio es oro.

Jett se fue por la noche a un paseo a unas horas al norte de Napa. Dijo algo acerca de reunirse con un viejo amigo de los días en que enviaba sus cintas de demostración a las disqueras. Apostaría dinero diciendo que Sunnyville es demasiado tranquilo para él y tuvo que ir a causar algunos problemas para mantener su reputación de estrella del rock.

Pero dijo que volvería por la mañana cuando todo lo que deseo es que regrese a casa. No a casa. A Los Ángeles. A su casa.

Luego está Grady, que solo Dios sabe dónde está.

He revisado a mi madre, hablado con mi hermano e incluso he respondido a un correo electrónico de Ava a pesar que todavía estoy enojada con ella por decirle a Jett dónde estaba, entre otras cosas.

Eso nos deja a Petunia y a mí para disfrutar de una buena copa de vino en el silencio que nos rodea. Bueno, el silencio menos sus gruñidos.

Y justo cuando levanto mi Kindle y comienzo el primer párrafo de la página, la puerta trasera se abre de golpe.

—Es todo tuyo —dice Grant con una risita mientras Grady viene detrás de él con el sándwich Malone número tres, Grayson, justo detrás de él.

Justo cuando estoy a punto de reírme y preguntar qué hizo, Grady mira en mi dirección, y la marca roja viva en su mejilla derecha lo dice todo.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —Estoy levantándome del sofá antes que las palabras terminen de pasar por mis labios.

—Solo una pequeña pelea —dice Grayson y sacude la cabeza.

Levanto la mano para tocar el rostro de Grady por reflejo y luego me alejo.

—Eso parece que duele como una perra.

—Deberías ver al otro tipo —murmura Grady y fija sus ojos en los míos. Hay una intensidad en ellos que no puedo descifrar, por lo que es difícil mirar hacia otro lado.

—¿Estás bien, hombre? —pregunta Grant desde la puerta.

—Sí. Estoy… —Grady baja los ojos por un segundo antes de mirar a sus hermanos—. Gracias, chicos.

—Sí. Nos vemos, Grady.

La puerta se cierra detrás de ellos mientras estoy buscando en el congelador una bolsa de verduras congeladas para poner en su mejilla. Lamentablemente, sé por mi experiencia con Jett que esto es lo que funciona mejor. Finalmente encuentro una, y cuando me doy vuelta, Grady todavía me está mirando con esa mirada.

—¿Qué pasó? —le pregunto de nuevo mientras sisea cuando le pongo la bolsa a la mejilla.

—No fue nada. —Me quita las verduras congeladas y camina hacia el otro lado de la cocina. Juro que dice algo en voz baja, pero no puedo entenderlo.

—¿No fue nada? ¿Eso es todo lo que me vas a decir?

—Sí. —Deja caer la bolsa de hielo improvisada en la encimera y se dirige a sacar una cerveza de la nevera. Contengo la irritación que brota ante lo displicente que está siendo conmigo cuando no he hecho nada malo.

—¿En serio, Grady? ¿Entras aquí con lo que parece ser el comienzo de un impresionante ojo negro, nudillos magullados y sangre en tu camisa, y todo lo que va a decirme es no fue nada?

—¿Sangre? —pregunta, sin tener en cuenta todo lo que dije y tirando de su camisa para mirar la parte de atrás donde la sangre mancha algunos puntos—. Jodido Cristo —murmura y aprieta los dientes por un momento antes de inclinar su cerveza y beber la botella entera en largos tragos.

Se está formando tensión entre nosotros y no puedo evitar sentir que está enojado conmigo por alguna razón. Aunque, no tengo idea de lo que podría ser aparte de Jett. Pero Jett no está aquí, así que…

Grady tira su botella vacía en el fregadero y luego, en un rápido movimiento, se pasa la camiseta sobre la cabeza. Cuando va a tirarla a la basura, me estremezco. Algo de esa sangre es de él. No puedo ver bien porque las sombras de la cocina caen sobre él, pero parece que hay pequeños cortes en algunos puntos de su espalda.

¿Cómo diablos se cortó la espalda?

—¿Cómo está Jett? —pregunta cortante mientras se da la vuelta, y mentalmente me estremezco cuando me atrapa mirándole fijamente a la espalda. No se da cuenta que es porque está sangrando y no por sus cicatrices, pero no hace ningún comentario.

—No lo sé. No está aquí.

Hay una ligera pausa en sus movimientos cuando apoya sus caderas contra la encimera y me mira.

—Ah, ¿el chico maravilla decidió dejarte fuera de su vista durante más de cinco minutos?

—No importa si lo hace o no lo hace —digo, sintiendo de repente que hay una competencia tácita de testosterona librándose y que desconozco—. No me interesa.

—Mmm. —Cruza los brazos sobre su pecho, inclina la cabeza hacia un lado y me estudia como si estuviera tratando de averiguar si creerme o no —. ¿Entonces, dónde está?

—Napa.

—¿Por qué?

¿Qué es esto, veinte preguntas?

—Para ver a un viejo amigo.

—Ja.

Sigue mirándome sin decir nada más, y ahora estoy más confundida que nunca. ¿Qué le pasó al hombre que me besó en la cabeza esta mañana como si fuéramos una pareja casada? Quiero a ese chico de vuelta. No esta versión que me trata como si fuéramos una pareja casada a punto de separarnos.

—¿Grady? ¿Por qué pareces enojado conmigo?

—Porque lo estoy. —La forma en que lo dice, desprovista de toda emoción, me toma desprevenida por un segundo.

—¿Pero por qué?

Sus ojos de agua son impenetrables, y ese músculo salta en su mandíbula cuando la aprieta y la afloja. Sin una palabra, se aleja de la encimera para irse. Asombrada porque simplemente se marchará así, voy a decir algo, pero se detiene justo delante de mí y aplasta su boca contra la mía.

A mi mente le toma un segundo ponerse al tanto mientras que mi cuerpo ya está reaccionando al ataque de todo lo que es Grady Malone.

Porque esto no es un beso de vamos a jugar a la casita.

Oh no.

Este es un beso implacable, sin restricciones.

Sus manos están en todas partes. En mi cintura. En mis pechos. Deslizándose por mi espalda debajo de mi camisa.

Sus labios están en mis labios. En mi cuello. En las curvas de mi hombro. Su lengua librando una guerra total contra mis sentidos.

Hay tanta codicia. Tanta necesidad. Tantas emociones reprimidas que siento cada una cada vez que nuestros cuerpos se conectan.

Mis dedos se enredan en su cabello. Mi palma recorre la aspereza de su incipiente barba. Mi cuerpo se presiona contra el suyo de la forma más deliciosa mientras me sujeta con sus caderas contra el mostrador de la cocina.

No tengo tiempo para pensar. No quiero tiempo para pensar, porque Grady es embriagador en su delicadeza y demanda de más.

Sus manos enmarcan mi rostro y mueven mi cabeza hacia atrás cuando rompe nuestro beso. La misma intensidad de antes está en sus ojos mientras su pecho se agita contra el mío.

—Gracias al cielo que no está aquí porque te voy a follar, Dylan. Es todo en lo que he estado pensando. No debería hacerlo. No debería meterte en esto, pero no soy capaz de detenerme hasta que me entierre en tu coño mojado y caliente. ¿Lo entiendes?

Mi cabeza se marea con sus explícitas promesas. Espera mi respuesta, su mirada se fusiona con la mía, y sé que no hay forma de negarme. No es que quiera hacerlo. El pensamiento ha cruzado mi mente más veces de las que me gustaría contar, y sería una tonta de remate para rechazarlo. Y mi cuerpo me repudiaría si dejo que la sensación de él duro y listo presionado contra mí se desperdicie.

¿Pero puedo hacer esto? ¿Puedo dormir con él y luego vivir con él sin involucrarme? ¿Sin dejar que mis emociones se involucren?

Sí.

Sus ojos se oscurecen y sus manos se tensan sobre mi brazo.

Cristo, no compliques esto. Es una vez. Es lo que necesito. Grady lo dijo. La mejor manera de superar a alguien es acostarse con alguien más.

Sí.

Espera con los músculos tan tensos que su cuerpo vibra por la restricción.

Solo ha habido una respuesta cuando se trata de pensar en esta pregunta.

Sí.

Mantengo mis ojos en los suyos mientras paso lentamente mis manos por su pecho y paso mis uñas ligeramente por encima de esos increíbles abdominales y hasta el botón de sus pantalones.

Me encanta escuchar su rápida respiración. Me deleito al ver que sus ojos se abren con sorpresa antes que se oscurezcan con lujuria.

—Dyl… —Mi nombre es el más sexy de los gemidos en sus labios cuando bajo su cremallera y deslizo mi mano dentro de su ropa interior.

Ya está duro, y su polla late cuando la agarro lo mejor que puedo dentro de los límites de su pantalón.

—No me provoques, Dylan. —Raspo mis uñas contra la parte interior de sus bolas—. Dime que quieres esto. Necesito escucharte decirlo antes de continuar, porque una vez que comencemos, no nos detendremos a buscar consentimiento.

El hecho que me esté preguntando de nuevo cuando le estoy diciendo tan descaradamente que sí solo se suma a la seducción.

Me inclino hacia delante, mis labios a un susurro de los suyos.

—Sí.

Y tan pronto como digo la palabra, sus labios están sobre los míos otra vez. Su lengua ordenando a la mía dar y recibir, querer y necesitar, así como sus manos están haciendo lo mismo con mi cuerpo.

Cada toque es un chorrito de gasolina en un quemador. Cada beso es un fósforo que se enciende. Cada gemido una llama de fuego abrasando mi piel y mi alma.

No estoy segura de quién comienza el movimiento, pero lentamente nos dirigimos por el pasillo. Mi espalda choca contra la pared. Nos tropezamos con la alfombra. Cuando entramos en su habitación, nos convertimos en un desorden frenético quitándonos la ropa. Cada elemento una barrera menos entre nosotros.

Hay un breve momento cuando nuestras ropas están esparcidas alrededor de nosotros, y estamos completamente desnudos, mirándonos fijamente. Espero que su mirada baje, para revisar mi cuerpo, pero no lo hace. Permanece fija en mis ojos, diciéndome que me ve sin mirar nunca mi desnudez.

Es increíblemente íntimo. La mirada en sus ojos. La forma en que da un paso adelante y mete un mechón de cabello detrás de mí oreja. La manera tácita que tiene para saber que este momento de silencio es exactamente lo que necesito para evitar que los nervios y la inseguridad vibren repentinamente dentro de mí como lo harían normalmente.

Respira profundamente, y esta vez cuando se inclina hacia mí, el beso es lento y fascinante. Es como si estuviera besando cada onza de oxígeno de mis pulmones y manteniéndolo como rehén hasta que pueda besarme la próxima vez.

—Te deseo. —Sus palabras son suaves, pero suenan fuerte en cada parte de mi cuerpo.

Y entonces la ternura se va. El siguiente beso es de desesperación hambrienta. Cuánto puede quitarme y qué tan rápido puede hacerlo. Nos movemos hacia atrás hasta que caemos en la cama, nuestra risa se convierte en mi gemido prolongado y su gemido libidinoso mientras chupa mi pezón.

—Grady. —Su nombre es el sonido de la necesidad no correspondida.

Impaciente y codicioso.

Mis manos están en su cabello. Empuñando. Tirando. Manteniendo su cabeza justo donde está, para que su boca pueda seguir provocándome con la dulce tortura de su lengua y dientes contra mis pezones.

No solo no se detiene, sino que sus manos separan mis muslos, encontrándome mojada y lista para él. Mi respiración se atora cuando desliza su dedo arriba y abajo por mi raja, su pulgar frota sobre mi clítoris, sus dedos jugando con mi entrada, así que abro mis caderas, rogando por más.

No me da lo que quiero. En su lugar, deja sus dedos allí, apenas entrando en mí, de modo que la palma de su mano pueda frotar y presionar mi clítoris. Me retuerzo. Me sacudo. Gimo. Ruego. Todo lo que quiero es algo de él en mí. Ahora. Mismo. La presión se está acumulando, y necesito de su polla para llenarme, para rasgar esos nervios y encender el fuego salvaje de la felicidad que comienza a rebosar debajo de la superficie.

—Grady. —Gimo de nuevo su nombre, haciéndole saber que lo necesito. Que mi cuerpo está sucumbiendo a su toque.

—Condón —murmura contra mi pecho mientras el peso de su cuerpo se aleja de mí para poder alcanzar el cajón de su mesita de noche.

No puedo esperar, así que cuando se incorpora sobre sus rodillas para abrir el condón y ponerlo alrededor la deliciosa circunferencia de su miembro, dejo que mis dedos viajen entre mis muslos. Soy un desastre de excitación, por lo que mis dedos se deslizan fácilmente dentro de mí antes de volver a salir.

Gime mientras me mira. Sus dientes mordiendo su labio inferior. Su mano trabajando muy lentamente sobre su polla cubierta. Párpados pesados y cargados de deseo.

Verlo observarme es erótico, y aunque soy tímida cuando se trata de mi cuerpo, la forma en que me mira me agrada, las yemas de mis dedos en mi clítoris, la forma en que las deslizo entre mis labios para encontrar más excitación, antes de volver a subir para construir mi orgasmo otra vez, me empodera de una manera que nunca antes había experimentado.

Mi respiración se vuelve más profunda y se vuelve difícil mantener los ojos abiertos a medida que aumenta el placer, una oleada tras otra, y justo cuando estoy a punto de llegar, arqueando la espalda y tensando las piernas, Grady me pone la mano en la muñeca.

—Permíteme.

Esa es una de las palabras más sexys que he escuchado.

Mis ojos se abren para ver a Grady moverse entre mis muslos. Agarra la parte inferior de mis rodillas y me acerca más. Su cabeza gruesa me provoca en mi entrada. Presiona lo suficiente para que sienta la lenta y dulce quemadura de mi carne dando paso a su invasión antes de retirarse. Malvada y deliciosa tortura.

—¿Te gusta eso? —murmura mientras observa donde me provoca.

Lo hace un par de veces más, y justo cuando estoy a punto de agarrar sus caderas para evitar que se retire, entra completamente en un empuje vertiginoso, por lo que está dentro, de raíz a punta.

Ambos gemimos por la embestida de placer. Por la restricción. Por el frenesí de nuestros cuerpos pidiendo más.

Nuestros ojos se encuentran. Nuestras manos se conectan y nuestros dedos se unen. Y luego se mueve de nuevo. Lentamente al principio, dándome tiempo para ajustarme a él. Cuando lo he hecho, aprieto mis músculos alrededor de él para decirle que estoy bien, y me encanta la forma en que sus ojos se cierran parcialmente por la sensación.

Y luego acelera el ritmo.

Se inclina hacia adelante para que nuestras manos unidas queden atrapadas a ambos lados de mi cabeza y suma a su asalto placentero al besarme de nuevo. Su lengua se mueve en sincronía con sus caderas, y me retuerzo y me revuelvo, tratando de sacar cada onza de dicha de nuestra conexión.

Es un fuerte empuje tras otro. Cada uno de mis nervios vibra y pulsa cuando los frota y se aprieta contra ellos, hasta que en lo único que concentrarme es en él y en el clímax aplastándome sin piedad.

Mi cuerpo es una combinación confusa de placer que se convierte en dolor, queriendo doblegarse ante la necesidad y desesperación que alimenta la gula.

Los segundos se convierten en minutos. Cada uno de los que pasa es una insignia de honor por resistir, pero sé que no durará mucho. Hay demasiada sobrecarga sensorial, y doy la bienvenida a cada momento.

El sonido de nuestros cuerpos conectándose. El golpe de carne contra carne con cada impulso.

La sensación de él. El grosor de su polla. La forma en que mis dedos se extienden para encajar los suyos entre los míos.

El sabor de él. Su beso en mis labios. El hambre de estos entrelazados con el deseo y el toque de la cerveza que bebió en la cocina.

El olor de él. Jabón y champú y suavizante de ropa. Y sexo.

La visión de él. Una imagen pornográfica en todos los sentidos imaginables. Músculos tensos. Una capa de sudor. Cuerpo consciente.

Y luego viene la oleada, cada parte de mi cuerpo está sintonía con él, cada nervio tocado, cada zona erógena satisfecha. Grito cuando me vengo. Al principio, es una marea de sensaciones, que me empuja hacia arriba, me empuja hacia abajo, me roba el aliento; luego, cuando estoy a punto de ahogarme por el placer de todo, otra ola golpea. Una tras otra hasta que estoy flotando en un mar de éxtasis.

Mis caderas se levantan para encontrarse con las suyas. Mis pezones se vuelven extremadamente sensibles con la sensación de su pecho rozándolos. Mis músculos pulsan alrededor de su polla y sacan su propio orgasmo.

Es mi nombre en sus labios ahora. Son mis manos las que aplasta cuando la neblina lo envuelve. Es mi cuerpo el que usa hasta que está agotado y acostado sobre mí, con dificultad para respirar y con los labios presionados contra la parte inferior de mi mandíbula mientras nuestros latidos luchan por calmarse.

Después de un rato, nuestros dedos se aflojan y la gravedad del momento se asienta sobre mí.

—Bueno, esa es una forma de evitar hablar de tu pelea.

—Míralo de esta manera —murmura, sus labios se mueven contra mi piel y producen escalofríos sobre mí—. Acabamos de tener sexo de reconciliación y aún no hemos tenido una pelea adecuada.

—La próxima vez te lanzaré un plato primero.

—Buena idea. —Se ríe.

¿La próxima vez?

La próxima vez.

Si así es el sexo de reconciliación de Grady Malone, entonces no puedo esperar a ver cómo es el sexo regular.

 

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