Combust

K. Bromberg · Capítulo 7 de 62

Combust

Cuatro

Dylan

—¿Cómo estás? —La voz de Jett es áspera a través de la línea como un buen whisky con hielo, suave pero con una quemadura en él.

Lucho contra las lágrimas amenazadoras. Me niego a dejar que su repentina preocupación por mí me haga caer de nuevo en el agujero negro del que mi estancia en Sunnyville está tratando de sacarme.

—¿Te gustan la letras hasta el momento? Creo que funcionan bien con la pista que terminaste. —Intento sonar toda profesional y me pregunto si puede ver directamente a través de eso.

—Dylan… —Su voz es una parte disculpa, una parte preocupación, y no quiero creer que algo de eso es sincero—. Siento como si ha pasado una eternidad desde…

—Semanas. No una eternidad. —Veinte días para ser exactos.

—Demasiado tiempo.

—El puente queda perfecto con el riff1 que tienes ahí…

—No llamé para hablar sobre las canciones —dice.

—Entonces, supongo que voy a colgar en este momento.

—No. Por favor, Dylan. No…

—Vas a llegar a tu sesión programada en el estudio el miércoles, ¿verdad?

—Por supuesto, que lo haré.

—¿Y vas a tener tu mejor comportamiento? Sin rabietas. Sin…

—Cristo, Dylan, no soy un niño.

Entonces deja de comportarte como uno. El pensamiento pasa rápidamente por mi mente. ¿Por qué me tomó tanto tiempo ver lo inmaduro que es? ¿Cómo sus berrinches no eran frustración artística sino más bien él siendo un despreciable malcriado?

—No arruines esto para mí, Jett. Necesito que la disquera piense que todo está bien. No necesito que se preocupen por si el álbum será completado a tiempo. Desde el principio de este contrato amenazaron con posponerlo si no te comportabas bien, y no me puedo arriesgarme a eso. Necesito el…

—Dinero. Lo sé, lo sé. Y te dije que te daría el maldito dinero para ayudar a tu madre. No es un problema.

—No necesito ni una mierda de ti —digo entre dientes—. Todo lo que necesito es que hagas tu trabajo y no lo arruines.

El silencio vibra a través de la conexión.

—¿Y si no lo hago? Si pierdo la sesión en el estudio, tal vez eso te forzará a venir a casa y a hablar cara a cara conmigo.

—No te atreverías. —Mis manos aprietan el teléfono, y odio saber que no me extrañaría que Jett hiciera una locura como esa. Su amenaza es real.

—No lo haría. —Hay diversión en su voz, y puedo notar todo menos la sonrisa engreída en su cara—. No necesito el dinero. Estoy más que bien. Sin embargo, sí necesitamos hablar.

—En realidad, no. —Imágenes vuelan a través de mi mente como el chasquido de una cámara: la luz debajo de la puerta cerrada del dormitorio, Tara a ahorcajadas sobre él, sus gemidos mutuos, sus caras sorprendidas cuando jadeé. Como la apartó de él y me persiguió. Las palabras, las promesas, las disculpas. Ella siguiéndonos en toda su gloriosa desnudez. Y luego las palabras desagradables que dijo y alimentaron cada inseguridad que siento sobre mí.

—Cometí un error. No sé de cuántas maneras puedo disculparme contigo antes que lo creas.

—Disculparse no elimina el dolor. —Tampoco las fotos que vi de ellos en la Revista People sentados afuera de un Starbucks donde sabían que un paparazzi tomaría una foto de ellos—. ¿La has vuelto a ver?

—Te extraño, nena. Extraño… —Tomaré eso como un sí. Su cambio de tema es clásico en Jett Kroger. Si no quiere admitir algo, cambia de conversación sin pensarlo dos veces.

—Enfoquémonos en la canción que te envié más temprano. Todavía no me convence el verso inicial, pero…

—Fui a nuestra casa el otro día…

—Te refieres a mi casa. Es mi casa ahora. No nuestra.

—Te habías ido —dice, ignorando completamente mi corrección.

—Sí. Claro que lo hice. —Odio que mi corazón duela. Odio extrañarlo. Y odio que incluso quiera verlo.

—Empacaste y te fuiste tan apresuradamente que…

—Creo que una vez estemos en el estudio y escuchemos toda la cosa junta, seré capaz de identificar lo que necesita ser cambiado.

—Podrías estar en el estudio conmigo el miércoles…

—No, no puedo. —No lo haré. Por muchas más razones que solo la distancia física entre nosotros.

Necesitando amainar la emoción haciendo disturbios dentro de mí, camino hacia la ventana abierta y miro a la oscuridad más allá. La cálida brisa nocturna sopla suavemente contra mi piel, y huele tan limpio. Estoy tan acostumbrada a ser capaz de mirar la ciudad cobrar vida mientras el día se desvanece a la noche que es desconcertante mirar afuera y ver siluetas de árboles contra el cielo iluminado por la luna.

—¿No vas a cambiar de opinión, verdad? —No respondo. No puedo. Siempre ha habido algo sobre Jett que me ha hecho ceder, y no puedo ceder esta vez. Sí, me engañó. Sí, juré que si alguien alguna vez me engañaba le daría mi espalda y nunca miraría hacia atrás, que es exactamente lo que he hecho aquí. Llamé a Damon, le dije que necesitaba ayuda, empaqué mis cosas lo más rápido que pude, y vine a Sunnyville donde me ha ayudado a encontrar paz. Solo porque fue fácil mantener mi propia promesa, no significa que pueda apagar a las emociones o decirle a mi corazón que ya no duela. Esa parte es mucho más difícil de lo que parece.

Pero estoy aquí. Estoy aquí porque sabía que sería mucho más fácil ceder, ser débil, si estuviera en mi casa donde sus cosas me rodearan. Dónde él y su encanto podrían hacerme ceder.

—¿Dylan?

—No, no voy a cambiar de opinión, Jett. —Aclaro mi garganta.

—Bueno, si no vas a venir aquí, entonces yo iré a ti. ¿Dónde estás?

—Ya seguí adelante. Encontré a alguien más. —Las palabras salen de mi lengua sin pensar, y odio la necesidad de mentir solo para hacer que se detenga.

—No me creo eso ni por un maldito minuto.

—Deberías.

—¿Quieres decirme dónde estás quedándote?

—No. No es de tu incumbencia.

—¿Estás quedándote con él? —Por mucho que no esté tratando de jugar juegos aquí, y mentir solo para terminar el tema de conversación, una parte de mí disfruta escuchar el asombro en su voz.

—No importa con quién esté quedándome. Ve al estudio el miércoles. No seas un idiota con Kai y con el resto de los chicos —le digo, refiriéndome al ingeniero de sonido—. Y escucha las letras que puse en la pista. Déjame saber lo que piensas. Avanzaré a la siguiente canción hasta que escuche de ti.

—Te amo, Dylan.

Cierro mis ojos y dejo que mi cabeza caiga hacia adelante cuando escucho palabras de él que sé que no dice a menudo.

—Si me amaras no hubieras follado a alguien más.

Y con eso, termino la llamada y me hundo en el borde de mi cama. Mi teléfono está apretado en mi pecho mientras el recuerdo de encontrarlo con Tara se reproduce una y otra vez en mi mente.

Le echo un vistazo al reloj para ver que son las dos de la mañana. Siempre trabajamos mejor cuando es tarde y nuestros cerebros están confusos y ese tipo de estado delirante se activa… supongo que ni siquiera la distancia puede cambiar eso.

Levantando mi guitarra, tarareo las letras y toco los acordes, mi mente tratando de localizar dónde está el error en la canción.

Un sonido rompe mi proceso. Al principio, asumo que es el radio, mi señal reveladora de que Grady está en casa después de su turno, pero justo cuando toco la guitarra, lo escucho otra vez.

—Ayuda. Por favor. Oh, Dios.

La voz de Grady está llena de angustia y necesidad. Bajo mi guitarra y estoy fuera de mi habitación en pocos segundos, dirigiéndome por el pasillo hacia dónde puedo escucharlo librar una batalla verbal. La puerta de su habitación está abierta y cuando entro, está extendido sobre su cama, dormido.

Está soñando. No está en problemas.

Mi corazón se ralentiza un poco, pero el profundo gimoteo de agonía que emite mientras sacude su cuerpo en la cama me hace moverme hacia él sin pensarlo dos veces.

—¡Grady! ¡Grady! ¡Despierta!

Lanza sus brazos hacia atrás mientras intento sacudir sus hombros hasta despertarlo. Lucha contra mí mientras ese horrible sonido de lamento continua en la parte posterior de su garganta. Subo a la cama, insegura de qué hacer, pero segura que no pudo dejar que continúe con esta pesadilla.

—No. Por favor. No —murmura mientras se retuerce de lado a lado y lucho para calmarlo. Es demasiado fuerte y se mueve de repente por lo que caigo de alguna manera encima de él. Puedo sentir el minuto en que se despierta y vuelve en sí. Su cuerpo se tensa. Hay una rápida inhalación de aire. Su mano sosteniendo mi muñeca se relaja.

—¿Dylan? —Es una pregunta, como si necesitara entender por qué estoy sentada aquí, a ahorcajadas sobre él en su cama.

Lu luz del pasillo proyecta luz sobre su rostro y hace que el brillo de sudor cubriendo su pecho sea notable. Nuestros ojos se encuentran, los suyos vidriosos y curiosos.

—Estabas teniendo una pesadilla. Intenté…

Aclara su garganta y puedo verlo tratando de sacudirse cualquier fantasma del sueño que todavía está aferrado a él.

—Yo… —Lleva su mano para frotar su cara—. Solo fue un mal sueño. Lamento haberte despertado. —El tono despreocupado en su voz contrasta con la lucha de emoción en su expresión.

Cuando baja su mano y encuentra mis ojos, hay más en las profundidades de ellos: vulnerabilidad, miedo, vergüenza, confusión, pero parpadea para alejarlos tan rápido como aparece.

—¿Estás bien? ¿Puedo hacer algo para ayudarte?

—No. Está… los tengo a menudo.

Y es en este momento, aquel donde sus ojos tratan de evitar los míos para que no vea demasiado y lentamente bajan por mi torso; que estoy más que consciente de la pijama que tengo puesta. Una camisa sin mangas y shorts ligeros que podrían pasar como bragas.

Su respiración es inestable otra vez, pero no tiene nada que ver con su pesadilla. Su pene cobra vida debajo de mí. Hay un momento de pasmada incredulidad que pasa en cámara lenta mientras nos damos cuenta lo que está pasando y ninguno de nosotros está seguro si deberíamos detenerlo.

Y luego, igual de rápido, sus manos están en mi torso empujándome mientras me bajo de encima de él. De pie junto a la cama, cruzo mis brazos sobre mi pecho para esconder mis pezones, los cuales están duros y necesitados y reflejan exactamente a dónde fueron mis pensamientos.

—Lo lamento. —Ambos decimos al mismo tiempo y luego reímos, los nervios llenando nuestras risas.

—No quise… espero que estés bien. —Hay una larga e incómoda pausa antes de tartamudear—. Solo me iré en este momento.

Camino hacia la puerta, vergüenza manchando mis mejillas y modestamente deseando tener mi bata para cubrirme.

—Dylan. Espera.

Cuando me detengo y me doy vuelta para enfrentarlo, Grady está sentado en la cama, una sábana envuelta alrededor de su cintura, su cabello un desastre total. Mi primer pensamiento coherente es: estaba en lo cierto. Cada pedacito de él se ve perfecto para hacerte agua la boca como el paquete de ocho abdominales debajo de su camisa que se insinuó el otro día.

—¿Qué pasa?

—Lo lamento… por haberte despertado… por, ya sabes. —Hace un gesto con su mano al espacio entre él y yo mientras una sonrisa avergonzada tira de las comisuras de su boca lo que me hace querer escapar cuando mis pies quieren quedarse.

—Es, eh, natural.

Oh por Dios. ¿En serio acabo de decir eso?

Se ríe.

—Algo así. ¿Quieres darte vuelta por un segundo? —Mueve su dedo en un círculo.

—¿Para qué?

—Porque estoy desnudo debajo de la sábana, y ya que estoy planeando ir a tomar un vaso de agua a la cocina, podrías obtener un buen vistazo cuando lo haga. —Muerde el lado de su mejilla, tratando de ocultar la arrogancia en su sonrisa—. No podría importarme menos… pero, eh, a ti si podría.

—Oh, sí. Seguro.

Sintiéndome como una idiota, salgo de su habitación y camino por el pasillo hacia la mía. Mi mente sigue reviviendo la idea del él desnudo con su polla endureciéndose debajo de mí. Mi cuerpo también lo hace.

—Cristo —murmuro mientras tomo mi bata y la ato apretadamente a mi alrededor.

Es normal tener ese ardiente dolor en mi bajo vientre después de estar a ahorcajadas sobre un hombre extremadamente apuesto, ¿verdad?

Él ya está en la cocina cuando salgo, camiseta y shorts puestos, y un vaso de un líquido ámbar en sus manos. Las líneas de su rostro están marcadas con lo desconocido.

—Necesitaba algo más fuerte que agua. ¿Quieres? —Extiende su vaso, y tomo un sorbo, luchando contra la urgencia de maldecir cuando la quemadura golpea mi garganta.

—Eso está bien para mí, gracias.

Se ríe entre dientes, pero suena sin humor mientras se mueve hacia la ventana y mira fijamente la oscuridad en la que encontré consuelo antes. Sus hombros son tan anchos, su cabello es un desastre, y su bíceps se tensa cuando lleva el vaso a sus labios.

Debato la decisión de dejarlo solo, darle la paz que de seguro está acostumbrado a tener al vivir solo. Sin embargo, hay algo sobre él que me hace hundirme en el sofá y observarlo desde la distancia. Tal vez es que se ve tan perdido como me siento en este momento.

La radio cobra vida y llama nuestra atención cuando los códigos son

dados y un 10-4 2 es respondido.

Intento alejar los recuerdos que trae el sonido. Los sonidos murmurados de la despachadora que escuchaba mientras mi madre se sentaba y oía la radio mucho tiempo después que mi hermano y yo habíamos ido a la cama. Eso y el tintineo del cuello de su botella de vodka mientras chocaba con el borde de su vaso.

—Accidente de auto en las afueras de la ciudad con un pasajero atrapado —descifra los códigos para mí cuando la radio queda en silencio, casi como si no estuviera seguro de qué más decir.

Cierro mis ojos y digo una plegaria silenciosa por la persona atrapada. Cuando los abro, él está de pie frente a mí, su cabeza inclinada hacia un lado, mirándome fijamente.

—¿Qué estás haciendo?

—Diciendo una pequeña plegaria por la persona en el auto para asegurarme que está bien.

Sonríe suavemente y se sienta en el borde de la mesa de centro que está frente a mí.

—Mi mamá solía hacer eso cuando escuchaba una llamada en la radio. También diría una por la seguridad de papá. Olvidé eso hasta ahora.

—¿Tu papá también fue bombero?

—Un policía. Luego el jefe de la policía.

—¿No querías seguir sus pasos?

—Por un tiempo, pero mi hermano mayor terminó yendo en esa ruta, y yo terminé enamorándome del fuego. —Sus ojos se oscurecen un poco, y me recuerda la pesadilla que acababa de despertarlo y me pegunto si tenía algo que ver con su trabajo.

—Tu pesadilla…

—Nada importante en realidad. Solo un recordatorio para mantenerme alerta cuando estoy en el trabajo.

—Dijiste que las tenías a menudo —digo, curiosa si me dirá más.

—Es tarde. —Se levanta de su asiento y se mueve alrededor de la parte posterior del sofá hacia el pasillo—. Gracias por tratar de ayudar, pero necesito dormir un poco. —Me congelo cuando coloca un beso en la cima de mi cabeza. Es inesperado. Es dulce. Me hace querer acurrucarme en el sofá y quedarme ahí con él.

—Buenas noches —murmuro, incapaz de pensar en algo más que decir.

—Dulces sueños.

Permanezco sentada, escuchando la despachadora por Dios sabe cuánto tiempo, preguntándome si mi papá está al otro lado de ese código en algún lugar.

Y si tal vez mi madre hace lo mismo incluso después de todos estos años.

 

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