Combust

K. Bromberg · Capítulo 4 de 62

Combust

Uno

Dylan

Me despierto desorientada y perdida en el silencio. Se siente raro sin los sonidos habituales, el fuerte sonido de los autos y la música flotando desde el estudio de baile al otro lado del callejón. Se siente como si estuviera desnuda.

Solo silencio absoluto y completo.

Entonces oigo la risita. Un golpe contra la pared. Un juramento tras el golpe.

Y sé que finalmente está en casa.

Mierda.

Así no es como planeé conocerlo, pero ¿qué voy a hacer? ¿Esconderme en este dormitorio y fingir que no estoy aquí cuando mi auto está claramente estacionado en el lado izquierdo del camino de entrada?

Me levanto de la cama y me pongo una bata, me aprieto el cinto lo más fuerte posible y me preparo para encontrarme con mi nuevo compañero de apartamento. O algo así.

Hay otra risita. Un murmullo de satisfacción. Ambos me hacen estremecer cuestionándome si abrir la puerta de mi dormitorio.

Pero lo hago. La curiosidad consigue lo mejor de mí.

Estoy cegada momentáneamente cuando el sol de la puerta abierta se refleja en un vestido plateado muy sexy, ceñido y atrevido. Un par de tacones altos de tiras están en una de sus manos. La otra está enhebrada a través del cabello en la base del cuello del hombre cuya espalda está enfrentándome.

No debería mirar, pero lo hago.

Y no porque sea grosera, sino por la sensación inmediata de insuficiencia que siento cuando la miro. Es cierto que mi bata desaliñada me hace sentir fuera de lugar a su lado con su vestido de fiesta.

—Me tengo que ir —murmura ella contra sus labios y, por supuesto, su voz suena como se ve, sensual como el infierno.

—Mmm. ¿Estás segura? —Su risa es un profundo estruendo que llena el pasillo.

Otro beso. El movimiento de su mano por el costado de su torso hasta que descansa directamente sobre su culo.

—No… pero sí.

Ambos se ríen cuando sus labios se juntan de nuevo antes que ella salga por la puerta abierta, sus brazos se extienden entre ellos, dándome una vista completa de ella por primera vez.

Cabello castaño y desaliñado que hace que el look de recién levantada se vea sexy. Un cuerpo que estoy acostumbrada a ver en la perfección de Los Ángeles de la que escapé, pero que sé que nunca tendré: piernas largas, curvas sutiles, brazos definidos, grandes tetas. En pocas palabras, es hermosa.

Ni siquiera temo que me vea, porque sus ojos están tan completamente enfocados en él que me desvanezco en el fondo.

Se ven como un anuncio de Abercrombie & Fitch. Su posición: su cuerpo vuelto hacia él, el puchero en sus labios, la innegable atracción entre ellos.

Querido Dios. ¿Es a esto a donde me he mudado? ¿Perfectilandia?

Después de una vacilación más, ella se aleja con él mirándola y yo mirando su espalda.

La puerta de un auto se cierra. Un motor arranca. Su enfoque sigue en ella.

—¿Solo vas a pararte allí y mirar? Si estuvieras interesada en unirte, estoy seguro que Mal habría estado a favor.

Sus palabras me ciegan, pero no tanto como la visión de él cuando se da vuelta para mirarme.

Vaya.

Abro la boca para hablar. La cierro. La abro de nuevo. Balbuceo.

—No… no soy… ella… —Me las arreglé para pronunciar algunas palabras, pero se escuchan simplemente como me veo: desaliñada. En mi bata blanca y esponjosa, que mantengo cerrada hasta el cuello, parezco la tía Gertrude de alguien, mientras que él luce… así.

Perfección con un poco de crudeza.

Esos ojos agua me inmovilizan mientras se entrecierran y miran.

—¿Y bien? —Levanta las cejas mientras cruza los brazos sobre su pecho y apoya su hombro contra la pared. La expresión endurecida en su rostro se transforma instantáneamente cuando su boca se convierte en una sonrisa despreocupada—. Relájate, McCoy. Solo te estoy molestando, pero debo admitir que la expresión de tu cara valió la pena. —En el mismo tiempo que me toma respirar un suspiro de alivio, él cruza la distancia del vestíbulo y estira su mano hacia mí—. Grady Malone.

—Dylan McCoy. —Miro donde se encuentran nuestras manos, y mi atención es atrapada por los abdominales del fondo, asomándose por detrás de su camisa desabrochada. Los ocho de ellos—. Pero ya lo sabías. Gracias por dejarme… eh…

—No te preocupes por eso —dice mientras pasa junto a mí y entra en la sala de estar—. Lo siento, no sabía que estabas aquí o de lo contrario no habría… —se encoge de hombros de una manera adorablemente tímida que va en completa contradicción con la pura y embriagadora masculinidad de él—, hecho tanto ruido.

—Mi auto está en la calzada. No puedo ser mucho más obvia que eso —le digo, plenamente consciente que estoy siendo sarcástica cuando no lo merece. Pero, abrió la puerta con su comentario inicial.

Y, francamente, estoy harta de la mierda de los hombres. Después de Jett… ugh Después de Jett es lo único que necesito decir para recordarme por qué se me permite ser sarcástica.

—Nunca uso la calzada. —Me mira y levanta las cejas sin pedir disculpas.

—¿Y cómo se supone que debo saberlo?

—¿Siempre eres tan combativa? —Su tono suena como si estuviera irritado, pero su sonrisa no dice nada.

Me impide decir más, y me recuerdo que no es Jett. Grady Malone no es el hombre que rompió mi corazón. No es la razón por la que me he alejado durante los próximos meses para lamer mis heridas y ganar algo de distancia para volverme inmune a sus encantos antes que tenga que enfrentarlo nuevamente.

—No. Lo siento. Yo… solo han sido unos largos días. —Agacho la cabeza por un momento, me trago mi orgullo cuando estoy tan acostumbrada a ser fuerte y luego la levanto de nuevo—. Gracias por permitirme quedarme en tan poco tiempo. Lo aprecio.

—Necesitabas un lugar para quedarte. Tengo una habitación extra en una casa en la que no estoy varios días de la semana. Y es Damon. —Se encoge de hombros como si dejar que la hermana de un amigo se quedara en su casa durante unos meses es algo que haría cualquier día de la semana —. Haría cualquier cosa por tu hermano.

—Gracias. Como dije, te lo agradezco más de lo que sabes.

—Todos necesitamos escapar a veces. Lo entiendo. —Abre la nevera y saca una botella de agua. Sacudo la cabeza cuando me la ofrece.

El radio en su estantería cobra vida: comienzan a escucharse códigos enviados a la Estación de Bomberos Trece, me asustan y me devuelven los recuerdos agridulces de mi infancia. Debo saltar un metro porque Grady se ríe.

—Lo siento por eso. Tengo la costumbre de encenderlo en el momento en que entro por la puerta.

—Está bien. Me acostumbraré. —Alguna vez estuve acostumbrada.

—Siempre lo puedes apagar, en caso que lo olvide cuando salga para un turno. —Asiento en respuesta—. Siéntete como en casa. ¿Encontraste la clave del Wi-Fi?

—No. —Recuerdo mi intento infructuoso de encontrarla—. No quería entrometerme. —Apoyo mis caderas contra el respaldo del sofá mientras él sale de la cocina y refleja mi postura contra el mostrador a unos pocos centímetros de distancia de mí.

—Entrométete todo lo que quieras. No tengo nada que ocultar. Además, me aseguré que todos los juguetes sexuales realmente embarazosos e igualmente placenteros fueran guardados antes que llegaras. —Esboza una sonrisa, y lo miro fijamente, boquiabierta, con los ojos abiertos de par en par e inocente cuando estoy lejos de eso.

Todo lo que puedo hacer es ahogarme con el aire.

Sacude la cabeza.

—Jesús. Eres tan fácil de irritar como tu hermano. Si vas a vivir aquí, Dyl, tendrás que aprender a relajarte. Me gusta bromear. La vida es demasiado seria para no bromear. Así que acostúmbrate a ello.

—¿Dyl? —Estoy tan acostumbrada a Jett y sus maneras meditabundas que tardaré en acostumbrarme al humor de Grady.

—Somos compañeros de apartamento ahora. Es normal acortar los nombres de los demás, ¿no es así? Me llamarás Grade. Te llamaré Dyl. ¿Ves? Perfecto.

—¿Siempre eres tan alegre?

—Depende del día. O la mañana. —Se frota una mano sobre la mandíbula sin afeitar y sonríe mientras sus ojos se dirigen hacia la puerta. Ah, Mal, la fuente de su felicidad.

Mi mente se mueve un millón de kilómetros por hora. Vivir aquí parecía estar bien hace veinticuatro horas cuando tenía la casa para mí sola, y él estaba en turno. Pero ahora está en casa, y tengo que acostumbrarme al hecho que va a estar en todas partes. Él y su actitud alegre. O, mejor dicho, él y su novia.

—¿Tu novia va a tener problemas con esto? —Mi mente se dirige a Jett. Y a cuando lo encontré con Tara. En mi cama. No es que le haría eso a Mal. No es que Grady quisiera eso conmigo…

—¿Quién?

¿Tiene que preguntar?

—La chica del vestido brillante.

—¿Vestido brillante? Oh no. No es mi novia.

—Oh.

—Y no estará por aquí otra vez.

Podría haber declarado que está mintiendo a un kilómetro de distancia.

—Ah, eres tan sentimental. —Mi voz gotea con sarcasmo.

—Al menos soy honesto.

—¿Ella lo sabe?

Rueda los ojos como un niño pequeño.

—Sí, lo sabe. Mallory y yo solíamos tener algo. Se mudó y estaba en casa visitando a su familia… así que nosotros…

—¿Reconectaron?

—Si ese es el término que quieres usar. —Muerde su sonrisa.

Cada parte de mí quiere encontrarle defectos por ser tan despreocupado, pero no puedo. Hay algo acerca de la mirada pícara en su rostro y la honestidad sincera conmigo, una mujer que nunca ha conocido antes; que lo hace parecer casi adorable… para ser un hombre adulto.

—Tengo hambre. ¿Tienes hambre? Vamos a desayunar. Partamos el pan… o en nuestro caso, los panqueques.

Arrugo la nariz y lo estudio. El desordenado cabello castaño, los ojos cargados de humor que probablemente vean más de lo que deberían, y ese cuerpo. Si tuviera que basar mi opinión únicamente en cómo se veían sus abdominales, bueno, infierno… al menos tendré algo bueno que ver cuando me bloquee escribiendo.

—¿Desayuno?

—Sí, esas cosas que comes por la mañana. Combustible para el día. La comida imprescindible. Desayuno.

Mi estómago retumba al pensarlo.

—Por supuesto. Sí. Tienes un poco de, eh… —suelto el punto en que mi mano sostiene mi bata y señalo una mancha de color rojo en el costado de su rostro—, lápiz labial en tu mejilla.

—Ese no es el único lugar donde lo tengo. —Me lanza una sonrisa diabólica antes de salir sin pedir disculpas de la sala—. Nos vamos en diez minutos.

Y lo miro fijamente. Por supuesto que sí. Mis ojos vagan sobre su espalda en retirada y me imagino cosas que no debería estar pensando. Cómo se vería desnudo con la marca de un beso colocado estratégicamente.

Entonces gimo.

No puedo pensar así.

Además, dijo que le gusta bromear.

Probablemente esté bromeando.

Entonces, ¿por qué no puedo sacar la imagen de mi cabeza?

 

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