Combust

K. Bromberg · Capítulo 48 de 62

Combust

Cuarenta y Cinco

Dylan

Miro fijamente la pantalla de mi computadora, el conjunto completo de letras de mi última canción, y una parte de mí quiere olvidarse a propósito de guardarlo.

Porque si no lo guardo, tendré que reescribirlo.

Y si tengo que reescribirlo, tendré más tiempo aquí.

Más tiempo significa más Grady.

Más Grady significa menos angustia.

Menos angustia siempre es mejor.

Cierro la tapa de mi laptop sin guardar. Casi como si le pidiera al destino que tome una decisión por mí: perder la canción y decirme que vale la pena quedarse. Guardar la canción y hacerme saber que es hora de seguir adelante.

Jesús, Dylan. Te estás volviendo loca.

Me tumbo en la cama, suspiro y trato de olvidarme de los diez correos electrónicos de la disquera diciendo que necesito volver. Los que verifican que estaré presente a tiempo en el estudio reservado en cinco días. Horario que no puede ser movido o reprogramado porque es con el productor más popular de la ciudad.

Luego están los mensajes de texto y de voz de Jett que me preguntan por qué no le envié las últimas dos canciones. Las canciones que son sobre superarlo y volver a enamorarme, solo que es él, en lugar de mí, quien va a cantar al respecto.

Pongo mi brazo sobre mis ojos e intento apagarlo todo.

—¿Estás bien? —La voz de Grady desde la puerta me asusta.

Me levanto de la cama con un pequeño grito.

—¡Argh! No sabía que estabas en casa.

Se ríe.

—Sí. Estoy fuera de turno y a tiempo. Es un milagro.

—¿Día lento en emergencias en Sunnyville?

—Sí. Por la falta de papel arrugado por todo el piso… ¿es verdad entonces? ¿Realmente has terminado?

—Sí. —Me duele admitirlo.

—¿Cuándo te vas? —Su voz suena hueca, reflejando lo que siento. Con toda honestidad, debería estar saltando de alegría ahora mismo, porque esta última canción es la llave para las esposas que me mantienen atada con Jett y el sello.

—El fin de semana —digo porque suena mucho más que tres días.

Se mastica el interior de la mejilla, y me pregunto si está contando los días que quedan como yo.

—Esto apesta un poco. —¿Solo un poco?

—Sí… lo hace.

—Hay un lugar al que quiero llevarte.

—¿Dónde? —Me río del repentino cambio de tema—. La última vez que dijiste eso terminé sin aliento, subiendo una montaña.

—Esa no fue la única razón por la que estabas sin aliento —dice y guiña un ojo. Mi cuerpo reacciona a la afirmación y piensa en nuestro sexo panorámico en la cima de la montaña.

—Cierto —mascullo la palabra mientras inclino la cabeza y lo estudio. Él todavía está en su uniforme. Su cabello castaño está peinado, sus ojos están vivos, y su sonrisa parece mucho más relajada que cuando entré aquí hace unos meses.

Y definitivamente sigue siendo sexy como el infierno.

—¿Confías en mí?

Me río.

—Las últimas palabras más famosas.

Grady no da ninguna pista sobre hacia dónde vamos, ya que conduce una ruta serpenteante a través de Sunnyville. Habla de algunas de las llamadas médicas que tuvo durante su turno, pero nada de importancia.

Y luego nos detenemos en el estacionamiento del centro comercial.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunto mientras miro hacia donde se encuentra el estudio fotográfico de Marcy.

—Tengo algo para que…

—Grady… —¿Qué diablos está pasando?

—Solo escúchame.

—¿Por qué no me gusta el sonido de esto cuando ni siquiera me has dicho nada?

—Me obligaste a pararme frente a la lente para que pudiera ver cómo me ven todos los demás. Para salirme de mi cabeza y mis inseguridades y darme cuenta que las cosas en las que me enfoco no son lo que todos los demás ven cuando me miran.

—¿De acuerdo? —Extiendo la voz, mi pulso se acelera cuando las ideas se retuercen en mi mente.

—Entonces, te estoy devolviendo el favor. —Me río, pero solo agarra mi mano y la aprieta para que lo escuche—. He reservado una sesión de fotos para ti. Una sesión de boudoir para ser exactos.

Si tuviera agua en la boca, la habría escupido por toda la consola.

—¿Estás loco? —Mi voz chilla cuando trato de alejarme de él, pero simplemente me aprieta la mano para que no pueda rechazar físicamente su idea.

—Escúchame. Por favor. Estas fotos no son para nadie más que para ti. No me importa si nunca ven la luz del día aparte de tus ojos… no me importa. —Se encoge de hombros—. Mientras las veas. Porque creo que una vez que las mires, es posible que veas lo que vemos el resto de nosotros cuando te miramos.

—Grady. —Mi boca se abre. Se cierra. Mis ojos parpadean hacia el estudio y luego de vuelta a él. Mi corazón se hincha ante la absoluta consideración de este gesto. Y luego se encoge cuando mi autoestima me dice que corra y me esconda.

—Hay un maquillador, un estilista, cualquier otra cosa que necesites esperándote en el estudio. —Mis ojos se abren, y se ríe—. Puede que no sea Hollywood pero, sí, incluso en la pequeña Sunnyville tenemos esos.

Atrapada en una mezcla de indecisión, miedo e incredulidad, simplemente me siento allí cuando Grady se inclina hacia delante y deja un beso en mis labios. El tipo que hace que todas las partes de mi cuerpo se estremezcan y duelan y quiera permanecer en este estado de deseo suspendido.

—Déjame hacer esto por ti, Dylan. No puedo darte mucho. Incluso con todo lo que me has ayudado a aprender en los últimos meses, no puedo darte más… pero te puedo dar esto.

Lágrimas llenan mis ojos, y sé que entiende por qué. El miedo. Lo desconocido. La inseguridad. Y sin embargo, me muerdo el labio inferior y asiento. Esa pequeña reacción hace que sus labios se extiendan en una gran sonrisa e ilumine su rostro.

—Siempre eres más que bienvenida a compartir las fotos conmigo también. —Se ríe mientras lo golpeo con fuerza—. Valió la pena el intento. —Se ríe.

—Grady Malone. —Suspiro—. ¿Qué voy a hacer contigo? —Le sonrío suavemente, sintiéndome triste. La verdadera pregunta es, ¿qué voy a hacer sin ti?

 

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