Combust

K. Bromberg · Capítulo 37 de 62

Combust

Treinta y Cuatro

Grady

—Vienen vientos de Santa Ana.

Bowie, que se ha unido a mí en la consola, asiente. Los cálidos vientos de Santa Ana nunca son bienvenidos en este calor.

—Lo sé. Puedes sentir el fuego en el aire.

—Muchas ramas secas después de un largo verano sin lluvia.

—Significa problemas.

—Significa horas extras —dice con una carcajada, y sacudo la cabeza a pesar que tiene razón—. Vas a aparecer, ¿verdad?

Es el cuarto hombre que me hace esta pregunta, solo que de una manera diferente. Parece ser un esfuerzo coordinado para asegurarse que no voy a abandonar la sesión de fotos del calendario.

—Te dije que estaría allí. ¿Satisfecho?

—Bebé, nunca estoy satisfecho —bromea—, pero tomaré lo que pueda conseguir.

—Si buscas en mí tu satisfacción, necesitas ayuda seria.

—Siempre necesito ayuda, pero me alegra saber que vayas a estar allí con todos.

—Como dije, estaré allí —refunfuñé, ya lamentando estar de acuerdo con esto.

—¿Quieres salir y tomar una cerveza después del turno? ¿Intentar poner un poco de grasa en esa barriga tuya para que no nos veamos tan fuera de forma en comparación contigo en las fotos? Eso es, por supuesto, si no tienes otros planes con Dylan.

Reconozco una búsqueda de información cuando la veo.

—No está por aquí.

—¿Ya volvió a L.A.? Pensé que estaría aquí por unas semanas más.

—Yo también —murmuro mientras reviso mi equipo en mi sitio del camión. Cualquier cosa para ocuparme y evitar esta conversación.

—¿Volverá?

—Tus suposiciones son tan buenas como las mías.

—Bueno, ¿su mierda todavía está en tu casa? —continúa.

—Bowie, ¿por qué no eres directo y me preguntas lo que sea que estés tratando de preguntarme? —Le lanzo un vistazo y espero que reconozca mi pregunta.

—¿Te estás acostando con ella, o qué?

Metí mi lengua en mi mejilla y coloqué mi equipo en la barra de apoyo.

—Y ese es tu problema, ¿por qué?

—Porque estoy tratando de averiguar por qué estás de mal humor cuando has sido el señor Feliz durante el último mes.

—¿Señor Feliz? —Me río—. Eso suena como un mal apodo para mi pene.

—¿Y?

—Sabes, si hicieras tanto ejercicio como hablas sin parar, estarías en gran forma.

—Esto es más fácil. Y estás cambiando el tema.

—Sí. Sus cosas todavía están en su habitación —le digo, sin darme cuenta hasta ahora de lo importante que es eso.

—Bueno gracias al infierno, porque necesitas que te limpien esa manguera antes de tu próximo turno, así no tengo que lidiar con tu culo gruñón.

—Al menos tengo a alguien para que me haga el servicio —grito por encima del hombro mientras salgo del área de estacionamiento.

 

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