El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 8 de 33

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El enebro

Capítulo VIII

 

 

El primer lunes de mayo Gertrude llamó para pedirme que cerrase la «dichosa tiendecita» y fuera a pasar el día con ella para cuidar del jardín.

—Llevas dos fines de semana sin venir y no te imaginas cómo se está poniendo. Las flores se están apoderando de todo; todas las raíces, bulbos y semillas que he plantado han agarrado, esto parece una jungla.

—Y ¿qué pasa con el jardinero al que a veces he visto cortar el césped? — pregunté.

—Esa es la cuestión: él solo corta el césped, poda y se encarga de la limpieza general, pero no toca las flores. Eso es cosa mía, y normalmente me encanta.

Pensé en su estado físico y accedí a pasarme por su casa, aunque tenía planeado hacer varias cosas en la tienda. Era un día perfecto, como de principios de verano, ideal para la jardinería, y después del episodio con Crimony necesitaba que me diese el aire. Así pues, colgué en la puerta el cartel de «Cerrado» y cogí el autobús a Richmond, porque Bernard ya no dejaba conducir a Gertrude: estaba embarazada de cinco meses y el bebé había empezado a moverse. Al parecer, creía que un feto en movimiento era más vulnerable.

Gertrude me esperaba en el jardín. Estaba observando un esqueje de flor de la pasión que había plantado hacía poco, confiando en que subiese por la casa. La última vez que lo vi medía casi un metro, pero ya había trepado por la pared hasta llegar a la ventana de una habitación. Solté una carcajada y le dije que aquello parecía Jack y las habichuelas mágicas. Ella señaló un grupo de violetas silvestres.

—¿Te acuerdas de la violeta que cogí en la cuneta? ¡Mira cómo se ha multiplicado! Incluso al oso le está creciendo capuchina amarilla en el lomo. No sé de dónde ha salido, pero soy incapaz de arrancarla. Pronto se convertirá en un león dorado.

Atravesamos la casa fría y salimos al jardín de atrás, inundado de sol y color; un batiburrillo resplandeciente de tulipanes mezclados con nomeolvides, fragantes jacintos, hileras de prímulas y peonías de exuberante follaje tapaban las plantas más pequeñas. A los pies de una tapia desmoronada había un grupo de alhelíes rojos como la sangre. Los alhelíes nunca me habían gustado demasiado, solo su aroma; me parecían destartalados e informes, pero estos eran perfectos, como la ilustración de un libro de jardinería. Nos dirigimos al pequeño cobertizo convertido en invernadero donde Gertrude germinaba sus semillas en cajas y macetas. Habrían pasado unas cinco semanas desde que la ayudé a plantar las anuales que adornarían en verano los parterres y las jardineras de piedra que tanto le gustaban. Había quitado los cristales, y las hojas verdes desbordaban las cajas; las petunias y las dalias ya brotaban, exigiendo el trasplante.

Al final de la fila había unas cuantas cajas cuyas plantas no estaban muy altas, y Gertrude apuntó:

—Qué cosa más rara: esas llevan varias semanas de retraso y me acuerdo de que las plantamos todas al mismo tiempo. Fue un domingo, tú me ayudaste.

—Esas son las que yo planté —respondí, avergonzada.

Ambas soltamos una carcajada y Gertrude, sin dejar de reír, dijo:

—Eso demuestra que Bernard lleva razón, como de costumbre. Dice que los pueblos primitivos creen que las embarazadas tienen poderes especiales y los usan para plantar los cultivos. Aunque es un trabajazo para las embarazadas.

Sembramos, raleamos las robustas plantas anuales, podamos y, después de arrancar las malas hierbas, llenamos las jardineras con petunias jóvenes y lobelias y regamos los vástagos trasplantados. Era tal la excedencia de plantones que Gertrude insistió en que me los llevase para plantarlos en el terrenito contiguo a mi casa. Le daba bastante el sol y era privado, pero nunca lo había concebido como un jardín; aunque, bien pensado, recordaba haber visto brotar varias hojas verdes —quizá fuesen ásteres— de la tierra cansada, y también había varas de oro, un rosal solitario y agreste y unas flores que parecían malvarrosas silvestres. De camino a casa compré una horca y esa misma tarde empecé a cultivar mi jardín.

Dos laterales del terreno estaban delimitados por muros altos; una cerca coronada con varios arbustos de lilas bordeaba el lado oeste, y al sur había una tapia baja, con una gran cancela que daba a la calle y que nunca estaba abierta. Una mitad del terreno estaba pavimentada, pero la otra, cubierta de maleza, fui convirtiéndola poco a poco en un tosco jardín. Descubrí tenues indicios de que, en su día, un parterre de hierbas rodeaba tres de los cuatro laterales de ese terreno, que más recientemente se había empleado para almacenar coque. Cuando desenterraba esquirlas de cristal y fragmentos de porcelana y coque, jugaba a pensar que allí podría descubrir un pequeño tesoro, con lo que excavaba más hondo de lo necesario. Lo que sí descubrí fueron varias moneditas, un salero de cristal tallado, con un tapón de plata casi intacto, y lo que parecían los restos de un antiguo brazalete, aunque recordaba más bien a una vieja tubería de cobre. Sin embargo, mi excavación más profunda se vio recompensada con el hallazgo de unas enormes piedras de York con las que construí un muro bajo, cubierto de flores trepadoras por ambos lados. Si hubiese sido más alto, habría plantado glicinia allí, pero la planté en la fachada sur de la casa: glicinia malva oscuro, combinada con la exótica y blanca glicinia japonesa, denominada «Alba». Espero que sigan allí, que no hayan dejado de crecer. El terreno estaba contaminado y muerto, puro polvo, así que compré tierra cara y la vertí alrededor de cada planta, además de esparcir harina de hueso por todo el jardín. Después de hacerme con una manguera para regar, me prometí que eso sería lo último que compraría hasta el otoño. Pero luego me gasté otras diez libras en una magnolia, incumpliendo mi promesa, y, como sentí una vergüenza indecible, hasta el final del verano lo único que invertí en el jardín fue mi tiempo.

Tommy y yo lo cuidábamos casi todas las tardes. La dejaba quedarse hasta el anochecer, y a veces se nos hacían las tantas y nos acostábamos al mismo tiempo. Ella se lo pasaba de fábula removiendo la tierra y regando las flores con su pequeña regadera. Como se ponía perdida de agua, tenía que quitarle la ropa empapada y, si aún no refrescaba, la dejaba jugar desnuda. Por suerte, ningún vecino entrometido podía vernos. Le gustaba corretear por el jardín con los brazos a la espalda y las palmas de las manos hacia arriba, y casi parecía volar bajo la luz tenue del crepúsculo.

Una tarde, cuando acabamos de regar, nos sentamos a la mesa del jardín, que había comprado en una tienda de segunda mano y había pintado de blanco, para tomar una cena ligera: leche, cereales y fruta. Nos iluminaba la luz que salía por las ventanas de la casa, pero algunas partes del jardín estaban muy oscuras. De repente nos sobresaltó el traqueteo de la cancela, y vi una cabeza asomarse y desaparecer como una diana de feria. Puede que dijera algo sobre el ruido del tráfico, pero no estaba segura.

Dejamos la cena a medias y metí a Tommy en la casa a toda prisa. Pasamos por la puerta lateral que daba a la tienda y, al encender la luz, vi una cara pegada al escaparate, escudriñando el interior. Me pareció la cara de un desquiciado, pero, cuando empezó a gritar «Bella, Bella», la voz me resultó vagamente familiar. Entonces, con gran desconsuelo, vi que era Stephen; no estaba desquiciado en absoluto, solo molesto porque no lo había reconocido. Le abrí la puerta a regañadientes y lo invité a pasar a la trastienda, diciéndole, enojada:

—¿Por qué la gente no puede dejarme en paz y ya está? Supongo que mi madre te ha dado mi dirección.

Dudo que me oyese, porque tenía toda su atención puesta en Tommy, que había cogido una trompeta de juguete y se la estaba ofreciendo para que la tocase. Le dio la espalda y me dijo, con voz cruel:

—¿Esta es la hija que tu madre cree que es mía? Está chalada. Dijiste que yo era el padre como excusa para no compartir el dinero del seguro, ¿eh? No vayas a pensar que el dinero me importa lo más mínimo, por mí puedes quedártelo todo; pero el engaño, que intentases hacer pasar por mi hija a esta mora…

—¡Cállate, idiota! ¡Engreído! —le grité—. Nunca la he hecho pasar por tu hija, es mía. Ni siquiera sé cómo se llama su padre, así que es mía por partida doble. Mi madre no la ha visto y no sabía de su existencia hasta hace un par de semanas, ¿quién le da derecho a entrometerse? —Y cogí a mi hija, como para protegerla.

Por un momento pareció que iba a echarse a llorar. Creo que era la primera vez en su vida que oía voces de ira. Hundió la cara en mi cuello, pero luego volvió a mirar y, esbozando una sonrisa dulcísima, le ofreció la trompeta a Stephen otra vez. Para mi asombro, él la cogió con gesto afable y tocó una larga nota; al ver que la sonrisa aumentaba, volvió a soplar. Mi enfado se aplacó: era ridículo gritarle a un hombre con una trompeta de hojalata. Bajé a Tommy y cerré las cortinas, como si fuese una noche cualquiera. La rabia y el miedo se habían desvanecido, y le dije:

—Iba a hacerme un café, Stephen. ¿Quieres?

Acosté a Tommy y nos quedamos charlando amistosamente. Le pregunté por viejos amigos a los que llevaba años sin ver y él me habló de matrimonios frustrados y de bodas recientes, de trabajos que acababan y trabajos que no siempre salían. Stephen tenía suerte y aún conservaba su puesto en una agencia de publicidad. Luego pasamos a cuestiones más personales y me habló de sus novias, varias esporádicas y tres más estables, es decir, que habían vivido en el piso que nosotros compartimos en su día. Yo siempre me había sentido una inquilina allí. Nunca lo consideré mi hogar, como la tienda. Todo se hacía a la manera de Stephen y mis cosas tenían que estar guardadas, no a la vista. Supuse que sus otras novias habrían pasado por lo mismo. Pobrecillas, no me sorprendía que no hubiesen durado. Luego él también me preguntó a mí; como es natural, su mayor interés era el origen de mi hija. ¿Quién era su padre? Le dije la verdad lisa y llana, aunque le costó creerla, pues esa actitud no era en absoluto propia de mí. Era incapaz de comprender que cuando uno es infeliz y no tiene esperanzas hace cosas raras, quizá incluso matar. Luego siguió con sus preguntas innecesarias:

—Pero ¿cómo era? ¿Era muy negro? ¿Cómo se ganaba la vida?

Yo solo recordaba que fue amable, que parecía tener problemas, aunque no sabría decir cuáles, y que llevaba la famosa chaqueta de terciopelo rojo, un tanto hedionda, con la que incluso se metió en la cama.

—Pues no parece muy atractivo —dijo Stephen, mirándome fijamente la cara—. Puedes aspirar a mucho más. —Y me pasó un dedo por la cicatriz—. Ha mejorado muchísimo, ya casi no se nota cuando pasa un rato.

Sentí que la mano se me iba instintivamente a la cicatriz, pero me contuve y dije, en tono despreocupado:

—La gente se acostumbra, y yo también.

Sabía que su próxima pregunta sería si tenía un amante. Puede que incluso me sugiriese que volviéramos a ser amantes. Yo no quería, pero necesitaba amigos. Tenía poquísimos.