El enebro
Capítulo X
Una mañana, mientras volvía de llevar a Tommy a la guardería, oí el teléfono desde el otro lado de la calle, así que me colé entre el torrente de coches, para gran irritación del hombre de la piruleta, que me hacía gestos impetuosos con su señal. Cuando abrí la puerta de la tienda y llegué al aparato, el último tono se estaba desvaneciendo, pero descolgué a tiempo para que la voz de Gertrude se oyese suavemente al otro lado de la línea. Quería contarme un sueño curioso que había tenido; parecía obsesionarla muchísimo. En el sueño se despertaba en un suelo de mármol, entre pilares altísimos. A veces andaba bajo techo y otras bajo el intenso cielo azul, pero los pilares siempre estaban ahí, y a lo lejos se distinguían edificios blancos. Calzaba unas sandalias sencillas, de tosca manufactura, pero vestía una especie de túnica de un tejido delicadísimo, muy agradable al tacto. Aún recordaba la sensación al pasar los dedos. Decía que estaba buscando a alguien. Quizá fuese Bernard, pero en ese momento le había parecido improbable, pues el sueño estaba ocurriendo hace dos mil años. Le pregunté cómo lo sabía. ¿Tenía un calendario?
—No, no tenía nada por el estilo —dijo en tono ambiguo—. Sabía que era hace dos mil años, sin más. No había carteles de los años ochenta por ningún sitio. Me senté en un banco de mármol, calentado por el sol, y observé una pequeña silueta lejana que andaba hacia mí y se hacía cada vez más grande, y luego vi que llevaba un gran pergamino debajo del brazo, que podía ser perfectamente una pintura enrollada, y me dije que la persona a la que estaba buscando debía de ser, en efecto, Bernard. Entonces grité: «¡Bernard!» a voz en cuello y él respondió: «Gertrude, calla», y vi que estábamos en nuestra cama, en casa.
—Sí, ha sido un sueño raro, pero muy bonito —dije.
—Bonito en cierto modo, pero también extraordinario. Porque, ¿sabes qué?, Bernard estaba soñando casi lo mismo al mismo tiempo. Él era, efectivamente, la silueta lejana con el pergamino, que pesaba mucho, y era incapaz de acercarse, aunque podía verme a lo lejos, sentada entre los pilares. Le pregunté si llevaba toga o un traje normal y corriente. «Toga, claro», me respondió. De hecho, estaba convencido de que era Julio César hasta que me vio sentada en el banco de mármol. Entonces su único objetivo fue acercarse a mí, pero, por más que caminase, siempre estábamos separados. Como si el suelo que pisaba se deslizase, como en una pesadilla. ¿Para ti qué significa? ¿Conoces a alguien que haya compartido un sueño?
—Pues creo que no —dije, pensativa—, pero Bernard y tú estáis muy unidos, mucho más unidos que la mayoría de los matrimonios. Quizá estuvisteis juntos en otra vida hace dos mil años.
Guardó silencio casi un minuto, antes de decir:
—Sí, puede que lleves razón. Puede que Bernard y yo viviésemos juntos hace dos mil años, y quizá también en otras épocas. Es rarísimo, sin duda. Ha sido un sueño bonito, a su manera, y nunca lo olvidaré, pero no me gustaría compartir sueños todas las noches. ¿Y a ti?
—Tampoco —respondí—, pero a mí no podría pasarme: yo no tengo a nadie con quien compartir sueños.
Colgué el teléfono porque alguien estaba entrando en la tienda. Vi que era la señorita Murray, con un vestido de seda pura muy veraniego y una capa a juego para disimular su joroba. Llevaba una cesta con piezas de porcelana ligeramente dañadas que quizá me interesase comprar a bajo precio.
—Puedo tolerar que falte algún remache, pero las grietas no las soporto; y las piezas desconchadas me asquean directamente. Mira qué desconchado más feo tiene el cojín azul de este caniche de Rockingham, o esta jarra de Minton con la boca desportillada. Por no hablar de las grietas: mira, mira. — Y me pasó un plato de Crown Derby: tenía una grieta minúscula en el borde y el dorado estaba un poco descolorido, por culpa de los detergentes fuertes, con toda probabilidad—. Te los dejo por nada. Es que no puedo ni verlos.
Vació la cesta y me preguntó si había visto a los Forbes últimamente. Llevaban ya un tiempo sin pasar por su tienda y se había hecho con unos marcos dorados enormes que podrían interesarles. Le conté lo del sueño compartido, pero se mostró escéptica y lo atribuyó a las fantasías de las embarazadas.
—Las mujeres se ponen muy raras en esos meses, ya lo sabes tú. Tienen cosas de lo más extravagantes.
Le dije que suponía que llevaba razón, aunque no lo compartía: estaba convencida de que el sueño de Gertrude y Bernard era algo muy especial, que solo podía ocurrirles a personas tan unidas como ellos. Fui incapaz de quitarme su sueño de la cabeza en todo el día; era como si yo también lo hubiese compartido.
Corría ya el mes de julio y al sentarme en mi jardín amurallado oía los partidos de críquet en el parque Green —el chasquido de la pelota bateada, los aplausos comedidos ocasionales— y, cuando el torrente de coches amainaba, también el arrullo de las palomas. Casi siempre me quedaba sola después de acostar a Tommy. Stephen ya casi nunca pasaba a vernos, ahora que tenía a Brit; y, cuando venía, solo hablaba de ella y de lo asustado que estaba ante la posible cancelación del musical: las butacas vacías ya arrojaban sombras sobre su felicidad. Me pedía consejo sobre qué hacer si Brit regresaba a Estados Unidos. Ya le había pedido matrimonio, pero ella no acababa de decidirse. Lo quería, eso por supuesto, pero por ahora pensaba que debía dar prioridad a su carrera; luego, cuando estuviese más asentada, las cosas cambiarían y tal y cual. Yo le decía más o menos lo que quería oír: le confirmaba que era preciosa y que tenía un talento tremendo; que se notaba a la legua lo mucho que lo quería y que era probable que le ofreciesen buenos papeles en los teatros del West End, aunque apenas conocía el mundo del teatro y solo había visto a Brit una vez. Al menos sabía que era guapa y que parecía enamorada de Stephen, así que podía hablar con convicción. Lo que vi de la chica me gustó de verdad, pero era un aburrimiento pasar la tarde noche en el jardín hablando de ella sin parar. Las plantas de tabaco también tenían un aroma delicioso. Aunque ya no sintiese nada por Stephen, éramos amigos y me habría gustado que se interesara un poco por mí y por mi vida, como hacía antes de que apareciera Brit. Nuestros encuentros no eran tan aburridos cuando traía vino.
Los sábados eran cada vez más problemáticos, porque Tommy no se conformaba con jugar con algún chisme de la tienda. Se moría de ganas de salir al jardín y quería sacar todos sus juguetes de la caja. Una tarde noté un olor ácido terrible, como a quemado, que venía de la cocina, y me acordé de que había dejado un pastel en el horno. Le pedí a un cliente de confianza que se quedase a cargo de la tienda y fui corriendo a la cocina para salvar mi pastel, pero lo que encontré en el horno no era un pastel quemado, sino un piano de juguete y diez soldaditos de plástico asados por Tommy. Los saqué y los puse debajo del grifo, pero el piano no volvería a sonar y los soldaditos parecían víctimas de una bomba atómica, con la cara desfigurada y las extremidades retorcidas.
Creo que fue ese mismo sábado en que Tommy hizo piano al horno cuando mi madre por fin se presentó para pasar revista a su nieta. Recuerdo que en cuanto entró en la tienda gritó, levantando la voz sobre el tintineo de la puerta:
—¡Qué olor más raro! Es desagradable a más no poder.
Allí los tenía, a mi madre, con sus ojos fulminantes, y al señor Crimony, con una sonrisilla nerviosa, a su espalda.
En ese momento estaba atendiendo a una clienta muy importante, pero dijo que volvería a pasar más tarde y se desvaneció como un copo de nieve, dejándome con las manos llenas de pomos victorianos con flores pintadas a mano. Sin saber muy bien qué hacer, se los enseñé a mi madre y dije:
—Son bonitos, ¿eh?
Pero ella tenía los ojos clavados en Tommy y ni siquiera se dignó mirar los pomos.
—Así que esta es la hija del caballero extranjero —dijo en tono resentido —. Señor Crimony, mire a esta chiquilla. ¿Acaso se me parece en algo?
Tommy, que estaba viendo a los niños y a los perros jugar en el parque Green, se apartó del escaparate y se acercó corriendo al señor Crimony, y sin dejar de reírse le arrebató su repelente sombrero de la mano, se lo puso en la cabeza y empezó a bailar por toda la tienda, canturreando.
Él la observó un momento y dijo, con voz tierna:
—No, no puede decirse que se parezca en nada a ti, pero es una chiquilla preciosa y me imagino que se parecerá a su padre.
Acabado el baile del sombrero, Tommy se lo devolvió al señor Crimony y se quedó a su lado, mirándolo a la cara con ojos esperanzados. Él se hurgó en los bolsillos, pero lo único que encontró fue un caramelo para la tos.
—Mira cómo te hace la pelota, la muy pícara. Lo que está claro es que esa no pone un pie en mi casa.
—No te preocupes, mamá —dije con voz fría—. No se me había pasado por la cabeza llevarla a tu casa infeliz. Allí no hay amor, solo rencor.
Dejé los pomos en el escaparate y, después de colgar el cartel de «Cerrado», le pregunté a mi madre, con voz muy tranquila, si iba a quedarse a tomar el té.
—Supongo que, si me niego, se me acusará de rencorosa —respondió con brusquedad, sin quitarle los ojos de encima a Tommy e intentando disimularlo. Luego llamó a la chiquilla con voz afectada y ella se le acercó lentamente, buscando un gesto de confianza—. Así que tú eres Tommy-Marline —le soltó mi madre; y acto seguido, al no saber qué hacer, cogió su mano derecha y se la estrechó, con lo que Tommy soltó una risita.
—En mi casa de allí soy Marlinchen —dijo ella, señalando a un punto indeterminado.
—Bueno, Tommy, Marline o como te llames, te he traído un regalito. Dos, mejor dicho. —Mi madre hurgó en su bolso y sacó una pequeña muñeca con sombrero, muy bonita, y un payaso mecánico que se puso a dar volteretas por la moqueta. Tommy estaba encantada con sus regalos, y mi madre añadió, en tono jovial—: Son mejores que un penoso caramelo para la tos, ¿a que sí?
El señor Crimony, con expresión tristona, protestó:
—Es que no me habías dicho que íbamos a traer regalos. Si lo llego a saber, le traigo algo a la chiquilla. ¿Qué quieres que te traiga la próxima vez que venga, Tommy?
Y sin dudarlo un segundo respondió: «Un violín», cosa que me extrañó, pues no me constaba que hubiese visto uno en su vida.
Nos sentamos en la cocina a tomar el té en familia: el señor Crimony daba buena cuenta de una tarta helada de limón que había hecho para Gertrude mientras mi madre me preguntaba si había visto a Stephen últimamente y cosas por el estilo, hablándome a mí, pero mirando a su nieta.
—Me habría encantado tener una nieta si hubiese sido normal; pero que sea ilegítima, y de color, para más inri, me supera. Es antinatural.
—Tampoco exageres, mamá —respondí—. Lo siento, pero tengo que empezar a quitar la mesa. Vamos a pasar el fin de semana fuera.
Mi madre se puso en pie ipso facto y soltó:
—Pues venga, que no queremos entretenerte.
Justo entonces, Tommy, que tenía el oído muy fino, gritó: «Ha llegado Bernard», y fue como una flecha a la puerta de la tienda, para volver un minuto después en sus brazos.
Yo no estaba de humor para presentaciones, así que él mismo se presentó y le confesó a mi madre que tenía muchísimas ganas de conocerla. Luego se volvió hacia el señor Crimony y, en un tono muy afable, le dijo:
—Trabaja usted en el carbón, ¿verdad? Bella me contó que, en su día, estuvo en su oficia. Fue su primer trabajo, ¿verdad?
—Sí —respondió mi madre, entrometiéndose—, y muy bien que estaba. Pero se empeñó en dejarlo y pasarse a las antigüedades. Le habría ido de maravilla si se hubiese quedado, ¿a que sí, señor Crimony?
Él pareció titubear.
—No sé yo hasta qué punto, porque no le gustaba el trabajo. Y que conste que lo intentó, pero no parecía interesarle el carbón. No, está mejor como está.
Bernard coincidió con él y se ofreció a llevarlos a Kilburn en coche.
—Ya sé dónde viven —aclaró.
—Hemos venido en coche —respondió mi madre con voz pomposa, declinando su propuesta—. No se nos ocurriría hacer un viaje tan complicado en transporte público.
A los pocos minutos se habían marchado. El señor Crimony se despidió de Tommy con un beso, pero mi madre se limitó a darle una palmadita en la cabeza, exclamando:
—¡Qué gracioso, tiene el pelo tan duro como parece!
Mientras los veíamos alejarse en su coche por el escaparate, Bernard me rodeó con el brazo un momento y dijo:
—Mujer, tampoco ha sido para tanto, ¿no? Tu madre es un pelín difícil, pero el viejo Crimony no es tan malo, y yo no he olido a polvo de carbón, como decías.
Me reí, algo nerviosa.
—Bueno, a lo mejor ya no huele a polvo de carbón; pero, de todos modos, no quiero que sea mi padrastro. Aunque quizá ya no pase, después de tantos años. Tienen una relación singular.