El enebro
Capítulo XXVII
El primer día del nuevo trimestre llevé a Marline al colegio. Luego volví para hacer algo que solo podía hacer cuando ella no estuviese en casa: buscar el gemelo de Bernard en el nido de las urracas. Cogí una pequeña escalera y una pala de juguete y me dirigí al claro del enebro. Fue un alivio ver que no había ni rastro de las urracas; apoyé la escalera en el cerezo y subí. Comprobé que la pala, por pequeña que fuese, era inútil; se necesitaba algo flexible, una mano, por ejemplo, así que lancé la pala al suelo, metí la mano por el hueco del nido abovedado y saqué todo tipo de porquería: excrementos de pájaro, plumas sucias y unos cuantos huesecillos, un collar de cuentas de niño, envoltorios de dulces y, al fin, el gemelo de oro. No le había hecho absolutamente nada al nido, solo una limpieza a fondo, pero un ave enfadada apareció de repente y empezó a atacarme, haciendo unos ruidos espantosos. Pude apartármela de la cara, pero me arañó la mano con su pico negro y duro, y cuando llegué abajo ya tenía dos aves encima. Seguí oyendo sus graznidos estridentes y agresivos mientras corría hacia la casa.
Unas horas después, cuando volví por la escalera, la urraca macho apareció con actitud amenazante y, desde entonces, las elsters de Gertrude no volvieron a confiar en mí. Bernard, eso sí, se alegró de recuperar el gemelo.
Johnny ya tenía casi tres años y estaba muy mimado por Bernard y Marline; supongo que todos lo mimábamos, en cierto modo, pues Bernard insistía en que siempre debía salirse con la suya. Si quería comer con el plato del revés, teníamos que permitírselo; si lloraba cuando era hora de acostarse, podía quedarse despierto todo lo que quisiera, y entonces acababa durmiéndose en la moqueta. Podría haber sido mucho peor, pero era un niño obediente por naturaleza, sobre todo cuando su padre no estaba. Le sugerí a Bernard que lo apuntase al parvulario por las mañanas, pues había uno para menores de cinco años cerca de casa. Aceptó a regañadientes y, los primeros días, Johnny se lo pasó pipa. Les cogió mucho cariño a los demás niños y no fue nada tímido, en contra de lo que yo creía. Hasta que, una mañana en que estaba cansado porque se había quedado despierto hasta las tantas la noche anterior, se echó a llorar al ver a Bernard y le dijo que no quería ir. Bernard lo cogió y dijo:
—Pobrecito mío, no tienes que ir si no te gusta. Volveremos a intentarlo cuando seas mayor.
Y ahí se quedó el parvulario por el momento.
Aún no habíamos hecho nada para sustituir a Greta, cuya marcha estaba prevista para finales de octubre. Le había ofrecido un aumento de sueldo si se quedaba un poco más, hasta Navidad o así, pero ya tenía decidido volver a casa. A la que quería echar era a la señorita May, no a Greta, con quien había trabado amistad. Casi no la necesitábamos —a la señora Hicks, ya mayor, tampoco—, era una preguntona y parecía interesarle mucho la cuestión de las camas, así que yo movía las sábanas para que pareciese que Bernard dormía en la de al lado, y no en el vestidor. Lo hacía solo los lunes, el día en que ella cambiaba la ropa de cama cuando yo salía de casa. Y un lunes, justo cuando me disponía a salir —Bernard ya estaba esperando en el coche—, la señorita May me agarró del brazo, con más confianza de la cuenta, y dijo:
—Espero que no me haya hecho trampas con las sábanas, señora Forbes. No hace ninguna falta: sé que su marido duerme en su vestidor.
Me zafé de un tirón, pero no dije nada; me limité a salir de la casa con expresión afectada, imagino. Oí a Bernard decir: «Venga, cariño, que vamos con retraso», pero en cuanto vio mi semblante al abrirme la puerta del coche preguntó: «¿Qué ha ocurrido? Te noto enfadada por algo», y me pasó un brazo por la espalda con gesto cariñoso.
Le conté lo que acababa de decirme la señorita May y le pregunté qué le parecía si la echaba, pues en algunas ocasiones era desagradable a más no poder. Coincidió conmigo en que ya era hora de que se marchase, y se ofreció a echarla él esa misma tarde, pero le respondí que prefería hacerlo yo. Lo hice tan bien que se marchó a la mañana siguiente, y no se dijo ni una palabra del mes de antelación con el que tenía que avisar cualquiera de las partes.
El despido de la señorita May fue lo que motivó que dejara el trabajo en la galería. El plan era que fuese una pausa temporal, hasta que encontráramos a la persona indicada para ayudar en casa, pero poco a poco se volvió permanente. Sí que iba a algunos pases privados y echaba una mano ocasionalmente cuando la señorita Rose faltaba, pero ya está.
A finales de octubre, justo antes de que Greta volviese a Holanda, fuimos a coger manzanas al bosquecillo. Había un pequeño manzano con frutos ácidos y grandes y otro árbol más grande, con manzanas de la variedad Blenheim Orange, con un aspecto y un sabor extraordinarios, como su nombre. Para mi sorpresa, Peter dejó su lupa y sus cuadros y vino con nosotras. Él trepaba a los árboles con la cesta en el brazo, pero Greta y yo usábamos una escalera. En el colegio de Marline era día festivo, así que también estaba por allí trepando como un mono. A Johnny, que tenía solo tres años, había que subirlo y bajarlo de vez en cuando, con sumo cuidado, para que cogiese alguna manzana; por lo demás, se quedaba sentado en la hierba o se dedicaba a recoger la fruta caída. Hacía un día de otoño perfecto, y aprovechamos la recolecta de manzanas —la selección, mejor dicho— para hacer un pícnic debajo del árbol.
Desde que conocía a los Forbes, y desde que había pasado a formar parte de la familia, casi nunca vi a Peter fuera de sus lugares de trabajo: un estudio bastante grande en el piso de arriba, donde pintaba y restauraba, y un taller en el sótano, donde enmarcaba cuadros, entre otras actividades. Trabajaba con una pequeña lupa encajada en el ojo, como un monóculo, y ya casi lo veía como un rasgo más de su cara pálida y sosegada. Cuando volvimos a la casa con las manzanas, me ayudó a guardarlas en la habitación donde tenía mis cosas. Aparté las sábanas que cubrían como mortajas mi tesoro, para enseñárselo, y desde entonces nos hicimos muy amigos.
Le gustaban las antigüedades casi tanto como a mí. En su tiempo libre, tuvo el detalle de decorar la habitación, pintándola toda de blanco, menos el techo, de color aguamarina, por lo que tenía la sensación de estar en un acuario. Cubrimos el suelo de madera áspera con una moqueta terracota clara, único lujo que me había permitido hasta entonces. Luego Peter descubrió una bonita chimenea que habían tapiado, y la habitación dejó definitivamente de parecer un sótano. Cuando colocaron los muebles, se transformó en un lugar mágico. Bernard no estaba al tanto de aquello, y a veces se preguntaba por qué Johnny, al que le gustaba jugar en la que llamaba «casa de Bella», le tiraba de la mano intentando que bajase al sótano con él. Si hubiese mirado por las ventanas del sótano, habría visto la preciosa casa de Bella en todo su esplendor, y su sillón favorito esperándolo, pero Bernard no era de esos hombres que miran en el sótano, y yo tampoco tenía claro si quería que lo hiciese. Me habría encantado verlo en su sillón y sentarme a sus pies, como hacía antes, mientras me acariciaba el pelo; pero ya nunca nos poníamos así. ¿Sería distinto en casa de Bella? Me dije que prefería no saberlo.
Poco después de la marcha de Greta contraté a una cuidadora de día, la mujer de un policía que había trabajado de niñera antes de casarse; Jenny, se llamaba. Tenía un horario flexible y estaba dispuesta a quedarse hasta tarde cuando salíamos, una vez a la semana como mucho. Las demás noches, si no habíamos invitado a alguien a cenar, oíamos música, leíamos o veíamos la televisión. Ya no hablábamos tanto como antes, y me parece que fue más o menos entonces cuando Bernard perdió el interés por educarme. No obstante, era un marido bueno y generoso, y quería que fuese feliz. Le entristecía que no estuviese bien, así que muy a menudo fingía ser más feliz de lo que era. A veces abrigaba la esperanza de que Gertrude se estuviera desvaneciendo de la casa, porque había dejado de hablar de ella como si aún viviese.
Una mañana de otoño me acerqué en coche al parque Green y, al ver las hojas caer de los castaños, me acordé de cuando las observaba por la ventana de la tienda, imaginándomelas como guantes dorados caídos del cielo. Ahora miraba desde el otro lado del escaparate, y dentro, en vez de antigüedades, había tubos de pintura, cuadernos de dibujo y lienzos en blanco, y pinceles y libros de arte. Mary ya me había dicho que ahora era una tienda de arte, pero en realidad no lo había asimilado; en efecto, al ver los cambios sentí cierta impresión y rencor. Vi al dueño de la tienda, un hombre de cara rosa y caída con nariz de cerdo, envolviendo con mimo un paquete cuadrado, y luego metiendo dinero en la caja registradora. Yo no tenía caja registradora, solo una caja metálica negra. De repente el rencor desapareció, y esperé que al bueno de Mejillas Caídas le fuese muy bien en su tienda, mucho más indicada para vender material artístico. Ahora el local era completamente impersonal y no tenía nada que ver conmigo. Esa etapa de mi vida había acabado, pero en la casa de Bella aún conservaba mi colección, a la que añadía piezas de vez en cuando.
Después de Navidad, Marline cambió de colegio y empezó a ir a uno muy caro, donde los niños iban de uniforme, nada estricto y muy bonito. Se quedaba todo el día y parecía gustarle, porque hizo amigos y los invitaba a tomar el té en casa. También se celebraban muchas fiestas de cumpleaños, y me daba la impresión de estar comprando continuamente regalos para niños a los que no había visto en mi vida; pero seguía cobrando la pequeña renta de la sociedad de préstamo inmobiliario y no tenía dónde gastar el dinero, salvo en Marline y en mi colección del sótano. El señor Crimony nos había dejado en herencia mil libras a cada una, que ingresé inmediatamente en nuestras respectivas cuentas de ahorros. El resto de su dinero fue a mi madre, que ahora era una mujer pudiente y dejó su trabajo en la agencia de viajes. Aquello fue un error, pues ahora que no podía mangonear al señor Crimony llevaba una vida muy solitaria; además, me imagino que también mangonearía al personal en la agencia, y debía de echarlo de menos. Empezó a venir a verme al menos una vez por semana, casi siempre a tomar el té, cuando Marline volvía del colegio. Se llevaba extraordinariamente bien con ella, y, ahora que tenía superada la conmoción inicial por su color de piel, creo que no la habría cambiado por una nieta blanca. También le había cogido cariño a Johnny y, cuando se presentaba la ocasión, le decía a la gente que era su abuela.
Al ver lo mucho que disfrutaba con sus nietos, le pregunté por qué me había odiado tanto de niña. Con mucha franqueza, me respondió que era porque le recordaba a mi padre y representaba una deshonra.
—Mira —me dijo en tono triste—, nos casamos de penalti, como suele decirse. Todo fue muy humillante. Por aquel entonces, dar a luz seis meses después de la boda era horrible; claro que estaba resentida contigo, y también con tu padre, porque no me quería, pero a ti sí. Sabía que acabaría yéndose con otra, y eso fue lo que pasó. Os tenía mucho rencor a los dos. Supongo que en el fondo quería a ese desgraciado, a mi manera, y eso lo empeoraba. Eres muy afortunada de tener un marido tan entregado, Bella, inmensamente afortunada.
Mi madre era otra de las personas con las que tenía que poner buena cara.
En esa época teníamos bastante trajín en casa. Como la señorita May se había ido, yo me encargaba de cocinar y de algunas tareas domésticas. La señora Hicks se ocupaba de todo el trabajo duro —que no era poco, en esa casa enorme—, y también insistía en cocinar las verduras, como siempre había hecho cuando Gertrude vivía. Jenny encajó a la perfección: llegaba poco después de las ocho de la mañana para ayudar a los niños a vestirse y para estar encima de ellos mientras desayunaban en la cocina. Bernard y yo tomábamos un desayuno más suntuoso en la sala de estar, comentando nuestra correspondencia, aunque yo apenas recibía cartas, y hablando de la galería, cosa que le gustaba hacer conmigo. Luego me hacía alguna recomendación para pasar el día, me daba un besito en la mejilla y se iba a buscar a Peter para hablar de trabajo. Peter siempre trabajaba en casa, nunca en la galería.
Entre semana no había mucho que hacer en la cocina hasta la tarde, así que normalmente tenía las mañanas más o menos libres para visitar las exposiciones de arte que me recomendaba Bernard y luego iba a las casas de subastas. Me fui envalentonando en las subastas, y a veces pujaba por piezas que superaban los pocos cientos de libras. Compré un escritorio francés con preciosas incrustaciones de madera por doscientas treinta libras y, a la semana siguiente, vendí el mío, de la primera época victoriana, por sesenta y cinco, para pagar una parte. Un par de elegantes espejos de cuerpo entero estilo Reina Ana sustituyeron al espejo estilo Trafalgar, uno a cada lado de la consola; luego cambié esa consola por otra más antigua, con un tallado más elaborado, y así sucesivamente, de manera que las piezas de mi habitación secreta se fueron haciendo más y más valiosas. Me habría resultado imposible sin la ayuda de Peter y su furgoneta: fue él quien encontró algunas de las mayores gangas. Pasábamos el rato en el sótano, bebiendo café y planeando cuál sería el siguiente paso, y a veces se nos unía Mary, que llamaba a aquella habitación «el Paraíso Perdido», aunque a mí me parecía más bien «el Paraíso Encontrado».