El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 21 de 33

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El enebro

Capítulo XXI

 

El lunes por la mañana, Bernard y yo fuimos a la agencia de empleadas domésticas de la señora Vic, pero a los pocos minutos de espera dijo que tenía muchísimo trabajo en la galería y se esfumó, con lo que me quedé sola para hablar con la señora Vic. Era una anciana de pelo blanco y amontonado y espalda rectísima. Mientras hablaba con ella, me percaté de que estaba irguiendo la mía. Con el tiempo me sentí muy cómoda en la agencia de la señora Vic, pero aquella primera visita fue bastante intimidatoria. No dejaba de insistir en que aceptase a madres jóvenes con uno o más hijos, pero yo sabía que Bernard se oponía de plano: decía que no quería que la casa se volviese una guardería; y animales tampoco.

Aquella tarde pasaron por la casa cuatro mujeres interesadas en el trabajo, y algunas coincidieron. La candidata más interesante vino con un chiquillo de cuatro años vestido de rojo. Era un niño muy animado: no dejó de corretear por el jardín hasta que el pelo castaño se le empapó de sudor, y luego se subió al columpio; se daba tanto impulso que corría peligro de dar la vuelta. Bernard no lo habría soportado ni por asomo, pero me dio pena que se marchasen porque sabía que vivían en un estudio minúsculo.

También vino una atractiva chica española, muy parecida a Isabel, pero me dije que por el momento no queríamos más señoritas. Necesitábamos a una tirando a aburrida.

Las dos últimas eran cocineras y amas de casa con experiencia y referencias para demostrarlo. Ambas rondaban los cuarenta y cinco años, tenían buen cuerpo y la cara anodina, pero había una diferencia: una era una solterona y la otra estaba divorciada. La solterona podía empezar a trabajar inmediatamente, así que la escogí a ella, a pesar de la ligera expresión de rencor en su cara redonda, porque, en conjunto, no era mala elección.

Se llamaba May Jones, pero siempre fue la señorita May para nosotros y «la seño May» para los niños. Me quedé una semana para ayudarla a hacerse a la casa, aunque no le costó instalarse, y luego la dejé con Bernard. La única pega que le ponía era que no se le daba muy bien Johnny, por lo que tuve que pasar muchos de mis lunes libres con él cuando Catalina quedaba con sus amigos de Londres.

Al poco de la llegada de la señorita May ocurrió algo divertido. El camarero y novio de Isabel pasó una tarde por la casa con dos botellas de Château Lafite-Rothschild de 1962 para Bernard, y casi no nos lo podíamos creer. Pero en realidad era una excusa para volver a ver a Catalina: Isabel era cosa del pasado y no tardaron en hacerse novios formales, y en su tiempo libre Catalina cosía iniciales en sábanas de matrimonio y en toallas de todos los tamaños con estampado de flores.

A principios de octubre empecé a pensar en el cumpleaños de Johnny, el día 9. Tenía que ser un día feliz para el chiquillo, aunque se cumplía el primer aniversario de la muerte de su madre y sería un día tristísimo para su padre. Le compré una locomotora de madera hecha a mano con bonitas decoraciones, con la que podría empezar a jugar al cabo de uno o dos meses. Ya sabía ponerse de pie, pero prefería gatear. Me armé de valor y le enseñé a Bernard la locomotora de juguete, aunque una parte de mí temía que me reprendiese por ser una entrometida; sin embargo, me dio las gracias por hablar del asunto y me dijo que necesitaba mi ayuda. Así pues, el lunes antes del día 9 fuimos juntos a la sección de juguetes de Harrods y nos lo pasamos pipa, aunque tuve que pararle los pies a Bernard para que no comprase regalos de lo más inapropiado para un niño de un año: triciclos, bicicletas y juegos de construcción para niños de al menos diez años. Tuve que orientarlo hacia los peluches, las cajas de música y las pelotas de colorines. Bernard compró un osito de peluche gigante (bastante más grande que Johnny, demasiado para que pudiese jugar con él, pero fui incapaz de decírselo), un caballito de juguete muy decorativo, una peonza, pelotas de todos los tamaños y, justo antes de salir, una gran rana saltarina.

De Harrods fuimos a la galería de Bernard, un local que impresionaba un poco y en el que la gente hablaba en voz baja. Desde la calle solo se veía un cuadro oscuro en el escaparate, que retrataba a personajes antiguos, sombríos y afligidos, pero dentro, en la galería principal, había varios cuadros españoles muy llamativos de Antonio Clavé, dos Mirós pequeños y, para mi deleite, una obra de Tàpies, artista que Bernard me había enseñado a amar y entender. Mientras Bernard se ocupaba de sus negocios, su atractivo ayudante, que llevaba un traje muy bonito, se quedó hablando conmigo. Habíamos coincidido varias veces en la galería y una en Richmond, y nunca me había parecido real, por así decirlo, pero me gustaba superficialmente. Bernard estaba de buen humor y, cuando acabó sus asuntos, me invitó a comer. En la mesa, me dijo que había decidido que yo tenía que aprender a hablar francés como es debido. El francés era una de las pocas cosas que había aprendido de mi madre, pero el suyo era mucho mejor que el mío: yo solo sabía chapurrearlo. Acordamos que una mujer francesa iría a la tienda dos tardes por semana y que sería un curso muy exhaustivo, pero que cuando lo acabase, como recompensa, Bernard me llevaría a Bruselas a conocer la galería con la que iba a asociarse. Me dijo que quería que la viese para poder hablar de ella conmigo y que pudiera ubicarla. De hecho, si me interesaba, podría acompañarlo siempre que quisiera: así, con mi cháchara, no se dormiría al volante.

El cumpleaños de Johnny salió a pedir de boca y Bernard estuvo presente cuando cortamos la tarta y le dimos los regalos. La señorita May había hecho la tarta y, claro, tomó el té con nosotros. Me alegraba ver lo bien que se había integrado: trataba a Bernard de forma afable pero distante, justo lo que él quería. Marline abría los regalos y se los daba a Johnny, al que le encantaba todo, incluso el papel arrugado, aunque no supiese lo que era. Pero el regalo que más le gustó fue el de Marline: un pequeño pájaro mecánico que movía las alas y picoteaba el suelo cuando se le daba cuerda. Como es natural, no entendía muy bien lo de soplar las velas, así que Marline también le ayudó. Cuando acabamos de tomar el té, Bernard dio una vuelta con él por todo su cuarto, enseñándole los regalos y ayudándole a mantenerse en pie. De hecho, creo que dio sus primeros pasos aquel día. Fue difícil verlo porque pasó muy rápido, pero Bernard siempre lo recordaba.

Después de la fiesta de cumpleaños, nos llevó a casa y, cuando acosté a mi hija adormilada, me preguntó si podía quedarse a cenar y ocupó su sillón en la pequeña y variopinta trastienda, mientras yo preparaba una sencilla cena a base de tostadas de champiñones y queso y fruta. Las pocas botellas de vino que tenía en casa me las había regalado él, así que le pedí que escogiese una y la abriese antes de que empezara a hacer las tostadas, para beber y charlar un poco antes de cenar.

Al principio hablamos de Bruselas y de la asociación con la nueva galería. Luego, mientras cenábamos, hablamos de Johnny, de lo maravilloso que era y de lo mucho que lo habría querido Gertrude, y fue como si se hubiese colado en la sala. Bernard habló de su enorme belleza e inteligencia, de lo mucho que la quería todo el mundo, de su elegancia extraordinaria y de la perfección de todos sus movimientos.

—¿Te acuerdas de cómo giraba lentamente la cabeza y te miraba con esos ojos preciosos de grandes párpados? A veces se echaba a reír. Le encantaba reírse, ¿eh?

Para entonces ya estábamos muy cerca, y Bernard me pasaba sus largos dedos por el pelo mientras yo pensaba algo que decir para cambiar el tema de la conversación, si es que podía llamarse conversación. Al final, le pregunté:

—Bernard, ¿lo de la cháchara lo dijiste en serio?

Cambió de humor, soltó una carcajada y dejó de acariciarme el pelo.

—No, pues claro que no. Eres la maestra del [3] Bel-Gazou, cariño.

—Y ¿qué significa Bel-Gazou? —pregunté.

Me dijo que lo descubriría cuando estudiase francés. Entonces nos pusimos de pie y nos besamos por primera vez, subimos las escaleras y, por primera vez, nos acostamos. Yo estaba abrazada a Bernard, pero él no me abrazaba a mí, y así estuvimos hasta que los brazos se me agarrotaron. La luz tenue de las farolas se colaba en la habitación: podía ver su perfil hermoso y altivo todo el tiempo que quisiera, y estaba en el séptimo cielo tocándolo, pero me habría gustado que Gertrude no estuviese allí. En la vida real nunca había pisado mi habitación.

Alrededor de las seis y media se oyó un gran estrépito con traqueteos y zumbidos, y unas luces parpadeantes inundaron la habitación. Bernard se despertó sobresaltado, preguntando qué pasaba, y yo le dije que no se preocupase, que era Flash Harry, el camión de limpieza que pasaba todas las mañanas.

—En Richmond no tenemos de eso, que yo sepa, aunque también es verdad que dormimos en la parte de atrás —respondió. Luego me besó en la frente y dijo—: Adiós, mi pequeña Bel-Gazou.

Y siguió llamándome así en los momentos de ternura.