El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 30 de 33

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El enebro

Capítulo XXX

 

En realidad, el policía no había venido por la pequeña tumba, sino por algo bien distinto. Había en Hill Rise un famoso orfebre que elaboraba joyas exquisitas y carísimas con metales y piedras preciosas. Esa mañana, mientras estaba en su taller haciendo una gruesa cadena de oro, vio por la claraboya una gran ave posada en su tejado, cantando una hermosa canción. Se levantó y se dirigió a la puerta, pero al cruzar el umbral perdió una de sus zapatillas. De todos modos, salió así a la calle, con una zapatilla y un calcetín; en la mano izquierda llevaba la cadena de oro y en la derecha las tenazas con las que estaba trabajando, y el sol brillaba e iluminaba toda la calle. El ave se había acercado al borde del tejado y el hombre le dijo: «Ave, qué hermoso es tu canto», y ella cantó algo tal que: «Pío, pío, chak-chak-chak». Al orfebre le gustó tanto que apenas se inmutó cuando el ave bajó como una flecha, le arrancó la cadena resplandeciente de la mano y, después de subirla al tejado, pasó un rato picoteándola, hasta que se fue volando hacia los jardines a espaldas del taller.

Varias personas, algunas desde su coche, presenciaron el episodio y se quedaron anonadadas. Unos decían una cosa y otros otra: «Es una grajilla ladrona»; «No, es demasiado grande, probablemente sea una urraca»; «Pues claro que es una urraca, negra y blanca con la cola alargada». Otra persona aseguraba que era un loro, y, como empezó a congregarse una multitud, el joyero, hombre tímido, volvió disimuladamente a su taller y cerró la puerta. Entonces se percató de que había perdido una zapatilla. Cuando la encontró, salió al pequeño jardín de la parte de atrás, pero ni allí ni en el de su vecino vio brillar la cadena de oro. Llamó a la policía y mandaron a un joven agente, de lo más cooperador, que sabía mucho de aves y sus costumbres. Después de anotar la descripción de la cadena de oro perdida, el joven policía sugirió que preguntasen en las casas con jardines grandes de los alrededores. Los dueños de las dos primeras casas que visitaron dijeron que, aunque a veces alguna urraca se posaba en la copa de sus árboles, no habían visto ninguna últimamente; sin embargo, al tercer intento hablaron con una anciana que estaba al tanto de las urracas de los Forbes y los envió a su casa.

—Hay una niñita, una niñita de piel muy oscura, que les da de comer con los labios, y han construido un nido rarísimo. La mujer que murió también les tenía mucho cariño y decía que eran sus elsters. Las veo desde la ventana de mi baño, y ahora parece que hay tres, pero no he visto una cadena de oro. Es la casa grande, con un oso esculpido en la puerta. No tiene pérdida.

Así que el policía y el joyero se presentaron en nuestra casa, y Bernard los acompañó al bosquecillo, seguidos de la indignada Marline. Encontraron a las urracas picoteando la cadena de oro justo bajo el enebro, y las aves alzaron el vuelo, espantadas, antes de lanzarse en picado contra mí. Fue entonces cuando caí al suelo, entre contorsiones y gemidos, no aplastada por una piedra, sino por mi pobre mente trastornada.