El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 5 de 33

Páginas del PDF

El enebro

Capítulo V

 

La primavera se adelantó ese año, y aquel día estaba paseando por el jardín de los Forbes con Gertrude, que iba espléndida con su vestido de cachemira azul, irradiando felicidad. Aseguraba que no había estado mejor en su vida y, en efecto, no tenía náuseas matutinas ni ninguna de las habituales molestias del embarazo. A veces decía: «Sería un horror que al final no estuviese embarazada, ¿eh? Quizá sea un embarazo psicológico; le pasa a más de una mujer, ¿sabes?».

Marlinchen se adelantó a la carrera para contemplar los narcisos que empezaban a florecer, y nosotras le gritábamos: «¡No, no!» cada vez que estiraba el brazo para coger uno; aunque en realidad no los cogía, sino que les arrancaba la cabeza mientras nos miraba, partiéndose de risa.

El de los Forbes debía de ser el primer jardín particular que mi hija había visto en su vida, y lo llamaba «el parque» aunque no se pareciese en nada a un parque, pues casi todo era salvaje, con pequeños senderos sinuosos entre árboles y arbustos. Había varios manzanos a punto de florecer y un gran cerezo. Cerca del cerezo, en un rincón silvestre, había una planta que Gertrude llamaba enebro y que parecía un árbol, aunque en realidad era un arbusto muy grande. Decía que daba unas bayas que le encantaban. «Creo que se usan para hacer ginebra —apuntó entre risas—, pero me gustan». Bajo su árbol había un banco donde a menudo se sentaba a observar los pájaros, y aseguraba que, cuando tenía alguna preocupación, allí se desvanecía. La vieja galgo, que nos seguía, se tumbó a los pies del banco, como si fuese un sitio al que estaba muy acostumbrada.

Muchos sábados por la tarde, cuando cerraba la tienda, los Forbes nos llevaban a su casa y nos quedábamos hasta el domingo por la noche. Una de las cosas que más nos gustaba era su precioso baño, pues en la tienda solo teníamos uno pequeño con lavabo. No veíamos la hora de darnos esos baños lujosos, con esencias de flores y jabón espumoso.

Aquel domingo de primavera en que estábamos disfrutando del jardín, Gertrude esperaba la visita de su hermana menor, Charlotte, que daba clase en un colegio alemán de las inmediaciones. Era alta y rubia, como Gertrude, pero ahí acababa el parecido. Tenía las mejillas rubicundas y el semblante autoritario. Yo la llamaba para mis adentros «Madre del Maíz» y, aunque admiraba su inteligencia y su carácter, me daba un poquito de miedo. No se llevaba muy bien con Bernard y solían discutir en la mesa. Aquel domingo no fue una excepción. Mientras las demás nos deleitábamos con el lenguado en salsa de champiñones y cebollino, ellos discutían sobre cultura sumeria tardía, y Bernard parecía enfadadísimo.

—Ojalá no lo hiciera —dijo Gertrude en voz baja, mirando a su hermana —. Si es que hasta le dice cómo tiene que ser el vino; los hombres odian esas cosas. —Y, levantando la voz, añadió—: Parad ya, que lleváis un buen rato.

Y la paz reinó el resto de la comida.

Luego, cuando estábamos tomando el café al calor de la chimenea de la sala de estar, Bernard rompió de repente el silencio cómodo y dijo:

—Bueno, Bella, ¿has hablado con tu madre?

Así que les conté a trompicones mi visita, frustrada por la presencia constante del señor Crimony. Ahora que se la estaba contando a otras personas, la visita sonaba casi divertida, en absoluto angustiante, como me lo había parecido en su momento. La pena era que, de no haber sido por el dichoso Crimony, mi madre y yo podríamos habernos llevado bastante bien. Verla ligeramente mejorada me había conmovido, y detrás de su actitud espinosa creí notar una leve calidez, como si hubiese una semilla de comprensión.

—Así que aún no sabe nada de Marlinchen —dijo Gertrude, apenada—. No pasa nada, la próxima vez que os veáis irá mejor. Tienes que escoger un momento en que ese hombre no esté en la casa. —Y me dio una palmadita alentadora—. Si trabaja media jornada, llámala una tarde, cuando ese pesado de Crimony esté vendiendo carbón.

—¿Crees que piensa casarse con tu madre? —preguntó Bernard.

Yo no respondí, porque Marlinchen se había despertado de su siestecita en el sofá y exigía que la llevase al columpio del «parque», y Bernard tiró el chicote de su puro dominical y decidió ir a dar un paseo con Charlotte y la galgo, con lo que no se volvió a hablar de mi madre. En cuanto salieron de la casa, Bernard y Charlotte comenzaron a discutir otra vez, ahora sobre Tàpies, un pintor español. Bernard casi gritaba: «Pues claro que estoy seguro. ¡Si es mi trabajo!». Y sus voces enojadas se fueron mitigando a medida que se alejaron calle arriba.

Aquella noche, cuando Bernard nos llevó a casa, vi una nota asomando por el buzón. A veces los clientes dejaban notas si encontraban la tienda cerrada, así que no me sorprendió, pero cuando Bernard se marchó y nos pusimos cómodas me acordé del papel y, al abrirlo, leí: «Es una pena que no estuvieses». Estaba firmada «Mamá y Charlie», pero no era la letra de mi madre.

El lunes por la noche la llamé por teléfono, pero respondió la voz de Crimony. Colgué y volví a intentarlo al cabo de unos minutos. Crimony se puso de nuevo al aparato, pero esta vez decidí perseverar y, procurando cambiar la voz, pregunté por la señora Winter. Crimony no picó.

—¿Eres tú, Bella? Habla más alto, que no te oigo muy bien, cielo. Me imagino que quieres hablar con tu madre. La tengo aquí al lado, está encantada de ponerse.

Oí unos murmullos y luego la voz de mi madre.

—¿Eres tú, Bella? ¿Querías decirme algo? Sí, es una lástima que fuésemos hasta allí en coche y no estuvieras. ¿Que te apetece que vaya el domingo que viene, sobre la hora del té? O cualquier día. Bueno, aclárate, cariño. Dices que el lunes es cuando mejor te viene. Me parece que el señor Crimony no puede el lunes. No, claro que no voy a coger el autobús y el tren después de pasarme toda la mañana en la agencia de viajes. Lo estás poniendo muy difícil, y no tengo tiempo para seguir hablando hasta las tantas. Lo dejamos en el aire. De todos modos, esta línea es muy mala, oigo perfectamente una voz de niña interrumpiendo la conversación. Adiós, ya lo vamos hablando.

Y colgó.

—Mami, ¿quién era? —preguntó Tommy por tercera vez. Le gustaba sumarse a las conversaciones telefónicas.

—Pues era tu abuelita, aunque no se diría —le respondí, cogiéndola para volver a subirla al piso de arriba. No me habría arriesgado a llamar de haber sabido que no estaba dormida en su cama. Miré su carita sonriente sobre la almohada de flores y me dije que mi madre tenía una suerte inmensa de tener una nieta tan preciosa, aunque aún no lo supiera.

Llegó el Domingo de Pascua y vimos a la banda del Ejército de Salvación tocar una música emocionante en el parque Green, y luego volvimos a casa y comimos panecillos de Pascua. Fue un domingo frío y pasado por agua, y no había mucho más que hacer. La tienda cerraba tres días y los Forbes se habían ido a Devonshire. Iban a estar fuera al menos diez días, y hasta entonces no había caído en la cuenta de lo mucho que dependía de ellos. Ellos y Mary Meadows, en menor medida, eran mis únicos amigos íntimos. ¿Cómo había podido quedarme tan aislada? Yo, que había sido una chica simpática, acaso un poco reservada, pero simpática, al fin y al cabo. Fui relativamente popular en el colegio, aunque casi nunca invitaba a mis amigas a casa. Luego tuve algún que otro noviete, pero los hombres fueron irrelevantes en mi vida hasta que conocí a Stephen. Anhelaba que me quisieran y me admirasen, pero apenas tenía con qué corresponderles. Con Stephen fue distinto. Siempre me había parecido una exageración que la gente hablase de compromiso total, pero eso fue lo que mostré por él, un compromiso auténtico, total; o, mejor dicho, fue total el primer año que estuvimos juntos, el segundo solo compromiso. Después del accidente, durante unas semanas, fue total para ambos; pero no duró mucho, y cuando hablábamos apartaba la mirada, aunque fuera el responsable de la desagradable cicatriz de mi cara. Luego empezaron las discusiones, que solían ser por dinero, porque pasé un tiempo sin poder pagarle mi parte y cuando empecé de operadora no ganaba mucho. Stephen pareció quedarse en la gloria cuando me marché del piso. Eso me entristeció aún más, y nos dijimos cosas imperdonables. Creo que la mayoría de las mujeres preferirían que su hombre, el hombre al que quieren, fuese cruel en vez de tacaño. Eran pequeñeces como: «¿Puedes pagar el taxi? No llevo suelto» o «¿Te ocupas tú del botones, cariño?». Stephen tenía varios relojes de pulsera caros y un reloj de carruaje que necesitaba arreglos cada dos por tres, y siempre acababa tocándome a mí ir a recogerlos y pagar al relojero. Habría preferido con mucha diferencia que me pegase, en vez de tener esos gestos tacaños conmigo. No obstante, lo eché mucho de menos el primer año después de la ruptura; pero, a medida que Tommy-Marline me fue cautivando más y más, pensaba cada vez menos en él, y sentía más bien lástima por quien me hubiese sustituido. Sin embargo, a pesar de la compañía de mi hija, me sentí muy sola aquel Domingo de Pascua.