El enebro
Capítulo XII
Al mirar por la ventana de mi habitación, vi que las hojas de los castaños caían como enormes guantes amarillos. Era un domingo de finales de septiembre y varios miembros del Ejército de Salvación que iban de punta en blanco, con sus fundas y sus instrumentos resplandecientes de plata y latón, cruzaron a toda prisa el parque Green en dirección a su ciudadela, que no quedaba muy lejos. El tenue aroma a pollo guisado subió por las escaleras y me recordó que Brit y Stephen venían a comer, ella para despedirse. «Aunque también tenemos una buena noticia», había dicho, quitándole el teléfono a Stephen antes de que colgase. Oí las risas de ambos y me pregunté si se habrían prometido; parecían muy contentos, a pesar de la marcha de Brit.
Mientras preparaba la comida empezó a llover a cántaros y, cuando llegaron, me besaron con la cara mojada. Olfatearon las ollas humeantes como si estuviesen famélicos, y Brit incluso levantó la tapa de un par de cacerolas. Fue entonces cuando reparé en el anillo de su mano izquierda, un zafiro y dos diamantes con un diseño un tanto anticuado. Yo había llevado ese mismo anillo casi un mes, así que lo conocía de sobra. Antes había pertenecido a la madre de Stephen. Brit me acercó la mano a la cara como hacen los chiquillos cuando quieren enseñarte algo.
—Sí, nos prometimos hace tres días —dijo muy contenta—. Esa es la buena noticia. ¿Qué te parece mi anillo? Era de la madre de Stephen y para él es muy importante.
Noté una leve decepción en su voz, y supuse que habría preferido un anillo nuevo, que hubiesen escogido juntos. Lo admiré y dije:
—Me consta que ese anillo es muy importante para él, sí, y que siempre ha querido regalárselo a la mujer con la que fuera a casarse. A lo mejor se lo ha enseñado a otras chicas, pero nunca les habrá dejado probárselo. Estoy segura de que eres la primera con la que quiere casarse de verdad, y no me sorprende. —Y le di un abrazo afectuoso.
Stephen estaba sentado a la mesa del comedor, construyendo una pequeña granja de madera con Tommy, pero noté que nos escuchaba con suma atención, gozando de mis mentirijillas piadosas. Por suerte, los ojos no se me movieron de forma frenética, como a veces ocurre cuando no digo la verdad; esta había sido una mentirijilla de nada. Luego, mientras Brit y Tommy estaban arriba jugando a un juego en el que había que reírse muchísimo, le dije a Stephen que tendría que haberle comprado a Brit otro anillo de pedida. ¿Le había preguntado al menos si le gustaban los zafiros? Quizá le encantasen los rubíes, como a mí, o las esmeraldas resplandecientes. El caso era que habría tenido que ayudarlo a escoger el anillo.
Al principio Stephen se mostró enfadado y dijo que estaba celosa y era una «criticona». Luego se puso triste y reconoció que a él tampoco le hacía mucha gracia lo del anillo; que no le pegaba a Brit, por así decirlo. Sin embargo, entre todos los gastos de irse a vivir con ella a Nueva York en Navidad y los de la boda, no se atrevía a desembolsar mucho dinero en un anillo.
—Se lo ha enseñado a todos sus compañeros de reparto y me he dado cuenta de que no les ha entusiasmado, que digamos. Aunque quizá solo sea que tengo cargo de conciencia. Dios mío, ¿tú qué me aconsejas? ¿Le compro otro?
Lo pensé un momento y llegué a la conclusión de que dos anillos de pedida eran un disparate, así que le sugerí un broche o una pulsera, o alguna antigüedad, exentas de impuestos.
—Probad en Burlington Arcade o algo así, pero id juntos. Ya verás cómo te diviertes; menos cuando toque pagar, claro —dije, entre risas.
—Supongo que soy un cabronazo tacaño —añadió Stephen, con expresión pensativa—, pero me niego a ser tacaño con Brit. La quiero demasiado.
Brit se marchó el miércoles siguiente, y cerré la tienda para acompañar a Stephen a Heathrow a despedirla. Cuando llegamos al aeropuerto la vimos con un grupo de bailarinas, chicas monas, pero menos guapas que Brit, que estaba espectacular. Hice amago de dejarla a solas con Stephen, pero me pidieron que me quedase. Cuando ya se habían despedido y Brit se llevó su delicada mano al pelo para retocárselo, vi que lucía una pulsera muy bonita, decorada con granates, y le sonreí a Stephen con aprobación.
Brit volvió con sus amigas bailarinas y se perdieron en la sala de embarque, y Stephen fue como una exhalación al bar más cercano y pidió un whisky solo. Se quedó con los ojos cerrados unos minutos; luego me agarró del brazo, dijo: «Vámonos», y salimos a toda prisa al mundo real. Para mí, los aeropuertos son una especie de limbo, y las pocas veces que he montado en avión he tenido claustrofobia. Me alegraba estar otra vez en mi tiendecita, a salvo, y girar el cartel de la puerta a «Abierto». Vendí dos elefantes de latón, una cuña para puerta de hierro y un rodillo de cristal de Bristol, todo muy seguido, a pesar de tener a Stephen deambulando por la tienda como alma en pena, con una cara de depresión absoluta, dando profundos suspiros de vez en cuando. Se fue a la deriva a última hora de la tarde y, aunque lo sentía por él, me alegré de que se marchase. Pobre Stephen, casi se diría que estaba representando su pena.
Tommy echaba de menos los fines de semana en casa de los Forbes. «¿Cuándo vamos a ir a casa? —decía—. Quiero estar con Gertrude, quiero mi columpio, mi jardín, la perrita. ¿Cuándo viene Bernard?». A veces se pasaba un ratito a última hora de la tarde, y Tommy se enroscaba en su rodilla y le preguntaba: «¿Nos vamos a casa, Bernard?».
Yo procuraba llevarla a «casa», aunque fuese poco tiempo, al menos una vez por semana, y Tommy paseaba por el jardín, inspeccionando sus sitios predilectos: la cabañita de juncos que le había hecho el jardinero, una cuesta herbosa por la que le gustaba tirarse rodando y, por supuesto, el columpio. Luego sacábamos a la perra por el parque; dábamos un paseo breve, porque Tommy aún no tenía las piernas largas y el pobre animal, con artritis en las caderas, se cansaba pronto. A veces Tommy le pedía a Gertrude que la bañase, pero ya no era capaz. A mí me parecía muy cansada.
Ella decía que era el cansancio de la espera, y de tener todo el día en casa a su hermana, amable pero mandona.
—Se reincorpora al colegio la semana que viene. Al menos pasará la mañana dando clase y solo vendrá por la tarde. Aunque luego tendré a la enfermera australiana, Marie, se llama: en cuanto Charlotte se vaya, llegará Marie. El médico se ha empeñado, aunque no salgo de cuentas hasta dentro de dos semanas. Dios mío, esto no se lo reconocería a nadie más que a ti, Bella, pero a veces pienso que ha sido una insensatez por mi parte querer dar a luz aquí. Pobre Bernard, le he llenado la casa de mujeres. Y ¡pobre de mí, dicho sea de paso! Podría haber ido al hospital, como tú, y volver en menos de una semana, pero parecía más romántico tener el primer hijo en casa; y también está la cuestión de la placa azul y blanca, que me tiene obsesionada. A veces me detengo al lado de mi querido león de piedra, mirando a la casa, y me la imagino ahí, con su: «John Bernard Forbes nació aquí en 1980».
Nos había convencido a todos de que sería un niño porque lo anhelaba con toda su alma. Normalmente era John Bernard, aunque a veces lo llamaba Francis Bernard, y durante un breve período de tiempo fue Otto, por su padre. A mí Otto no me gustaba lo más mínimo, y me lo imaginaba como un niño enclenque, con dientecillos de ratón y gafas de alambre.
Mi madre llamó para invitarme a comer. Aunque su voz sonaba algo hosca, como siempre que hablaba por teléfono, al principio estuvo muy amable y se interesó por nuestra salud y demás; sin embargo, cuando mencionó la comida, la tensión ya se palpaba en el ambiente.
—No vendrás el fin de semana, ¿no? A mí me vendría bien algún día entre semana, el miércoles, por ejemplo.
Yo le expliqué que eso implicaba cerrar la tienda y trastocar la rutina de Tommy en la guardería.
—¿Rutina? No hace falta que trastoques su rutina. Llévala a la guardería como siempre y luego vienes en transporte público. No sería la primera vez.
—Entonces ¿no quieres que me lleve a Tommy?
La voz de mi madre se volvió aún más hosca.
—Si te soy sincera, no. Los vecinos de la derecha, los Pickard, son unos chismosos de cuidado, y el rumor de una chiquilla negra se extendería por toda la calle como la pólvora. Tú piensa que llevo viviendo aquí veintisiete años.
—Por mí puedes quedarte otros veintisiete, pero ya te adelanto que no pienso ir a comer, ni harta de vino. —Y colgué con violencia, confiando en que el ruido le reventase los tímpanos. Estaba tan cabreada que sentía palpitar mi cicatriz, y me imaginé que se habría puesto incandescente. Me miré en un espejo dorado y falto de azogue que parecía no ir a venderse nunca y vi que la cicatriz estaba como siempre, con un color blanco plateado y algo torcida.
Al oír el tintineo de la puerta, aparté la mirada del espejo y vi que era Mary, que venía abrazada a un busto de zinc. Me alegró muchísimo ver su cara animada bajo esa pelambrera negra. Examinamos el busto, una pieza muy atractiva. Era la reproducción de un personaje clásico, aunque ninguna de las dos recordábamos cuál; quizá Minerva. Mary se quitó el chubasquero blanco y manchado, que me recordaba a una vela sucia, y pasamos a la trastienda a tomar el té. Le conté mis problemas, lloré un poco y vendimos un par de dibujos victorianos decorados con purpurina. Luego nos sentamos a repasar las cuentas relajadamente. A pesar de la tranquilidad del verano, la tienda había dado unos beneficios razonables.