El enebro
Capítulo XVII
Cuando Johnny Forbes cumplió siete meses ya había tenido cuatro niñeras distintas. La última y la mejor era una chica española que se llamaba Catalina y que se había adaptado a la casa con mucha más facilidad de lo que esperábamos, aunque su inglés era flojucho y Charlotte y Bernard no sabían ni una palabra de español. Su principal ventaja era que los dos niños la adoraban desde el mismo día en que llegó con sus maletas rojas de cuero de imitación. Era una joven atractiva, con unos bonitos ojos oscuros y brillantes y la cara anchota. Tenía las manos suaves y con hoyuelos, muy femeninas. En algunos aspectos se me daba un aire: ella también tenía un pelo negro y abundante que le quedaba muy bien, y la piel suave y blanca, pero sin cicatriz, claro está. Ambas teníamos una complexión parecida, un pelín pasadas de peso. Mis piernas eran más largas que las suyas, pero lo compensaba poniéndose unos tacones muy altos en esos pies bonitos y pequeños. Lo que nos gustaba a todos de ella, también a Johnny, eran su calidez y su alegría: era como un pequeño hogar que calentaba nuestros corazones tristes.
Ahora Johnny no dejaba de sonreír en todo el día, y ya intentaba gatear. Cuando estaba al cuidado de la anterior niñera recordaba a un pequeño zombi; un zombi que funcionaba como un reloj, para más inri. Ahora el tiempo era irrelevante en su vida. Si se despertaba temprano, Catalina se lo llevaba a su cama y jugaba con él. No tenía horarios fijos para descansar a lo largo del día; se dormía cuando estaba cansado, sin más, y por las noches la hora de acostarse oscilaba entre las siete y las diez. Aunque Charlotte sí que insistió en que comiese a horarios fijos que coincidieran con los nuestros, y Catalina no tardó en ver que era lo más inteligente. Le gustaba vestir a los niños antes de sacarlos a la calle y a veces los empapaba en colonia, y a Marline le recogía el pelo en un moñito adornado con cuentas, un poco raro, pero adorable.
Catalina libraba los lunes, y Charlotte decía que se pasaba horas en su baño antes de salir de casa. Quedaba con sus amigos españoles de Londres e iban de tienda en tienda hasta que cerraban. Luego iban todos en tropel al estudio de algún amigo, tomaban una cena fría y ponían música en el tocadiscos, mientras el grupo iba haciéndose más y más grande. A veces no salía con sus amigos y yo la llevaba a lugares turísticos, como el Museo de Londres, Hampton Court o los palacios de Buckingham y Westminster. Por desgracia, no le interesaban las galerías de arte ni la mayoría de los museos, y normalmente acabábamos mirando escaparates o pasando una hora o más en Harrods, su tienda predilecta. Charlotte le daba clases de inglés al menos dos veces por semana y las dos se divertían mucho, sobre todo Charlotte, a quien le chiflaba enseñar. Bernard, para no quedarse atrás, intentaba despertar su interés por los cuadros, y ella decía que todos eran «muy bonitos» y sonreía con dulzura. Luego Bernard probó con los discos de música clásica, sin demasiada fortuna: los escuchaba con la cabeza un poquito ladeada y una expresión de interés fingido en su cara encantadora, pero al cabo de un rato decía que había oído a Johnny llorar y salía escopetada. Bernard, que había leído algo de literatura española traducida, intentó hablar de libros con ella, pero el único libro que le interesaba era Don Quijote, en cuya veracidad insistía. «He visto la ventana por la que se asomaba Dulcinea, señor Bernard, he visitado La Mancha con mis primas. Claro que es verdad». Y se reía de la ignorancia de Bernard. Que no tardó en dejar su educación en manos de Charlotte, para mi satisfacción, pues estaba empezando a ponerme algo celosa. Yo me veía como la alumna especial de Bernard y no quería compartir a mi maestro.
Como quien no quiere la cosa, Marline y yo acabamos pasando casi todos los fines de semana en Richmond. Al parecer les venía bien mi ayuda en la casa y nos sentíamos muy bienvenidas. Marline se lo pasaba mejor allí que en la tienda, y ahora mostraba cierto desdén por el pequeño parque donde dábamos de comer a los patos los domingos soleados. Cuando hacía mal tiempo pasábamos casi todo el día encerradas en la trastienda, donde cocinaba, comíamos, hacíamos vida y, de vez en cuando, veíamos la televisión en blanco y negro. Aunque preferíamos subir la escalera de caracol y asomarnos por las ventanas de arriba para ver los coches y a la gente chapoteando por el parque Green mientras sacaban a sus perros, las palomas rechonchas y las gaviotas que volaban a ras de hierba, como si tuviesen ruedas. Los días especiales veíamos una ardilla correteando por el árbol que había enfrente de la casa. Me encantaba nuestra casita, aunque se quedaba muy pequeña en comparación con la majestuosa residencia de Bernard.
Él, no obstante, le había cogido mucho cariño a nuestro sencillo hogar, y yo esperaba que también a nosotras. Pasaba a vernos con bastante frecuencia por las tardes, antes de volver a casa. Casi nunca se quedaba más de una hora y, si mi hija ya estaba acostada, él se sentaba en su sillón favorito y yo muy cerca, en algún sillón que quizá se hubiese vendido y tuvieran que pasar a recoger. Nos quedábamos ahí, a veces sin apenas mediar palabra, y de vez en cuando me pasaba la mano por el pelo con aire abstraído, como si yo fuera un gato. Otras veces hablaba de sus negocios y de cuadros que confiaba en comprar o vender, o de socios de los que yo no sabía nada. Yo entendía tan poco que era como si me hablase en un idioma extranjero, y me daba la impresión de que en realidad estaba hablándole a Gertrude. Decía cosas tal que: «¿Te acuerdas de que teníamos la leve esperanza de que aquel cuadro fuese un Gustave Moreau? Pues al final nada. Tengo que contarte lo que el bueno de Harrison ha dicho de él; te vas a desternillar, cariño. Ya sabes que no se corta un pelo al hablar». Y me preguntaba si creía que había que redecorar la casa o renovar el alquiler de su galería. No parecía percatarse de que yo me quedaba en silencio, al margen de algún «Sí» o «No» ocasional. De hecho, se habría quedado atónito si le hubiese dado el más mínimo consejo. Pero, aunque no entendía todo lo que Bernard me decía, me alegraba muchísimo que me contara esas cosas. La verdad es que sentía admiración por él; no había otra palabra para describirlo.
Una mañana de primavera, mientras Charlotte y yo tomábamos café en la sala de estar, y el sol y el canto de los pájaros entraban por las ventanas abiertas, Bernard apareció con Johnny en brazos y, pasándoselo a Charlotte, dijo que quería que saliésemos todos al jardín. Luego entró en su estudio; yo pensé que iría por una cámara para hacernos fotos, pero volvió con la urna de plata que guardaba las cenizas de Gertrude. Como si fuera un sueño, fui al columpio por Marline y seguimos a Charlotte, que llevaba al niño, y a Bernard hasta el límite del bosquecillo, donde los cerezos y los manzanos estaban en flor. Bernard esparció suavemente unas pocas cenizas ahí, y el resto sobre el enebro y a su alrededor, el lugar predilecto de Gertrude, como ella deseaba. Y mientras las cenizas se asentaban, las dos urracas se posaron en el pequeño árbol y nos observaron en silencio un momento. Luego la hembra volvió a su nido, pero la urraca macho se quedó mirándonos con ojos brillantes y perspicaces.
Bernard dijo:
—Estaba esperando un día como este, de esos que tanto le gustaban. También le habría encantado lo de las aves. —Hablaba en voz baja, como consigo mismo, pero no con gran dolor.
El esparcimiento de las cenizas era un símbolo, una promesa cumplida; pero no alivió su tristeza, que lo acompañaba en todo momento. Charlotte estaba llorando sin disimular y, al ver que a Marline le quedaba un pelo para seguir su ejemplo, la cogí de la mano y nos alejamos rápidamente antes de que empezara a preguntarme dónde estaba Gertrude, como hacía cada cierto tiempo. Al principio yo le decía que se había ido a Alemania para estar con su madre, pero a Bernard no le parecía bien esa mentira endeble y le explicó claramente que Gertrude se había ido para siempre. Para mí era un alivio que las cenizas se hubiesen esparcido donde Gertrude quería, y que al final hubiera sido una ceremonia tan sencilla, con cierto encanto. Por aquel entonces ignoraba que algunas de las cenizas de Gertrude ya se habían esparcido en un jardín alemán que había pertenecido a sus padres. Lo único que sabía era que las manos de Bernard me parecían preciosas, una sosteniendo la urna de plata, otra esparciendo.