El enebro
Capítulo IV
A Mary Meadows le gustaba cómo llevaba la tienda, así que, además del sueldo y el alojamiento gratis, me daba una pequeña comisión de todo lo que vendía, con lo que pude ahorrar algo de dinero. Eso me transmitía una sensación de seguridad y orgullo; era como si la tienda fuera mía de verdad, sin el engorro de tener que buscar nuevas mercancías: Mary se ocupaba de esa faceta del negocio. Los clientes también eran amables, a veces tanto que me costaba que salieran de la tienda. Los anticuarios eran más formales, y también amables a su manera. A veces iba a tomar algo o a almorzar con ellos en algún pub de la zona, pero no lo tenía por costumbre, pues era difícil dejar la tienda, salvo entre la una y las dos de la tarde.
La señorita Murray acabó haciéndose clienta nuestra, y siempre llegaba con su capa a la espalda para ocultar la joroba. A pesar de su naturaleza nerviosa, era una mujer afable y solía mandarnos clientes. «Gente a la que le da igual una grietecita o un arañazo, cariño. Compran cualquier cosa que les parezca vieja». Iba como una flecha de aquí para allá, cogiendo esto o aquello. «El damasco de esta silla de nogal está hecho jirones, como si un gato se hubiera afilado las uñas: no lo vais a vender en la vida. Ni una de estas figuritas de Ralph Wood está intacta. A Elías le falta un pulgar, ¿te habías dado cuenta?». No obstante, casi siempre acababa comprando algo, y yo siempre me alegraba de verla, sobre todo ahora que había aceptado mi cicatriz. En efecto, la gente se acostumbraba a ella con el tiempo.
Bernard Forbes hablaba de mi cicatriz de una forma casi brutal. Me hacía preguntas sobre ella y, cuando tuvo más confianza, me apartaba la mano de la mejilla izquierda cuando hablaba con él. Hacía fotos de ese lado imperfecto de mi cara con todo el pelo recogido. Decía que era enfermizo que me preocupase tanto por una desfiguración tan leve; aunque también era verdad, añadía, que él no había visto cómo estaba al principio. Por las mañanas, al despertar, me pasaba los dedos por la mejilla para cerciorarme de que había mejorado, pero en los momentos de estrés se me olvidaba la mejora, me parecía que estaba igual de mal que siempre y me tapaba la cara con la mano, el pelo o cualquier otra cosa.
Los Forbes solían venir a la tienda los sábados por la tarde, justo antes del cierre. A veces, cuando entraba un cliente, Bernard fingía que era su tienda y se esforzaba mucho en vender alguna pieza pequeña: una tulipa de cristal eduardiana, un pisapapeles con una imagen de la isla de Wight en su interior o un juego de tenedor y cuchillo de trinchar de acero. «Este cuchillo corta las articulaciones como si fuesen mantequilla, señora —decía con mucha convicción—. Ya no tendrá que volver a preocuparse por la carne dura», y acompañaba a la clienta hasta la puerta y la despedía con una respetuosa reverencia. Los clientes siempre le compraban algo; parecía hipnotizarlos. Gertrude se quedaba sentada, observando la escena con una sonrisa. Se ponía a Marlinchen en la rodilla y jugaban con alguna cosita que le hubiese comprado. Allí estaba, embarazada por primera vez a los treinta y seis años, sanísima y radiante y más hermosa que nunca. Mary la llamaba «la Venus Alemana», y la pareja eran «los Gigantes Alemanes». Aunque Bernard no tenía sangre alemana, su carácter, autoritario y organizador, era bastante teutón, aunque quizá a mí me viniese bien algo de organización. Gertrude le decía que me dejara en paz, a lo que él respondía: «Pero si la estoy ayudando, ¿no lo ves? La pobre tiene que tener más confianza en sí misma».
Llevaba sin ver a mi madre desde unos meses después del accidente cuando me mudé de un lúgubre piso de Bayswater a otro, ya embarazada. Ni siquiera sabía que era abuela de una niñita preciosa de piel oscura con un mocho de pelo duro. No quería que mi madre se acercase a Tommy, arrojando sus sombras y aniquilando el amor. Sin embargo, Bernard no opinaba lo mismo; le daba hasta pena, y habría preferido que no les hubiese hablado de ella. Incluso a Gertrude, que solía defenderme de las intromisiones provocadoras de su marido, le daba lástima mi madre:
—Escríbele al menos una cartita para decirle cómo estás. No hace falta que le hables de Marlinchen si no quieres, pero tendrás que acabar contándoselo. Escríbele una cartita para que se quede tranquila. Piensa en lo preocupada que estará la pobre mujer.
Al final acabaron cansándome y, después de envalentonarme con una copa de vino tinto, llamé a mi madre. Una parte de mí esperaba que respondiese la voz de un desconocido. Pero la que oí fue la de mi madre.
—Bella, Bella —dijo con una voz gélida; y luego, abruptamente—: A ver, ¿qué quieres? No te habrá pasado nada, ¿verdad?
Le aseguré que no, que estaba más contenta que nunca y tenía un trabajo fantástico.
—Entonces ¿para qué llamas, si todo te va tan bien? —me soltó, y acto seguido, en tono más amable, añadió—: Que sepas que te busqué cuando dejaste a Stephen; te busqué de verdad, yendo de un piso cochambroso a otro. Tanto Stephen como yo te buscamos, aunque, por lo que sea, él perdió el interés de repente; supongo que por otra mujer. Pero, si no te pasaba nada, ¿por qué te has escondido?
—Tuve mis razones —dije—, pero ahora mismo no puedo explicártelas. ¿Crees que deberíamos vernos, madre, o dejar las cosas como están?
—No, pues claro que vamos a vernos. ¿Por qué clase de madre me tomas? Aunque la verdad es que preferiría que vinieses tú. Tengo una sorpresita para ti, ¿sabes? ¿Cuándo puedes venir?
Estaba convencida de que no me gustaría la sorpresa y de que no me la quitaría de la cabeza hasta que supiese lo que era, así que quedamos en que iría al día siguiente, lunes, cuando en teoría la tienda cerraba; con lo que, por una vez, cerré de verdad.
El lunes por la mañana, después de una noche atribulada, atravesé a toda prisa el parque Green con Tommy, sin parar siquiera a dar de comer a las gaviotas hambrientas, nuestro ritual matutino. Haciendo caso omiso de sus protestas, metí a Tommy en la guardería y volví a casa sin perder ni un segundo, para prepararme para ir a ver a mi madre. Me lavé el pelo y me corté las puntas con unas tijeras afiladísimas; lo tenía negro y reluciente. Examiné mi cicatriz, que después de dos operaciones y varios años era cada vez más imperceptible, y me puse la ropa que había estrenado cuando fuimos a casa de los Forbes, tranquilizándome al ver en la etiqueta la talla cuarenta, y no la odiosa cuarenta y dos. Las carnes de mis caderas y muslos se habían esfumado y mi madre ya no podría burlarse de mi trasero rechoncho. Estaba muy mejorada en general desde la última vez que me vio, así que le costaría meterse conmigo.
El viaje a Kilburn era largo, un trayecto en autobús y en tren seguido de un paseo nada desdeñable calle abajo. Habían pasado tres o cuatro intensos años desde la última vez que hice ese recorrido y me planté en la puerta de mi madre; pero ahora era una visita sin llave, y toqué el timbre de latón deslucido. La puerta ya no era marrón, con burbujas en la pintura, sino que estaba recién pintaba de blanco. La vidriera amarilla y verde, eso sí, seguía ahí, y evocó recuerdos de mi infancia. De niña me parecía muy bonita, pero luego acabé odiándola. Me alegró comprobar que había sobrevivido.
Aún estaba observando la vidriera cuando mi madre abrió la puerta: noté que estaba igual de nerviosa que yo y no sabía si darme un beso, así que le di un besito rápido en la mejilla. Luego nos observamos, algo incómodas, y vi que mi madre había cambiado. Llevaba el pelo teñido de su negro original y un corte bastante sobrio, que le pegaba. Su forma de vestir también había mejorado. Ya no parecía una profesora de educación física entrada en años, con cejas pobladas y zapatos enormes. De hecho, llevaba zapatos de salón y unas medias de nailon puro, y, a pesar de las ojeras y la barbilla prominente, podría decirse que estaba guapa.
—Mamá, ¡estás guapísima! —le dije.
Pareció complacida, pero un tanto incómoda.
—Me alegro de que me digas eso, Bella —respondió, y nos sentamos con gesto rígido en las sillas forradas de cretona. Todas las sillas tenían rosas rojas estampadas, y la moqueta era de color gris plata. Debió de percatarse de mi asombro—. Sí —dijo—, las cosas han cambiado desde que te fuiste a vivir tu vida. Para empezar, alquilé tu habitación para sacar un poco de dinero extra, y luego tu padre murió en Canadá y me dejó varios miles de libras, que acabarás quedándote tú. Me vinieron muy bien. He dejado el colegio, ¿sabes? Al final me harté de las niñas. No puede decirse que me gusten particularmente los chiquillos, y estar ahí con el silbato, lloviera o tronase, era muy cansado para una mujer de mi edad. Recuerda que ya tengo cuarenta y ocho años. Y, si no, era el gimnasio, con las chicas mayores sudadas, saltando el potro y colgándose del trapecio como una panda de gorilillas. Dejé todo aquello, y ahora trabajo a media jornada en una agencia de viajes de High Road. Mi francés les viene muy bien, me gusta el trabajo y tiene unas cuantas ventajas: viajes baratos y cosas por el estilo.
Oí el paso arrastrado de unas zapatillas en el linóleo del piso de arriba, y luego el inconfundible sonido de la cisterna.
—Mamá, ¿quién ha tirado de la cadena arriba? —pregunté alzando la voz y levantándome de golpe. Por un momento pensé que tenía que ser mi padre, pero luego me acordé de que estaba muerto, así que volví a sentarme y esperé a que mi madre respondiera.
—Ya te he dicho que alquilo tu habitación a un caballero, el señor Crimony. Te acuerdas de él, ¿verdad? El comerciante de carbón. En su día trabajaste en su tienda, hasta que lo dejaste con un palmo de narices. A pesar de todo, siempre ha sido muy bueno conmigo, y muy servicial. Cuando su mujer murió, su piso viejo y lúgubre de Maida Vale se le quedó enorme. Estaba muy solo, así que le alquilé tu cuarto. No te molestará, ¿verdad?
—Claro que no, ¡¿cómo iba a molestarme?! —dije airadamente.
Luego le pregunté si comían juntos, esperando que no, y mi madre respondió, en tono casi humilde:
—Por las noches, y a veces en el desayuno, pero a mediodía ambos estamos fuera, claro. Esta mañana se ha quedado en casa a propósito porque quería verte, así que trátalo bien, ¿eh?
Se levantó y, después de pasarse la mano por el pelo y mirarse en el espejo que había sobre la repisa de la chimenea, se dirigió a la cocina, trastabillándose con los tacones.
—Quédate ahí, cariño. Tardo un minuto —dijo con voz alegre al salir. No se parecía en nada a la madre que recordaba.
Me quedé sola, en esa silla colorida, mirando al techo y escuchando el frufrú de las zapatillas. Que se convirtió en el golpeteo contundente de unos zapatos, y luego en pasos firmes bajando las escaleras, hasta que el señor Crimony entró en la sala de estar. Estaba más alegre y aseado de lo que recordaba, pero seguía llevando esas camisas con anticuado y rígido cuello de puntas, y me pareció que olía a polvo de carbón. Se me acercó y, aterrada, lo vi inclinarse y darme un besito en la frente. Luego me dio una palmadita en la mano, con gesto cariñoso.
—Hombre, Bella, qué alegría —dijo con su voz grave y grasienta—. ¡Estás hecha una mujercita preciosa! Y la famosa cicatriz apenas se nota, sobre todo cuando estás a contraluz, como ahora. Pero, bueno, uno no puede estar siempre a contraluz, ¿no? —Y soltó una risita nerviosa.
Mi madre entró para avisarnos de que ya estaba la comida.
—Empanada de carne y riñones. Espero que le guste, señor Crimony — dijo.
—Por supuesto que sí. Ya sabes que me chiflan tus empanadas. Le estaba diciendo a Bella lo guapa que la veo. Está hecha una mujercita preciosa y la cicatriz casi no se nota. Le he dicho que tiene que ponerse a contraluz y nadie se dará cuenta.
Y siguió con sus risitas cuando entramos en el comedor y nos sentamos a la mesa para tomarnos la empanada de carne y riñones seguida de una tarta de melaza. No es de sorprender que estuviese entrada en carnes cuando vivía en casa. ¿O todas aquellas empanadas y tartas eran en honor al señor Crimony? Porque ahí lo tenía, llamando Annie a mi madre con toda la confianza del mundo, mientras ella le reía sus chistes malos. Al menos lo llamaba señor Crimony, y no Charlie, que era, me parecía recordar, su nombre de pila. Siguió con nosotras cuando volvimos a la sala de estar a tomar el café, así que no pude hablar de mi hija ni de mi nueva vida. Quizá mi madre prefiriese que no le contara nada, porque parecía contentísima con la presencia contundente del señor Crimony. Le sugerí que fregásemos los platos juntas, pero ella declinó mi propuesta, pues acababan de ponerle un lavavajillas en la cocina.
Cuando terminamos el café dije que ya era hora de volver a casa, y ninguno insistió en que me quedase.
Cuando me despedí de mi madre en la puerta la invité a que se pasara por la tienda, pero pareció titubear.
—Es un viaje muy largo y no sé si podré sacar tiempo.
Sin embargo, el señor Crimony se le había acercado por detrás y sugirió que podría llevarla en coche un domingo.
—Sería una excursión muy bonita, Annie. Atravesamos el parque, cruzamos el río y nos plantamos en Twickenham en un pispás. Ya lo vamos hablando, Bella, tú no te preocupes.
Cuando llegué a la verja, miré atrás y los dos seguían ahí: el señor Crimony había puesto una de sus manazas en el hombro de mi madre. ¿Sería él la «sorpresita»?