El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 18 de 33

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El enebro

Capítulo XVIII

 

Charlotte empezó a flaquear y dijo que iba siendo hora de que se tomase unas vacaciones. Estaba deseando viajar por Alemania y Bélgica para visitar a familiares que llevaba varios años sin ver, y me confesó que quería librarse de las responsabilidades. Todo había ocurrido de repente: de un día para otro había pasado de ser una profesora feliz de treinta y pocos años que vivía en su pisito a estar a cargo de una casa grande, con criadas a las que dar instrucciones y un recién nacido al que ayudar a cuidar.

—Nunca me ha gustado la vida doméstica. Quiero con locura al pequeño Johnny, claro; es adorable, y le tengo mucho cariño a Bernard. Pero estoy agotada, mental y físicamente. ¿Te has dado cuenta de que ya ni siquiera tengo fuerzas para reñir con él? Bueno, es verdad que discutimos un poco por los cuadros de Kitaj: Bernard se empeñaba en que llegó aquí de soldado, cuando la guerra, y a mí me parece muy poco probable. Pero eso fue hace más de una semana. Tengo que despejarme sin más remedio.

Y, al mirarla, vi que llevaba razón. Parecía que se le había ido el color de la piel y estaba casi tan pálida como Gertrude, pero sin su belleza clásica.

Al final acordamos que se marcharía tres semanas en julio y que yo viviría allí en su ausencia. Bernard nos recogería a Tommy y a mí de la tienda por las tardes y nos volvería a llevar por las mañanas, de camino a su galería. La señora Hicks, a pesar de tener al marido inválido, accedió a hacer horas extra, y Catalina se comprometió a hacer la compra y echar una mano, además de cuidar de Johnny. Yo sería la responsable de llevar la casa, planear las comidas y preparar la cena. Por suerte, sabía qué comidas le gustaban a Bernard y había ayudado a Gertrude más de una vez a cocinar.

Johnny era más problemático. Había días en que Catalina no paraba por la casa. A mí no me molestaba echar una mano cuando ella lo cuidaba, pero se me caía el alma a los pies ante la mera idea de tener toda la responsabilidad. Muchas noches Catalina tenía que quedarse con el chiquillo en las rodillas, jugando al caballito, hasta las diez. ¿Y si se atragantaba con una horquilla del pelo —a mí se me caían cada dos por tres— o cogía uno de esos temibles berrinches suyos? Además, sus pañales no se parecían en nada a las toallitas que había llevado Marline. A Johnny le ponían unos pañales acolchados enormes, como compresas hinchadas. No me apetecía lo más mínimo sustituir a Charlotte en la casa y llevar la tienda al mismo tiempo.

Y, huelga decirlo, cuando Charlotte se marchó empecé a descuidar la tienda y algunos días directamente no abrí. Mary Meadows ayudaba cuando podía, y la señorita Murray aportó una cesta con piezas de porcelana victoriana bonitas, pero desportilladas. Bernard también me dio muchos marcos que no estaban a su altura y que, aunque no mejoraron la estética del local, no costó demasiado vender. Al depender de Bernard y su coche, a menudo llegaba tarde y me marchaba temprano. Algunos días no tenía tiempo para decorar el escaparate como me habría gustado, y mucho menos para buscar nuevos artículos. Aun así, eran solo tres semanas, y le había prometido a Gertrude que cuidaría de su hijo.

Tuve que recordarme muchas veces esa promesa, pues tenía la costumbre de perderse en lo más hondo de mi cerebro. Pobre Johnny: en cierto modo lo quería, y cuidar de él no era tan difícil como esperaba; no se tragó ninguna horquilla ni nada por el estilo. Sin embargo, hubo un día fatídico en que me quedé sola con él y lloró casi sin parar. No solo echaba de menos a Catalina; parecía encontrarse mal de verdad, aunque no tenía fiebre. Se negó a comer, no dejaba de tirarse de una oreja y tenía la cara más roja y blanca que de costumbre. Lo peor fue la llantera ininterrumpida, que irritó a Bernard cuando volvió del trabajo. Me había resultado imposible preparar una cena decente porque había estado con el niño en brazos casi todo el tiempo. Más que el jamón blandengue y la ensalada anodina y sin aderezar, lo que lo puso de los nervios fue el llanto del niño.

Tuvimos una pequeña discusión porque no había llamado al médico, pero no era la primera vez que cogía uno de esos berrinches. Al final me llevé al niño berreón a mi cuarto después de que Bernard me reprendiese con un: «Y eso que los dos creíamos que se te daban genial los niños». Me quedé arriba hasta que Catalina volvió a casa, aunque el niño no dejó de llorar a trompicones hasta medianoche, cuando se durmió rendido, y yo también. A eso de las seis de la mañana, Catalina se presentó en mi habitación con un Johnny sonriente en brazos para enseñarme que le había salido su tercer diente. Me dije que ojalá no le saliese ninguno más mientras yo estuviese allí.

Además de cansada, estaba un poco enfadada con Bernard de camino a Twickenham, pero Marline no dejó de cotorrear en todo el viaje y creo que él no se percató de mi humor. Sin embargo, cuando vino a recogernos por la tarde, estaba muy arrepentido y me cubrió de regalos: un disco de James Galway tocando a Bach y una caja de marrons glacés, uno de mis dulces favoritos, además de una entrada para una obra en el teatro Richmond que tenía muchas ganas de ver, pero estaba cosechando un éxito enorme y no había tenido tiempo de hacer cola para sacar la entrada. Llevaba otra en la mano, y dijo:

—Sé que no me lo merezco, pero ¿puedo ir contigo?

Solté una carcajada, accedí, cómo no, y se lo perdoné todo.

Bernard me abrazó un momento, y de repente me sentí envuelta por una ola de amor y cercanía, que él también debió de percibir vagamente, pues pareció sorprendido, me abrazó con más fuerza y al instante me apartó diciendo que teníamos que darnos prisa si queríamos llegar al teatro. Subí volando la escalera estrecha, no recuerdo haber pisado los peldaños, y me hundí en un sillón de terciopelo oscuro, una adquisición reciente. Era como si estuviese cantando por dentro, y parecía haber una extraña luz blanca en la habitación. Me quedé quieta hasta que Tommy-Marline asomó su carita redonda por la puerta:

—¿Todavía no te has cambiado? Bernard te está esperando —dijo sorprendida, pues nunca lo hacíamos esperar.

Me cambié rápidamente, casi sin prestar atención a lo que me puse: sabía que estaría guapa con cualquier cosa que llevara esa noche, resplandeciente por la belleza del amor. Bernard se percató al instante y me preguntó qué me había hecho:

—¡Guau, Bella! Estás preciosa con ese vestido. Es la primera vez que lo veo. —Sonreí, porque lo había llevado todo el verano anterior.

Ocupamos nuestras butacas del teatro, Bernard cautivado por la actuación de Peter Bark y yo cautivada por Bernard. Me encantaba estar sentada tan cerca de él, en esas butacas estrechas, y a pesar de la relativa oscuridad pude admirar su perfil altivo, que recordaba al de un cálao.

Cuando volvimos a casa de Bernard, tomamos una copa al calor de la chimenea. Bernard quería hablar de la obra, pero yo no podía decir gran cosa. Desconcertado, me preguntó si seguía enfadada con él, así que le dije la verdad, que estaba en silencio porque estaba felicísima, y él respondió:

—Es extraordinario, la gente casi nunca reconoce que está feliz. Gertrude lo hacía, y mira lo que le ocurrió. Ten cuidado, querida. La felicidad es algo muy frágil, pero tú te la mereces más que nadie.

Charlotte pasó una semana de vacaciones extra y, a su regreso, nos contó que se había prometido con un médico alemán. Volvía a ser la de siempre, había recuperado el color y el aplomo y discutió con Bernard en cuanto entró en la casa, como quien dice. Luego le dio un buen disgusto a la señora Hicks al regalarle una enorme salchicha condimentada con ajo y sugerirle que tenían que hacer una limpieza a fondo de la casa juntas; asustó a Johnny dándole un beso sin quitarse el sombrero de fieltro de ala ancha y enojó a Catalina haciendo llorar al chiquillo. Pero, si hizo algo que hubiera podido molestarme, no me percaté, porque mi felicidad me protegía. Bien es cierto que me regaló un libro de cocina alemana ilegible, pero le di las gracias y le dije que era lo que siempre había querido, y durante unos minutos estuve a punto de creérmelo.

A pesar de mi amor por Bernard, me alegró volver a la libertad de la tienda y de ser la reina de mi casa: cenar cereales o alubias con tomate, desayunar en bata y quedarme en la cama leyendo libros que no ensanchaban la mente. En la tienda había una caja grande llena de libros de segunda mano, y de vez en cuando cogía alguno (como mis clientes, que a menudo se olvidaban de pagar los veinte peniques). Tommy decía: «No me gusta vivir en dos casas, mami. No da tiempo a jugar», y llevaba razón, porque apenas habíamos podido salir al precioso jardín de los Forbes en el último mes. Además, cuando estaba en mi casa Bernard se mostraba mucho más cariñoso y natural conmigo que en la suya, quizá porque el recuerdo de Gertrude era tan intenso que parecía seguir con nosotros. El caso es que era innegable: casi nunca me tocaba cuando estábamos allí.

La primera tarde noche en casa la pasé a solas con Tommy y, cuando se acostó, me dediqué a llamar a los pocos amigos que tenía y, por supuesto, a Mary Meadows. A Mary le preocupaba considerablemente que no volviera a la tienda y que la familia Forbes me absorbiese. Le dije que eso era muy poco probable, que estaba contentísima de volver a casa y que me gustaría no cerrar en agosto, pero que, si las ventas flojeaban mucho, pasaría el mes buscando mercancía. Mary respondió que en esa época del año encontrar piezas era casi tan difícil como venderlas. Tenía pensado recorrer el noreste de Inglaterra en coche para ver si encontraba algo interesante, y me sugirió que la acompañase. Aunque titubeé un momento, acabé declinando la propuesta, porque no serían unas vacaciones propiamente dichas para Tommy y podrían salir caras, pero sobre todo porque no quería alejarme de Bernard.

Al día siguiente llegó temprano, a media tarde, mientras Tommy y yo regábamos el jardín y el césped cortísimo estaba resplandeciente. Tommy siguió regando y nosotros nos sentamos a charlar y beber cerveza de lata en vaso: a ninguno de los dos nos gustaba beber a morro; además, a la cara de Bernard no le pegaba. Había una mesita entre las sillas de jardín pintadas de blanco, por lo que no estábamos demasiado juntos, aunque de vez en cuando acercaba la mía un poquito. Hablamos de la inminente boda de Charlotte: iba a celebrarse relativamente pronto, y ella no veía la hora de volver a Alemania, aunque se había comprometido a regañadientes a quedarse hasta encontrar a una buena sustituta.

—Gracias a Dios que tenemos a Catalina para cuidar de Johnny. No queremos otra niñera arpía —dijo Bernard, afligido—. ¿No podrías reemplazarla tú, Bella? Ya eres como de la familia, y detesto la idea de que un puñado de desconocidas venga a la casa, y quizá hasta tener que comer con ellas. —Agarró mi brazo desnudo con una de sus manos preciosas y cuidadas (ya me había acercado muchísimo a él) y me imploró que dejase la tienda y me mudara a Richmond—: Sé que es egoísta por mi parte, pero piensa en lo bien que le vendría a Marlinchen. Ya no tendría que ir a la guardería o al parvulario, se criaría con Johnny como si fuese su hermana. A Gertrude le habría encantado. Por favor, Bella, cambia de opinión. Sería muy bueno para todos, también para ti, querida.

Puse tímidamente mi mano sobre la suya y le supliqué:

—Por favor, no me obligues a irme, Bernard. Soy más feliz que nunca en mi vida, sobre todo los días en que te veo. Todo me viene como anillo al dedo, no quiero cambiar nada. Haré lo que esté en mi mano para ayudaros a Johnny y a ti, pero déjame quedarme.

Bernard me miró desconcertado y exclamó:

—¡Soy un auténtico bruto por intentar cambiar tu forma de vida en mi beneficio! Tienes que quedarte aquí, por supuesto, y ser todo lo feliz que puedas. Pero seguirás viniendo los fines de semana, ¿no? Cuando estás se nota, y mucho.

Se marchó cuando empezaba a oscurecer, pero esa tarde no volvimos a sentarnos cerca. Se limitó a darme una palmadita en la cabeza, como a un perro que se porta bien, cuando nos dimos las buenas noches.