El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 3 de 33

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El enebro

Capítulo III

 

Cuando nació Marline, a la que luego empecé a llamar Tommy, oí la exclamación de las enfermeras y pensé que la criatura tendría alguna malformación, pero en cuanto me la pusieron en brazos vi el motivo de su asombro: el color de la niña. Era preciosa, pero se la devolví a la enfermera y le dije: «Se ha equivocado usted. Esta no puede ser mi hija, mire lo oscura que tiene la piel. Es preciosa, pero no es mía».

Ellas insistían en que sí. Ya había tres alrededor de mi cama, y la enfermera jefe, alta y delgada, también se acercó, oliendo el conflicto. Me enseñaron la pulserita identificativa que llevaba en la muñeca e insistieron en que cogiese a la criatura, y cuando la tuve en brazos y vi su piel oscura sentí un arrebato de amargura porque, a pesar de su color, sabía que era mía.

Llevaba varios meses evitando pensar en algo; algo que era incapaz de afrontar. Ocurrió al poco de que Stephen y yo lo dejásemos, cuando fui a una fiesta que daba una gente que no conocía en una casa que no conocía, no muy lejos de la mía. Fui con la chica australiana y salvaje que he mencionado antes, y me pasé con la bebida o mezclé sin cabeza y me sentí triste e indispuesta. Fue una fiesta horrible, con gente tirada por el suelo, unas cuantas personas bailando como zombis y mujeres extravagantes con vestidos de noche y un montón de maquillaje que resultaron ser hombres. Había una mujer desnuda de cintura para arriba, despatarrada en una silla, con una jeringuilla colgando del brazo.

Yo estaba hablando con un joven negro que llevaba una chaqueta de terciopelo roja. Olía a terciopelo polvoriento y a sudor, pero era cariñoso y amable y, antes de que me emborrachase, habíamos bailado juntos un extraño baile. Luego empezó a contarme sus problemas, que parecían muchísimos. Nos marchamos juntos de la fiesta, y no iría tan borracha como pensaba, pues conseguí bajar cinco tramos de escaleras sin tropezar. Era precioso estar en esa plaza en silencio, con los coches aparcados delante de las casas como animales dormidos, quizá elefantes; casi se oía su respiración. El joven negro me abrazó y nos encaminamos al edificio cochambroso en que yo vivía, y subimos juntos y entramos en mi habitación fría. Recuerdo que, muy amablemente, echó dinero al contador y encendió la estufa, y creo que preparó café instantáneo, y nos acurrucamos en la cama turca para seguir hablando de nuestros problemas, y puede que hiciésemos el amor, aunque no me acuerdo, pero sí recuerdo despertarme en plena noche y ver a aquel negro, y el olor intenso a terciopelo polvoriento. Cuando me desperté otra vez, ya no estaba. No volví a verlo, aunque creo que pasó por allí a buscarme cuando ya me había mudado.

Las enfermeras temían que repudiase a mi hija de piel oscura, así que, sin alejarse mucho, para que pudiese oírlas, decían cosas del tipo: «¿Habéis visto a la niña de Bella? Es el bebé más guapo del hospital». Y luego me decían: «¿Has visto qué pómulos más bonitos tiene? ¿Has visto qué cara más preciosa?». Una enfermera alemana que estaba estudiando inglés y trabajando en el hospital la llamaba «pequeña Marline», o «Marlinchen», y cuando vino el hombre a registrar los nacimientos me dio por ponerle Marline, aunque el nombre no me gustaba demasiado y luego empecé a llamarla Tommy, que le pegaba mucho más.

En realidad su piel no era muy oscura, sino de un bonito tono dorado, como las galletas de jengibre, pero tenía los labios carnosos y el pelo negro y duro. Por lo demás, se parecía mucho a los chiquillos sudamericanos que correteaban de aquí para allá, entrando y saliendo de sus casas, en los sótanos de los edificios en que había vivido. A veces, alguna mujer maleducada hacía un comentario sobre ella en el autobús o la tienda. Siempre empezaban con algo como: «¡Qué niña más guapa! ¿Es suya?», y, cuando respondía: «Sí», sonreían con malicia y añadían algo tal que: «Es una pena por el pelo. Casi podría pasar por blanca si no fuese por el pelo».

De hecho, una llegó a decir: «Es una suerte que no haya heredado esa señal de su cara. Es una cicatriz, ¿verdad?». Recuerdo esos comentarios porque me dolían, pero a casi todo el mundo le encantaba Tommy y le parecía guapa, y con razón. Las enfermeras no tenían por qué preocuparse de que la repudiara, porque, pasado el impacto inicial, la quise con locura y no habría cambiado ni un ápice de ella, aunque no podía evitar preocuparme un poco por su futuro.

Tommy y yo estrenamos ropa el domingo que fuimos a comer a casa de los Forbes; prendas informales, pero nuevas. Me daba la impresión de que era un día crucial en nuestra vida, de que los Forbes tendrían una gran influencia en nuestro futuro y nos ayudarían de alguna forma mágica. Llegamos con un poco de retraso a su casa de Richmond porque quedaba más lejos de la estación de lo que recordaba. Cuando nos detuvimos delante de la casa y yo estaba doblando el cochecito, Tommy vio el oso esculpido del jardín e insistió en subirse a su lomo: se quedó con las piernecitas colgando, enfundadas en sus medias rojas, y una expresión de puro júbilo en la cara. Así fue como los Forbes la vieron por primera vez, al acercarse a la ventana del salón. Si les sorprendió el color de su piel, no se les notó.

Entramos en la casa, que se parecía mucho a como me la imaginaba: bonita y bastante despejada, con paredes blancas y un mobiliario formado principalmente por grandes muebles antiguos. Me sorprendió ver los enormes y valiosos cuadros de las paredes, pero entonces recordé que Bernard Forbes era un marchante y restaurador que tenía una galería en West End. De hecho, en el semisótano de la casa había un taller donde un joven llamado Peter hacía marcos, y en la parte de atrás un gran estudio donde se restauraban cuadros, y quizá también se falsificase alguno que otro.

Una intensa atmósfera de amor y felicidad impregnaba la casa; también una sensación de plenitud. La comida estaba sabrosa y era pura: una sopa cremosa y blanca, pan casero, embutidos varios y verduras, una ensalada con nueces, distintos tipos de quesos, un pudin preparado con miel, auténtica miel de panal, y fruta. De beber había vino, tinto y blanco, y, aunque yo sabía muy poco de vinos, se notaba que eran especiales, los mejores que había probado en mi vida.

Como suponía, Gertrude era de origen alemán, pero Bernard era inglés. Ambos altos y muy atractivos, pero Gertrude verdaderamente hermosa, tocada por una especie de resplandor. Tommy, que por lo general era una niña tímida, se acostumbró enseguida a los dos, que se mostraron muy cariñosos y amables con ella, y que escuchaban con atención lo que intentaba decir. Después de comer, Tommy cogió a Gertrude de la mano y salieron al jardín

para darle al león[1] unas migajas de pan, que los pájaros se comieron en cuanto ellas dieron media vuelta. Los Forbes siempre la llamaban Marlinchen, y a veces se me pegaba.

Aunque Bernard era un hombre de naturaleza reservada y formal, no me costaba hablar con él. Ambos compartíamos el interés por las antigüedades, y él conocía muy bien la historia del distrito, incluido Twickenham. Me habló de la gente famosa e interesante que había vivido allí y de cómo era la zona antes de que construyeran tanto. Me prestó libros sobre temas que hasta entonces apenas me habían interesado, como botánica y arquitectura. Parecía divertirse ampliando mi mente algo ignorante. Ya en la primera visita me dejó tantos libros que tuvo que llevarnos a casa en coche. Hasta había uno para Marlinchen, un libro desplegable victoriano con ilustraciones de animales, muy frágil e inapropiado para una niña pequeña, pero él insistió en que no lo rompería y, como de costumbre, tuvo razón.

Antes de marcharnos, Gertrude me enseñó la casa, que era muy grande y tenía cuatro plantas. Algunas de las habitaciones las usaban para guardar cuadros, pero aun así tenían cuatro dormitorios, un comedor, una sala de estar, un despacho para Bernard, dos baños, el estudio y una enorme cocina con armarios de madera natural y una mesa de refectorio alargada bajo la que dormía Petra, la vieja galgo de la familia. Había muchas hierbas en frascos, y al lado ristras de ajos y cebollas colgadas entre otras verduras, champiñones y cosas que no reconocí. Había dos fogones un tanto intimidantes, uno al lado del otro, un enorme arcón congelador y un frigorífico rojo. Por las ventanas se veía el alargado jardín de atrás, bien cuidado cerca de la casa y luego casi salvaje, con muchos árboles y arbustos grandes que se fundían con la neblina invernal. En un pequeño tramo de césped había un columpio que se mecía ligeramente con el viento suave del oeste, como si ya hubiese un niño sentado.

—¡Qué columpio más bonito! —exclamé—. ¡Cómo disfrutaría un niño!

Pero allí no había niños, y noté que las mejillas, normalmente pálidas, me ardían por mi falta de tacto.

Gertrude se volvió hacia mí con una expresión emocionada.

—Sí, eso es lo que siempre he pensado yo. Y lo he dejado ahí quince… no, dieciséis años, esperando a que llegase un niño. Y ahora, milagros de la vida, quizá tengamos uno. No es seguro, pero casi.

Y, aunque apenas conocía a Gertrude y no suelo tocar a la gente, la abracé emocionada y nos quedamos así, abrazadas, unos minutos, mientras el columpio se mecía con el viento.