El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 20 de 33

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El enebro

Capítulo XX

 

 

Joan Webb, o Gay, como quería que la llamásemos, se quedó casi tres semanas más, hasta que se marchó a cuidar de una anciana que tenía un piso en Ham, no muy lejos de allí. Sus dotes culinarias mejoraron un poco con la ayuda de Charlotte, pero la casa era demasiado grande para ella, la cuesta demasiado empinada, Johnny pesaba demasiado y Bernard la desconcertaba. La casa de los Forbes, en fin, le había parecido un lugar aterrador. En su nuevo trabajo iba a cobrar mucho menos, pero dijo que le daba igual. Lo que quería era una casa, pues dentro de unos meses empezaría a cobrar la pensión. Nos confesó que no veía la hora de que le llegase la pensión, olvidando por completo que en teoría tenía cincuenta y cinco años, no cincuenta y nueve.

Poco a poco, Bernard fue mostrándose menos hostil con ella, sobre todo desde que supo que se marcharía, pero nunca le cogió cariño al pobre Burbuja, que seguía subiéndose al respaldo de los sofás y a veces aterrizaba en su cabeza. Brincaba y temblaba, ladraba y gemía, y jamás se le borraba esa temible expresión de ansia pura. Tenía un curioso reflejo verde azulado en uno de los ojos, y al mirarlo parecía que llevaba monóculo.

Bernard llevó al perro y a su dueña a su nuevo hogar. Burbuja iba sentado sobre el equipaje, en el maletero del Volvo, y no dejó de ladrar en todo el camino.

—Me alegro de que se hayan ido —dijo Bernard, sentándose en su sillón de la trastienda—. La pobre mujer mejoró un poco, pero siempre la notaba inquieta en mi presencia, hasta el último día; supongo que eran los nervios. Le encantaba hacer esos comentarios optimistas suyos, como quien saca una tarjeta de visita un poco manchada. Tenía uno para cada ocasión. ¿Sabes que Charlotte ha cedido con las señoritas y la semana que viene nos mandan una de una agencia? Se acabó ese sinsentido de comer juntos: las dos chicas comerán en la cocina cuando mejor les venga y por mí pueden vivir a base de comida española. A mí también me gusta, pero no todos los días. —Se levantó del sillón y se quedó a mi lado; yo esperaba que me tocase, pero no lo hizo inmediatamente, sino que siguió hablando de asuntos domésticos—. Charlotte va a darle una semana a la chica nueva, y luego se va. Parece que la boda la tiene alterada, hace cosas que no son propias de ella. Ya tengo ganas de quedarme con Johnny y las dos señoritas y de que las cosas se asienten y sean más o menos normales; todo lo normales que puedan llegar a ser. — Luego me abrazó y dijo—: Pero ya sabes que tú eres mi favorita. No sé qué haría sin ti.

Nos quedamos así, muy juntos, un buen rato, y pensé que ojalá durase para siempre. Cuando se estaba yendo, le pregunté:

—¿Siguen ahí las amapolas amarillas?

—¡Dios mío! —exclamó, sorprendido—. No he mirado. Se me habían olvidado.

Luego se marchó. No lo acompañé a la puerta, como de costumbre, sino que me quedé ahí quieta, pensativa. ¿Se estaría Bernard olvidando poco a poco de Gertrude?

Cuando llegó agosto cerré la tienda dos semanas, como el año anterior. Pasé la primera semana en Richmond, tanto por el bien de mi hija como para ayudar a Charlotte, que se iba a Alemania en cuestión de días y estaba hasta arriba entre compras y maletas. Volvíamos a ser amigas, aunque la verdad era que no le tenía mucho cariño: se pasaba de mandona y egocéntrica, y no poco. La cocinera y ama de casa española ya se había instalado, y en la casa había más jaleo que antes: las chicas se gritaban por las escaleras, y de la cocina salían voces roncas y carcajadas. La señorita nueva se llamaba Isabel, era varios años mayor que Catalina y tenía un novio español, camarero. Las dos trabajaban bien juntas e Isabel siempre estaba dispuesta a echar una mano con Johnny, amén de quedarse cuidando de él cuando Catalina libraba. Charlotte y yo elaboramos una lista de comidas para Bernard, que colgamos en la cocina, y al parecer la cosa fue bastante bien, aunque alguna que otra vez se quejaba del exceso de fritanga.

Fue muy diferente a mi estancia del año anterior, cuando Gertrude y yo nos sentábamos bajo el enebro, contentísimas, y hacíamos pícnics deliciosos en nuestro restaurante Arbusto Ardiente, mientras las urracas nos vigilaban desde las ramas con sus ojos astutos, y a veces el macho bajaba a picar algo de lo más inesperado: salmón, jamón ahumado o, si se presentaba la oportunidad, pollo, para nuestra consternación, pues aquello nos parecía canibalismo. Ahora yo me sentaba allí sola, simplemente para estar tranquila, la verdad. Aún había algunas amapolas amarillas a los pies del manzano; las identifiqué gracias a uno de los libros de botánica de Gertrude y supe que se llamaban Meconopsis cambrica y eran nativas de las montañas de Europa occidental, aunque a veces también crecían en los valles.

La segunda semana de vacaciones la pasé en casa con Tommy. Redecoré la tienda con ayuda de Mary Meadows y disfruté mucho de su compañía. Llevamos a Tommy al zoo de Chessington y se enamoró de un orangután con una personalidad cautivadora y una expresión de profunda sabiduría. «Me recuerda a Bernard», dijo Mary, y me molestó un poco porque sabía a lo que se refería. A veces, si el tiempo acompañaba, daba paseos en bicicleta con Tommy montada en su sillita. Hicimos pícnics en varios parques de la zona y en uno de nuestros sitios predilectos: Teddington Lock.

Antes esperaba con interés las cartas de Stephen desde Nueva York, pero ahora las dejaba en la repisa de la chimenea y pasaba días sin acordarme de ellas. Estaba todo el tiempo pensando en Bernard. Lo quería muchísimo, pero me conformaba con verlo dos o tres veces por semana y con que alguna vez nos tocásemos o nos sentáramos muy juntos. Él, claro está, no sentía lo mismo por mí, pero me tenía cariño y mi presencia parecía consolarlo en cierta medida. Además, sentía que yo era parcialmente su creación, que me había moldeado. Y era verdad: tanto él como Gertrude, ella sin proponérselo, me moldearon. En un poemario de D. H. Lawrence que me habían regalado encontré estos versos:

Y que no soy más que una llama que surge de ti. Dondequiera que te toque, nazco ardiente. Pero ¿soy yo o tú?

Eso sentía por Bernard, era como si fuese una llama. Sin embargo, yo no era una llama para él.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto a mi madre, y solo nos comunicábamos mediante nuestras ocasionales y broncas conversaciones telefónicas. Hasta que un sábado por la tarde, a finales de verano, se presentó con su Rover rojo. Iba acompañada de su sombra, el señor Crimony, cargado con paquetes que podrían ser regalos. Tommy corrió al escaparate gritando: «¡El señor Chimney viene con un montón de regalos, abre la puerta, rápido!». Yo estaba envolviendo unos platos de Crown Derby que una cliente acababa de comprar, así que le dije a Tommy que abriera ella. Se lanzó a las piernas del señor Crimony y les dio un abrazo, haciendo caso omiso de mi madre; eso la irritó, y la visita comenzó con un clima tenso que tardó un rato en disiparse.

Los regalos eran una tarta de nata esponjosa, un perro de peluche gigante para Tommy y una maceta con una fucsia para mí. Tommy estaba encantada con su regalo, un pelín vulgar, y dijo que era clavadito a Burbuja y que iba a llamarse así.

—Un nombre tonto para un perro tonto —soltó mi madre—. No me puedo explicar por qué te gastas el dinero en estas porquerías, Charlie.

Luego, a mitad del té, cuando todos teníamos las manos pegajosas por la tarta de nata, sacó un sobre de su bolso y se lo entregó a Tommy.

Ella lo abrió rompiéndolo y dijo, en tono triste: «Jo, es un librito sin dibujos», y me pasó una pequeña libreta de ahorros azul de Correos. Solo había una entrada, pero era de cien libras, cifra nada desdeñable para que una niña empezase a ahorrar. Le di varias veces las gracias a mi madre, pero Tommy no estaba impresionada y prefería, con mucho, el perro de peluche, para deleite del señor Crimony.

Después del té salimos al jardín, porque la trastienda estaba empezando a quedar en penumbra y parecía que éramos una multitud. Ese año había plantado muchas semillas de boca de dragón, y las rosas también estaban muy bonitas, sobre todo un rosal trepador blanco con una fragancia dulcísima, pero lo único que veía mi madre eran los autobuses que pasaban como flechas (solo la parte superior despuntaba sobre la cancela). Los autobuses pasaban haciendo un ruido que recordaba a las olas del mar, y los camiones rugían como leones, pero yo me había acostumbrado. Mi madre seguía trabajando en la agencia de viajes y se ofreció a buscarme un viaje barato en temporada baja, pero ya había estado de vacaciones y no me apetecía repetir.

El señor Crimony y Tommy sacaron al Burbuja de peluche a dar un paseo por el parque Green, y cada dos por tres paraban en los árboles para que pudiese levantar la pata, como Tommy había visto hacer al Burbuja de carne y hueso. En cuanto nos quedamos solas, mi madre empezó a preguntarme por Bernard. Le conté lo de Joan Webb porque pensé que se reiría, pero le sorprendió bastante enterarse de que ahora estaba viviendo solo con dos señoritas.

—Y dices que son guapas. Supongo que serán católicas, así que al menos no podrá casarse con alguna sin pasar antes por un montón de papeleo. ¿Lo ves bastante? Por más que quisiera a su mujer, no creo que se quede viudo mucho tiempo, siendo un hombre tan guapo, y encima rico. Ah, conque viene esta noche, ¿eh? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

Mi madre se demoró todo lo que pudo, con la esperanza de ver cómo era el trato entre nosotros, pero el señor Crimony empezó a preocuparse por su cena. Tenían unos arenques esperando en el frigo.

—No querrás que me los coma a medianoche. Eso es pedir a gritos una indigestión —dijo en tono quisquilloso. Así que se marcharon en el Rover rojo; y Bernard seguía sin venir.

A eso de las ocho, llamó por teléfono para decir que ya salía. Se había demorado con una crisis doméstica, pero llegaría cuanto antes. Tommy ya se había quedado dormida en un sillón, sin despegarse de su vulgar peluche. Cuando Bernard llegó, parecía desolado y nos metió rápidamente en el coche, dejando a Tommy, que seguía dormida, en el asiento de atrás.

—Isabel se ha ido —dijo en tono airado—, así que la cena no estará preparada a menos que Catalina haya hecho algo. Te cuento cuando lleguemos a casa.

—Parecía que las cosas iban como la seda con las dos chicas —respondí, lamentándolo, y no volvimos a hablar hasta llegar a Richmond. Era como si estuviésemos respirando aire cansado.

Cuando entramos en la casa, subí a toda prisa las escaleras con Marline en brazos y la acosté sin asearla ni ponerle el pijama: dormía tan profundamente, aún aferrada a su perro de peluche, que no quise molestarla. Al bajar, Bernard me estaba esperando en el vestíbulo y pasamos a la sala de estar. Me la encontré toda desordenada, y había un fuerte olor a tabaco mezclado con vino rancio, aunque una de las ventanas estaba abierta. Entonces vi los ceniceros desbordados, una botella medio vacía en la mesa de palisandro con incrustaciones y otra vacía y tumbada sobre un charquito de vino tinto.

—Asqueroso, ¿verdad? —dijo Bernard—. He vuelto a casa temprano y me he encontrado este panorama. Había tres hombres, uno de ellos un camarero al que ya había visto por aquí, e Isabel, sentados a la mesa, jugando a las cartas y bebiéndose mi preciado Château Lafite-Rothschild de 1962. El camarero llevaba la ropa de trabajo, pero los otros dos habían colgado la camisa y la corbata en el respaldo de la silla e iban en camiseta. Estaban en la sala de estar de Gertrude con sus camisetas asquerosas. Les he dicho que se marchasen de inmediato, y reconozco que no han puesto ni una objeción; uno incluso se ha disculpado por entrar en la casa sin permiso. La que ha armado más follón ha sido Isabel: ha empezado a gritarme en español y se ha puesto histérica, mientras los dos hombres se vestían tranquilamente, se despedían con una educada reverencia y salían de la casa. Parecía una película de miedo.

—Pero ¿dónde está Catalina? —lo interrumpí—. No se habrá ido ella también, ¿verdad?

Bernard parecía desconcertado.

—Supongo que sigue en su habitación. La he mandado arriba cuando Isabel estaba intentando convencerla para que se fuese con ella y el pobre Johnny se había puesto rojo de tanto llorar y de los gritos de las mujeres. El novio camarero ha hecho lo que ha podido para tranquilizarlas, y al final ha acompañado a Catalina y al niño arriba, dándoles palmaditas como si fuesen perros. Han tardado casi una hora en sacar a Isabel de la casa, y han tenido que arrastrarla hasta el coche del novio y meterla a la fuerza, como quien dice; pero luego el hombre se ha vuelto hacía mí y, con mucha calma, se ha disculpado por el vino y ha dicho que me compraría otra botella en cuanto pudiese, y nos hemos despedido de muy buenas maneras.

Fui a la cocina a preparar una cena sencilla y me encontré a Catalina, con cara de tragedia y el maquillaje corrido por las lágrimas. Se abalanzó sobre mí como una chiquilla, sollozando en mis brazos; luego fuimos a la sala de estar, abrimos los ventanales de par en par para que entrara la brisa de la noche, pusimos un poco de orden y limpiamos las manchas de vino de la moqueta. Tardamos menos de una hora en estar los tres cenando una tortilla y una apetitosa ensalada en la cocina. También nos acabamos el vino. Bernard dijo que era un exquisito caldo francés que ofrecía a los marchantes de arte más especiales y que no debería beberse en una cocina, mientras miraba a su alrededor con interés. Creo que era la primera vez que comía en su cocina.