El enebro
Capítulo XIII
Corría finales de septiembre y ya llevaba al frente de la tienda ocho meses, los más felices de mi vida. El trabajo me venía como anillo al dedo, vivía con mi hijita querida, a la que no le faltaba de nada, y tenía unos cuantos amigos, además de los Forbes. Que ya eran algo más que amigos. Influían hasta tal punto en mi vida y me habían enseñado tanto que era como si hubiese vuelto a nacer, sin buena parte de mi amargura y falta de confianza. Me habían ayudado a convivir con mi cicatriz. Casi me gustaba, como quien dice, pues había logrado dominarla. Sin embargo, aún no dominaba los sentimientos que me inspiraba mi madre. Aunque a veces la relación entre nosotras fluía un poco más, no duraba mucho. Bernard la había conocido y sabía lo difícil que era, pero Gertrude era tan amable y buena que no podía entender nuestro antagonismo: el rechazo rencoroso de mi madre y mi rabia al sentirme rechazada. Felizmente, aquella época de mi vida era tan frenética que apenas tenía tiempo para rumiar sobre nuestra relación.
No obstante, en septiembre sí que tuve una pequeña preocupación: los chiquillos, sobre todo los fines de semana. Tiraban piedras, trozos grandes de madera e incluso ladrillos a los castaños de Indias, intentando derribar las castañas verdes. Una mañana, una piedra de tamaño considerable atravesó como una flecha uno de los escaparates, con gran estrépito de cristales. No pillé a los culpables, y tuve que pasarme dos días atrapada en casa hasta que vinieron a arreglar el escaparate. El parque Green empezaba a parecer un campo de batalla, repleto de ramas rotas, ramitas y hojas. Luego, cuando las castañas empezaron a caer de los árboles, resplandecientes y perfectas, los chiquillos no les hacían ningún caso, pero me percaté de que a muchos adultos les resultaban irresistibles, y se marchaban del parque con bolsas de la compra y bolsillos a rebosar. Yo entre ellos.
Entre el escaparate y que tuve mucho trajín en la tienda pasé más de una semana sin ver a Gertrude, y cuando por fin nos vimos percibí un cambio notable. Se había vuelto aún más fantasiosa, vivía en las nubes, y había perdido su interés por el jardín, pero había retomado las acuarelas y estaba ilustrando un libro de poemas románticos alemanes. Me contó que de joven pintaba mucho y que había sentido el impulso de retomarlo. Mientras enjuagaba sus pinceles, me dijo:
—Bernard está contentísimo y me ha comprado un montón de pinturas. Cree que lo más seguro es que me quede aquí sentadita, pintando estas ilustraciones preciosas. Lo que no sabe es que chupo los pinceles. Siempre lo hacía, y me parece que es bastante peligroso, o eso me decían de pequeña.
Las ilustraciones eran ciertamente bonitas y estaban pintadas con gran pericia, y me dije que, si yo pintara así, me pasaría el día pincel en mano y no lo habría dejado tantos años. Gertrude lo hacía todo con una perfección natural, sin esfuerzo. Incluso en los últimos meses de embarazo sus movimientos seguían siendo elegantes y su andar liviano, como siempre. La cara de cansancio había desaparecido y en su lugar tenía una expresión de complacencia remota.
Estábamos en el comedor, con la mesa alargada toda cubierta de material de pintura, cuando la joven enfermera entró con una bandeja con el juego de café. Me había olvidado de la enfermera, y me preguntaba quién era hasta que Gertrude nos presentó. Se llamaba Marie. Al principio me sorprendió su acento, y cierto aire de confianza en sí misma que me resultaba familiar. Luego me acordé de las chicas australianas con que había trabado amistad en mi época de vivir en estudios; varias de ellas eran enfermeras. Gertrude se esperaba a una mujer autoritaria y quedó encantada con Marie, aunque a Bernard le parecía demasiado joven para un cometido tan importante. «Él preferiría a una enfermera sargenta mayor, con una ristra de medallas en la pechera», dijo Gertrude, soltando una risita y dando un sorbo al café. Luego dejó la taza en el plato y, después de quitarse un anillo turquesa del meñique, me lo dio.
—Es para Marlinchen —dijo, como disculpándose—. Mi abuela me lo regaló cuando era poco mayor que ella y es una tontería que siga llevando un anillo de niña. Llevo un tiempo queriendo dárselo; desde que supe que iba a ser madre, la verdad.
Me pasó el anillito dorado, una preciosidad; era un círculo de turquesas alrededor de un pequeño diamante, que parecía eduardiano. No me hacía gracia la idea de aceptarlo, pero Gertrude insistió, y no le gustaba que le llevasen la contraria, sobre todo en aquellos meses. Así pues, metí el anillo en su estuche de terciopelo oscuro y lo guardé en el bolso para dárselo a Marlinchen por su quinto cumpleaños.
Antes de que me marchase, Marie se sentó un rato con nosotras. Me causó muy buena impresión, sobre todo cuando supe que se encargaba de la mayoría de las comidas, amén de cuidar de Gertrude. Tenía entendido que, generalmente, las enfermeras esperaban que se las atendiese, pero Marie estaba dispuesta a hacer todo lo necesario para ayudar; incluso ir a comprar y sacar a la perra. La habían contratado para un mes, y luego volvería a Australia; quizá para casarse, aunque no acababa de decidirse, pues habían pasado dos años desde la última vez que vio a su novio y no tenía claro lo que sentía por él. Se escribían con frecuencia, «pero las cartas no son lo mismo que estar juntos —añadió, pensativa—. He cambiado mucho desde que estoy en Inglaterra, supongo que he madurado, y puede que él siga igual. Ya no soy virgen, por ejemplo». Y salió a toda prisa del comedor, un tanto avergonzada, con las tazas y los platillos tintinando en la bandeja.
Volví a casa para recoger a Tommy de la guardería y la encontré bailoteando de aquí para allá, impaciente, porque llegaba con retraso y la mayoría de sus compañeros ya se habían ido. A sus tres años estaba un poco mayor para la guardería. Aunque seguían yendo niños de su edad, casi todos eran de los tranquilos, a los que les gustaba quedarse sentaditos en grupos pequeños, incluso abrazados a alguno de los juguetes de la guardería. Casi nunca se los quitaban unos a otros, aunque había algún rifirrafe ocasional entre los chicos. Las fiestas de cumpleaños estaban a la orden del día.
Desde que cumplió tres años en agosto, Tommy comenzó a desarrollarse rápidamente, casi a tirones. Empezaba a contar, reconocía las letras y sabía hacer puzles sencillos solita. Su vocabulario aumentó de repente y casi podíamos tener conversaciones inteligentes. Algunas noches, cuando me veía un poco alicaída, me acariciaba la cara y decía: «¿Estás cansada, mami?», en tono amable y adulto. También se volvió más creativa, y se empeñaba en esfuerzos sencillos, como girar las llaves en cerraduras resistentes, desenroscar las tapas de los tarros, sobre todo de miel, subirse a sillas para llegar a cosas que yo no quería que tocase o abrir el frigorífico para coger lo que le apeteciera. Una vez la pillé rallando al pobre osito de peluche con un rallador de queso y me puse muy triste, pues era de esas cosas que mi madre podría haber hecho de niña. Aún recuerdo con espanto que convirtió mi queridísima muñeca en una monstruosa Frankenstein, con un brazo chamuscado y un horrendo cuerpo cuadrado. ¿Habría rallado la suave piel de su osito de peluche cuando era niña?