El enebro
Capítulo XXII
A finales de octubre, cuando al sol ya no le quedaba calor, me enteré de que la señorita Murray había muerto de una peritonitis fulminante. Mary fue quien me lo dijo, y las dos estábamos conmocionadas, pues fue ella la que nos presentó. Había sido muy amable, a su reservada manera, llevándome porcelana cuando la mercancía escaseaba y ofreciéndome consejos útiles ocasionalmente. Aunque no la veía con frecuencia, había pasado a formar parte de mi vida, y además la conocí el mismo día nevado en que conocí a Gertrude.
A los pocos días de enterarme de su muerte, recibí una carta de sus abogados diciendo que, según el testamento de la difunta Edith Murray, me había legado todos los objetos de su tienda a excepción de tres que eran para su hermano. Al parecer, solo quedaba esperar a la legalización. Al principio no podía creerme que la carta fuese de verdad, y volví a leerla antes de llamar a Mary.
Mary se alegró casi tanto como yo, y nos organizamos para recoger y almacenar todos los objetos de la tienda. Pero, para mi sorpresa, Bernard se oponía a que aceptase la herencia; pensaba que todo debía ir al hermano. Así pues, armándome de valor, llamé a los abogados para explicarles que estaba dispuesta a no reclamar los bienes si al hermano de la señorita Murray le molestaba. Ellos me garantizaron que el señor Murray no tenía el más mínimo interés en la tienda y que ya se había llevado los tres muebles, de un valor considerable, que le correspondían según el testamento, con lo que solo estaba esperando a que el local se quedase vacío para alquilarlo. Cuando se lo conté a Bernard pareció un poco molesto al principio, pero al final se echó a reír y dijo que, si al hombre le traía sin cuidado la tienda de su hermana, tenía todo el derecho del mundo a aceptar la herencia. Luego me reconoció que se había puesto un poco celoso: le habría gustado que toda fortuna que yo recibiese viniera de él. Parecía muy avergonzado por el episodio, y apartó la cara, así que le dije: «Lo único que quiero es que nos ayudemos el uno al otro en todo lo posible», y nuestras manos se rozaron un momento.
Yo me esforzaba mucho en mis clases. La profesora era una chica muy joven y en absoluto estricta. Hablaba bien inglés, por lo que no le costaba explicarme las cosas, y yo disfrutaba con nuestras conversaciones en francés. Lucie venía dos veces por semana, y después de clase solía quedarse a cenar y charlábamos de nuestra vida, amores y aspiraciones, unas veces en inglés y otras en francés, y yo notaba mi progreso cuando hablábamos con naturalidad, acabada la clase. Bernard vino una tarde para ver cómo avanzaba, pero Lucie y yo nos cohibimos y la clase no salió muy bien. Me preguntaba cuánto tendría que mejorar para que Bernard me llevase a Bruselas. Procuraba no pensar demasiado en ello, pero en mi subconsciente siempre tenía ese viaje mágico con Bernard a un lugar en que Gertrude, que yo supiese, no había estado. Unas veces íbamos en coche y otras volábamos en primera clase y bebíamos champán, pero es que en mis sueños incluso viajábamos en trineo, rodeados de bosques nevados. En contadas ocasiones viajábamos de noche, en un pequeño buque de carga, y paseábamos abrazados por las cubiertas desiertas y, cuando nos besábamos, nuestros labios sabían a sal. Pero, cuando al fin fuimos a Bruselas, hicimos el corto viaje en avión.
En realidad, fuimos antes de lo planeado, por una crisis doméstica inminente: Catalina quería casarse con su camarero, así que teníamos que viajar mientras aún estuviese ella para cuidar de los niños. No podíamos encomendárselos a la señorita May, que había dejado muy claro que ella estaba allí para cocinar y cuidar de la casa, no para cuidar de chiquillos. Es cierto que de vez en cuando daba un paseo corto con Johnny en el cochecito, y sabíamos que le echaba un vistazo si estaba profundamente dormido, pero la verdad era que le daban un poco de miedo los niños.
Fue un domingo por la mañana cuando Catalina soltó la bomba de que iba a casarse. A pesar de todo el ajuar que se había bordado, no esperábamos que lo hiciera hasta dentro de un año como poco, y ahora nos decía que su deseo era celebrar la boda en Navidad. Aunque se ofreció a seguir después de la boda si a Bernard no le importaba que su marido viviera en casa.
—Echaría una mano en las cenas que usted monta, señor Bernard, y es un fiera con los aparatos eléctricos.
Bernard se quedó mudo un momento, y luego dijo:
—Sí, eh…, sí, seguro que nos vendría muy bien; pero no creo que acabara de funcionar, aunque lo tendré presente.
Catalina sonrió.
—Vale, señor Bernard. Usted se lo piense. No padezca. —Y salió escopetada de la sala de estar.
Bernard se desplomó en el sofá y dijo:
—Pero ¿dónde aprenderá a hablar así? No en esta casa, espero. —Tiró de mí para que me sentara a su lado, acarició mi brazo desnudo con la yema de un dedo y fue como si me tocase un arcoíris, aunque para él no significara nada: solo buscaba mi atención y mi consejo—. Bella, no creerás que debo permitir que ese hombre viva en casa por el bien de Johnny, ¿verdad? Estaría por todas partes, aquí, por todos lados. Es muy activo, como un perro mal educado. Si tuviera cola, la estaría moviendo sin cesar. Tú casi no lo has visto, Bella, pero cuando no está trabajando lleva un traje marrón de cuero de imitación, y se ha rizado el pelo de una forma espantosa. —Volvió la cara, y su fina nariz pareció estremecerse, aunque quizá fuera cosa de mi imaginación.
—Bernard, no te tortures —le dije—. Pues claro que no tienes por qué meter a ese hombre en casa. Por Dios, ¡puede que hasta te cogiese los trajes!
—Por suerte no le vendrían —dijo en un tono más tranquilo—. Al fin y al cabo, aún quedan unas seis semanas para que Catalina se vaya. Vamos a ver qué puede ofrecernos la señora Vic.
Uno o dos días después, Bernard pasó por la tienda de camino a casa. Yo estaba subida a un taburete para alcanzar algo colgado en lo alto del escaparate, y se quedó fuera observándome. Cuando acabé, entró y, bajándome del taburete con un abrazo, me plantó un beso en los labios con mucho amor, aunque todas las luces de la tienda estuviesen encendidas. Pasamos a la trastienda; Tommy estaba en la mesa, cenando un pastel de manzana y bebiendo leche —esa noche era de color rosa— en un vaso de tubo retorcido.
Bernard le dio un besito en la coronilla rizada y dijo:
—Si mami se va unos días de vacaciones conmigo, ¿te apetece quedarte en Richmond para ayudar a Catalina a cuidar de Johnny?
Tommy escupió la leche y dijo:
—Claro que sí, me apetece siempre.
Era la primera vez que le volvía a oír hablar del viaje a Bruselas. Al parecer, Bernard tenía que reunirse allí con varias personas importantes la semana siguiente, y acababa de decidir sobre la marcha que nos iríamos inmediatamente.
—En cuanto a tu francés, puede que tengas un acento singular, pero es fluidísimo, me has sorprendido. —Luego insistió en darme un cheque de cien libras para que me comprase lo que necesitara; un vestido, quizá—. Esta gente de Bruselas es muy formal, no exagero, y esperarán que tú, como protegida mía que eres, vayas bien vestida. Confío en que no te aburran.
Y yo, movida por todo aquel entusiasmo, me emocioné mucho y respondí:
—Querido Bernard, yo nunca me aburro si estoy contigo.
Nos marchamos el martes siguiente y, aunque el viaje no se parecía demasiado al de mis sueños, era muy agradable volar en primera clase, sentada al lado de Bernard mientras él trabajaba, no muy en serio, y planeaba el itinerario de nuestra visita, que solo duraría cinco días. Una parte del tiempo la pasaría en compañía de una secretaria que me llevaría a museos y galerías, mientras Bernard estaba en las reuniones más serias.
Los cinco días pasaron volando; no las noches, sino los días. Me presentaron a la gente como la protegida de Bernard y parecí gustarles. Era de esos días en que estaba guapa y radiante de felicidad, y creo que la gente percibía ese resplandor en mí y se le contagiaba la alegría. Ocurrió lo mismo en las fiestas: parecía que todo el mundo quería hablar conmigo, y ahí estaba yo, como una abeja reina, con Bernard a mi lado. Pero lo perfecto eran las noches; o casi perfecto: Bernard tenía ciertas reservas hasta en la cama, y siempre fue así en nuestra relación. Yo nunca debía ser quien diese el primer paso; podía responder a su pasión, pero nunca tomar la iniciativa. Eso era lo que él quería, y para mí todo lo que él quisiera era perfecto. El mero hecho de estar con él representaba la felicidad pura. Cuando salimos de nuestra habitación de hotel por última vez, le dije:
—Bernard, cuánto me odiaría el Movimiento de Liberación Femenina si supieran lo que siento por ti.