El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 6 de 33

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El enebro

Capítulo VI

 

Cuando los Forbes volvieron de Devonshire, Gertrude parecía un poco cansada, y sus grandes párpados cubrían la mitad de esos ojos preciosos, dándole un aire de muñeca. Aseguraba que la vida de hotel no le decía nada y que había echado de menos su jardín. El jardín estaba particularmente bonito. En la zona silvestre que Gertrude llamaba «el bosquecillo» o «la espesura», el follaje era aún más denso y las ramas verdes estaban muy entrelazadas. Los pájaros cantaban hasta que los árboles resonaban y la última flor caía al suelo musgoso, verde y azul. A primera vista, lo azul me parecieron campanillas, pero en realidad eran vincapervincas silvestres, que crecían en abundancia. Yo nunca las había visto crecer así, pero Gertrude me dijo que a veces pasaba en el extranjero, y que las de su jardín silvestre venían de unas plantas que su madre había traído de un bosque español hacía varios años. Nos sentamos en el banco que había bajo el enebro, y ella arrancaba sus hojas tiernas con forma de aguja y las mordisqueaba mientras hablábamos plácidamente. Estábamos muy contentas de volver a estar juntas. Bernard se acercó unos minutos, pero no se quedó mucho tiempo y se negó a sentarse con nosotras. Él prefería la zona cuidada del jardín. Además, un par de urracas ruidosas que habían construido un curioso nido abovedado en un árbol cercano lo echaron, como quien dice. Gertrude las miró, sonriendo.

—Sé que son unas ladronas y roban los huevos de los otros pájaros, y me parece que también los polluelos, pero me encantan, no puedo evitarlo; son elegantísimas, y hasta me gusta su cotorreo idiota. Me daría pena que mis queridas elsters dejasen de anidar aquí.

Gertrude no tardó en recuperarse de sus vacaciones no deseadas, pero a medida que avanzó el embarazo fue saliendo menos de casa. Recibía algunas visitas, pero ya no podía ir a ver a sus amigos, y los sábados por la tarde Bernard venía solo a la tienda. Lo mismo ocurría con el teatro y el cine: a ambos les encantaban sus salidas, casi semanales, pero ahora Bernard tenía que ir solo o llevarnos a Charlotte o a mí. Gertrude se quedaba en casa cuidando de Marlinchen con mucho gusto, mientras yo salía a divertirme con su marido. Llevaba más de tres años sin ir a ningún sitio, y me chiflaba ir al teatro, leer las reseñas y elegir las obras que quería ver. Luego intentaba consensuar mi decisión con Bernard y, si no le parecía buena, solía acabar disuadiéndome. Los conciertos se los dejaba a Charlotte, pues yo sabía muy poco de música e incluso Bernard, al que le encantaba impartir conocimientos, era incapaz de soportar mi ignorancia.

La tienda seguía yendo viento en popa y con las comisiones que ganaba me compré un vestido muy bueno para las ocasiones especiales, que en aquella época abundaban. También me compré unos zapatos cómodos y elegantes de casi cuarenta libras. Me parecía una fortuna, pero una fortuna bien invertida por lo cómodos y bonitos que eran. De vez en cuando iba a la peluquería, solo para que me lo cortasen, pero se empeñaban en hacerme otras virguerías y a veces, al volver a casa, tenía que meter mi carísima cabeza debajo del grifo, sobre todo si Bernard iba a llevarme al teatro. «Dios mío, ¿qué te has hecho en el pelo?», decía, y yo me avergonzaba tanto que me fastidiaba la obra. A los hombres que iban a la tienda sí que les gustaba, y solían invitarme a salir, pero nunca acepté, a excepción de algún almuerzo ocasional en el pub. De hecho, los anticuarios empezaron a ser una molestia, pues se pasaban por la tienda más de la cuenta y en algunas ocasiones hasta se entrometían mientras estaba atendiendo a un cliente. Ellos creían que me ayudaban, pero estaba deseando que se marcharan. Mi mejora física no era lo único que me hacía más atractiva, sino también la felicidad y una confianza que no había tenido hasta entonces. Me resultaba harto sorprendente despertar por las mañanas con toda esa alegría e interés por la vida.

Pero había una sombra que, en la medida de lo posible, recluía en lo más hondo de mis pensamientos: mi madre. Para mí, la pobre mujer era una especie de hada malvada. Sin embargo, no podría decirse que fuese un problema: no intentaba entrometerse en mi vida; parecía relativamente satisfecha con la suya. En su momento sentí un enorme rencor contra ella, pero ya casi había desaparecido, y lo que ahora sentía era sobre todo lástima. Una mezcla de lástima y miedo.

Una tarde, mientras cambiaba el escaparate, reparé en un cochecito azul oscuro horrendo que había aparcado enfrente de la tienda, y acto seguido vi al señor Crimony poniéndose un sombrero gris de fieltro y ayudando a mi madre a bajar del coche. Cerró las puertas con sumo cuidado y cruzó la calle agarrándola de la mano con gesto posesivo. Yo ya me había acercado a la puerta para girar el cartel de «Abierto» a «Cerrado», y me quedé esperándolos.

—Pues aquí estamos —dijo mi madre con voz nerviosa—. Reconozco que es una tiendecita muy bonita. Mejor de lo que me esperaba, aunque es muy pequeña. ¿De verdad la gente compra estos chismes?

El señor Crimony se quitó el sombrero de fieltro gris, con el ala ancha y una cinta negra. Parecía manchado de grasa y daba un poco de asco. Lo colocó sobre un busto de yeso de Beethoven y, después de inclinarlo ligeramente, dijo:

—Pues claro que sí. Son antigüedades. Mi tía tenía cosas por el estilo en su vieja casa de campo, pero las tiramos cuando murió. A nosotros nos parecían basura, aunque luego nos enteramos de que valían una pequeña fortuna. Recuerdo una cama de latón, y un sofá de crin resbaladizo, y otras cosas cubiertas con campanas de cristal, porcelana y demás. Había un piano rectangular que a todos nos recordaba un ataúd sobre caballetes, y un pez disecado que su padre había pescado en el año de la polca.

El señor Crimony movía su enorme brazo de manera peligrosa, así que los apremié para que pasasen a la trastienda, y la boca de mi madre se curvó de disgusto al comprobar que comía, cocinaba y descansaba en el mismo espacio.

—Entonces ¿esto es lo único tienes? —preguntó, mientras yo ponía el hervidor al fuego.

—No, hay dos habitaciones perfectas en el piso de arriba, pero mejor nos quedamos cerca de la tienda. El caso es que me gusta estar aquí.

El señor Crimony, que se esforzaba por ser agradable, echó un vistazo a su alrededor y dijo:

—Qué aparador más bonito tienes ahí, Bella. Y esos platos son preciosos. Annie, ¿has visto el aparador?

Mi madre se animó:

—Sí, hay cosas muy bonitas entre tanta porquería, claro que a esto es a lo que se dedica. —Luego, dirigiéndose a mí, añadió—: Reconozco que es muy acogedor. —Y parecía estar cómoda, como en casa, en el sillón capitoné victoriano, esperando a que su hija, perdida desde hacía mucho tiempo, le llevase una taza de té.

Yo no quería quebrar la paz, pues apenas la había habido entre nosotras, pero sentí que iba siendo hora de hablarle de Tommy-Marline. Tendría que ir a recogerla a la guardería dentro de un rato. Mi madre dejó su taza y dijo, en tono sosegado:

—Qué bonita, ¿eh? Supongo que está pintada a mano. —Y, mirando la escalera de caracol que subía al piso de arriba, añadió—: Me gustaría ver el resto de la casa, ya que estoy aquí. Si no es molestia, claro.

Así que subimos juntas, y primero entramos en el cuarto que usaba como dormitorio. Tenía unas buenas vistas al parque Green, con sus castaños y los autobuses rojos pasando como flechas, medio ocultos por las hojas frescas y radiantes. Ahora que la había redecorado, la habitación estaba muy bonita. La cama turca y el hueco donde dejaba la ropa estaban cubiertos con una tela india roja y blanca con pavos reales estampados; había un elegante y antiguo escritorio debajo de la ventana, donde llevaba la contabilidad de la tienda; y una estantería empotrada y anaqueles para la porcelana, de Staffordshire en su mayoría. Era la habitación más personal que había tenido en mi vida, y pregunté, con voz alegre:

—¿Te gusta, mamá?

Levantó la tela que cubría mi ropa.

—¿Solo tienes esto para dejar la ropa? ¿Por qué no te compras un armario o algo así? En casa tenías uno empotrado precioso, ¿te acuerdas? El señor Crimony guarda ahí todos sus trajes y le sobra espacio. No digo que no sea una habitación bonita. La has dejado muy mona, para lo que es, pero yo de ti me pensaría lo del armario.

Salimos al pequeño rellano y abrí la puerta de la otra habitación. El sol de la tarde la inundaba, bañando la camita, los juguetes, los animales del arca de Noé desperdigados por el suelo y el enorme osito de peluche en lo alto de la trona, ya en desuso. El sol iluminaba el cuarto de mi hijita como si fuera un escenario.

Mi madre se tambaleó literalmente. Yo sabía que la gente podía tambalearse de la conmoción, pero nunca lo había visto con mis propios ojos. Se quedó sobre los talones y, si no la hubiese agarrado, se habría caído por las escaleras. Se zafó de un empujón y gritó:

—Charlie, sube.

Charlie subió por la estrecha escalera de caracol a trompicones, pues sus pies no cabían en los peldaños. Dejamos el rellano y entró con nosotras en la habitación bañada por el sol.

—Pero, bueno, ¿qué pasa? —soltó—. No está nada mal.

Mi madre le clavó las uñas como un gato desquiciado.

—Pero ¿no ves que es una habitación de niño, tontaina? Tiene un niño escondido en algún sitio. —Miró por todas partes con ojos frenéticos, y se disponía a apartar la cubierta de la camita.

Intentando controlarme, dije, en un tono que esperaba que sonase tranquilizador:

—Descuida, tu nieta está en una guardería al otro lado del parque Green. De hecho, ya casi es hora de ir a recogerla. ¿Te apetece que vayamos juntas? Es un momento.

Le tendí la mano, confiando en que la cogiese, pero me dio un golpe en la palma, luego una bofetada, y gritó:

—¡So insensata! ¡Podrías haber abortado! No me sorprende que hayas estado escondida todos estos años. Charlie, llévame a casa.

Bajó las escaleras tambaleándose y el pobre Charlie la siguió a trompicones. Desde la ventana de arriba los vi montar en su cochecito horrendo y marcharse; luego fui a recoger a Tommy. Llevaba las manos llenas de mariposas de papel que habían hecho en la guardería.