El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 23 de 33

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El enebro

Capítulo XXIII

 

En Bruselas dejamos a Gertrude atrás de verdad, no sentí la más mínima sombra de ella, pero cuando volvimos a Inglaterra su amable presencia nos estaba esperando, o eso me pareció. Bernard decía: «No creo que a Gertrude le parecieran bien estos monos que lleva Johnny. Parece un mecánico», o, hablando con la señorita May: «Preferiría que no cocinase bacalao hervido, señorita May. A mi mujer no le gusta». A la señora Hicks le pidió que cambiase las cortinas de «la habitación de la señora», e incluso que llevara «la bata de la señora a la tintorería». La suave bata azul estaba colgada detrás de la puerta, pero las demás prendas de Gertrude seguían guardadas en grandes armarios con cajones y percheros, y su joyero estaba cerrado y guardado en algún sitio. La señora Hicks y yo, corriendo un riesgo enorme, osamos despejar el tocador de Gertrude quitando sus cosméticos sencillos, pero caros. Los tuvimos un mes guardados en un cajón de la cocina y, como Bernard no pareció echarlos en falta, la señora Hicks se los llevó a su casa, para su hija pequeña, a la que no le hicieron «ni fu ni na» y que los tiró a la basura.

Una de las primeras cosas que hice a mi regreso fue visitar la agencia de la señora Vic, de donde volví con una lista de cinco candidatas para cuidar de Johnny. Estaba la típica niñera anciana, la chica sin práctica y con hijo, y tres jóvenes con experiencia que parecían muy prometedoras: una de ellas era holandesa, y pensé que eso podría gustarle a Bernard. Pero esa tarde, cuando le enseñé la lista, echó un vistazo y dijo que no le valían. Gertrude no les habría dado el visto bueno. Luego me pidió que hiciera la única cosa que no era capaz de hacer ni siquiera por Bernard: dejar la tienda para cuidar de la familia y la casa de los Forbes. Tuvimos una señora discusión al respecto, que acabó con Bernard reconociendo que era un bruto egoísta y quedándose a dormir conmigo. Fue casi igual que en Bruselas, aunque no del todo, porque yo también me sentía una bruta egoísta y esperaba tener la fuerza de voluntad para seguir siéndolo.

Al final, Bernard eligió a la chica holandesa para cuidar de Johnny. Se llamaba Greta y hablaba un inglés perfecto, de manera que el pobre chiquillo no tuvo que aprender un tercer idioma, habida cuenta de que hablaba más español que otra cosa, aunque su vocabulario aún era muy limitado. Johnny pasó casi quince días al cuidado de las dos jóvenes, cariñosas y permisivas, hasta que Catalina se volvió a España con su novio y se quedó a solas con Greta, cosa que no le gustó en absoluto. Marline y yo éramos las únicas que sabían consolarlo. Podía estar unos minutos con Bernard, pero luego el labio inferior empezaba a temblarle y estiraba los brazos buscándome. Yo pasaba todo el tiempo posible con él, pero no quería desatender excesivamente la tienda, sobre todo porque se acercaba la Navidad, la fecha con más trajín. Johnny fue haciéndose a Greta poco a poco, y su relación con su padre mejoró. Bernard también le dedicaba todo el tiempo posible, y ya casi nunca se acercaba a verme de camino a casa. Marline y yo seguíamos pasando los domingos y buena parte de los lunes en la casa de Richmond, y yo disfrutaba hasta cierto punto del lujo y los largos paseos con Bernard, pero allí nunca teníamos intimidad. Bernard parecía esquivarme en cuanto me acercaba lo más mínimo.

A principios de primavera pasó algo extraño: los gemelos de oro de Bernard desaparecieron del tocador. Llevaban ahí varios días, porque estaba poniéndose otros gemelos victorianos que le había regalado por Navidad, y de repente los de oro se esfumaron. No faltaba nada más. Al principio pensamos que la señora Hicks o la señorita May los habrían tirado sin querer con el plumero que tanto les gustaba usar, así que movimos los muebles y buscamos por el suelo, y también dentro del limpiamoquetas y en la asquerosa bolsa del polvo, pero solo encontramos alfileres y clips. Como ya no se produjeron más desapariciones misteriosas, casi nos habíamos olvidado de los gemelos cuando encontré uno en el enebro, en el jardín silvestre de Gertrude. Ahora que hacía más calor, a veces iba a pasar un rato en el banco. Había estado allí el día anterior y no había visto ningún destello dorado bajo el sol de primavera; sin embargo, ahora lo veía reflejarse en un objeto dorado que colgaba de una ramita, como un ornamento del árbol de Navidad: el gemelo de Bernard. Lo cogí y lo examiné de cerca: no tenía ni un rasguño; luego busqué su pareja, pero no vi más destellos dorados, solo a las urracas cotorreando en lo alto del cerezo, al lado de su nido abovedado. Cuando le enseñé mi hallazgo a Bernard, se empeñó en coger una escalera y subir a buscar el otro gemelo en el nido de las urracas. Sin embargo, por una vez cambiaron las tornas, y fui yo quien dije: «A Gertrude no le gustaría que molestasen a sus urracas en esta época del año; puede que hasta se marchen. Espera hasta otoño», y él aceptó a regañadientes.

Con el tiempo, Bernard fue queriendo más a Johnny, y Johnny a él, pero también a Marline. Los niños solo pasaban juntos el fin de semana y lo aprovechaban al máximo, por lo que a veces Bernard se sentía un poco abandonado. Aunque, por otro lado, yo también me sentía abandonada por él.

Llegó el segundo cumpleaños de Johnny, lo cubrimos de regalos caros y apagó las dos velas de su tarta de un soplido, y todos coincidimos en que era un buen presagio para el futuro. Tres días después, le dio un mordisco a Greta en el brazo mientras forcejeaban por algo y ella respondió con una bofetada. Yo no estaba cuando pasó, pero Bernard, en la habitación de al lado, entró a toda prisa; se encontró un follón enorme, por lo que me dijo, y Greta le presentó su dimisión. Bernard llegó muy tarde esa noche para contármelo. Decía que no quería dejar a Johnny hasta asegurarse de que se había quedado profundamente dormido.

—¿Crees que habrá estado pegándole todo este tiempo a mis espaldas? — preguntó, abatido—. Siempre me ha parecido que se llevaban bastante bien.

—Por una torta puntual no se acaba el mundo —dije—, y cuando cogen la mala costumbre de morder hay que hacer algo. Greta es un poquito fría, pero no es mala cuidadora. Creo que es una auténtica pena que se vaya.

Bernard se levantó de repente, parecía que iba a abalanzarse sobre mí, y dijo, casi gritando:

—No se me da nada bien esto de ser padre soltero y ya no lo aguanto más. No es justo para Johnny, no digamos ya para mí. Bella, vas a tener que casarte conmigo.

No habló de amor, solo dijo: «Bella, vas a tener que casarte conmigo». Yo me negué.

Mary pasó por la tienda unos días después; nos sentamos en unas sillas estilo Regencia un tanto precarias y bebimos café instantáneo mientras hablábamos de lo descabellado que sería que me casara con Bernard. «Lo perderías absolutamente todo: tu libertad, la tienda y tu personalidad», dijo Mary con mucho énfasis, y yo coincidía con ella. Tommy y yo éramos libres como el viento, pero, si viviésemos con Bernard, tendríamos que amoldarnos a sus normas. No podría quedarme remoloneando en la cama los domingos por la mañana leyendo mi horóscopo en The Sunday Express, con Tommy acurrucada a mi lado. Perdería algunas amistades, como los alegres anticuarios con los que a veces me iba de copas y los simpáticos clientes que me traían flores de su jardín; gente poco importante, pero amable. Le conté a Mary lo estricto que era Bernard conmigo en su casa. ¿Sería siempre así si me iba a vivir allí con él? ¿Tendría que ser la niñera permanente del mimado Johnny, y quizá también cocinera y ama de casa? Éramos incapaces de encontrar un buen motivo para que me casara con Bernard, salvo el lujo de poder darme un baño todos los días. Incluso mi amor profundo por él era una desventaja, pues él no sentía lo mismo por mí. Mary había venido para repasar las cuentas de la tienda conmigo, pero esa mañana no trabajamos muy en serio. Yo estaba medio riendo, medio llorando, y las cifras no me decían mucho. No me acordaba de por qué había tanto dinero suelto en septiembre ni de cuánto había costado cambiar la pata de un sofá. Le dije:

—Ay, Mary, a veces me llama Bel-Gazou.