El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 7 de 33

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El enebro

Capítulo VII

 

Ese fin de semana no vi a los Forbes. No vi a nadie salvo a los clientes que entraron en la tienda. Ah, y a la señorita Murray, pero no pude hablar con ella tranquilamente. Se había mostrado muy amable las pocas veces que había coincidido con Tommy, pero era evidente que no quería tener ninguna relación con ella. Parecía temer que la enredase para hacer de niñera o algo por el estilo, aunque jamás se me habría pasado por la cabeza. Le daría un ataque si a un niño se le cayese un tazón de leche en su moqueta; o, aún peor, si el chiquillo no le dejase muy claro que necesitaba el orinal. La señorita Murray era mucho más amable de lo que parecía, pero una no podía contarle sus confidencias ni las cosas que había dicho y hecho su madre.

Luego el señor Crimony volvió a pasarse sin avisar, como de costumbre. Lo vi apearse de su cochecito horrendo por el escaparate, pero no le abrió la puerta a mi madre porque no había venido. Le dio un golpecito al cristal de la tienda con un objeto metálico que me pareció una lima de uñas, pero que resultaron ser las llaves del coche. Yo ya había echado el pestillo y girado el cartel a «Cerrado», pero siguió dando golpecitos hasta que me puso tan nerviosa que le abrí.

—¿Vamos a la trastienda? —dijo con voz fúnebre—. Veo que está cerrado.

Comprendí que, para él, el cartel era importantísimo, como el de «No pisar el césped» o algo así. Para mí no significaba nada, pues lo cambiaba a menudo, y había otro que decía «Vuelvo dentro de 10 minutos» y al que recurría con mucha frecuencia.

Pasamos a la trastienda, que ese día estaba en penumbra a pesar de ser casi verano; los platos preciosos del aparador apenas se veían. El señor Crimony se dirigió al sillón de capitoné victoriano, pero luego lo cambió por un incómodo sillón gótico que ya estaba vendido y a la espera de que pasaran a recogerlo. Dejó en la mesa los guantes de conducir y el sombrero, esta vez un bombín, y dijo con voz grave:

—Bella, te preguntarás qué hago aquí. Entiendo que no quieras verme después de lo que te dijo tu pobre madre, pero fue una conmoción, una terrible conmoción para ambos, sobre todo para tu madre, enterarnos de que tenías una criatura de la que nadie sabía nada. Dijiste que era una chiquilla, ¿no? ¿Qué hay de su padre? No estás casada, ¿verdad? —Yo negué con la cabeza, y añadió—: Ya, nos lo habíamos imaginado.

Siguió haciéndome preguntas impertinentes y respondí algunas con un gesto de la cabeza. Se comportaba como si fuese un pariente o alguien con autoridad, y transcurridos unos diez minutos de interrogatorio se lo dije, y añadí:

—Si mi madre quiere saber algo de mi hija, puede preguntármelo directamente.

Su labio inferior se curvó y, en tono lúgubre, dijo:

—Eso no va a hacerlo, ya te lo adelanto. Si es que no conoces tu propia historia, hija. Conozco a tu madre desde hace casi cuarenta años. Nuestros padres eran amigos, sobre todo mi padre y el suyo. ¿Sabías que tu abuelo también fue comerciante de carbón en su día, como mi padre? Luego se pasó al comercio de madera, y no se le ocurrió otra cosa que establecerse en Pimlico, así que dejamos de verlo con frecuencia. Pero seguíamos yendo juntos de vacaciones, y recuerdo a tu madre, Annie, escalando por las rocas y subiendo acantilados; era una joven intrépida, y también nadaba muy bien. Era siete años menor que yo y me hacía sentir una vergüenza indecible. Además, hablaba francés. Lo había aprendido de su madre, que, como sabes, era medio francesa, y como me daba envidia me burlaba de ella, así que nos peleábamos cada dos por tres. Por aquel entonces ya tenía ese mal genio.

Guardó silencio y se encendió un cigarrillo, aunque habitualmente no fumaba y ni siquiera llevaba cerillas en el bolsillo. Yo le había pasado la cajita de la cocina sin decir palabra. Era incapaz de hablar porque estaba suplicando en silencio, una y otra vez: «Por favor, Dios, que Crimony no sea mi padre».

Luego siguió divagando:

—Cuando tu abuelo murió y dejó a tu familia en la ruina (siempre dijimos que le habría ido mejor de haber seguido con el carbón; la madera no era lo suyo), volvieron a Kilburn y se las apañaron como buenamente pudieron. Tu tío Ted consiguió un trabajito decente en una aseguradora y tu madre se hizo alumna-profesora del colegio en el que luego se quedó tantos años. Era profesora de educación física y francés, y creo que al principio le gustaba mucho dar clase. Entonces le encantaba el tenis y jugaba en las pistas del Swiss Cottage. Yo iba con ella algún que otro sábado por la tarde, pero no estaba en su grupo. El dueño de las pistas le daba muchas clases y no le cobraba ni un penique. Creía que podría convertirla en una estrella, como lo oyes.

Paré de rezar un momento y dije:

—Pues qué raro que no me dejase jugar nunca. Recuerdo que en el colegio quería, y quizá me hubiera venido bien para bajar un poquito de peso.

El señor Crimony me clavó sus ojos azul claro y nos miramos fijamente.

—No me sorprende que no quisiera que empezaras a jugar al tenis, porque ella tuvo que dejarlo por ti. A Annie le dolió mucho aquello. Mucho.

—Ahora que lo dices —respondí—, las estrellas de tenis no suelen tener hijos, a diferencia de las actrices. Si eso era lo que quería, ¿por qué se casó?

Los ojos claros de Crimony me miraron con aún más intensidad, y pensé: «Ahora viene lo gordo». Se encogió de hombros y refunfuñó, como un viejo perro gruñón.

—Esto te va a impactar: te concibieron antes del matrimonio. Tu madre, con la que yo esperaba casarme, tuvo una relación, como una ramera cualquiera, con un hombre al que apenas conocía, con el que jugaba al tenis. Tardó cuatro meses en convencerlo para que se casara con ella, cuatro meses de calvario. Su hermano Ted lo tumbó de un puñetazo, pero aquello no ayudó mucho. La cuestión es que la familia de él se oponía; creían que Annie no estaba a su altura. Acabaron cediendo y se celebró una boda discreta, en un registro civil, creo. Yo no fui, huelga decirlo. Pasaron al menos seis años hasta que volví a ver a Annie, y para entonces ya estaba casado.

En mi fuero interno, dije: «Gracias, Dios, gracias porque no soy hija de Crimony», y en cuanto acabé de dar las gracias al Señor empecé a reírme, sin parar. No era una risa de alegría, pero me sentó bien, y cuando miré al señor Crimony, en su sillón gótico, lo vi temblando con una especie de carcajada, o quizá de llanto. No veía el momento de que se fuera de mi casa para poder pensar en mis padres; ahora se aclaraban muchas cosas. Abrí la boca para decir: «Quizá sea mejor que se vaya, señor Crimony», pero dije:

—¿Le apetece una copita antes de irse, señor Crimony? Tengo un poco de jerez en el aparador. —Y fui a la tienda por dos vasos.