El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 31 de 33

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El enebro

Capítulo XXXI

 

Estuve en coma un tiempo: varios días, según me contaron. Luego vino un período aterrador en que no dejaba de gritar, pero era incapaz de articular palabra, no sabía dónde estaba, ni siquiera quién era. En ocasiones, cuando se me pasaba el efecto de los fármacos, pensaba que quizá estuviese en el purgatorio. A menudo veía siluetas amenazantes inclinadas sobre mí, y al principio sus voces me perforaban los oídos; era como si estuviesen gritando por un megáfono. A veces venía gente a la que en algún momento conocí, aunque no recordaba quiénes eran. Más tarde, una enfermera me contó que la primera vez que hablé con claridad fue cuando Bernard estaba al lado de mi cama. Aunque no lo reconocía, algo se torció en mi cabeza y le dije:

—Preferiría estar casada con un zorro antes que contigo.

Un disparate, pero era un primer paso.

El peor paso fue cuando recuperé la memoria, al principio muy borrosa, luego espantosamente nítida. Llamé a la enfermera y dije que tenía que hablar con alguien de Johnny; estaba preocupadísima por él. Luego vino una mujer muy comprensiva, que se sentó a mi lado y me dejó hablar todo lo que quise, tomando notas mientras me escuchaba. Al cabo de un rato comprendí que era policía. Tenía una copia de la carta que le había escrito a Bernard y me preguntó si todo era verdad. Quería saber por qué le tenía tanto miedo. Le dije que todo era verdad, aunque estaba muy trastornada cuando la escribí, y que había enterrado al pobre Johnny para ocultarle el cadáver a Bernard, hasta que acabé destrozándome. Intenté explicarle lo obsesionado que estaba por su hijo, como si fuese su esposa fallecida. Habida cuenta de mi estado mental, era incapaz de decirle que su hijo estaba muerto porque había dejado la tapa del baúl abierta. Pero es que, aunque hubiese muerto de otra forma, no habría podido decírselo a Bernard; habría preferido, con mucha diferencia, morirme yo.

Más tarde vino a verme otro policía, que me hizo las mismas preguntas una y otra vez, aunque reconozco que los agentes fueron amables: al menos no parecían creer que hubiese asesinado a Johnny. Por lo que no dejaban de preguntarme era por el enterramiento ilegal. No tuve que presentarme ante el juez forense ni ante un juzgado de guardia, pues decían que no estaba en condiciones de defenderme, pero se decidió que ingresara en un hospital psiquiátrico. Era mejor que ir a la cárcel, y necesitaba tratamiento de verdad. No solo por la depresión y la desesperación que me atenazaban cada cierto tiempo, sino porque tenía la cabeza tan confusa y magullada que no podía concentrarme. Alguien se encargó de que recibiese The Times todos los días; me gustaba hojearlo, pero era incapaz de leerlo. Se planteó la posibilidad de recurrir a la TEC, pero mi madre y Bernard se opusieron y, cuando descubrí

lo que era[5], me alegré de haberme librado de una experiencia tan desagradable.

A veces tenía alucinaciones, quizá por los fármacos que me daban. Veía a Johnny balanceándose en su columpio, adelante y atrás, dentro de mi habitación; lo llamaba, pero él no paraba, y seguía viéndolo aunque cerrara los ojos. También estaba la mujer impermeable, que solo se me aparecía por las noches. Medía un metro, estaba hecha de impermeables de plástico enrollados y, aunque no tenía ojos, unos botones colocados estratégicamente formaban una especie de cara. Salía de debajo de la cama y correteaba de aquí para allá, como si estuviese muy atareada barriendo los rincones de la habitación, aunque no parecía tener escoba (ni manos, dicho sea de paso). Ante el más mínimo ruido volvía a esconderse a toda prisa debajo de la cama, pero yo tenía la sensación de seguir oliendo a plástico. Durante un tiempo se me apareció casi todas las noches, y la veía incluso en la oscuridad.

Mi madre venía a verme con frecuencia. Al principio no sabía quién era, pero desde que la reconocí hablamos largo y tendido, aunque yo no lo asimilaba todo y a veces me adormecía mientras me hablaba. Marline se estaba quedando en su casa y se llevaban «a las mil maravillas», según me dijo. Estaba planteándose vender su casa con todos los muebles y vivir en otra completamente distinta.

—No sé dónde, pero tiene que ser distinta. Cuando te mejores, quizá puedas ayudarme. Eso sí, nada de antigüedades. Quiero que todo sea moderno y muy sencillo: cachivaches, ninguno, no sé si me explico.

Mary vino con una maleta llena de las prendas idóneas para una enferma mental. Había pasado por la casa a recogerlas. Me dijo que tuvo una larga conversación con la señora Hicks, quien, a pesar de estar abatida y traumatizada, se las apañaba para «cuidar del señor» sin ayuda. También habló con Peter, que había declarado ante el juez forense.

—Habló muy bien de ti. Todos dijimos que eras una madre muy cariñosa, incluso Bernard, que también reconoció haberte desatendido. Ay, cariño, no te tendría que contarte estas cosas. Me advirtieron de que no lo hiciese.

—No pasa nada —dije, limpiándome las lágrimas—. Pero lo siento por Bernard. Que haya tenido que declarar ante el juez, encima de todo… Por no hablar de la publicidad. Es un hombre muy orgulloso.

Mary se encogió de hombros.

—Sobrevivirá —dijo, en un tono bastante frío, antes de preguntar si había venido a verme.

—Desde que estoy mejor no. Creo que no lo soportaría. Pero tiene largas conversaciones con el psiquiatra, y mi madre lo ha visto una o dos veces. Supongo que hablan de mí. Mary, ¿crees que podré volver a ser una mujer normal, independiente, capaz de tomar decisiones? Mi madre quiere que la ayude a buscar casa. A mí me gustaría.

Cuando Mary se marchó, me tumbé en la cama, envuelta en la bata, y miré por el tragaluz. Solo se veía el cielo cambiante y una bandera raída y descolorida ondeando en su asta; estaba tan desgastada y desteñida que recordaba a unas bragas de anciana. Creo que la ventana tenía rejas.

Al día siguiente me llevaron con mis dos maletas de ropa a un psiquiátrico a las afueras de Londres. Solo algunos pabellones tenían rejas en las ventanas, y la mayoría de los pacientes eran libres, al menos los que yo conocí. Sufrí una pequeña recaída al poco de llegar y tuvieron que volver a medicarme, pero al cabo de una o dos semanas me fui notando mejor y poco a poco empecé a salir de mi habitación, al principio acompañada de una enfermera y luego cuando me apetecía. En las salas comunes había televisiones, pero después de pasar unos minutos delante de la pantalla me notaba confusa, entre otras cosas porque algunos pacientes hacían ruidos extraños mientras la veían. Prefería el transistor que me había traído mi madre, y lo escuchaba muchísimo, sobre todo conciertos y obras de teatro.

Mi madre se estaba convirtiendo en la mejor persona del mundo, y parecía quererme mucho más ahora que estaba un poco tocada; quizá hubiera sido demasiado independiente hasta entonces. Nos llevábamos tan bien que hasta nos gastábamos bromas. Vivir con Marline parecía haberle ablandado el corazón. Decía que le encantaba estar con ella, que le había renovado el interés por la vida. Yo echaba tanto de menos a mi hija que me dolía el alma, porque siempre habíamos estado muy unidas. Mi madre la traía de vez en cuando para que estuviese con ella un ratito, y tomábamos el té en mi habitación, pero en realidad no me gustaba que me viera allí; además, mi madre decía que los pacientes tenían tanta necesidad de vida familiar que casi la acosaban.

Bernard no había ido a visitarme al psiquiátrico. Quizá los médicos creyeran que verlo podría afectarme, porque un día mi médico personal me preguntó qué me parecía verlo, si me sentía con fuerzas. Respondí que ya iba siendo hora de que hablásemos cara a cara, porque empezaba a imaginarme todo tipo de catástrofes. Aunque me había escrito varias notas cortas, eran extraordinariamente frías. Así pues, acordamos que Bernard vendría a verme.

Una de las peluqueras voluntarias me retocó el pelo y las enfermeras me hicieron la manicura: hasta la señorita May habría dado el visto bueno a mis manos, que llevaban semanas sin trabajar. Echaron un vistazo a mi ropa y, después de escoger las prendas que les parecían más favorecedoras, abrieron el joyero. Se fijaron inmediatamente en el anillo con el topacio rosado y diamantes resplandecientes, mi anillo de compromiso, pero yo les dije: «No, no, guardadlo», y se intercambiaron miradas atónitas. Con la cara triste, cerraron las maletas y las metieron en el armario: la pequeña fiesta había terminado.

Bernard vino a primera hora de la tarde, orgulloso y atractivo como siempre, pero en absoluto feliz.

—Pobrecilla, has adelgazado muchísimo —dijo, y me rodeó con el brazo un momento; pero no me besó, por lo que supe que habíamos acabado definitivamente, sobre todo cuando preguntó si podía sentarse y eligió una silla alejada de mí. Me hizo las preguntas de rigor: ¿estaba cómoda? ¿Cómo me encontraba? ¿Estaba satisfecha con el tratamiento? Cosas así. De repente me fijé en los jarrones con agua que la enfermera había dejado para las flores que traería mi marido.

—Bernard, la enfermera va a llevarse un chasco cuando vea que no me has traído flores. Mira los jarrones que ha traído, tres, de diferentes tamaños.

Bernard pareció afligido.

—Dios mío, lo siento. Con todo lo que llevo en la cabeza se me han olvidado las flores. Bella, estoy totalmente destrozado desde que no están ni Gertrude ni Johnny. No tengo nada por lo que vivir, nada. Volver a esa casa llena de recuerdos es un calvario. La he puesto en venta, ¿sabes?

Le dije que no lo sabía y me respondió que había muchas cosas que no sabía; me habló de mi «inestabilidad mental» y afirmó que no quería desestabilizarme, aunque ya le había contado sus planes a mi madre.

—Creo que has sido injusta con esa mujer, Bella.

Luego me dijo que no volveríamos a vivir juntos; ahora que Johnny había muerto ya no tenía ningún sentido. Añadió que probablemente se marcharía del país, que se mudaría a Bruselas como una especie de socio comanditario de la galería de Londres. Yo conservaría mi sueldo de directora, por supuesto, y me daría un dinero de la venta de la casa para que pudiese comprarme una, «que esté mejor que esa tiendecita en que vivías. Por cierto, me quedé maravillado al ver tu habitación del sótano; magnífica. Es extraordinario que no supiese nada».

—¿Te habría interesado? —le pregunté—. Peter me ayudó a montarla, ¿lo sabías?

—Sí, eso me dijo. No tenía ni idea de que erais tan amigos. Cuando me vaya a Bruselas va a empezar a trabajar por su cuenta. Debería irle bien: tiene un montón de contactos y es muy bueno en lo suyo. Le ofrecí venir conmigo, pero prefiere quedarse.

Se levantó trabajosamente de la incómoda silla de hospital y se paró a mi lado un momento, poniéndome la mano en el hombro.

—En fin, siento que las cosas hayan salido así, cariño, pero os iré contando a ti o a tu madre cómo me va.

Se dirigió hacia la puerta, pero, antes de que cogiese el picaporte, le agarré la mano y le dije, entre lágrimas:

—Fuimos felices en Bruselas, ¿no? Y en Madrid también.

Estábamos muy pegados, pero se soltó y dijo, apartándose:

—Si tú lo dices, cariño… Sí, claro que fuimos felices. —Y se marchó.

Me pareció que la habitación estaba rarísima; era como si el aire ardiese. Me llevé la mano a la cicatriz, como en los viejos tiempos, pero me obligué a bajarla y me dije: «Si él puede empezar de cero, yo también. Y ¡voy a hacer pedazos el sillón de Bernard!».

La enfermera entró con seis ramos de claveles:

—Son de tu marido.

Ya se le había olvidado que no me gustaban los claveles.

Le pedí que los pusiera en los jarrones. No olían absolutamente a nada.