El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 14 de 33

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El enebro

Capítulo XIV

 

Gertrude ya había salido de cuentas y se hablaba de inducirle el parto, pero se negaba de plano, porque le parecía antinatural, y Bernard se veía inclinado a coincidir con ella. Se tranquilizaban el uno al otro diciendo: «Solo lleva cinco días, seis días, siete días de retraso». Hasta que, la madrugada del 9 de octubre, Gertrude me llamó para decirme que se había puesto de parto, que se sentía estupendamente y que, aunque era noche cerrada, estaba andando de aquí para allá, poniendo sus discos favoritos, Mozart y Vivaldi.

—Su concierto en do mayor para dos trompetas me ayuda muchísimo. ¿Lo oyes? —me preguntó, emocionada. Prometió volver a llamarme cuando la criatura hubiese nacido sana y salva—. Sobre las doce, en cuanto haya dormido un poquito. El dolor de las contracciones no es tan temible como esperaba, pero es muy profundo y primitivo; no se parece en nada a ningún otro. Quizá algunas mujeres se hagan adictas y por eso tienen tantos hijos. Adiós, Bella querida. El médico acaba de llegar, pero te llamo dentro de muy poco.

Su voz contundente y plena se imponía sobre la música, y cuando volví a la cama me parecía que esa voz preciosa y segura seguía resonando en mi cabeza sobre las trompetas de Vivaldi. Aquella fue la última vez que oí la voz de Gertrude, porque murió a primera hora de la mañana, cuando amanecía. Ella, Bernard y su hijo pasaron menos de veinte minutos en familia.

Al no saber qué había pasado, esperé todo el día a que me llamase Gertrude y, al caer la tarde, estaba convencida de que la criatura habría nacido muerta. Tuve el teléfono en la mano varias veces, pero fui incapaz de armarme de valor para marcar el número de los Forbes. No podía enfrentarme a la mala noticia que me aguardaba. Quizá aquel niño tan ansiado hubiese nacido deforme, o muy enfermo, o quizá las contracciones fuesen una falsa alarma. Jamás se me pasó por la cabeza que Gertrude hubiese podido morir.

A la mañana siguiente, cuando me disponía a abrir la tienda, vi a Bernard al lado de su coche. Cruzó la calle sin reparar en el tráfico amenazante ni en los cláxones que le pitaban ni en el hombre de la piruleta, que daba saltitos de frustración. No se percató: sus ojos parecían agujeros negros y tenía la cara lúgubre y sin afeitar. Me dijo que no abriese la tienda, que lo acompañara a Richmond, así que cerré la puerta al salir y me fui con él tal como iba. Nos quedamos en el coche unos minutos larguísimos, hasta que dijo:

—Supongo que sabes que Gertrude ha muerto. Murió de repente ayer por la mañana, de una hemorragia, entre otras cosas. Tenía al bebé en brazos, toda orgullosa, y la felicidad de su cara… Es como si hubiera muerto de felicidad.

No dijo nada más y arrancamos. Era tan terrible que no había nada que decir; parecíamos conductores somnolientos.

Al llegar a la casa, Bernard me acompañó inmediatamente al piso de arriba y, cuando llegamos a la puerta del dormitorio, dijo:

—Quieres verla, ¿verdad? Que no te dé miedo, está preciosa, como siempre.

Entramos y me puso la mano en el hombro, para reconfortarme, y miramos a Gertrude, tumbada como una estatua, con un aspecto muy parecido al que tenía la primera vez que la vi en su jardín nevado. No tenía una criatura en brazos, así que quizá estuviese vivo.

—¿Y el bebé? —pregunté—. ¿Qué le ha pasado al bebé?

—Ah, el bebé —dijo con voz distraída—. Supongo que está con Marie.

Mientras hablábamos, oí el llanto de un recién nacido en la habitación de al lado, el cuarto que Gertrude tenía preparado para el bebé desde hacía meses. Bernard seguía mirando a su mujer, así que lo agarré de la mano fría y lo acompañé a la puerta. Me volví para ver por última vez el perfil pálido de Gertrude, y entramos en la otra habitación.

La enfermera, Marie, estaba dándole a la criatura un pequeño biberón, y al ver sus ojos hinchados supe que había llorado. Me dijo que era un niño y que había pesado casi cuatro kilos, y en efecto se le veía muy sano, con la piel extraordinariamente blanca y las mejillas rojas como rosas; no parecía tener solo dos días. Cuando se acabó el biberón, me lo puso en brazos. Sentí una extraña aversión. Porque era la causa de la muerte de Gertrude, pero no solo por eso; también por su color. El contraste entre la piel nívea y las mejillas rojas como rosas era harto inusitado en los recién nacidos. Intenté pasárselo a Bernard, pero retrocedió, diciendo: «No, no, aún no». Le pasó la mano por el pelo rubio y lacio varias veces y salió rápidamente de la habitación.

Me estaba esperando en el rellano.

—Se llama John, ¿sabes? —dijo, con voz entrecortada.

—John Bernard, ¿no? —lo corregí yo.

—Sí, John Bernard. Pobrecillo. Ahora mismo no puedo sentir nada por él. No me parece real, por así decirlo, y espero que se desvanezca. No soporto oírlo llorar. Charlotte te llevará a casa, ya lo hemos hablado.

Y se alejó tambaleándose, con la cara sin afeitar bañada de lágrimas. La muerte nunca me había tocado de cerca y era mucho peor de lo que imaginaba; sobre todo la muerte repentina.

Gertrude fue incinerada, como habría querido, aunque Charlotte y Bernard habrían preferido una tumba donde pudiesen plantar sus flores favoritas. Fui al funeral, pero me escabullí antes de que terminara porque no quería estar presente cuando la quemasen y quedara reducida a cenizas y saliese humo por una chimenea estrecha, según me habían contado. Volví a casa y abrí la tienda como si no hubiera pasado nada, y como me daba igual ocho que ochenta vendí un sofá victoriano que llevaba varios meses ocupando la tienda. Aquella tarde, Mary vino a verme y fuimos al pub más cercano, dejando a Tommy sola en casa, cosa que no había hecho en mi vida. Me habría emborrachado si hubiese servido de algo, pero después de dos Guinness me sentía peor que antes. Al ser tan negra, la Guinness es la bebida idónea para los funerales, pero no podía imaginarme a Bernard sirviéndola.

Pasaron más de tres semanas hasta que volví a ver a Bernard, y ya empezaba a sospechar que se habría olvidado de mí. Al fin y al cabo, yo era amiga de Gertrude, y a él solo le interesaba ensanchar mi mente y que tuviese entretenida a su mujer. Entonces, un sábado por la tarde, mientras retocaba el escaparate de la tienda, Tommy gritó de repente: «Viene Bernard». Siempre predecía su llegada antes de que apareciese. Estábamos las dos juntas, mirando esperanzadas por el escaparate, cuando su coche se detuvo en la acera del parque Green. Al ver nuestra cara de entusiasmo, nos sonrió con normalidad. Me lo había imaginado como la última vez que lo vi, destrozado y sin afeitar, mordiéndose el labio superior cada dos por tres.

Pasamos a la trastienda y se sentó en su sillón de siempre, que yo nunca había querido vender porque lo llamábamos «el sillón de Bernard»; Tommy se enroscó en su rodilla como un gatito feliz y, a la penumbra del crepúsculo, bebimos jerez de poca calidad y hablamos en voz baja. Me contó que Charlotte había dejado las clases por ahora, para cuidar del bebé y llevar la casa cuando Marie se marchase. Era muy loable por su parte, porque le encantaban su trabajo y la independencia y los había cambiado por la vida restringida de una madre y ama de casa.

—Gracias a Dios que la anciana señora Hicks aún viene a limpiar, aunque no sabemos hasta cuándo. Adoraba a Gertrude, y trabajar para Charlotte no le resulta tan sencillo; las dos hermanas tienen un carácter muy distinto. Tenían, mejor dicho. Pobre Charlotte, se esfuerza lo que no está escrito para no discutir conmigo. Hasta echo de menos nuestras peleas.

No se entretuvo mucho tiempo con nosotras, pero quedamos en que Tommy y yo pasaríamos el siguiente fin de semana en Richmond.

—Tendrás que afrontarlo tarde o temprano, querida. Sé que la casa solo es una sombra de lo que era con ella, pero quieres ver a Johnny, ¿no? Ahora lo llamamos Johnny, pero no sé si a Gertrude le habría gustado. Supongo que es mejor que Otto, aunque a mí me habría parecido perfecto cualquier nombre que hubiese escogido ella.

Apenas había visto a Stephen desde que Brit volvió a Estados Unidos. Me llamó por teléfono varias veces y se pasó por la tienda en un par de ocasiones: una cuando no estaba y otra en la que sí me pilló en casa, aunque se le veía inquieto y no se quedó mucho rato. No sé cómo, pero no a través de mí, se había enterado de la muerte de Gertrude y vino a verme inmediatamente. No la había conocido, pero sabía lo importante que era para mí nuestra amistad y, aunque me chinchaba con lo del «pomposo de Bernard», nunca había hecho ninguna broma sobre Gertrude. Creo que se habrían llevado muy bien, porque la gente siempre daba lo mejor de sí con ella, y el mejor Stephen era encantador. Aquel día dio lo mejor de sí e hizo lo que estaba en su mano para consolarme. No nombró a Brit ni una sola vez y me compró flores y comida china, que nos comimos lentamente sentados en el suelo, al lado de la estufa de gas. Aquella noche nos acostamos, más como amigos que como amantes. Era algo que a veces hacíamos en momentos de estrés, una forma de ofrecernos consuelo sin comprometernos lo más mínimo.

Bernard vino por nosotras el sábado siguiente, como habíamos quedado, y Tommy no dejaba de dar saltitos a nuestro alrededor, hablando de Gertrude y de que estaba deseando meterse en la bañera, del columpio y de los juguetes que la esperaban en su habitación, de la perra y del oso esculpido que protegía la casa desde el jardín. La pobre llevaba semanas sin ir a casa de los Forbes y la había echado muchísimo de menos, pero yo estaba tan nerviosa que me daban ganas de pegarle un guantazo. Pero lo que hice fue taparme la cicatriz con la mano, cosa que llevaba meses sin hacer. Bernard me apartó con un gesto suave la mano y la metió en mi bolsillo, diciendo, en tono amabilísimo:

—Tranquila, tonta. No va a ir tan mal como te imaginas. Para empezar, está Johnny, y teníamos muchas ganas de que vinieseis.

Sonreí al imaginarme a Charlotte deseando que fuese a visitarlos. Normalmente apenas me prestaba atención, y no recordaba que hubiésemos tenido una sola conversación que fuera más allá de: «Hallo», «Adiós», «Hace mucho calor», «Hace mucho frío» y, para mi asombro, «Qué hijita más guapa que tienes. ¿Es adoptada?». Pero nos esperaba en el umbral de la puerta, con una sonrisa de bienvenida en su rostro delicado, dos besos en la mejilla para mí y un abrazo para Tommy-Marline, que entró como una flecha en la casa buscando a Gertrude, aunque ya le hubiese explicado que se había ido. «¿Ha ido de compras?», preguntó, y lo único que se me ocurrió decirle fue que se había ido muy lejos, a un sitio donde no había tiendas, y que se había llevado a Petra, la perra. Petra había muerto mientras dormía, unos días después que Gertrude. La señora Hicks la encontró debajo de la mesa de la cocina, pero, como acostumbraba tumbarse ahí, no se dio cuenta de que estaba muerta hasta que la perra no reaccionó cuando le puso un cuenco con su comida favorita. Entonces, como mujer sosegada que era, a la que no le gustaban los numeritos, llamó a la puerta de Bernard y dijo: «Disculpe, señor, parece que la perra ha muerto. No se mueve».

Marie se disponía a acostar a Johnny cuando entramos en grupo a verlo. Y ahí lo vimos, sentadito en su rodilla y mirándonos con los ojos preciosos de Gertrude. Era un bebé grandote y guapo, como ella habría querido, pero cuando Marie me lo pasó para que lo cogiese volví a sentir esa ligera aversión, aunque su piel blanquísima y sus mejillas rojas como rosas ya parecían más naturales. Su tía Charlotte tenía casi el mismo color que él. Era evidente que Bernard adoraba a la criatura y no le quitaba los ojos de encima, pero no lo cogió, quizá por vergüenza, en presencia de tres mujeres entusiasmadas y una chiquilla embelesada. En cuanto Marline vio al niñito precioso lo quiso como si fuera su hermano —y, de hecho, eso creía—, y jamás mostró el más mínimo indicio de celos.

En apariencia pasamos el fin de semana sin demasiado sufrimiento; pero hubo varios momentos dolorosos. Mientras Bernard y yo paseábamos por el jardín, nos encontramos con las urracas medio domesticadas de Gertrude, cotorreando en una de las ramas bajas del enebro, y nos miraron con ojos perspicaces, como si supiesen que había muerto. Ambos nos percatamos de la situación, rayana en lo siniestro, y yo, que generalmente temo tocar a la gente, agarré a Bernard del brazo y hundí la cara en su hombro para evitar la mirada astuta de las aves. Los dos estábamos temblando.

El domingo por la tarde fuimos incapaces de poner los discos de Gertrude —ni ningún otro, de hecho—, así que jugamos al Scrabble. Me preguntaba de dónde habría salido; quizá lo habría traído Charlotte. Los Forbes no eran muy aficionados a los juegos de mesa, solo jugaban al ajedrez. Yo estaba pasándomelo bien hasta que Bernard, que iba ganando, se levantó de golpe, desperdigando las letras, y, diciendo entre dientes algo como: «Vaya mierda de juego», se marchó de la sala.

El lunes, mientras volvíamos a Twickenham, paró el coche cerca de Marble Hill y se disculpó por el incidente del Scrabble.

—Lo que me deprime es ver a Charlotte esforzándose por ser un rayo de sol, aunque sé que lo hace por nuestro bien. El otro día me sugirió alegremente que fuese a dar un paseo con la perra por el parque, que estaba precioso; se le había olvidado que llevaba más de tres semanas muerta. La pobre no tenía motivos para vivir, como yo. A veces pienso que pasaré el resto de mi vida anclado al remordimiento, la tristeza y la soledad. Soy incapaz de imaginarme cómo puede mejorar. Está Johnny, claro, pero aún quedan años para que pueda hablar con él de verdad. Aunque lo miro y veo que cambia continuamente. Tiene los ojos de Gertrude, ¿te has dado cuenta? Y Marie dice que está muy grande para su edad. Pobre Gertrude, cuánto lo habría querido.

Tommy se impacientaba en su sillita del asiento de atrás, así que reanudamos la marcha y, justo cuando estábamos a mitad de Heath Road, parados en un atasco, me acordé de pronto de aquel bonito día de agosto en que Gertrude y yo charlábamos en el bosquecillo florido y me hizo prometerle que, si le pasaba algo, cuidaría de su niño. Se me había olvidado por completo, pero en aquel momento, en esa calle horrenda abarrotada de coches, lo recordé con nitidez, y fue como si aún estuviésemos en el restaurante Arbusto Ardiente, bajo el enebro, mientras las urracas se movían entre las ramas, y yo le estuviese haciendo esa promesa sincera.

Me volví hacia Bernard, que tenía el ceño fruncido y clavado en el tráfico, casi inmóvil, y grité:

—Ay, Bernard, me acabo de acordar de que prometí a Gertrude que cuidaría de su hijo si le pasaba algo. ¿Cómo se me habrá podido olvidar?

La expresión adusta de Bernard se relajó al mirarme:

—Sé de sobra que harías todo lo humanamente posible por el hijo de Gertrude, lo prometieras o no. Tienes toda mi confianza, querida.

Luego el tráfico se despejó y reanudamos la marcha. Ahora me sentía comprometida por partida doble con el pequeño John Bernard.