El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 25 de 33

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El enebro

Capítulo XXV

 

 

En Madrid hacía mucho calor, más del que esperábamos para ser junio. Pero a veces, estando a la sombra, un viento frío y sigiloso llegaba doblando las esquinas. Nuestro hotel tenía un gran patio con una fuente borboteante en el centro, y los huéspedes ocupaban las mesitas a la sombra, debajo de los pórticos. Yo nunca había estado en España y me había imaginado que los españoles serían hombres de cara morena y seria debajo de su sombrero negro, quizá con un bigote alargado. Sin embargo, mi imaginación llevaba muchos años anticuada, y tampoco había señoras incordiando al aire caliente con sus abanicos. Las personas que veíamos por la calle apenas se diferenciaban de la gente del norte, salvo en que eran más morenas y vestían con más formalidad; pero había un delicioso aroma a café, a vainilla y a puros, con un toquecito de brandy, saliendo de los bares, donde los hombres charlaban con sus amigos en las mesas. Las mujeres entraban y salían a toda prisa de las tiendas, taconeando, o paseaban tranquilamente con sus amigas, todas vestidas a la moda y con mucho esmero; y las señoras de mediana edad, ya rechonchas, pero aún con buen cuerpo, casi parecían orgullosas de su exceso de carne, y surcaban las aceras como cisnes.

Solo íbamos a pasar seis días completos en Madrid y Bernard tenía unas cuantas reuniones de trabajo, así que había que organizarse muy bien. La visita imprescindible que queríamos hacer era la del Prado. Nos abrumó un poco, aunque Bernard ya sabía a lo que iba. Yo me las apañé para volver otra vez mientras el pobre estaba reunido con un socio importante, hablando de negocios en una mezcla de francés, inglés y español rudimentario. Los dos habíamos aprendido un poco de español con Isabel y Catalina, pero no llegamos muy lejos; y, aunque Bernard había estudiado mucho en las últimas semanas, tampoco le bastó. Creo que no poder hablar en español como es debido le incomodaba; creía que le quitaba dignidad. Felizmente, contábamos con un tal señor Castillo que sabía inglés a la perfección y al que le chiflaba hablarlo. Era un hombre encantador, generoso y amable, con un sutil sentido del humor. Nos llevó a Toledo en su coche inglés importado y pasamos unas horas allí, aunque me habría quedado semanas en aquella ciudad antigua y orgullosa, encaramada a su colina y rodeada casi por completo por el río Tajo. La arquitectura era tan impresionante que por poco se nos olvida ver los cuadros del Greco.

El domingo me moría de ganas de visitar el Rastro, el famoso mercadillo del que nos había hablado nuestro amigo. Decía que allí se podía comprar de todo: tallas de ángeles, organillos, arañas de cristal, muñecas antiguas, muebles y tantas otras cosas que me encantaban; sin embargo, cuando se lo propuse a Bernard, mientras desayunábamos en la cama, se negó de plano.

—¿Cómo? ¡¿Y pasar este día precioso entre las pulgas[4]?! Ni por asomo. Vamos al Retiro, que casi no lo hemos visto. Mira, propongo que alquilemos una barca y te doy un paseo por el río o el lago; no sé muy bien qué es, pero te va a encantar. Mucho mejor eso a que nos robe la cartera algún pulgoso.

Así que fuimos al Retiro, un parque precioso, más grande que Hyde Park, creo. Al principio nos encantó mezclarnos con la gente, pero luego paseamos a solas, como quien dice, entre los árboles y por la rosaleda. Acabamos llegando a un bar al lado del estanque y nos sentamos a tomar una cerveza helada viendo a la gente en las barcas. Me recordaba mucho a un cuadro de Renoir y, mientras Bernard remaba en nuestra barca alquilada, era como si nosotros también formásemos parte de la obra. Nunca había visto a Bernard tan despreocupado como ese día. Éramos como los típicos recién casados, nos besábamos debajo de los árboles y no hubo ni rastro de Gertrude.

Nos marchábamos de Madrid el lunes a la hora de comer, pero antes hicimos una visita rápida a El Escorial. El señor Castillo pasó a recogernos muy temprano, diciendo que no podíamos irnos de Madrid sin verlo. Temíamos llegar tarde al aeropuerto por culpa de la visita, pero esa ligera preocupación mereció la pena, aunque no entramos en el edificio y solo estuvimos unos minutos en la basílica. Paseamos por los jardines y vimos desde diferentes perspectivas el monasterio, un edificio precioso, construido con un estilo muy simple, dórico, creo que se llama. Llevaba casi cuatrocientos años en pie, pero se conservaba a las mil maravillas; y, a pesar de ser inmenso y austero, resplandecía con dulzura bajo los rayos del sol matutino.

Llegamos tan temprano que éramos casi los únicos visitantes y pudimos deambular tranquilamente por allí. El aire fresco y purísimo nos abrió el apetito, así que nos acercamos en coche a un bonito pueblo en la falda de la montaña y desayunamos café, panecillos y melocotones. Me pareció un sitio precioso para vivir, pero el señor Castillo nos dijo que, aunque en verano era un destino popular entre los madrileños, en invierno hacía un frío atroz. Cuando nos alejábamos, miré por última vez y tuve la extraña corazonada de que algún día volvería, y de que para entonces estaría sola. Supongo que la mayor parte de nosotros tiene corazonadas por el estilo, y que a veces se cumplen, pero no me gustaba pensar que estaría sola cuando volviese.

El señor Castillo (ahora que nos habíamos hecho amigos lo llamábamos Eduardo) nos llevó al hotel para recoger nuestro equipaje y luego al aeropuerto, y al despedirnos me regaló un gran ramo de flores variadas. Debía de tenerlo guardado en el maletero del coche, y se alegró mucho al ver mi sorpresa. También le compró puros a Bernard, pero nosotros no teníamos nada para él, así que lo invitamos a pasar unos días en Richmond y pareció gustarle la idea.

Cuando llegamos a casa los niños estaban tomando el té con Greta en el jardín: dimos un fuerte abrazo a nuestros respectivos hijos y besamos sus caritas manchadas de miel. Había regalos que repartir y noticias que recibir, y para Bernard una enorme pila de cartas, que se llevó a su estudio. Luego subí al piso de arriba y, con la costumbre, abrí la puerta de la habitación que siempre había compartido con Tommy. Encontré montañas de maletas con mi ropa, que Mary había traído. Todos mis vestidos y mis abrigos estaban colgados en el armario, y alguien había colocado mi camisón encima de la cama y mis zapatillas, un tanto raídas, debajo. Pero estaba demasiado cansada para deshacer las maletas esa noche y la luz molestaría a Marline: solo me llevaría lo necesario para esa noche a la habitación de Bernard.

Cogí unas cuantas cosas, crucé el rellano y entré en la habitación grande. La maleta de Bernard ya estaba abierta, y las prendas desperdigadas sobre la cama. Una tristeza atenazadora se apoderó de mí a medida que me acerqué lentamente al enorme armario y, al abrir la puerta, vi lo que sabía que vería: la ropa de Gertrude, colgada de una forma casi amenazante, como si fuese de cemento. Abrí los cajones y vi su ropa interior bordada a mano, prendas exquisitas que jamás habrían salido de una cadena de tiendas. Eran de la talla de Charlotte, ¿por qué no se las habría llevado? Allí estaba también, colgada de su percha, la bata azul recién lavada, posesiva. Busqué tímidamente en los bolsillos y encontré un pañuelo limpio y bien doblado en uno y un peine de carey con incrustaciones de plata en el otro. Como me sentí una fisgona, saqué las manos de la prenda suave y azul y me las limpié en la falda; luego bajé lentamente al estudio de Bernard.

No permitía que lo molestasen cuando estaba allí, pero yo entré y lo molesté. Lo encontré en su escritorio, empuñando con su mano preciosa la pluma dorada que le había regalado por nuestra boda. Estaba tan orgullosa de sus manos como si fuesen las mías.

—Oye, Bernard, ¿dónde se supone que duermo? —dije en tono de reproche—. La habitación está llena de las cosas de Gertrude y no queda sitio para poner nada. ¿Por qué no se las diste a Charlotte o las donaste? ¿Eres consciente de que llevan casi tres años ahí?

Me miró como si fuera un ser despreciable.

—¿Me estás diciendo que dé la ropa de mi mujer a una organización benéfica? ¿Al Ejército de Salvación, algo así?

—Eso ya depende de ti —dije, valiente—. También podría venderse y donar el dinero a su ONG favorita. Le gustaba la gente de Greenpeace, ¿te acuerdas?

Soltó la pluma dorada como si le quemase y dijo:

—Sé lo que le gusta y lo que no le gusta a mi mujer, y ten por seguro que no quiere que todo quisque lleve su ropa. Vete, haz el favor; mañana resolveremos esa cuestión de manera racional. Te noto muy agresiva, Bella. Me imagino que estarás exhausta.

Despachada, salí del estudio y vi la espalda rectísima de la señorita May perdiéndose furtivamente en la cocina, y mientras subía las escaleras la oí decir: «Buenas noches». Me dirigí a la habitación que había compartido con Marline casi cuatro años. Estaba dormida en su camita pegada a la pared (a veces la llevábamos al cuarto de Johnny, pero normalmente dormía conmigo). Había dejado mis cosas para la noche en la cama de Bernard, ¿o debería decir «la cama de Bernard y Gertrude»? No tenía el valor de volver a entrar en aquella habitación macabra esa noche, así que saqué otro camisón de una maleta que había preparado una semana antes llena de esperanza, me desvestí y me metí en la cama. Echaba de menos mi pequeña habitación encima de la tienda.

En plena noche vi a Bernard al lado de mi cama y casi me asustó, tan alto, a la luz de la luna. Se inclinó para darme un beso en la frente, como un padre, y dijo:

—Lo siento, Bella, mañana hablamos de la cuestión de la ropa, y también de las habitaciones. Alguna solución encontraremos, cariño. —Luego colgó algo en el respaldo de una silla y dijo—: Te has dejado esto en mi cama. —Y se fue. Era mi camisón.

Coincidimos en el desayuno, como si no hubiera pasado nada, y la señorita May no dejaba de dar vueltas para cerciorarse de que teníamos de todo. «¿Le falta algo, querida?», me preguntó con voz socarrona, y yo le aseguré que no. En cuanto oí a Marline en la cocina me levanté rápidamente de la mesa y dije que tenía que prepararla para ir al colegio, en Twickenham. Sin embargo, Bernard dijo que esa mañana no podría llevarla porque tenían que venir a la casa a entregar algo importante.

—Ya se ha perdido una semana, por un día más no se va a morir —añadió en tono despreocupado, y siguió saboreando su tostada integral hasta que sonó el timbre de la puerta principal y la señora Hicks vino a decirnos que alguien preguntaba por mí, y que no iba a entrar.

Me dirigí a la puerta seguida de Bernard. Él tenía una sonrisilla en la cara, y el conflicto de la noche anterior parecía haberse desvanecido. Al lado del oso había un hombre con pinta de mecánico que preguntó si era la señora Forbes (creo que esa fue la primera vez que me llamaron así). Dijo que venía a entregar el coche y Bernard y yo lo seguimos hasta la verja; y allí, en la calle, vimos el pequeño Fiat color limón, regalo de boda de Bernard. El hombre me entregó las llaves y unos papeles y se marchó: el coche era mío. No había conducido desde el accidente —aunque en ese momento yo no iba al volante—, pero ese cochecito parecía tan afable e inocuo que pensé que, con un poco de práctica, nos entenderíamos muy bien. Bernard me dijo que mirase entre los papeles, y encontré un recibo para seis clases de autoescuela, un curso de reciclaje, según dijo. Marline se montó en la parte de atrás y dimos una vuelta al parque; conducía Bernard, pues yo no tenía ni carné ni seguro. No había querido un coche desde el accidente, pero ahora que tenía ese Fiat tan mono estaba contentísima. No podía dejar de darle las gracias a Bernard.

Al caer la tarde, pasamos a la sala de estar un tanto cohibidos, con las prendas de Gertrude como un nubarrón entre nosotros. Éramos incapaces de sacar el tema, así que hablamos de la galería. Bernard creía que debía ir un par de veces por semana y ver si me gustaba: un día en la oficina y otro en la galería. Me dijo que la señorita Rose, una mujer judía, me ayudaría en todo lo posible, y añadió, con voz afable:

—A lo mejor acabas dedicándote a la galería con la misma entrega que a tu tienda.

Sorprendida, exclamé que eso era imposible, que no sería mía.

—No, sería nuestra —respondió Bernard en tono frío; noté que eso le había dolido.

—Sí, claro —rectifiqué al punto—, se me había olvidado. Lo había concebido como una especie de trabajo, no como algo en lo que estamos comprometidos los dos. —De pronto no pude soportarlo más, me eché en sus brazos y hundí la cara en su hombro, aunque sabía que no le gustaba que lo tocasen inesperadamente—. Bernard, querido —le dije entre lágrimas—, ¿qué vamos a hacer con la ropa y las cosas de la pobre Gertrude? No podemos permitir que nos amarguen la vida.