El enebro
Capítulo IX
Así que Stephen y yo nos hicimos amigos; no de confianza, pero amigos, al fin y al cabo. Se presentaba sin avisar, a veces con una botella de vino y otras con las manos vacías, aunque confiaba en quedarse a cenar. Venía más o menos una vez por semana, normalmente cuando hacía buen tiempo, porque los días eran cada vez más largos y le gustaba salir al jardín si no refrescaba. Incluso arregló una de las luces de fuera y me trajo dos sillas de jardín, y la vieja parcelita de tierra yerma acabó convertida en un patio lleno de flores con las paredes encaladas. A veces Tommy seguía correteando por ahí cuando Stephen llegaba. Al principio estaba incómodo en su presencia, pero como le hablaba con su voz confiada, poniéndole una manita marrón en la rodilla y llamándolo «Amigo», acabó ganándoselo. Tommy lo llamaba «Amigo» porque cuando se conocieron le dije que era un amigo.
Una tarde Stephen nos llevó al parque de Richmond a ver los ciervos, y cuando oía a los transeúntes comentar lo guapa que era Tommy hasta se sentía orgulloso, como si de verdad fuese su padre. Otra tarde nos llevó a ver a unos amigos suyos que vivían en Kew, un fotógrafo y su mujer. Se quedaron prendados de Tommy y le hicieron fotos mientras comía y jugaba. Creían que tenía madera de modelo infantil, pero a mí la idea no me hacía ni pizca de gracia, porque trastocaría su vida ordenada entre la tienda y la guardería, precisamente ahora que nos iba tan bien y no necesitábamos el dinero.
No quería mezclar a Stephen con los Forbes, y procuraba evitar el tema cuando estaba con unos u otro, pero Stephen no tardó en percatarse de que pasábamos muchos fines de semana fuera y de que yo iba al teatro de vez en cuando. Un sábado por la tarde, mientras Bernard me ayudaba a cerrar la tienda, Stephen se presentó por allí y cruzó la calle con su pelo dorado resplandeciente bajo el sol vespertino. Dijo que le pillaba de paso, pero yo sabía que estaba fisgoneando, o puede que hasta espiando para mi madre. No tuve más remedio que presentarlos, claro, sobre todo porque Tommy se le acercó corriendo, le dio un abrazo en las piernas y lo llamó «Amigo», con lo que resultó evidente que era una visita habitual. Fue divertido ver a los dos hombres evaluándose.
Bernard pareció ligeramente molesto. Colgó el cartel de «Cerrado» y dijo:
—Lo lamento, pero estábamos a punto de marcharnos. Mi mujer nos está esperando en casa y ya vamos con retraso.
—Sí —añadí yo—, mejor será que salgamos por la puerta lateral, que ya he cerrado la tienda. Siento que vayamos con tanta prisa, Stephen.
—No pasa nada —dijo en tono enfurruñado—. Ya te digo que me pillaba de paso.
Salimos todos juntos, pero tuve que volver por una bolsa de plástico con nuestras cosas para el fin de semana y a apagar el calentador; siempre se me olvida algo con las prisas. Cuando volví con los hombres vi que, por casualidad, sus dos coches estaban aparcados uno detrás de otro en el parque Green: el MG de Stephen y un Volvo grande que Bernard llevaba al trabajo. Estaban hablando de coches y parecían más relajados; Bernard ya tenía en brazos a Tommy, listo para ponerla en su sillita del asiento de atrás.
Nos despedimos en tono amistoso, pero, en cuanto nos alejamos del parque Green, Bernard empezó a preguntar.
—Así que ese es el hombre por el que te marchaste de casa —dijo, provocador—. Es atractivo, sin duda, aunque tiene los ojos un poco juntos. Decías que era de la hermandad del puño cerrado, ¿no?
Dije que sí, sintiendo que traicionaba un poco a Stephen, pero añadí:
—Aunque antes era mucho peor. Casi siempre trae vino, y me regaló las sillas del jardín y arregló la luz, así que ha mejorado bastante. Supongo que no sabía llevarlo.
—¿Y ahora sí? —preguntó, sonriendo.
Me quedé pensativa. ¿Sabía llevar a Stephen?
—No, la verdad es que no, aunque ahora no siento absolutamente nada por él. Cuando lo quería era extremadamente vulnerable.
Cruzamos el puente y enfilamos las calles estrechas y sinuosas de Richmond, rumbo a casa de los Forbes. En cuanto pisé el jardín, sentí que había entrado en un lugar encantado. Creo que mi hija sentía lo mismo, pues siempre la llamaba «casa».
Era mayo. Casi nadie se había dado cuenta de que Gertrude estaba embarazada, pero tenía un resplandor singular y bastaba mirarla para sentir paz y alegría. Bernard la adoraba más que nunca, y no dejaba de repetir: «Mírala, ¿a que está preciosa?». A veces, cuando nos quedábamos solos, se mostraba un poco inquieto y me preguntaba si treinta y siete años me parecían demasiados para el primer hijo.
—No pasará nada, ¿no? —preguntaba en un tono muy poco propio de él —. Si pasara algo, el médico me avisaría, ¿verdad? Le expliqué que se tira horas cuidando del jardín y paseando a la perra por el parque, pero me dijo que el embarazo no es una enfermedad, que el ejercicio le viene bien.
Aquel fin de semana me tomaron un poco el pelo por lo de Stephen, pero eran bromas simpáticas y no me molestaba. Lo que ya no me hizo tanta gracia fue que tocasen el tema de mi madre. Sentían auténtica lástima por ella. Pobre mujer, privada de su preciosa nietecita y viviendo en Kilburn con el horrible señor Crimony, que olía a polvo de carbón. Yo les dije que ella era feliz así: le gustaba el trabajo en la agencia de viajes y al parecer también el señor Crimony. Lo conocía de toda la vida, y, si quería ver a su nieta, siempre tendría las puertas de mi casa abiertas. Aunque no era del todo cierto: me aterraba la idea de que viniese.
Por suerte, no tardaron en olvidarse de mi madre, pues unos amigos alemanes llegaron con su hijo pequeño; era poco mayor que Marlinchen y se lo pasaron muy bien en cuanto los dejamos jugando a su aire, dándole un poco la lata a la vieja perra, poniendo piedras en el columpio y arrancando flores silvestres del bosquecillo de Gertrude. Dejaron las flores desperdigadas por el suelo de la cocina y cuando Gertrude las vio se llevó un buen disgusto, porque habían metido majuelo en la casa.
—Trae muy mala suerte meter majuelo en una casa —decía una y otra vez —. No se lo digáis a Bernard.
Intenté tranquilizarla explicándole que, en algunos países, el majuelo en casa era señal de buena suerte, pero ella me miró con sus ojos enormes cargados de incredulidad y dijo:
—No estamos en otros países, estamos en Inglaterra.
Aún parecía inquieta cuando llegó la hora de que Bernard nos llevase a casa. Al despedirnos, le susurré al oído:
—Yo creo que no era majuelo. A mí me pareció endrino, y estoy segura de que vi una espina.
Valió la pena mentir para ver el alivio en su cara al murmurar, con aire pensativo:
—Es tarde para el endrino, pero en el bosquecillo hay mucha sombra… Sí, podría ser endrino perfectamente.
Fue como si un eco de nuestra conversación le hubiese llegado a mi madre, pues me llamó al día siguiente por la tarde, cuando las llamadas son más baratas, y me dijo que se había topado con Stephen, encuentro que debía de estar preparadísimo, habida cuenta de que él vivía en Chelsea y ella casi nunca salía de Kilburn.
—Le pregunté a Stephen por tu chiquilla y me dijo que era una niña encantadora, pero que él no era el padre. ¿Es eso verdad? ¿No es el padre?
Le respondí que era verdad: Stephen no era el padre de Marline y yo nunca había dicho que lo fuese. De hecho, su padre era «un caballero extranjero» que había regresado a su país.
—¿Un caballero extranjero? —chilló.
—No te pongas así, mamá —dije—. Estás escupiendo.
—¡¿Escupiendo?! ¿Qué sabrás tú si estoy escupiendo o no, so idiota? Y ¿qué se sabe del extranjero ese, a ver? ¿Te está pasando una pensión por tu hija, eh?
Le expliqué que él no sabía nada de su hija, que había nacido varios meses después de que se marchara del país. En cuanto al dinero, nos iba muy bien y no lo necesitaba. Incluso estaba ahorrando.
Hubo un momento de silencio en que casi pude oír a mi madre haciendo un esfuerzo; luego dijo:
—Tengo que ir a ver a mi nieta. Ya te avisaré de cuándo. Ah, y ¿qué clase de extranjero es el padre de la chiquilla? ¿De dónde es?
Titubeé antes de responder:
—Brasileño. —Sabía que en Brasil había mucha gente muy negra.
Odiaba las mentiras, pero me había visto obligada a mentir dos días seguidos. Cuando miento, noto que los ojos se me mueven de un lado a otro, como a una gallina. Por teléfono no pasa nada, pero es una costumbre tediosa cuando estás cara a cara con alguien que sería mucho más feliz sin saber la verdad. El movimiento de ojos levanta inmediatamente sospechas. Puedo mentir mirando a la gente a la cara, pero los ojos frenéticos me delatan.
Los primeros días de junio fueron muy calurosos y los pétalos blancos de los castaños del parque Green caían sobre la hierba como nieve derretida. A la hora del almuerzo, los jóvenes se tumbaban en el verde y se quitaban la camisa como si estuviesen en la playa, y las madres, que llevaban a sus hijos en cochecitos descubiertos, descansaban debajo de los árboles mientras los ancianos se sentaban, rígidos, en los bancos. Los abnegados amantes de los perros paseaban por allí todo el día, unidos a sus compañeros por una correa. A veces los soltaban y les lanzaban una pelota para que se divirtieran. En un extremo del parque había un club de críquet con vestuarios, muy frecuentado, y en el otro unos baños públicos, mucho menos concurridos —pero buenos, según decían—, para hombres, mujeres e inválidos.
Yo lo veía todo por el escaparate. Daba al sur, y el sol resplandeciente bañaba la tienda, despojando a las antigüedades de su misterio. Bajo esa luz severa todas las imperfecciones se acentuaban, la vida se desvanecía de los cuadros, las tallas doradas se antojaban chabacanas y los muebles antiguos revelaban sus numerosas grietas y marcas, y parecían artículos de segunda mano, más que antigüedades. Unos días antes había limpiado las campanas de cristal con un producto especial para que estuviesen relucientes, pero ahora veía que todas tenían marcas grasientas, como el escaparate. Me pasaba la mayor parte del día limpiando. Por suerte, había pocos clientes y podía trabajar en paz; hasta que un MG azul radiante aparcó al otro lado de la calle, y de él bajaron Stephen y una joven de largas piernas, rubia y muy guapa. Los vi cruzar como flechas entre el denso tráfico. A veces lo regulaba un hombre con una señal en forma de piruleta, pero no ese día. Entraron en la tienda con su cara bonita y una sonrisa de oreja a oreja, y se produjeron las presentaciones. La señorita Patilarga era una actriz estadounidense que se llamaba Brit Bonner y que tenía un papel secundario en un nuevo musical, según contó Stephen. Se habían conocido en una fiesta de promoción apenas una semana antes y se habían visto todos los días desde entonces, con lo que ya eran como viejos amigos, por así decirlo. Parloteaban como pájaros excitados, riendo y contradiciéndose continuamente el uno al otro. Nunca había visto a Stephen tan contento; parecía un chaval, más que un hombre de treinta años tirando a tacaño.
Cerré la tienda y tomamos el té en el jardín; un té tempranero, porque Brit tenía que ir al teatro. Me dijo que era la primera vez que había actuado en el West End y en un teatro grande.
—Enséñale a Bella tus recortes, cielo —dijo Stephen, y la mujer sacó de su enorme bolso varias reseñas arrugadas, de obras en las que había participado en pequeños teatros estadounidenses, que hablaban bien de ella: «La señorita Bonner es un bombazo», «Brit Bonner es una debutante interesante» o, la más sugestiva, «La bella Brit Bonner aprieta las tuercas».
Mostré todo el interés que la situación requería, pero, cuando volvió a meter los recortes en el bolso, la mujer dijo en tono melancólico:
—No hay cosa que más quiera que ser una actriz seria, pero tengo que aceptar los papeles que me ofrecen. Empecé haciendo de criada o, aún peor, de ayudante del director de escena.
Luego pidió ver la casa y Stephen le hizo una visita rápida, como si fuese suya, y ella decía: «Precioso, precioso» cada dos por tres. Dejaba un aroma tenue pero persistente allá por donde pasaba. Mientras estábamos en el jardín confié en que fuesen mis flores, pero en cuanto entré en la casa detrás de Brit supe que era su carísima fragancia. Que ahí seguía cuando se marcharon.