El enebro
Capítulo XXVI
Al final llegamos a un acuerdo, imperfecto, pero bastante razonable, en el que los dos tendríamos que ceder un poco y adaptarnos. Bernard accedió a que todas las cosas de Gertrude se guardaran en arcones, que llevarían una lista con su contenido en vez de una etiqueta, y llegaron tres de la galería, acompañados de la señorita Rose, encargada del cometido. Llevaba muchísimos años trabajando para Bernard y confiaba en ella; además, era la persona indicada para encargarse: fiable e imparcial. Yo había coincidido con ella un par de veces en la oficina de Bernard, pero esa fue la primera vez que hablamos de verdad; y me cayó bien, la respetaba. Más adelante me ayudó muchísimo cuando trabajé en la Galería Forbes. Puede que la obsesión de Bernard por su mujer muerta le pareciese rara, pero nunca lo dijo. No fisgoneaba ni se regodeaba en el asunto, a diferencia de la señorita May.
Era evidente que Bernard no quería compartir el lecho conyugal. Sentía que, en cierto modo, le estaba siendo infiel a Gertrude, y le resultaba casi imposible acostarse conmigo en la casa en que habían sido tan felices. En esa casa yo no era su mujer, era su pequeña protegida, y ser la protegida día y noche se volvió un enorme peso con el tiempo. Además de la adoración que le profesaba, también sentía un fortísimo amor físico por Bernard: el mero hecho de ponerle la mano en la cara me abrumaba hasta tal punto que los ojos se me llenaban de lágrimas.
La gran cama tallada en que Bernard y Gertrude habían dormido toda su vida de casados, el lecho en que Gertrude había muerto, se desmontó y se bajó al sótano —por suerte no a la habitación donde guardaba las cosas de la tienda—, y en nuestro dormitorio se instalaron dos camas modernas con elaborados cabezales. No sé quién las eligió —eran muy poco propias de los Forbes—, pero resultaron extraordinariamente cómodas. El acuerdo al que llegamos y del que casi nunca hablábamos fue que Bernard podría dormir en su vestidor sin que yo se lo echase en cara. De vez en cuando me pedía que durmiera con él, pero la faceta sexual siempre se frustraba por culpa de su obsesión por Gertrude: era como si estuviese en la habitación. Sugerí que nos mudásemos de casa, pero él dijo que era incapaz de dejarla y que quería que Johnny creciese en la casa de su madre. Como si creyera que la esencia de Gertrude hubiese impregnado las paredes y pudiera influir en su hijo.
Me parecía una lástima que nos costase tanto hablar de nuestros problemas, sobre todo a Bernard, que era un hombre muy introvertido y odiaba reconocer que algo iba mal. Sin embargo, cuando afrontamos las dificultades y nos adaptamos a ellas, la vida en pareja fue mucho más sencilla y a veces incluso feliz. Disfrutábamos de nuestros hijos, de vez en cuando recibíamos visitas de amigos a los que luego devolvíamos la visita, y a mí me interesaba bastante la galería, aunque mi trabajo consistiera principalmente en escribir cartas comerciales en francés. La señorita Rose me ayudaba a mejorar o se quedaba en su mesa de la sala principal, al lado de la entrada, repartiendo catálogos y cosas por el estilo. El joven y elegante ayudante de Bernard era el principal encargado de hablar con los clientes. Se ponía muy animado cuando hablaba de cuadros, pero, por lo demás, era un poco frío.
En esa época la galería estaba bastante tranquila, solo había exposiciones conjuntas, pero la señorita Rose dijo que cuando acabase el verano empezarían las exposiciones individuales con pases privados, que eran como cócteles, a las que iban críticos y famosos. Ella hacía todo lo posible por fomentar mi interés, y a mí me gustaban los cuadros, pero la galería me parecía un pelín sosa en comparación con mi alegre tiendecita. Para empezar, las compras y las ventas propiamente dichas eran discretísimas. Además, aunque era verano, tenía que llevar medias sofocantes y zapatos de vestir; ni hablar de vaqueros, huelga decirlo; nada cómodo, así que llevaba un vestido gris plateado de falda estrecha con el que me costaba horrores sentarme. No obstante, solo iba a la galería dos o tres veces por semana, pero me agradaba que Bernard quisiera que estuviese allí con él, sobre todo cuando me presentaba a sus colegas como su mujer. Estaba orgullosísima de tener un marido así. Los días en que me quedaba en casa se pasaban volando. Aunque Greta cuidaba de los niños la mayor parte del tiempo, libraba algunos días y yo la ayudaba, sobre todo ahora que el colegio de Marline había cerrado por vacaciones. A veces llevaba a los niños en mi cochecito a pasar el día por ahí; una vez fuimos a la playa, y la piel blanca de Johnny se quemó con el sol. Bernard se enfadó mucho y me dijo que solo estaba acostumbrada a cuidar de negritos, que no se me podía dejar con niños blancos de piel delicada. Decir eso era muy poco propio de él, y al día siguiente, cuando la piel del chiquillo ya no estaba roja, se mostró muy arrepentido y, por supuesto, lo perdoné. No obstante, aquellas palabras que había dicho en un arrebato de rabia se me quedaron clavadas como una espina, por más que intentara olvidarlas.
El coche me cambió la vida, y no poco. No lo usaba para ir a la galería porque iba con Bernard y aún no tenía confianza para conducir por el centro de Londres, pero era utilísimo para ir de compras, visitar al puñado de amigos que me quedaba y llevar a Marline al colegio en el período lectivo. Pero lo mejor fue que me dio más seguridad en mí misma. Supongo que me sentía como mi madre con su Rover rojo.
En aquella época no la veía mucho porque el señor Crimony estaba enfermo, muy enfermo, y el pobre hombre estaba en la lista de espera para operarse; sin embargo, sí que había venido a nuestra sencilla boda en el registro civil —no se la habría perdido por nada del mundo—, y la oí decir al señor Crimony, con su brusquedad habitual: «Vaya un momento que has elegido para ponerte enfermo, viejo tontorrón». Iba todo de negro y no salió del coche; y ninguno de los dos se quedó a la comida de celebración, en un restaurante francés de la zona. Así pues, aparte de nosotros, solo vinieron los dos testigos, colegas de trabajo de Bernard, Mary y Peter. Peter estuvo particularmente callado ese día. Mary, por su parte, estaba muy alegre al principio, pero al final de la comida las lágrimas resbalaban por su carita puntiaguda. Dijo que el champán siempre la hacía llorar y, cuando nos marchamos al aeropuerto, estaba riéndose otra vez.
Pobre señor Crimony. Mi madre lo llevó un día a ver la casa antes de que volviese al hospital para su segunda operación. A Marline le encantó reencontrarse con su señor Chimney, le enseñó el jardín y le dejó que la viese dar de comer a las urracas, a las que se había pasado todo el verano domesticando. Cuando el macho se posó en su hombro y cogió de un picotazo la comida que ella se había puesto en los labios, al anciano le pareció peligroso, y reconozco que al principio a mí también. Pero las urracas parecían de la mayor confianza, dejando aparte que eran unas ladronas. Cuando el último polluelo saliera del nido —solo habían nacido dos—, mi intención era buscar a fondo el gemelo dorado de Bernard. Tenía la certeza de que estaba en ese nido abovedado.
Mi madre le enseñó al señor Crimony toda la casa y, aunque les llevó un tiempo y parecía exhausto, creo que disfrutó de la visita: le gustaba pensar que ese sitio tan elegante «formaba parte de la familia». Vio al pequeño Johnny en su cuarto y dijo que le parecía un chiquillo muy apañado, «pero no tiene ni punto de comparación con nuestra Tommy».
Cuando estábamos en la mesa del comedor, mi madre cogió una cuchara de plata grande, la sopesó, como calculando su valor, y dijo:
—Tengo que reconocer que te ha ido muy bien para lo que eres, Bella. Nunca lo habría dicho.
—A mí no me sorprende —intervino el señor Crimony—. Bella siempre ha sabido lo que quería. Si se hubiese quedado en mi tienda de carbón, ¿qué habría sido de ella?
—Me imagino que seguiría en la tienda de carbón —respondí entre risas.
Apenas una semana después, el señor Crimony murió en la segunda operación.