El enebro
Capítulo II
Llevaba poco más de un mes viviendo en Twickenham cuando oí el timbre del mostrador y salí a toda prisa de la trastienda, taza de té en mano. Había una mujer muy alta de espaldas al escaparate, vestida con una prenda color crema que recordaba a una túnica. Al principio no la reconocí, pero en cuanto encendí la luz, que habría tenido que estar encendida, vi que era la hermosa mujer de Richmond, la que se había cortado la mano y cuya sangre había goteado en la nieve. Sus guantes estaban sobre el mostrador; cuando le miré la mano me reconoció y, con una sonrisa, dijo: «Está curada del todo. No se ve nada», y nos sonreímos como dos viejas amigas.
Me explicó que estaba buscando grabados, litografías y pinturas a la altura de su exigente marido. Había reparado más de una vez en Mary Meadows Antiques, pero era la primera vez que se detenía a mirar el escaparate. Se llevó varios grabados grandes y feos por sus marcos, de madera de arce ojo de pájaro, y una pequeña litografía de unos perros a los que estaban cortando el pelo debajo de unos soportales. (Los perros, caniches en su mayoría, estaban atados a una carreta destartalada. Aquel debió de ser uno de los primeros salones de belleza caninos. Creo que se menciona uno en David Copperfield). También compró una sillita de madera de olmo, con un hueco en forma de corazón en el respaldo; sin duda una silla de niño, que a Tommy le encantaba.
Tenía el coche aparcado al lado del parque Green, y la ayudé a llevar sus compras y a meterlas en el maletero envueltas en mantas oscuras del ejército, para proteger el cristal. La sillita la puso a su lado, en el asiento del copiloto. «No quiero que se quede encerrada a oscuras», dijo, como si fuera un ser vivo. Mientras la veía alejarse en su coche caro, caí en la cuenta de que no sabía cómo se llamaba. Confiaba en que volviese. Era como si ya formara parte de mi vida.
Aquella tarde, mientras vaciaba la caja, vi su cheque al lado del papel moneda, impoluto entre los billetes manchados. Estaba firmado «Gertrude Forbes», y en la otra cara aparecía la dirección de Richmond. «Gertrude — dije en voz alta—, Gertrude», y la segunda vez me gustó más.
Al cabo de unos días, Gertrude Forbes llamó para decir que a su marido le habían gustado los marcos y que estaba encantada con la sillita; que creía que aquella sería la primera de muchas compras. Luego me invitó a comer, para que conociese a su marido, el domingo siguiente. Ni siquiera sabía cómo me llamaba, y se dirigió a mí como «señora Meadows», confundiéndome con la dueña de la tienda. Le expliqué mi posición y le dije que era madre de una niña que tendría que venir conmigo, y me respondió que fantástico, que tanto a ella como a su marido les encantaban los niños, «sobre todo ahora». «Claro», respondí yo, aunque no sabía a lo que se refería; quizá a algo relacionado con el Año Internacional del Niño. ¿Qué pensarían de mi hija de piel oscura? No dejaba de darle vueltas.
Marline era hija de un hombre que no conocía, con el que coincidí en una fiesta que dio en Bayswater gente a la que no conocía. Me presenté con una compañera de piso, una australiana salvaje. El hombre con el que llevaba más de dos años viviendo y yo lo habíamos dejado; en realidad podría decirse que me había echado del apartamento que compartíamos, y vivía en un piso de mala muerte de Cleveland Square. Compartía un sótano con tres chicas desordenadas, varios ratones y diminutas cucarachas que se colaban por todas partes. Por aquel entonces estaba demasiado deprimida para que me preocupase dónde vivía si no era con Stephen, aunque en el fondo sabía que lo mejor era que no estuviésemos juntos; de haber tenido más orgullo, lo habría dejado varios meses antes. Si me paro a pensar en nuestra relación, creo que nunca estuvo enamorado de mí, salvo quizá las semanas que siguieron al accidente. La que amaba era yo, y él a veces me mimaba, otras me provocaba, en ocasiones hasta llegar a ser odioso, como para comprobar cuánto era capaz de soportar. Se quejaba de que mis vestidos estuviesen mezclados con sus trajes en el armario, de que mis libros estuvieran desperdigados por el piso. Decía que mis cosas le hacían sentirse acorralado, «atrapado», aunque fue Stephen quien me convenció para dejar mi casa y mudarme con él. También compartíamos los gastos, así que yo le costaba bien poco: alguna que otra salida a cenar o a tomar algo, la gasolina, un taxi ocasional, cosas por el estilo. A veces teníamos auténticas discusiones por la compra del fin de semana, y normalmente yo acababa pagando más de lo que me correspondía. Su tacañería era una especie de juego entre él y yo, aunque a veces era inesperadamente generoso. No obstante, fue el dinero lo que acabó con nuestra relación; el dinero y la cicatriz que me desfiguró el lado izquierdo de la cara. Aunque Stephen iba al volante cuando sucedió, me culpaba por el accidente y por su año sin carné por conducción temeraria. Decía que lo había distraído, aunque yo estaba dormida cuando nos estrellamos. Me desperté en el arcén, con la nariz y la cara ensangrentadas. La sangre era de un marrón oscurísimo, y notaba su sabor salado en los labios. Alguien me estaba atendiendo con suma delicadeza, y cuando dije: «Mi sangre ya no es roja» me respondieron no sé qué de las farolas y que no me preocupase. Luego me vi en el hospital, rodeada de desconocidos en sus respectivas camas: algunos gritaban de dolor, otros parecían muertos. Me preguntaba por qué me habrían vendado tanto la cara, pues lo único que me dolía era la frente; el otro dolor llegó después. Stephen vino a verme, irritado, con el brazo en cabestrillo. Me alegré de que tuviese la cara intacta.
Cuando llevaba unos días en el hospital y estaba más lúcida, también vino mi madre. Me sorprendió reencontrarme con su cara amargada, porque apenas nos habíamos visto desde que me marché de casa. Me trajo un gran pastel que sería incapaz de comerme, pero vi que se había esforzado bastante en hacerlo, aunque estuviera congelado. Antes de marcharse, sacó un espejito del bolso para que me viese la cara, y lo único que vi fueron muchas vendas y un ojo amoratado. Y, en ese tono rencoroso tan suyo, apuntó: «¿Qué diría tu padre si te viese ahora? ¡Bella, bellísima!». Pero mi padre estaba a miles de kilómetros, en Canadá, y era harto improbable que viese mi cara maltrecha. El peor día en el hospital, y quizá de toda mi vida, fue cuando me quitaron las vendas y vi por primera vez esa línea púrpura decorada con puntos, que me levantaba media boca y un ojo en una mueca lasciva. Yo no tenía ni idea de que, debajo de las vendas, tenía la cara así. Cuando Stephen se coló en la sala y vio mi rostro desfigurado por esa cicatriz púrpura que parecía un ciempiés, se sentó en mi cama y, con una voz insólita y entrecortada, dijo entre lágrimas: «¡Dios mío, mira lo que te he hecho!». Creo que en ese momento me quiso de verdad. Me llevó al apartamento y me quiso al menos un mes. Su devoción conmovió incluso a mi madre. Casi había merecido la pena quedar desfigurada para sentir tanto amor. Me compró pañuelos preciosos para que pudiese cubrirme el lado izquierdo de la cara. Uno era de muselina negra con estrellitas doradas, y otro naranja y dorado, y también me regaló pañuelos cuadrados de seda, como los que llevan las jóvenes de clase alta. Aún tengo varios guardados.
No me atreví a volver a la tienda de antigüedades en que trabajaba, aunque allí había sido feliz, y empecé a trabajar de operadora en una centralita, donde nadie me viese, aparte de mis compañeras —que no tardaron en acostumbrarse a esa calamidad que tenía por cara—. A veces las oía hablar de mí: «Seguro que era guapa antes del accidente, tiene una piel preciosa» o «Lo de la boca es una pena. La tiene como torcida».
Después de dos operaciones, la mueca apenas se notaba y el ojo fue mejorando poco a poco. Luego la cicatriz menguó y se volvió casi blanca, aunque a mí seguía pareciéndome una desfiguración horrenda, sobre todo los días en que estaba deprimida, y fue entonces cuando adopté la costumbre de volver la cara al hablar, con lo que a la gente le costaba oír lo que decía, menos cuando hablaba por teléfono.
Estuve casi dos años pasando de un trabajo telefónico a otro, y cuando Stephen y yo lo dejamos viví en varios pisos cochambrosos en edificios cochambrosos. Casi todos estaban en el distrito de Bayswater, abarrotado de sudamericanos y filipinos, muchos de ellos inmigrantes ilegales que trabajaban en hoteles. Los edificios eran grandes y las calles anchas, y muchos transeúntes parecían árabes. Cuando hacía buen tiempo pasaban la tarde en su jardín, echados en alfombras y bebiendo café. A veces había alfombras de colores brillantes colgadas en las verjas de los jardines, hasta que caía la lluvia o la noche. Nunca vi a nadie colgar o descolgar una alfombra; aparecían y desaparecían cuando tocaba. Bien podrían ser alfombras mágicas.
Me fui moviendo por el distrito: de Leinster Gardens pasé a Ladbroke Grove, y luego volví a Bayswater, a Cleveland Square, con la que me encariñé. Creo que allí viví en tres pisos distintos; si se les podía llamar pisos. En realidad eran estudios muy amplios, con una pequeña cocina, baño compartido y, a veces, un balconcito que daba a la plaza. Al poco de nacer Marline, me mudé a un piso con balcón: pasábamos el fin de semana en casa y le encantaba estar tumbada al sol, cuando salía. Entre semana se quedaba en una guardería, bastante lejos de la plaza, pero cerca de la centralita donde trabajaba. Supongo que no era la vida ideal para una recién nacida, pero creció muy sana. Poco antes de marcharnos de aquel piso apareció por allí un ratón albino muy dócil, al que dábamos de comer en platos de juguete. Queríamos llevárnoslo a Twickenham, pero nos pareció que no sería muy bien recibido en una tienda de antigüedades, porque le gustaba mordisquear la madera por las noches.
La de Twickenham fue la primera casa propiamente dicha que tuvimos; la vida parecía perfecta y, aunque era invierno, todos los días eran preciosos. Como no pagaba alquiler, ahorraba bastante. El gasto más importante era la guardería, pero cuidaban muy bien de mi hija y me hacían descuento por ser madre soltera. Además, recibía una pensión por la niña, así que vivíamos con mucha holgura y por primera vez en más de dos años pude comprarme ropa nueva e ir a una buena peluquería. También tenía cinco mil libras invertidas en una sociedad de préstamo inmobiliario, de la que cobraba una pequeña renta.
Durante un tiempo ese dinero me pareció una maldición, pero no estaba dispuesta a compartirlo con Stephen. Era lo que me había pagado el seguro por la cicatriz de la cara. Creíamos que serían seis mil libras, pero al final, cuando se resolvió mi reclamación, se quedaron en cinco mil. Por alguna razón, Stephen creía que debíamos compartirlo, aunque él era el responsable de mi desfiguración. Yo le preguntaba si lo habría compartido conmigo si hubiese ocurrido al revés y la cicatriz la llevara él. Tuvimos discusiones agrísimas por ese dinero. No lo cobré hasta después del nacimiento de mi hija, cuando ya lo habíamos dejado, pero llegó en el mejor momento: me alegré de no tener que darle la mitad a Stephen. Incluso después de dejarlo, vino a verme a mi primer piso de Bayswater y seguimos discutiendo. Cuando le dije que estaba embarazada me sugirió que abortase, pero acabó marchándose, refunfuñando, como una tormenta exhausta. Luego cambié de trabajo y de dirección y no volvimos a vernos. Habría podido encontrarme, de haber querido, pero la idea de tener un hijo debía de asustarle. Sería peor que mis vestidos mezclados con sus trajes. En realidad él no era el padre, pero en aquel momento ni siquiera yo lo sabía.
Casi me había olvidado de mi amante desconocido. Llevaba una vida solitaria y no tenía amigos de verdad, si exceptuamos a las compañeras de trabajo y los inmigrantes ilegales que iban y venían y que rara vez abrían su puerta a los desconocidos, pero que me aceptaron. Trucaron mis contadores para que consumieran menos monedas, y me regalaban latas y paquetes de comida cara que, me daba en la nariz, no habían pagado. Una chica de las Canarias se desabotonó la blusa y me dio uno de los filetes que llevaba ahí pegado, y yo no pude negarme a aceptarlo, con lo amables que eran conmigo. Siempre se ofrecían a quedarse con la niña, pero yo no tenía dónde ir.