El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 29 de 33

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El enebro

Capítulo XXIX

 

No sé cómo habría podido soportar los siguientes dos días de no haber encontrado un bote de Valium olvidado en la habitación de la señorita May; eran las pastillas azules, las más fuertes. Debían de llevar allí años, pero aún eran potentes. También había pastillas para dormir. Anestesiaron deliciosamente mi pobre cabeza y, aunque vivía en una especie de sueño, lograba cocinar sin causar estragos.

—No pareces tú, Bella —me dijo Bernard—. ¿Estás enferma?

Y le conté otra mentira, le dije que tenía una leve gripe.

Bernard pasó el cumpleaños de Johnny en casa; habría cumplido cuatro años. Estaba seguro de que Charlotte lo traería en un día tan señalado, y me insistió para que preparase una gran comida familiar con los platos favoritos de su hijo: pollo relleno, patatas asadas y pudin de chocolate con nata montada. Dije que no daba tiempo a preparar una tarta de cumpleaños, así que fue a comprar una. Mientras preparaba la comida, las lágrimas me resbalaban por las mejillas; pero, como llevaba un tiempo con esos ataques de llanto, la señora Hicks no se sorprendió. Cuando Bernard volvió con la tarta, dijo que hacía un día precioso, que por qué no salía de la cocina y daba un paseo con él por el jardín, que me sentaría bien para el resfriado. Así pues, paseamos entre las últimas flores de otoño, aún brillantes e intactas, a la espera de las heladas. Bernard me llevaba agarrada del brazo, hacía meses que no estábamos tan juntos. «Este será el último paseo en pareja que demos —pensé —. Cuando descubra la tumba de Johnny, será el final de nuestra relación. Quizá Bernard piense que soy un monstruo». De repente tuve una idea y le dije a Bernard que debía volver: tenía que escribir una carta importante inmediatamente. Le aparté la mano de mi brazo y la apreté un momento contra mi cara, antes de entrar en la casa a toda prisa.

La señora Hicks estaba en el comedor poniendo la mesa para la esperada celebración familiar y pensé que ojalá fuera cierto y Johnny entrase corriendo en el comedor, seguido de Charlotte y del marido que nunca había visto. Le pedí a la señora Hicks que estuviese atenta al horno por mí y me dijo que contase con ello, y luego añadió:

—Solo espero que el señor Forbes no se lleve una desilusión. Me extraña que no hayan mandado una postal o llamado por teléfono. Quizá la señorita Charlotte se haya olvidado del cumpleaños de la pobre criatura.

—Quizá —respondí, abriendo el armario de las bebidas; escogí una botella de brandy y subí al piso de arriba.

Me senté a escribir la carta en la habitación de Marline, donde tendría más intimidad que en la mía. Cogí la taza de los cepillos de dientes y el botecito de Valium del baño y conté las pastillas. Solo quedaban diez, pero tenía alcohol de sobra para ayudarme a tragarlas; un vaso hasta arriba de brandy ya era casi mortal de por sí (me preguntaba si podría mezclarlo con agua). Bebí un sorbo de brandy solo y escribí mi carta en una hoja grande de papel de dibujo que Marline había clavado en su corcho. En la esquina superior izquierda había un alegre dibujo empezado, con flores y letras: no era lo ideal para la carta que estaba a punto de escribir. La dirigí a Bernard y a todo el que la leyera, quizá un forense. No quería que la carta fuese demasiado personal, solo completamente verídica.

Hice una descripción detallada y rigurosa de todo lo que había ocurrido desde que abrí el baúl para que se orease y Johnny se despidió de Peter: el descenso de los peldaños con sumo cuidado, el lanzamiento salvaje de manzanas al baúl abierto por parte de Johnny, mi petición para que parase, y cómo, desafiándome, se metió en el baúl aunque le grité «No» (en realidad no recordaba si estaba de pie o inclinado hacia delante; me parecía que inclinado), etcétera. Escribí muy rápido, porque recordar el episodio era un calvario. Me costaba explicar por qué le tenía tanto miedo a Bernard, hasta el punto de enterrar a la pobre criatura bajo el enebro. Le rogaba que me perdonase por comportarme de una forma tan rara y le preguntaba si se había percatado de mi depresión y mi deterioro mental de los últimos meses. Sentía que estaba perdiendo el juicio y, ahora que había sido la causa indirecta de la muerte de su hijo, era incapaz de seguir adelante. Indiqué, eso sí, que, si no se hubiese animado a Johnny a ser desobediente, quizá no habría muerto. No escribí mucho sobre el amor o el dolor de marcharme porque lo leerían unos desconocidos. Me sentí más tranquila cuando acabé de escribir la carta, que dejé en la mesilla con el brandy y el Valium. Tenía pensado echarme después de comer y pedirle a Bernard que me avisase cuando llegara Charlotte, que sería dentro de mucho, mucho tiempo.

Cerré la puerta de mi habitación y bajé a toda prisa para ayudar a la señora Hicks a preparar una comida para una gente que nunca llegaría y poner las velas en la tarta de cumpleaños de un niño que ya estaba muerto. A la una en punto, Marline volvió del colegio porque se había acordado de que Johnny cumplía años: le había comprado unas zapatillas rojas y mullidas con forma de conejo orejudo. Cuando al fin nos sentamos a comer con la mesa medio vacía, la pobre estaba al borde del llanto; Bernard se esforzó por parecer más alegre de lo que estaba, me felicitó por la comida y apuntó que no costaría nada calentarla cuando llegase el resto de la familia. Dijo que hacía un día de otoño precioso y que se notaba muy contento.

—Alegra esa cara, pequeña Marlinchen —dijo, dándole un pellizco juguetón—, Johnny vuelve esta noche. —Luego, dirigiéndose a mí, preguntó —: Y ¿tú por qué no comes, cariño?

Le dije que tenía mal cuerpo, como si se acercara una terrible tormenta:

—Será la gripe. Voy a echarme después de comer para descansar un buen rato, así que no me despiertes hasta que no venga Charlotte.

Antes de que terminásemos nuestra comida, más tarde de lo normal, llamaron al timbre de la puerta principal y oímos a la señora Hicks hablar con unos hombres en el vestíbulo. Bernard se levantó de la mesa y oí su voz autoritaria:

—Sí, puede ser. Tenemos un nido en el bosquecillo. Lleva ahí varios años… gemelos… me parece muy bien…

Marline, siempre alerta, salió como una flecha del comedor, gritando:

—¡Mis pájaros! ¡No los molestéis, que se van!

Oí de nuevo a Bernard, reprendiéndola:

—Calla, Marline, vuelve al comedor y acábate la comida.

Marline no volvió, pero al menos guardó silencio y, cuando los hombres cruzaron la sala de estar y salieron al jardín, los siguió a paso ligero. Yo estaba apoyada en el marco de la puerta, observándolos. El miedo me aplastaba; me encontraba tan mal y estaba tan nerviosa que me castañeaban los dientes —y, sin embargo, era como si tuviese fuego en las venas—, pero no me quedó más remedio que seguir a los tres hombres y a la niña. Uno de ellos tenía toda la pinta de ser policía; quizá ya le hubiesen contado lo de la pequeña tumba y viniera a inspeccionarla. Ya casi habían llegado al enebro, y yo los seguía, trastabillándome, pero nadie se percató de mí, salvo los pájaros alarmados. Alzaron el vuelo desde el suelo, elevándose con su «chakchak-chakchak-chakchak» estridente, y ahora eran tres, en vez de dos, y un gran estruendo resonó en mis oídos como una tormenta violenta cuando los pájaros se lanzaron en picado contra mí: uno llevaba una gran piedra redonda en su temible pico y la soltó, y supe que iba a aplastarme por completo mientras la veía caer hacia mí.