El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 11 de 33

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El enebro

Capítulo XI

 

 

El plan era cerrar la tienda las dos primeras semanas de agosto, que Tommy y yo pasaríamos en Richmond con los Forbes. Gertrude salía de cuentas a finales de septiembre, pero a Bernard no le hacía gracia que se quedase casi todo el día sola en casa. Yo tenía la sensación de que estaba demasiado inquieto; parecía invocar el desastre con todos esos miedos. ¿Por qué Gertrude, que había subido y bajado mil veces las escaleras, iba a empezar a caerse ahora? Ya no le estaba permitido sacar a pasear a su vieja y dócil galgo; tenía prohibido conducir, y también ir de compras sin acompañante. La jardinería tampoco estaba vista con buenos ojos, con lo que el jardinero tenía que echar muchas más horas que de costumbre.

—Es un aburrimiento tener siempre por aquí a ese hombrecillo —se lamentaba—. Al menos nunca pisa mi bosquecillo. En realidad es un espía, ¿sabes? Si me agacho para arrancar unas cuantas flores muertas, se lo cuenta a Bernard. Aunque ahora que estás tú a lo mejor me deja en paz.

Todas esas preocupaciones de Bernard por nimiedades también se me habían contagiado a mí, sobre todo cuando Gertrude insistía en bañar a Marline, y la metía y la sacaba de la tina como si estuviese levantando un gatito.

Al margen de la atmósfera de aprensión que impregnaba la casa, fueron quince días felices. Hizo buen tiempo y pasamos muchas horas en el exuberante jardín, y hacíamos pícnics en el bosquecillo de Gertrude, bajo el enebro. El claro se había ampliado y colocaron una mesa para comer, y jardineras de piedra con capuchinas rojas y amarillas que ya eran casi silvestres y trepaban libremente por arbustos y árboles, como llamas. Yo decía que íbamos al restaurante Arbusto Ardiente. Allí comíamos auténticas delicias: ensaladas y quesos franceses, salmón ahumado y frambuesas con nata; todos mis platos predilectos. A veces bebíamos vino blanco y otras café helado. Lo dicho: un restaurante excelente. Gertrude parecía la viva imagen de la salud, sentada con su piel radiante sobre un fondo de flores y vegetación intensa, como un personaje de un cuadro de Rousseau, sobre todo cuando las urracas aparecían entre las hojas. Un día dijo, con su voz soñadora:

—Le he pedido a Bernard que esparza aquí mis cenizas cuando muera. Se lo recordarás, ¿verdad?

Sonreí y le dije que intentaría acordarme, aunque quizá para entonces estuviese muerta.

—Y Bernard ¿qué? —le pregunté, burlona—. ¿Dónde vas a esparcir sus cenizas?

Pareció sorprenderse:

—¡Está claro que Bernard no va a morir antes que yo! No podría vivir sin él; sería incapaz de manejarme. No lo digas ni en broma.

Me hizo sentir un pelín culpable y, para cambiar de tema, le dije que mirase a Marline, que había escalado un poco por el tronco de un cerezo, intentando alcanzar los frutos marchitos. Nos quedamos mirándola hasta que Gertrude dijo:

—Has sido muy buena madre en unas circunstancias dificilísimas. Bernard y yo lo hemos hablado más de una vez. Si me pasa algo, cuidarás de mi hijo, ¿verdad? Eres la persona en la que más confiaría. Sé que es un poco macabro por mi parte, pero dime que sí y no volveremos a hablar de esto.

Se lo prometí, aunque me asustaba tamaña responsabilidad. ¿Qué significa exactamente «cuidar»? Y en caso de que yo muriera, ¿quién cuidaría de Tommy-Marline? Esperaba que no fuese mi madre.

No volvimos a tener conversaciones macabras, y siempre recordaré aquellas dos semanas de vacaciones como unos días muy especiales. Ya no había salidas al teatro, para no dejar a Gertrude sola, pero casi todas las noches Bernard me daba una clase de ajedrez, y yo me entretenía, aunque me parecía un juego muy difícil: mi cabeza, demasiado indisciplinada, era más apta para las damas. Algunas noches nos quedábamos escuchando discos de música clásica, con los ventanales que daban al jardín oscuro abiertos, y la música empezó a decirme algo. Era como si hasta entonces hubiese sido sorda. Cuando volví a casa me llevé prestados una pila de vinilos para ponerlos en mi tocadiscos, de peor calidad, y así se acabaron las veladas solitarias, pues los músicos se convirtieron en mis amigos íntimos. Esperaba que, algún día, Bernard me llevase a un concierto. No sé por qué, pero me lo imaginaba como algo muy formal, con todo el mundo en traje de gala, mucho más majestuoso que el teatro.

La tienda estuvo muy tranquila la segunda quincena de agosto y apenas vendí nada. Una tarde, Stephen llegó fuera de sí porque el musical estaba a punto de cerrar y Brit se planteaba volver a Estados Unidos después de haber recibido varias ofertas interesantes, entre ellas un papel dramático que parecía ser justo lo que tanto ansiaba. Estaba resuelta a ser una actriz seria, no solo guapa, y no podía permitirse perder sus oportunidades. Aconsejé a Stephen que la dejara marchar y que, cuando ella se hubiera asentado, fuese él también. Podía compaginar su estancia en Estados Unidos con el trabajo de publicista, y era muy probable que su empresa pagara la mayoría de sus gastos. Por lo demás, si la situación se volvía desesperada, siempre podría quedarse a vivir allí con carácter más o menos permanente.

Intenté tranquilizarlo con mis consejos trillados, pero me respondió casi gritando, con voz enojadísima:

—¡O sea, que quieres deshacerte de mí! En realidad te da absolutamente igual que me case con Brit, o no volver a verme en la vida. Solo te importan ese pomposo de Bernard y su condenado Volvo 245.

Tardé un poco en recordar qué era un Volvo: nunca me habían interesado los coches. ¡Qué mérito tenía Stephen por recordar el número del coche!

—Pues claro que me importan Bernard y Gertrude; son unos amigos muy especiales, como tú, y no tengo muchos, que digamos. A decir verdad, te he echado mucho de menos últimamente, porque has estado ocupadísimo con Brit. No me ha molestado, pero te he echado de menos. Aunque ahora que tengo una montaña de discos lo llevo mejor. Los pongo casi todas las noches.

—¡Discos! —dijo con desdén—. Pareces una cría. Supongo que Bernard estará ensanchando tu mente diminuta con la música.

Solté una carcajada y le puse una mano en la suya.

—Pues yo creo que a lo mejor has tenido una discusión con Brit y la estás pagando conmigo. Anda, vamos por Tommy a la guardería y nos tomamos un helado por el río. Es muy pronto para una copa.

Recogimos a Tommy y fuimos en coche a Teddington Lock. Aparcamos en la puerta de The Anglers y, después de cruzar la pasarela peatonal azul y blanca, enfilamos el camino de sirga al otro lado del río, rumbo a Ham House. No tardamos en oír el son de las campanas tubulares tocando algunos compases de la banda sonora de El tercer hombre, y Tommy se adelantó a la carrera para pillar al camión de los helados, que estaba a punto de cambiar el margen del río por el barrio residencial, más rentable. Nos sentamos a orillas del río para tomarnos tranquilamente nuestro cucurucho, y Stephen preguntó:

—¿Crees que Bernard suele tomar helado rosa en un paseo público?

Yo respondí que, si las campanas tubulares tocaran Scarlatti, quizá; y aun así lo veía difícil. Volvimos a paso sosegado a The Anglers y montamos en el coche. Pasaron tres semanas hasta que vimos a Stephen de nuevo. A la mañana siguiente estaba lloviendo y a Tommy se la habían comido los mosquitos.

Pero en la vida había más cosas aparte de la lluvia y las picaduras de mosquito. Compré unas sillas georgianas preciosas en una residencia particular que estaban desmantelando a toda prisa. Eran cuatro y me las llevé a casa en taxi porque sabía que me las birlarían en un abrir y cerrar de ojos si las dejaba allí. Entregué al propietario un cheque por valor de las ochenta libras que pedía; él quedó encantado y yo casi no me creía mi suerte. Por lo que vi, los demás objetos de la casa carecían de valor, pero aquellas sillas formaban parte de un juego que se había repartido la familia a la muerte de la abuela.

—Son de auténtica caoba. Ya casi no se ven sillas como estas, pero no podemos llevárnoslas. Es que nos vamos a Australia.

En cuanto llegué a casa llamé a Mary Meadows, que vino en menos que canta un gallo, y nos pasamos la tarde limpiándolas y encerándolas. Mary las vendió en su puesto al día siguiente y repartimos los beneficios: sesenta libras por cabeza. Era lo mejor que me había pasado desde que trabajaba con antigüedades; mi primer gran éxito. Desde entonces Mary confió en mí para las compras de la tienda, y a veces, en los días flojos, iba a las subastas o adquiría piezas de residencias particulares. Fue un cambio agradable, porque a veces me pesaba un poco estar tantas horas encerrada, sobre todo en verano, cuando veía a las chicas pasar por el escaparate con sus bonitos vestidos estivales y el pelo radiante bajo la luz del sol. En septiembre mis visitas semanales a casa de los Forbes se interrumpirían temporalmente, porque Charlotte iba a quedarse a vivir en la casa al menos un mes y también esperaban a una enfermera. Gertrude se había empeñado en dar a luz allí, aunque el médico no daba su visto bueno. Ella tenía la sensación de que un hospital era un sitio demasiado impersonal para un bebé tan anhelado y especial.

—Esta casa es perfecta para una de esas placas azules. Sé que este niño será famoso por algo cuando crezca, aunque quizá todas las madres piensen lo mismo. El caso es que, sea famoso o no, me niego a tenerlo en un hospital.

En nuestro último pícnic bajo el enebro, Gertrude no hizo ni caso de la comida que yo había puesto sobre la mesa, pero se zampó, rayando la voracidad, hasta la última baya que había en el lado umbrío del árbol: unas bayas azulísimas que parecían venenosas, y que también olían raro. No era la primera vez que la veía hacerlo, pero en esta ocasión las arrancaba con sus manos blancas y alargadas y se las llevaba a la boca a puñados, y se manchó los labios y se puso el vestido perdido de hojas en forma de aguja. Yo me decía que ojalá Bernard estuviese allí para controlarla. Al final conseguí que comiese un poquito de mayonesa de salmón, pero tenía los labios y el vestido tan manchados del jugo de las bayas que parecía una salvaje. Cuando Bernard llegó a casa le conté lo que había pasado en el bosquecillo. Aunque habían limpiado las manchas, creí que debía saberlo por si Gertrude se sentía indispuesta en plena noche.

El jardinero recibió discretamente orden de destruir todas las bayas que apareciesen en el árbol, pero no tuvimos que preocuparnos, porque Gertrude dejó de ir al bosquecillo y se acabaron los pícnics allí. A veces, mientras paseaba por su jardín entre las grandes dalias, con sus flores carnosas y brillantes, se decía que ojalá no hubiera plantado tantas. «¿Quién me iba a decir a mí que crecerían tanto?», repetía, y se dirigía hacia las rosas. El último mes de embarazo apenas salió de casa, y acostumbraba a sentarse al lado de los ventanales para leer poesía del siglo XVII. Tenía especial predilección por Marvell y Donne. A pesar del cuerpo abultado, estaba extraordinariamente guapa ahí sentada, con la galgo a sus pies. La perra era tan tranquila que a menudo se me olvidaba que existía. Nunca la había oído ladrar, aunque a veces, mientras la paseábamos, echaba a correr de repente, en círculos cada vez más grandes, y volvía con cara de felicidad y orgullo, como si recordase triunfos pasados.

Cuando llegó Charlotte, se hizo cargo de la mayoría de las comidas, con lo que la cocina dejó de ser tan imaginativa; de hecho, sus recetas recordaban un poco a los comedores escolares: empanadas de carne y riñones que no eran empanadas porque la masa se había cocido por separado, guisos nutritivos, pero insípidos, pescado hervido, pudines de pan y mantequilla y tartaletas de mermelada los domingos. Bernard comía fuera siempre que podía. Charlotte y él se habían comprometido a no discutir, con lo que Bernard no podía mencionar la comida. A veces se quedaban con los labios sellados: el impulso de discrepar era tan fuerte que no osaban despegarlos.