El enebro
Capítulo XXIV
Nos despertamos sobresaltados. Los traqueteos y los zumbidos y las luces coloridas y parpadeantes de Flash Harry inundaron la habitación.
—Vamos a echarlo de menos cuando te vayas —dijo Bernard—. Ya le he cogido cariño a Flash Harry.
Luego salió de la cama calentita y se puso rápidamente su traje perfecto, que incluso sacudió en la oscuridad. Siempre volvía a Richmond temprano porque en mi casita no había un baño con todas las comodidades.
Me incorporé en la cama y dije:
—¿A qué te refieres, Bernard? No voy a irme de aquí.
Él respondió con voz tierna:
—Sigue durmiendo, cariño. Lo hablamos mañana.
Volví a dormirme y, al despertar y verme sola, no recordaba muy bien lo que me había dicho. Estiré el brazo buscando a Bernard, pero solo encontré su pañuelo debajo de su almohada; un pañuelo precioso, hecho a mano, muy elegante.
Vino a recogernos el sábado por la tarde y, por una vez, estábamos listas. Casi siempre había un cliente de última hora o una llamada de teléfono que se alargaba, o el jardín pendiente de regar: esa primavera era muy seca (fría, pero seca) y en el parque Green había zonas con solo tierra. Cuando llegamos a casa de los Forbes, Johnny nos esperaba a lomos del oso, igualito que solía hacer Marline. La cuidadora holandesa estaba con él, sonriente y absorta, y no vi ni un indicio del enorme follón que se había armado unos días antes. Confiaba en que pudiésemos convencerla para que se quedara: no tenía cuerpo de volver a enfrentarme a la señora Vic.
Empezó como un fin de semana habitual, pero después de la cena pasamos a la sala de estar y nos quedamos hablando, en vez de poner música. Lo que al principio parecía una conversación inocua sobre el jardín, lo que debía plantar el jardinero y cosas por el estilo, no tardó en pasar al matrimonio. Allí estábamos, en nuestros elegantes sillones, hablando del matrimonio. El único obstáculo que veía Bernard era que tendría que dejar la tienda.
—Pero te lo compensaré con creces, cariño mío. Te daré acciones de la galería, y puedo nombrarte para algún cargo de dirección, si quieres; a media jornada, claro está. Así tendrías una ocupación y me echarías una mano. Curiosamente, Gertrude, que siempre me ayudaba muchísimo, se negaba a aceptar un cargo de dirección. Decía que quería tener libertad a la hora de ayudar, no estar atada. En eso se parecía mucho a ti.
—No es solo por la tienda, Bernard —respondí—. Es por el amor o, mejor dicho, la ausencia de amor. Estoy enamoradísima de ti, pero tú no me quieres, y eso me colocaría en tremenda desventaja, ¿no te parece?
—Claro que te quiero —exclamó Bernard, un tanto indignado—. A lo mejor no estoy «enamorado», pero te quiero y lo sabes. —Se levantó del sillón, se acercó y, abrazándome, me besó con mucha ternura. Era la primera muestra de cariño que me daba en esa casa, y noté claramente que me estaba ganando.
Cuando volví a Twickenham el lunes por la mañana, nos habíamos prometido para casarnos al cabo de unos dos meses. Bernard estaba muy tranquilo y hablaba de ir de luna de miel a Madrid, pero yo me sentía rara y toda temblorosa por dentro. Casarse con Bernard no tenía por qué ser una decisión difícil de tomar: era una oportunidad fabulosa para una chica como yo. Quizá me estuviese quedando estancada con mi tiendecita y mi vida tranquila, y tampoco era un gran futuro para Tommy. Me la imaginé viviendo en esa casa preciosa, con Bernard de padrastro, pudiendo beneficiarse de una educación cara, de la música —a Tommy le encantaba la música—; quizá incluso montando a caballo. No podía ofrecerle gran cosa por mí misma, solo intentar hacerla todo lo feliz que estuviera en mi mano. Miré a mi alrededor. El sol entraba por el escaparate precioso, pero ¿no había demasiado polvo? Además, casi la mitad de los artículos de la tienda no se pasaban de bonitos: el orinal eduardiano, por ejemplo; la aparatosa mesa de comedor con hojas inestables, o la colección de mangos de paraguas no demasiado antiguos, ¿acaso le servirían a alguien? En la tienda también había piezas exquisitas, por supuesto, pero ¿merecía la pena acabar siendo una vieja solterona por ellas? Tenía casi veintisiete años, una cicatriz en la cara y una hija ilegítima. Si no me aclaraba las ideas y me casaba pronto, no me casaría nunca.
No le conté a Mary que había cambiado de opinión sobre la boda con Bernard porque sabía que podría hacer que me retractase en menos que canta un gallo. Así pues, esperé unos días hasta que la decisión estuviese más consolidada y me hubiera hecho a la idea. Pero sí llamé a mi madre: al menos ella se alegraría.
—No te habrás metido en un lío, ¿verdad? —me soltó en cuanto oyó mi voz.
—No es un lío exactamente —respondí yo—. Voy a casarme y he pensado que te gustaría saberlo.
Hubo una larga pausa.
—No será con el padre de la chiquilla, el brasileño ese o quien sea, ¿verdad?
Solté una carcajada.
—No, mamá, es con alguien que conoces.
Otra pausa.
—No puede ser Stephen: se ha casado con esa bailarina con la que le animaste a casarse. ¡Dios santo! ¿No será Bernard, Bernard Forbes?
—Sí, mamá, con Bernard Forbes —respondí—. Vamos a casarnos dentro de unos dos meses y estamos pensando en ir a Madrid de luna de miel. — Estaba disfrutando del momento.
—¿Y Tommy qué? ¿Va a acogerla a ella también?
—Pues claro —le respondí—, la quiere mucho. Los dos niños se criarán como hermanos. Ah, mamá, y Bernard me ha ofrecido un cargo de dirección en su galería.
La oí gritar: «¡Charlie, Charlie, ven!», y colgó. Imaginé que se pasarían al cabo de uno o dos días.
Fui a casa de Bernard un día a la hora del almuerzo para hablar tranquilamente con el servicio. Para mi sorpresa, cuando le dije que Bernard y yo íbamos a casarnos, la señorita May presentó su dimisión prácticamente en el acto. «Supongo que el señor Forbes no me necesitará si se viene a vivir aquí, no solo los fines de semana». Le garanticé que, aun así, querríamos contar con ella, pero pareció un poco titubeante y dijo entre dientes no sé qué de dos señoras en la casa. En cambio, la buena de la señora Hicks se alegró muchísimo, como Greta, que accedió a quedarse otros seis meses después de que me pasara un ratito convenciéndola. «Luego Johnny tendrá edad para ir al parvulario por las mañanas, y podrás ocuparte de los dos chiquillos sin ayuda», sugirió amablemente. Le dije que no sabía muy bien lo que estaba haciendo, salvo dejar la tienda. Me alegró muchísimo que recapacitara sobre su marcha; de lo contrario, quizá habríamos tenido que olvidarnos de nuestra luna de miel española. Iba a ser un viaje corto, con una mezcla de miel y negocios, pero si se parecía lo más mínimo a nuestra visita a Bruselas serían los días más felices de mi vida.
A medida que pasaron los días me fui acostumbrando a la idea de casarme con Bernard. No hablábamos mucho del tema, de la boda, pero cuando salía los dos coincidíamos en organizar una ceremonia discreta en el registro civil. Había una oficina muy cuca en Richmond, con flores y todo, casi igual de bonita que una iglesia. También tenían un jardín donde se habían fotografiado cientos de novios e invitados. Pensé que el ambiente debía de estar impregnado por las sonrisas de las novias, mientras veía dos bodas distintas preparándose concienzudamente para las fotos. Había ido a inspeccionar el sitio sola, sin decírselo a Bernard.
Cuando le conté a Mary que al final iba a casarme con Bernard, sonrió y dijo que ya lo suponía. Aunque no le parecía bien, Mary creía que era algo por lo que debía pasar, aunque me aplastase, pero añadió:
—Ya sabes que esa puta galería no será lo mismo que nuestra tiendecita.
Esa palabra era impropia de ella. Decidimos que lo mejor sería que Mary alquilase la tienda, pues no tenía tiempo para llevarla. Luego me hizo una sugerencia muy interesante: ¿por qué no guardaba mis piezas favoritas en el sótano de Bernard? En realidad era un semisótano y no tenía nada de humedad. Más adelante quizá pudiera organizar las cosas y disponer de mi propio estudio allí abajo, algo muy privado. Tenía un gran baúl de roble, de la tienda de la señorita Murray, en el que podría meter mis piezas de porcelana favoritas y otros tesoros, y también una consola dorada que me encantaba, y un espejo de estilo Trafalgar colgado encima: una de las bolas de cañón del marco se había perdido, y el cristal estaba un poco descolorido, pero aun así era precioso. Además, en mi habitación tenía, a buen recaudo, doce platos antiguos de porcelana de Meissen. Eran demasiado valiosos para venderlos en nuestra tiendecita —también venían de la colección de la señorita Murray—, y los había guardado a modo de inversión. Echamos un vistazo a la tienda. Y el sofá estilo Regencia, ¿qué? Era un poco pequeño, pero muy bonito. ¿Y las dos sillas de comedor de caoba con los asientos a rayas?
—En algún sitio tendrás que sentarte —dijo Mary, riéndose. Eran suyas, pero se empeñó en que me las quedase, así como una mesa abatible victoriana que tenía en su casa.
Pero si hasta hacía un momento estábamos contentísimas, pergeñando nuestros planes, cuando quise darme cuenta estaba sentada en un estrambótico taburete hecho de cuernos de animales —un taburete incómodo como él solo, dicho sea de paso—, llorando como una Magdalena.
—Ay, Mary, ¿y si no me deja meter mis cosas en su queridísima casa? — dije—. A lo mejor piensa que la contamino, o que a Gertrude no le gustaría. Es muy raro en ese sentido. —Luego añadí, más animada—: Quizá tolere el baúl; tiene varios parecidos por la casa. En fin, a ver lo que me dice.
Mary apuntó, en tono cínico:
—Si no te deja guardar unas cositas de nada en su sótano antes de la boda, jamás te dejará después.
El domingo por la mañana, mientras Bernard estaba enredado en una larga conversación telefónica, fui a inspeccionar el sótano. Ya había bajado alguna que otra vez a hablar con Peter, el restaurador de cuadros, pero solo había estado en el taller donde trabajaba. También había un cuarto más pequeño en el que guardaba los marcos y el material de trabajo, un amplio vestíbulo, con varios arcones apilados en un rincón, y otra sala alargada que daba al jardín y en la que entraba bastante luz. Estaba casi vacía: solo había varios armarios empotrados, cajas de seguridad para documentos y algo de material fotográfico. El espacio era más que suficiente para las cosas que quería guardar y, llegado el momento, podía tener mucho potencial.
Ese mismo día, mientras estábamos tomando una copa de aperitivo, Bernard me obsequió con un anillo de pedida, un topacio rosado rodeado de diamantes. Era un anillo harto singular, y el regalo me emocionó y me gustó muchísimo. Casi parecía demasiado bueno para mis manos de trabajadora, deterioradas por la labor que hacía en la tienda. Soy de esas mujeres que prefieren trabajar sin protección: los guantes me agobian. Bernard no me puso el anillo en el dedo, como se supone que hacen los hombres: se limitó a entregarme el pequeño estuche de terciopelo y dijo que era un regalito de compromiso. Parecía muy avergonzado, y el momento no tuvo ni gota de ceremoniosidad.
Después de darle las gracias, y se las di de todo corazón, le pregunté si podría guardar mis cosas en el sótano, en la habitación de delante.
—Son solo algunos artículos y piezas de los que no quiero desprenderme —dije, nerviosa—. El baúl de roble, por ejemplo, es muy útil para guardar cosas; y también una docena de platos de Meissen, muy valiosos, que no tienen ni una desportilladura.
Se quedó pensativo.
—Hombre, no quiero que haya muchos trastos por aquí, espejos deslucidos con el marco dorado, cachivaches en urnas de cristal y cosas por el estilo, pero si me prometes que vas a guardarlo todo en el sótano, no tiene por qué pasar nada. Eso sí, que no sean muchas cosas.
«Lo cubriré todo con sábanas y lo dejaré apartadito en un rincón», pensé, y a Bernard le dije:
—Qué va, Bernard, son solo un par de sillas de caoba y lo que quepa en el baúl. Si lo dejo en la habitación de delante, que Peter no usa, no estorbará lo más mínimo.
Le pasé un brazo por la espalda y, aunque sonrió, no dijo nada.
Los domingos comíamos todos juntos, con los niños, Greta y la señorita May. Bernard se sentaba en el centro de la mesa, con Johnny a un lado y yo al otro. Esas comidas en familia no le hacían demasiada gracia, pero le daban ocasión de pasar más tiempo con Johnny y estrechar lazos con el servicio. La señorita May presidía, como si fuese la anfitriona, y yo la ayudaba: ponía la mesa, preparaba las salsas y, bastante a menudo, el postre. Ese día había hecho el postre, pastel de limón con merengue, uno de los favoritos de los niños. Mientras lo estaba sacando del frigo, la señorita May reparó en el anillo y exclamó:
—¡Ay! ¿Es su anillo de pedida? ¿Puedo verlo?
Dejé en la encimera la tarta, un poco helada, y le mostré la mano izquierda con orgullo. Ella examinó detenidamente el anillo y dijo:
—Es de segunda mano, claro, pero es una monada. Eso sí, hay que hacer algo con esas manos. No están para llevar un anillo como ese, ¿eh?
Miré a la señorita May a la cara y, al ver que me aborrecía profundamente, me dije: «Cuando vuelva de la luna de miel te voy a dar pasaporte».