El enebro
Capítulo XV
Llevaba varios meses sin ver a la señorita Murray. Un buen día se presentó en la tienda como un hada madrina, con su clásica cesta llena de porcelana dañada. Se había enterado de la muerte de Gertrude y pensaba que echar un vistazo a la porcelana me animaría. Conocía bastante a los Forbes, y dijo que Gertrude era una mujer testaruda por haberse empeñado en dar a luz en casa.
—Ahora estaría paseando a su hijo en el cochecito, como todas las madres, si hubiese ido al hospital. Dar a luz en casa a su edad fue muy imprudente, ¿no te parece? —Y añadió, ablandándose—: Aunque yo quizá hubiera hecho lo mismo.
—Es un niño muy sano —dije, desganada, mientras escogía entre sus sobras. Luego, con más interés, apunté—: Me gustan estas tazas italianas con cupidos. A mí me parecen perfectas.
Ella las examinó un momento.
—Hombre, pesan un pelín más de la cuenta, ¿no te parece? Y solo hay tres. Nadie quiere tres tazas; buscan seis, quizá cuatro, o incluso dos. Ya lo tengo: véndelas en pareja y te quedas con la que sobre.
Sonreí y le dije que me quedaría con una para tomarme el té matutino, y bebí de ella muchas mañanas.
Es curioso cómo aquella taza italiana me reconfortó y me ayudó a regresar a la buena senda. Me he dado cuenta de que, después de una crisis vital o una enfermedad grave, una pequeñez puede ser el punto de inflexión hacia la recuperación. Recuerdo que de niña tuve neumonía. Debió de ocurrir cuando mi padre aún no se había marchado, porque lo recuerdo sentado a mi lado día y noche, intentando convencerme para que me comiera una especie de gelatina de carne, Brand’s Essence, se llamaba; pero yo apartaba la cara y pedía apio. Como tenía antojo, el médico acabó por dejarme masticar —que no tragarme— preciosos y crujientes tallos de apio, y desde ese momento me recuperé rápidamente. La taza italiana surtió el mismo efecto y me devolvió el interés por la tienda. Me compré un abrigo de invierno nuevo y pedí cita en una peluquería cara para cambiar de peinado. Hasta fui a una fiesta organizada por un amigo de Stephen un domingo por la mañana y me divertí bastante.
De lo que no disfrutaba tanto era de mi visita quincenal a casa de los Forbes. Tommy y yo íbamos cada dos fines de semana, y ella se divertía jugando con el chiquillo en su cuarto y «ayudando» a Marie a empujar el cochecito, e iba cogiéndole cariño a Charlotte. Intentaba reemplazar a Gertrude, pero carecía de su encanto. Charlotte se mostraba muy amable conmigo e incluso me pedía consejo sobre recién nacidos, quehaceres domésticos y, de vez en cuando, sobre Bernard. Me decía:
—Te tiene muchísimo cariño; haría cualquier cosa por ti. Te ve como una hija. ¿Qué he dicho para que se haya molestado tanto en la comida? ¿Por qué se ha dejado casi todas las ciruelas pasas, no le gustan? Y el disco de Vivaldi, ¿por qué lo ha quitado del tocadiscos y lo ha pisoteado? Era una música preciosa, de las favoritas de Gertrude.
Nunca hablaba conmigo de ningún tema intelectual, aunque se jactaba, y con razón, de tener buena cabeza. Al parecer, consideraba que la mía era exclusivamente doméstica, y si yo hacía algún comentario sobre pintura surrealista, por ejemplo, ella decía: «Pero, bueno, ¡mira quién habla!». Estoy segura de que no pretendía ser antipática, pero era incapaz de entender a la gente y sus sentimientos.
Bernard lo pasaba peor que yo, porque tenía que convivir con ella todos los días y no sabía cuándo acabaría aquello.
—Es muy insensible, ese es el problema, y a veces se parece mucho a Gertrude, y es peor todavía. Dios mío, pero ¿qué estoy diciendo? Ha dejado un trabajo que adora, hace lo que está en su mano por ayudar y lo único que hago es criticarla. Tengo que recuperar la costumbre de ir con ella a conciertos: le encantan, y nos llevamos mucho mejor cuando podemos hablar de algún tema serio. —Y, acercándome a él, añadió—: En cuanto a ti, pequeña, tenemos que seguir con tu educación. Hay una obra nueva que me gustaría particularmente que vieses, y aún no te he llevado a ningún concierto. Podríamos iniciarte con Schubert.
Cuando Bernard empezó a sacarnos de nuevo la vida se volvió menos lúgubre, y todos nos llevábamos mucho mejor. Charlotte, muy generosa, cuidaba de Marline las noches en que Bernard me llevaba a ensanchar la mente, y a cambio yo la ayudaba a veces en la cocina, sobre todo si los socios de Bernard venían a cenar.
Marie se había quedado casi dos meses más de lo estipulado y se moría de ganas de volver a Australia, por lo que tenían que encontrar a otra enfermera. Bernard optaba por una anticuada niñera, pero Charlotte pensaba que habría que darle de comer, lo que supondría llevarle la comida en bandeja y cosas por el estilo, así que acabaron eligiendo a una chica bastante joven que se llamaba Nell y que resultó ser alegre y amable, aunque Bernard se quejaba de su indumentaria. Se presentó a la entrevista muy bien vestida, pero debía de haber alquilado o cogido prestadas esas prendas oscuras y limpias, porque después del primer día no volvieron a verlas. Siempre llevaba vaqueros y camisetas arrugadas, por lo general con mensajes estampados en el pecho, pero lo que más molestaba a Bernard era que cada vez que se agachaba —y uno se agacha continuamente cuando trabaja cuidando niños— se le veía un buen trozo de piel entre la camiseta y los vaqueros. Era una espalda preciosa, pero ni a Bernard ni a Charlotte les gustaba un pelo.
De pronto la Navidad, mi primera en la tienda del parque Green, era inminente. Los clientes empezaron a preguntar por objetos pequeños, como pisapapeles de cristal, porcelana de Staffordshire y platos que pudiesen colgarse en la pared. También me pedían mucho platos grandes para servir el pavo. Pasaba mis lunes libres buscando pequeños tesoros y descubrí, con inmensa alegría, una familia de muñecas eduardianas con su ropita original; por lo demás, también me hacía con bonitas jarras, bandejas para magdalenas y joyas de plata, todo muy vendible en aquellas semanas.
Con la llegada de la Navidad empecé a sentirme culpable por mi madre. ¿Debía mandarle una tarjeta o un regalo, o incluso ir a verla? Sabía que Gertrude me instaría a hacerlo si estuviese viva, pero no dejaba de aplazarlo. Luego el dilema se resolvió, pues mi madre llamó por teléfono una noche y, con la brusquedad que la caracterizaba, me anunció que se pasaría a la tarde siguiente. «Espero ver a mi nieta brasileña, claro», dijo con retintín, y colgó con un golpe, sin mencionar al señor Crimony. Conociendo su mala opinión sobre el transporte público londinense, era harto improbable que viniera sin su dócil chófer. Aunque ya era muy tarde, fui a toda prisa a la cocina y preparé un bizcocho de seis huevos, que subió que daba gusto verlo, y así se quedó. Algunos de mis bizcochos salían perfectos del horno, pero en cuanto les daba la espalda se hundían por el centro.
Fui a recoger a Tommy a la guardería temprano. Atravesamos a toda prisa el parque Green y llegamos a la tienda justo cuando un Rover rojo estaba aparcando enfrente. Mi madre bajó del vehículo, pero no había ni rastro del señor Crimony. La vimos sacar varios paquetes del maletero y cerciorarse de que el coche quedaba bien cerrado antes de cruzar la calle. Volvió a mirarlo con tamaña expresión de orgullo, en su cara adusta por lo general, que aún no se le había borrado cuando nos vio.
En líneas generales, la visita fue mejor de lo que esperaba. Hablamos del coche, de las clases de autoescuela y del examen, que le salió a las mil maravillas:
—Y pensar que habría podido conducir todos estos años. El señor Crimony dice que soy una conductora nata, menos cuando pierdo los nervios con los demás conductores, claro.
—¿Él dónde está, el señor Chimney[2]? —preguntó Tommy.
—Señor Crimony, querrás decir —respondió mi madre, riéndose—. Pues hoy no ha podido venir, pero te manda un regalito. —Y, volviéndose hacia mí, añadió—: Se está haciendo la pedicura. Pobre hombre, tiene los pies fatal: en verano le sudan mucho y tiene que llevar carbón en los calcetines, y en invierno que si la artritis y las uñas encarnadas. Pero, bueno, ¿abrimos los regalos?
Me conmovió verlos, todos bien envueltos en papel con motivos navideños. Un jersey tejido a mano para Tommy, y encima de su talla, con lo que mi madre habría tenido que pensar en ella mientras lo tejía en Kilburn. Para mí unos guantes de gamuza que parecían muy caros, y el violín prometido para Tommy, además de una muñeca grande de pelo rubio, ambos del señor Crimony. Mi madre dijo que la había escogido él mismo. La muñeca venía con un juego de peluquería y era vulgar como ella sola, pero por suerte a Tommy le parecía guapa. Justo antes de marcharse, mi madre puso otro regalo en las manos ansiosas de Tommy. Cuando lo abrió, vio que era un muñeco negro de trapo.
Unos días antes de Navidad, Stephen se marchó a Estados Unidos para casarse con Brit. Por alguna razón, yo no esperaba que fuese a ocurrir de verdad, sobre todo porque Stephen había pasado semanas sin apenas nombrarla, quizá para no hacerme daño. Su marcha a un lugar tan lejano parecía definitiva. Lo acompañé a Heathrow para despedirlo y casi me alegré cuando me dijo que no le quedaba dinero inglés y me pidió que le pagase el exceso de equipaje. Eran solo nueve libras, y me había parecido ver que tenía un buen fajo de billetes ingleses cuando pagó el taxi, unos minutos antes. Casi se me había olvidado su tacañería. Ahora me acordaba de lo mucho que me irritaba cuando vivíamos juntos.
Al despedirnos, le dije: «Adiós, Tacañín». Luego nos dimos un beso y le repetí: «Adiós, querido Tacañín», y él me dijo: «Adiós, querida Cara Cortada», y se dirigió a toda prisa a la puerta de embarque. No volvimos a vernos. Nos escribimos, pero, como decía Marie, las cartas no son lo mismo.