El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 16 de 33

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El enebro

Capítulo XVI

 

Las cenizas de Gertrude me pesaban sobre la conciencia; eran livianas, pero pesaban. ¿Las habría esparcido ya Bernard por el bosquecillo o seguirían en su urna de plata, a la espera de la ocasión propicia, quizá Navidad? ¿Sería un gesto solitario o una reunión de familiares y amigos? Al final le pregunté a Charlotte y descubrí que estaba igual de perpleja que yo.

—Lo único que sé es que siguen en su urna de plata, en el estudio de Bernard. De hecho, a veces le doy brillo, y, si estuviese vacía, lo habría notado, pero nunca lo hemos hablado. A lo mejor no puede soportar deshacerse de ellas. —Se apartó el pelo de la frente suave y robusta y añadió —: Lo que sí tengo claro es que se armaría un follón de mil demonios si dijera algo, ¿no te parece?

Coincidí con ella, y no volvimos a hablar del tema, ni siquiera entre nosotras.

Bernard parecía dar por sentado que íbamos a pasar la Navidad en Richmond, aunque para los adultos no sería una ocasión demasiado alegre. Yo confiaba en poder pasarlas tranquilamente en casa con Tommy, sin complicaciones, pero al final tuvimos tres días de celebraciones tristes. Incluso Nell, que no había conocido a Gertrude, estaba abatida. Nos intercambiamos regalos tontos, envueltos en papel chillón, y Charlotte y yo preparamos un gran banquete; aunque podríamos haber servido chuletas de cordero sin más, pues nadie tenía hambre. Al menos no hubo crackers navideños. Marline se llevó una desilusión, pero luego siguió abriendo y jugando con sus regalos, tan contenta; y también estaba Johnny en su moisés, al lado de la chimenea.

Ya levantaba la cabeza e intentaba mirar a su alrededor, y tenía una sonrisa adorable. A Bernard le encantaba contemplarlo, y a veces estiraba un dedo para que lo atrapase la suave mano del bebé; pero casi nunca lo cogía. Mientras que yo, que sentía por el chiquillo un amor con reservas, acostumbraba ponérmelo en el regazo o apoyarlo en mi hombro, con su carita pegada a la mía. Era un niño muy tranquilo y casi nunca lloraba. Nell cuidaba muy bien de él, a pesar de llevar la curcusilla al aire, y ahora que había llegado el frío se le veía menos.

Fue un alivio que los doce días de Navidad acabasen y no tener que seguir cerrando la tienda por vacaciones no deseadas. Las subastas volvieron a empezar y, en una de ellas, pujé por una mesa de centro que parecía de caoba. Estaba muy camuflada con una capa de pintura beis sucia y, como nadie vio lo que había debajo, la compré por una miseria. Cuando llegó a casa y pude examinarla a mi antojo, comprobé que llevaba razón. Mary y yo nos enfundamos los guantes de látex e intentamos quitar esa pintura ofensiva, pero no hubo manera, así que tuvimos que llevarla a un taller cercano para que se ocupasen unos profesionales. El servicio salió caro, pero aun así le sacamos mucho beneficio a la mesa, lo que sentó bien a mi ego y a mi cuenta corriente. Era consciente de la suerte que tenía de poder ganarme la vida haciendo algo que me gustaba tanto, y me encantaba la tiendecita. Quizá a veces me sintiese un poco atada a ella, pero siempre podía cerrar unas horas. No era como un trabajo normal, y Mary se fiaba completamente de mí y nunca se entrometía.

En realidad, el único inconveniente de naturaleza práctica que tenía en aquella época era la educación de Tommy. Ya estaba muy mayor para la guardería y se aburría como una ostra, y, aunque había tres colegios públicos a los que se podía ir andando, eran para niños de más edad. Al final encontré una guardería privada donde encajaba a la perfección: se lo pasaba muy bien en las clases sencillas y en compañía de otros niños algo mayores, así que el dinero extra merecía la pena. Sin embargo, echábamos de menos atravesar el parque Green a la carrera y dar de comer a los pájaros por las mañanas. Ahora teníamos que esperar un buen rato el autobús y hacer un trayecto relativamente corto. Cuando Bernard se enteró, me compró una flamante bicicleta con una sillita encajada en la parte de atrás para Tommy, y se resolvió otro problema.

Aunque echaba muchísimo de menos a Gertrude y un poco a Stephen, aquella fue una época gratificante y tranquila de mi vida. Tenía a Tommy bien colocada, la relación con mi madre había mejorado un poco, la tienda iba boyante, disfrutaba de las salidas con Bernard y ya no temía mis visitas a Richmond. Bernard y Charlotte parecían llevarse cada vez mejor y las nubes de tristeza en la casa empezaban a disiparse. Charlotte podía oír vinilos sin miedo a que los quitase violentamente del tocadiscos y los pisoteara. Pero Bernard trabajaba mucho y pasaba casi todos los fines de semana encerrado en su estudio o con Peter, su ayudante, que también tenía un estudio y un taller en la casa, aunque casi nunca me cruzaba con él. De lunes a viernes Bernard se quedaba hasta tarde en su galería de Dover Street y Charlotte se quejaba:

—Es como si, ahora que Gertrude no está, ya no quisiera volver a casa. Estoy convencida de que la vendería y se iría a vivir a un piso si no fuera por Johnny. A veces dice que la odia porque Gertrude ya no está, y otras afirma que la casa es sagrada porque ella vivió aquí. Su ropa sigue en los armarios, ¿sabes?, y la señora Hicks las pasó canutas por tirar un tarro de crema medio vacío que estaba cogiendo polvo en el tocador. Ser tan macabro no es propio de él.

Algunos lunes, cuando cerraba la tienda, Bernard me llevaba a exposiciones de arte y luego comíamos juntos y hablábamos de los cuadros que habíamos visto. Solíamos ir a restaurantes caros, pero a veces —según donde fuese la exposición y lo que nos pidiera el cuerpo— optábamos por bares con menú del día, que olían a patatas fritas chisporroteantes. El caso es que, dondequiera que fuésemos, me encantaba. A veces Bernard me llevaba a una casa de subastas y me pedía que pujara por algún cuadro con mi estilo amateur; eran cuadros que le interesaban, pero no quería que lo supieran los demás marchantes. Eso me hacía sentirme como el ratón de la fábula, que ayuda al león. Solo una vez pujé por el cuadro que no era: creía que Bernard me había dicho que no ofreciese más de cien libras por un paisaje marino sombrío y, para mi asombro, me lo llevé solo por tres. El paisaje marino que él quería era otro muy distinto, pero al menos el marco dorado valía mucho más de tres libras, así que no fue un error tan grave y tuvimos algo de lo que reírnos.

Cuando las cosas parecían ir relativamente bien en la casa de Richmond, hubo un problema con Nell. Esta vez fue algo peor que unos centímetros de piel desnuda. Un fin de semana que pasé con ellos, Bernard, Charlotte y yo volvimos a casa antes de tiempo después de una cena particularmente aburrida, organizada por una buena gente que creía que nos vendría bien «animarnos». En cuanto entramos en la casa, oímos el llanto lastimoso de Johnny, que parecía llevar un buen rato con el berrinche. Subimos las escaleras corriendo y lo encontramos llorando en su cuna, con las mejillas empapadas y el pañal sucio. En la habitación contigua, donde dormía Nell, se oyó ajetreo, y luego voces tenues. Charlotte abrió de golpe la puerta y encendió la luz implacable, que dejó ver a un joven desnudo, forcejeando con una camiseta con un «Se lo diré al mundo» estampado en el pecho, y a una Nell sobresaltada, intentando taparse con la sábana.

Apartó rápidamente a Charlotte murmurando, entre bostezos:

—Lo siento. Me he quedado frita. —Luego se inclinó sobre el niño y dijo —: ¡Dios mío, te has puesto perdido!

Bernard quiso salir de la habitación, pero se topó con el joven arrodillado en el rellano, que intentaba ponerse los calcetines y los zapatos.

—Vete ahora mismo de mi casa o bajas las escaleras a patadas —gruñó Bernard—. Charlotte, llama a la policía.

La palabra «policía» pareció aterrar al joven, porque bajó como un rayo y salió de la casa sin cerrar siquiera la puerta principal, que se quedó meciéndose con el viento de invierno. Bernard tiró los zapatos y los calcetines de aspecto hediondo a la calle y allí se quedaron hasta que el camión de limpieza los engulló por la mañana. Luego supimos que era un camarero sudamericano cuyo permiso de residencia había caducado hacía casi dos años, con lo que tenía particularmente poco interés en acercarse a la policía.

El lunes por la mañana, mientras Bernard nos llevaba a casa, dijo, como de pasada:

—Supongo que no querrás dejar la tienda para cuidar de Johnny, ¿verdad? Te lo pagaría con creces, claro.

Sintiéndome un monstruo egoísta, decliné su oferta a pesar de toda la amabilidad y la amistad recibida. No podía dejar una vida que me iba tan bien. Bernard aceptó mi negativa con mucha calma y dijo que solo era una idea, que se le acababa de pasar por la cabeza; ni siquiera lo había hablado con Charlotte. Aun así, me sentí culpable.

Contrataron a una niñera de mediana edad para que cuidase de Johnny. Decían que era una mujer de total confianza, y muy buena, pero Johnny no la quería tanto como a Nell. Había crecido muy bien a su cuidado, un tanto chapucero, y la veía como una madre, y ahora se enfrentaba a ese cambio repentino. Charlotte hacía lo que podía, pero los bebés no eran lo suyo; a ella le interesaban los niños mayores. Johnny lloró mucho las primeras dos semanas con la niñera, pero luego se tranquilizó y se volvió un niñito algo reservado, que casi nunca sonreía, salvo cuando estaba con mi hija cada dos fines de semana. Sin embargo, incluso esos días se veían menos que de costumbre, y tuve la sensación de que la niñera hacía por evitar que se juntasen. Marline no participaba en los majestuosos paseos, cuando la niñera sacaba a Johnny en el enorme cochecito que insistía en usar, a pesar de las cuestas pronunciadas y las calles generalmente abarrotadas de Richmond. Más de una vez la vi cruzar la calle con firmeza, y me dio la impresión de que arrollaría a cualquier transeúnte que se interpusiera en su camino.

Tardé un tiempo en caer en la cuenta de que a la niñera no le gustaba mi pobre Tommy-Marline y no quería que la viesen con ella por la calle. También habría preferido no tenerla rondando por el cuarto del niño, aunque era bastante difícil impedir que entrase. Cuando yo estaba con ella, hacía comentarios tal que: «La verdad es que me contrataron para cuidar de un niño, no de dos», refunfuñando, o «Será mejor que Marline deje tranquilo al chiquillo; siempre me lo revoluciona». A veces Nell y yo bañábamos juntos a los niños, rodeados de juguetes flotantes, pero, cuando se lo sugerí, la niñera pareció horrorizada.

—Por supuesto que no —dijo—. No vaya a haber un desagradable incidente.

Sin embargo, lo que en realidad quería decir era que la piel oscura de mi hija podría contaminar el agua.

Intenté ocultarles a Bernard y a Charlotte la aversión de la niñera a Marline, pues lo único que conseguiría sería crear mal ambiente y podría suponer el despido de la mujer y otro cambio para Johnny. Pero me dolió que Bernard dijese:

—¿Por qué cuando sacan a Johnny de paseo Marlinchen ya no va con él? Parece que ya no le interesa, y casi nunca está en el cuarto del niño.

—Creo que es un poco vergonzosa con la niñera, nunca había conocido a una auténtica niñera británica —dije—. Se lo pasa muy bien con Johnny cuando están abajo juntos.

Y también cuando la niñera no estaba en el cuarto del niño. Aun así, me pareció que quizá había hablado de más, que Bernard podría empezar a ser consciente de la antipatía de la niñera.

Hasta que un domingo por la tarde, mientras la mujer arropaba a Johnny en su enorme cochecito, Marline salió corriendo de la casa, poniéndose su trenca a trompicones:

—Espérame, niñera, ¿puedo ir yo también?

Bernard y yo estábamos al lado de la verja y oímos la respuesta airada de la mujer.

—Por supuesto que no. Solo puedo ocuparme de un niño con estas cuestas, y no quiero que estés todo el rato cotorreando.

Marline acabó de forcejear con la trenca.

—Te prometo que no voy a hablar, voy a ayudar. Voy a empujar con todas mis fuerzas.

La niñera respondió con frialdad:

—Creo que serías más un estorbo que una ayuda. Cierra la verja cuando salga, haz el favor. —Y salió con su cochecito, muy digna, sin prestar siquiera atención a Bernard.

Marline volvió su carita trémula y se encaminó alicaída hacia la casa; los leotardos rojos, retorcidos en sus piernas delgadas, le daban un aspecto aún más lastimoso. Bernard fue rápidamente por la niña, la cogió y dijo que ellos iban a dar un paseo por el parque; pregunté si podía ir yo también, y a ella le pareció muy divertido. Así que fuimos juntos al parque y nos congelamos con el viento de principios de marzo. Ninguno de los dos nos habíamos demorado en ir por los abrigos, pero mereció la pena pasar frío para ver a Marline feliz otra vez: ahora incluso los leotardos retorcidos transmitían alegría.

Una o dos semanas después, Charlotte estaba guardando la ropa de cama en el gran baúl del rellano cuando oyó a la niñera echar a Marline del cuarto del niño. La puerta estaba abierta y Charlotte explicó que la mujer puso una mano enorme en el hombro de Marline y le dijo, en tono amenazante: «¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero que entres a molestar al niño? No voy a permitir que se contamine. Baja a la cocina, que ese es tu sitio. Y acuérdate de que no quiero volver a verte aquí». Le dio un empujón para echarla y cerró de un portazo. Charlotte cogió de la mano a Marline y bajó con ella en el acto para contarle a Bernard lo que había pasado y pedirle consejo. Yo estaba en la ciudad, de compras de fin de semana, y al volver me enteré de que la niñera estaba despedida y enfurruñada en su habitación. Vi a Charlotte llorando, con Johnny en brazos, y a Bernard con una expresión tristísima y un vaso de brandy en la mano, a pesar de que bebía muy poco, y nunca por la tarde. Incluso la chimenea se había apagado, y la sala olía a humo amargo. Sin embargo, Marline estaba como unas pascuas, sentada en una montaña de cojines y mordisqueando con gran estruendo unas galletas de chocolate, del todo ajena al clima de desesperación que la rodeaba.