El enebro
Capítulo XIX
Cuando mi madre se enteró de que había vivido en casa de Bernard más de un mes y no la había invitado se llevó un disgusto, pero le expliqué que pasaba todo el día trabajando en la tienda y estaba demasiado ajetreada para recibir visitas en una casa ajena.
—Y los fines de semana y las noches, ¿qué? —me soltó por teléfono—. Acabas de decirme que preparabas la cena para la familia todas las noches; está claro que podrías habernos invitado algún día. Supongo que crees que el tal Bernard va a casarse contigo. Pues ya te adelanto yo que no. ¿Te imaginas a un hombre así acogiendo a una hijastra negra? Y no digo que la pobrecilla no tenga su encanto. Reconozco que me sorprendió mucho ver el cariño que parecía tenerle, pero recibirla en su familia es harina de otro costal.
—Mamá —respondí—, te pediría que dejaras de decir sandeces. Bernard no tiene ninguna intención de casarse conmigo ni con nadie. Aún adora a Gertrude, siempre lo hará, y se habría casado con ella aunque hubiese tenido diez hijos negros. A Bernard el color le es totalmente indiferente, y Gertrude era igual.
Mi madre resopló.
—Eso que te lo crees tú. Voy a colgar, tengo que prepararle la cena al señor Crimony: hígado y beicon con puré de patatas, aunque supongo que esos platos te parecerán poco.
Casi podía oler el aroma del hígado y el beicon a través de la línea, hasta que colgó el teléfono con su brusquedad habitual y se cortó la comunicación. ¿A santo de qué pensaba que tenía que invitarla a casa de Bernard? No tenía ni la más remota idea de que le interesasen tanto él y su casa. Tuvo que causarle muy buena impresión la única vez que se vieron, hacía casi un año. De todos modos, me parecía recordar que mi madre le había hablado en un tono muy mordaz.
Charlotte había puesto un anuncio en The Times para buscar a una cocinera y ama de casa y, para su asombro, recibió veintisiete respuestas, así que pasamos el fin de semana revisándolas. La mayoría de las candidatas eran viudas o divorciadas, con o sin hijos. Bernard dijo:
—Creo que no queremos más niños, ya tenemos dos. ¿Qué os parece una de las jóvenes señoritas españolas? Le haría compañía a Catalina.
Sin embargo, a Charlotte le parecía que lo de las señoritas sonaba un tanto frívolo, por no hablar de la barrera del idioma. Ella eligió a una solterona de cincuenta y cinco años, con buenas referencias y un perrito, mientras que mi preferida era la señorita de mayor edad, una joven de veinticuatro. Parecía comprensiva y responsable y, a juzgar por su carta, sabía bastante inglés. También me resultó interesante una divorciada sin hijos de treinta y un años, librera en paro, que escribió una carta excelente y no se compadecía de sí misma como la mayoría de las candidatas, con sus maridos fallecidos y sus matrimonios rotos. Cuando llegó el lunes aún no habíamos tomado la decisión, y los dejé a los dos para que escogieran.
El martes por la tarde Bernard se pasó por la tienda, como hacía a menudo, de camino a casa. Iba con más retraso que de costumbre y parecía deprimido por la candidata escogida por Charlotte.
—Es testaruda como ella sola; es imposible hacerla cambiar de opinión. Se ha empeñado en la solterona con el perrito y buenas referencias. Ahora mismo está en Devonshire cuidando de la casa de una anciana que acaba de fallecer. Charlotte ya ha hablado con ella por teléfono. Cuando he salido esta mañana estaban cotorreando, dice que se queda libre dentro de una semana más o menos. Bella, me aterra que sea ella, de verdad. Cincuenta y cinco años son muchos años. Tendrá sus manías, querrá echarse la siesta y se le dará fatal cuidar de Johnny. Prefiero un millón de veces a una de las chicas españolas; la más mayor, la que elegiste tú, sería perfecta.
Parecía preocupado de verdad, así que sugerí que tuviesen a la mujer un mes de prueba; así sería mucho más fácil despedirla, llegado el caso. Se levantó de un brinco del sillón.
—Es una idea maravillosa. ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí? Me voy ahora mismo a decirle a Charlotte que cualquier ama de casa tendrá que estar un mes de prueba. Puedo soportar lo que sea un mes, o eso creo.
Se fue como un rayo después de quedarse poco más de diez minutos. Ojalá me hubiera guardado la sugerencia para más entrada la tarde.
Charlotte se salió con la suya y contrató al ama de casa que había elegido —Joan Webb, se llamaba—, pero al menos estaría un mes de prueba, con lo que Bernard no se comprometió demasiado. En su primer fin de semana no fui de visita, pues me parecía muy injusto cargarla con más trabajo en cuanto llegase, pero al siguiente sí, porque Charlotte se pasó por la tienda —era la primera vez, de hecho— para rogarme que recurriese a mi influencia con Bernard y le hiciera ver lo buena mujer que era Joan Webb.
—Reconozco que aparenta más años de los que dijo, cincuenta y cinco, ¿verdad? Por lo demás, es una mujercita muy trabajadora, alegre y voluntariosa. Por desgracia, no tiene mucha fuerza, no sabe conducir y le cuesta cargar con la compra calle arriba, pero Catalina está echándole una mano, así que tampoco es un problemón. Bernard dice que tiene una sonrisilla pícara que le horroriza y que no soporta comer con ella. Me temo que es un pelín nerviosa, y el perro también: siempre está subiéndose y bajándose de todos sitios. Se llama Burbuja, y a Bernard tampoco le gusta el nombre.
—Perdona que te interrumpa —dije—, pero ¿sabe cocinar? Es una de las cosas más importantes, ¿no?
Charlotte pareció sorprendida.
—Supongo que sí. Bernard no se ha quejado demasiado, aunque reconozco que las raciones son muy escasas. Le gusta cocinar platos con huevo: tortillas esponjosas, huevos revueltos y huevos escalfados. Y carnes: prepara unas croquetas frías diminutas y a veces hace picadillo de carne con una salsa bastante buena, y también picadillo de pollo. Reconozco que flojea con las verduras, y se le olvida comprar queso; quizá piense que es indigesto. Le gusta hacer tartaletas, pero siempre son de lo mismo: uva espina. Al parecer, a la anciana que murió le chiflaban, pero a Bernard no. No sé si se las apañaría para preparar una cena para muchos invitados. Pero ¿quién necesita organizar cenas? Bernard podría recibir a sus visitas en su club, muchos hombres lo hacen. El caso es que el problema principal no parece ser la cocina, sino que no se calla ni debajo del agua. ¡La pobre solo quiere ser simpática! Y una noche se echó perfume y él le dijo que lo evitara porque le daba alergia. ¡Qué tontería! La pobrecilla se quedó chafada. Estoy convencida de que vale su peso en oro; podría decirse que es un auténtico tesoro. Ojalá Bernard lo viese. Vas a hacer lo que esté en tu mano para persuadirlo, ¿verdad, cariño?
Y se marchó sin echar siquiera un vistazo a la tienda, repleta de pequeños tesoros y del sol que entraba por el escaparate y bañaba la cristalería de Bristol.
Bernard vino a recogernos el sábado por la tarde y dijo que le costaba horrores volver a casa sabiendo que esa mujer estaba allí.
—Tiene un perrillo que se llama Burbuja y que siempre está alterado y saltando de aquí para allá. Cuesta diferenciarlos, los dos tienen el pelo rizado y gris azulado. Espero que hayáis comido bien hoy, porque en mi casa ya os podéis ir olvidando. Daos con un canto en los dientes si os sirven sopa de lata aguada, seguida de un huevo escalfado roto y una taza de té flojo, o incluso chocolate caliente.
No arrancamos inmediatamente, sino que nos quedamos en el coche viendo el críquet hasta que Tommy dijo, con vocecilla aburrida:
—¿Cuándo vamos a ver al perro saltarín?
—Dios mío, Burbuja le va a encantar —se lamentó Bernard. Pero cuando arrancamos estaba sonriendo.
En cuanto Tommy llegó a casa de los Forbes y se convirtió en Marline, hizo caso omiso de su amigo el oso esculpido y entró corriendo a la casa en busca del perro saltarín, al que encontró en la cocina, donde la señorita Webb estaba preparando la cena. Por una vez estaba tumbado debajo de la mesa, como le gustaba a Petra, pero en cuanto oyó nuestras voces salió de su escondite con una pelota pinchada en la boca y echó a correr por toda la cocina, perseguido por Marline. Bernard me presentó a Joan Webb, que dijo:
—Llámame Joan, por favor, o Gay, como mis amigos; dicen que no tengo cara de Joan en absoluto. ¿Tú qué crees?
Yo le dije que me gustaban los dos nombres, y acto seguido subí a ver a Johnny, que me dio una bienvenida adorable. Estaba en su trona mientras Catalina le daba de comer, abriendo la boca cada vez que metía la cuchara en la de Johnny. Catalina le pasó la cuchara a Bernard y lo intentó él, sin demasiado éxito, así que se la devolvió a la joven y se quedó mirando a su hijo, con una expresión de enorme amor y orgullo en esa cara preciosa, una expresión con la que lo había visto muchas veces mirar a Gertrude.
Nos sentamos en la sala de estar, esperando la cena, y Charlotte miraba de vez en cuando su anillo de pedida y aprovechaba la menor ocasión para hablar de su prometido. Era evidente que no veía la hora de volver a Alemania para vivir con su Hermann. Estaba preguntándome si debía ofrecerme a ayudar en la cocina cuando Joan Webb entró, trastabillándose, para anunciar que la cena estaba lista; Burbuja apareció como una flecha detrás de ella, con la pelota roja pinchada saliéndosele de la boca como una lengua hipertrofiada. Entramos en grupo al comedor y se nos sirvió sémola con salsa de queso lechosa, y de postre bizcocho de frutas bañado en crema de natillas y decorado con virutas de colores. Nos tomamos nuestro menú infantil en un silencio que Joan intentaba romper buscando conversación.
—¡Ay, señor Forbes! Hoy me he enterado de que tiene usted inclinación por los filetes. Y yo que pensaba que era más o menos vegetariano. Mañana tendrá su filete. ¡Ay, Dios! Mañana es domingo y como las tiendas cierran había pensado hacer picadillo de pollo. No he dicho nada. El lunes tocará filete, y para Burbuja también habrá un trocito.
Y Burbuja, que se había tranquilizado, empezó a brincar y corretear alrededor de la mesa, con una mirada temible y alerta.
El domingo por la mañana, cuando Bernard se encerró en su estudio con The Sunday Times, Charlotte estaba en el césped leyendo The Observer y Catalina había llevado a los niños al parque, fui a la cocina para ayudar a la señorita Webb en lo que pudiese. Aunque no tenía tablas, la pobre mujer me daba pena. Al parecer, Charlotte la había dejado a su suerte, sin ofrecerle ninguna ayuda o consejo. Conseguí granjearme su confianza mientras fregábamos las cosas del desayuno y resultó evidente que no estaba contenta, ni muchísimo menos. Repasé con ella los armarios de la despensa y la cocina y no encontré ningún alimento propio de los Forbes. Había un pollo de aspecto anémico, ya cocinado y listo para ser picado, una lechuga sin cogollo, una col de Saboya, un blancmange blandengue de color rosa, muchos cartones de sopa, verduras deshidratadas, puré de patatas y, cómo no, latas y latas de uva espina. El blancmange rosa era sin duda la joya de la corona, pero tuve que ser cruel y descartarlo diciendo que «a lo mejor los niños se lo comían». En vez de ese postre le sugerí una macedonia con nata montada.
Su cara era un poema.
—¡No les gusta el blancmange! Es increíble. A mi madre le encantó hasta el día en que se murió (pobrecilla, tenía noventa años), y todas las señoras para las que he trabajado eran devotas. Me temo que el problema es que solo he cocinado para ancianas, nunca para un hombre.
La dejé cortando cebollas, con las lágrimas resbalando por sus mejillas empolvadas. Esperaba que fuese por las cebollas.
Fui a toda prisa al indio abierto más cercano y compré pimientos, rojos y verdes, una berenjena oscura y resplandeciente, varios melocotones, naranjas y plátanos y un paquete grande de nata. Al volver, puse el pollo, los pimientos y la berenjena en una cacerola y, para horror de Joan Webb, le añadí varios de los champiñones y ajos secos que colgaban del techo, además de un vasito de jerez (el favorito de Bernard). Preparamos la macedonia juntas, montamos la nata y, cuando su manita se disponía a coger un paquete de puré de patatas instantáneo, la detuve y le sugerí cocer arroz. Luego nos tomamos un café de media mañana y me abrió su corazón. Me contó que había rechazado dos propuestas de matrimonio y se había quedado en casa cuidando de su madre, que cobraba una pensión y una cómoda renta anual, con lo que el dinero nunca había sido una preocupación. De hecho, «mami» insistía en que su única hija se pusiera siempre guapa. Le gustaba verla con prendas bonitas, azules, a ser posible, a juego con sus ojos. Y hasta los últimos años la había animado a salir con sus amigos, aunque eso cambió, claro, cuando «mami» se volvió completamente dependiente, o casi.
—Cuando murió, la cuestión del dinero se convirtió en un trauma. Todo se acabó: la pensión, la renta, todo. Teníamos unas setecientas libras en el banco, pero el funeral costó mucho más de lo que esperaba. Vendí los muebles, pero no saqué gran cosa, aunque mami tenía un gusto exquisito. Además, había que cuidar de Burbuja, su perrito del alma. No pude sacrificarlo. Fue un amigo íntimo, nuestro abogado, quien me sugirió que empezara a trabajar de cocinera y ama de casa para una anciana. Y es que después de tantos años había cogido muchísima experiencia con mami; era lo único que sabía hacer. Me fue muy bien, era muy feliz con mis viejecitas. Una de ellas era un poco bárbara, incluso intentaba morderme la mano cuando le daba de comer, y al final hubo que meterla en una residencia, pero las demás eran un cielo; con tendencia a morir, eso sí. Perdí a tres en cuatro años. Por eso respondí al anuncio del señor Forbes: un viudo con un hijo recién nacido era muy esperanzador. Claro que no tenía la menor idea de lo grande que era la casa, y encima en lo alto de una cuesta empinada. Tampoco tengo a nadie que me aconseje sobre el trabajo. La señorita Charlotte solo piensa en volver a Alemania y en su inminente boda, y el señor Forbes evita hablarme siempre que puede, aunque yo intento sacar algún tema de conversación entretenido. —Dejó su taza de café y añadió, bajando la voz—: Y otra cosa que me preocupa es el dinero.
—¿No le pagan bastante? —exclamé, sorprendida.
Ella negó con la cabeza, con expresión pensativa.
—No lo sé. El caso es que la señorita Charlotte me dio doscientas libras, para pagar la comida, me dijo; pero no me especificó hasta cuándo tenían que durarme, y ya me he gastado treinta libras en dos semanas. La leche está muy cara y la niñera española tiene un apetito de aúpa; siempre está comiendo baguettes con salchicha, tomate y cebolla. Yo no sería capaz, pero es una jovencita trabajadora y dice que lo necesita. He intentado hablarlo con el señor Forbes, pero es un hombre de pocas palabras, ¿verdad?
Le dije que lo hablaría yo con él y que no se preocupara, porque seguro que no había gastado demasiado dinero; de hecho, había gastado muy poco.
Oímos que Bernard me llamaba, así que la advertí: «Asegúrese de que no se pasa el arroz; los granos tienen que quedar sueltos», antes de irme volando a su encuentro. Quería enseñarme unas amapolas amarillas que había descubierto en el bosquecillo de Gertrude, debajo de un manzano, entre una maraña de hierba alta. Ninguno de los dos las habíamos visto hasta entonces, aunque parecían bien arraigadas, como si fueran un mensaje de esperanza de Gertrude. Eso fue lo que ambos sentimos.
Bernard apuntó:
—No me sorprendería que mañana no estuviesen; no parecen reales, por así decirlo.
Eran flores frágiles, pero reales, y pensé que lo más probable era que siguiesen allí al día siguiente. Buscamos con atención por todo el bosquecillo, pero no encontramos más amapolas amarillas.
Después de comer, mientras nos tomábamos el café en la sala de estar, Charlotte dijo:
—Joan nos ha preparado una comida muy buena. Ya sabía yo que resultaría ser un tesoro; solo tiene que hacerse a la casa.
Bernard parecía meditabundo, y me preguntó dónde había pasado casi toda la mañana. ¿Por casualidad había estado escondida en la cocina? Me pareció un momento oportuno para contarles con todo detalle lo que había pasado en la cocina, para hablarles de los penosos apuros económicos y la falta de orientación e instrucciones, de la triste historia de Joan; no trágica, pero muy triste. De sus viejecitas, que morían una detrás de otra, tres en cuatro años, y de su cocina basada en las necesidades de ancianas empobrecidas.
—¿Cómo iba a saber yo todo eso? —soltó Charlotte, airada—. Dijo que era una cocinera experta y la dejé a su aire. Al fin y al cabo, no voy a quedarme mucho más, y no es bueno que dependa de mí. Es verdad que comentó algo del dinero, pero le dije que le preguntara a Bernard. Se suponía que las doscientas libras eran para cubrir su sueldo de un mes y las compras, quizá no lo dejé claro. Ahora que lo pienso, no sé cuánto cobra al mes. ¿Y tú, Bernard?
—Yo tampoco —respondió, irritado—. Tú lo organizaste todo. Has sido una auténtica irresponsable. —Y dejó bruscamente la taza de café y se marchó.
Charlotte se volvió hacia mí y dijo:
—Mira lo que has hecho: te pedí que ayudaras, no que te entrometieses.