El enebro
Capítulo XXXII
La Navidad llegó y pasó. Vivir en un psiquiátrico no estaba tan mal, pues todo el mundo intentaba llevarlo lo mejor posible, sobre todo las enfermeras. Yo estaba recuperando el tiempo perdido: ahora trabajaba en la biblioteca del hospital y tenía largas conversaciones con los demás pacientes. Algunas mujeres eran raras como ellas solas, pero la mayoría de los hombres que conocí en la biblioteca parecían normales, aunque tristes. Luego empecé a pasar los fines de semana en casa (bueno, no en mi casa, en la de mi madre). Como ella ya la odiaba tanto como yo, nos dedicábamos a dar vueltas en coche buscando casas en venta, hasta que al fin encontramos una que nos gustaba en Chiswick. Estaba en una calle bordeada de árboles, no muy lejos del río, y era una casa victoriana con cuatro pisos y un jardín bien grande, con una magnolia que acababa de empezar a florecer. A mi madre le encantó el último piso. Ya lo habían convertido en un piso independiente, así que Marline y yo viviríamos en las dos primeras plantas, y podríamos alquilar el semisótano. La magnolia fue lo que me hizo decidirme a comprar la casa (había echado muchísimo de menos la que planté en el jardín de Twickenham), la magnolia y las habitaciones espaciosas, algunas con suelo de parqué y ventanales que daban al jardín. Bernard ya me había hecho un ingreso considerable en el banco, una parte de lo sacado con la venta de la casa de Richmond, y mi madre me dio veinte mil libras, con lo que pudimos comprar la casa sin hipotecarnos.
Aunque la casa de Bernard ya se había vendido, mis muebles y mis enseres personales seguían guardados en la habitación de Bella. Eso me preocupaba mucho: era frustrante estar encarcelada en el psiquiátrico, cuando tenía tantísimas cosas que hacer, y disponer solo de algún fin de semana ocasional para organizarme. Estaba tan obsesionada que los médicos tuvieron que aumentar mi dosis de pastillas y me reprendieron. Hasta que el bueno de Peter vino al rescate: trasladó todas mis cosas a la casa de Chiswick y la decoró tal y como yo quería, dejando todos sus proyectos de lado en un momento muy importante para él, pues estaba empezando a trabajar por su cuenta.
Luego mi madre tuvo la excelente idea de alquilarle el sótano a Peter, amigo de confianza, en vez de a un desconocido. Aún no vivía solo, sino que compartía un piso en condiciones precarias con varios amigos, así que le vino que ni pintado. Mi madre acabó cogiéndole mucho cariño y dependiendo de él; y, más tarde, yo también.
Cuando por fin dejé el hospital era primavera. Peter y Mary vinieron a recogerme. Me dio mucha pena tener que despedirme de algunos médicos y enfermeras: se habían portado muy bien conmigo y habían vuelto a hacer de mí un ser humano, ojalá que más fuerte y mejor que antes.
Marline y mi madre me esperaban en nuestra casa nueva, ya completamente terminada; incluso la cocina estaba bien surtida de comida, y para celebrarlo habían preparado un almuerzo en el comedor y unas copas en la sala de estar. Era la primera vez en mi vida que tenía mi comedor y mi sala de estar; los de casa de los Forbes nunca los había sentido como propios. Había unas cuantas cosas de aquella casa repartidas por la mía; cosas que Bernard o la señorita Rose creyeron que necesitaría, como ropa de cama, porcelana y alfombras; también unos preciosos tapices orientales y, por curioso que parezca, las dos camas con elaborados cabezales. Todo lo demás se había vendido, menos los cuadros, los libros y los arcones con las cosas de Gertrude. Peter me explicó que le había dado el sillón especial de Bernard a la señora Hicks, para ahorrarme el incordio de tener que hacerlo pedazos. Nadie dijo qué había sido del macabro y viejo baúl.
Me pareció entrar en otro mundo cuando mi madre me enseñó el piso de arriba, con sus muebles empotrados, su moqueta y, en la cocina y el baño ultramodernos, suelos de baldosas. La sala de estar era un pelín austera, pero los sillones capitoné de cuero negro eran más cómodos de lo que parecía y tenía vistas al río, cosa que a mi madre le encantaba. No se parecía en nada a su casa de Kilburn, pero dijo que eso era justo lo que quería.
Cuando me acostumbré al placer de vivir en mi propia casa, empecé a notarme algo inquieta. Sentí que necesitaba un trabajo a media jornada, y Mary me sugirió que me encargase de sus compras. Nos convenía a las dos y me dejaba mucho tiempo libre para cuidar de Marline y cocinar. Una mujer robusta, hija de un minero y madre de cinco hijos, venía a limpiar. No perdí el contacto con la señorita Rose, a veces trabajaba en la galería cuando necesitaban ayuda extra y trabé bastante amistad con el socio de Bernard, un judío anciano y sabio. La señorita Rose siempre me avisaba cuando Bernard estaba por allí, pero casi nunca era el caso. Creo que le daba miedo que nos viésemos, aunque le gustaba escribir de vez en cuando e incluso me pedía consejos. Al principio me ponía triste al ver el sello belga y su letra en el sobre, pero con el paso del tiempo dejó de importarme. Lo mismo ocurría con las cartas de Stephen llegadas de Estados Unidos: las dejaba en la repisa de la chimenea y pasaban días hasta que las abría. A veces las cartas de mi marido y mi antiguo amante estaban ahí juntas. Al final siempre acababa respondiendo, y las habría echado de menos si hubiesen dejado de llegar.
Además del semisótano, a Peter le dejábamos usar una de las habitaciones de arriba, que tenía buena luz, para hacer sus restauraciones. Lo raro era que casi nunca coincidíamos en las escaleras y, excepto los domingos, que comíamos en familia, apenas le veíamos el pelo. No obstante, si pasaba algo, si mi coche no arrancaba, por ejemplo, siempre echaba una mano. A veces, cuando no tenía demasiado trabajo, íbamos juntos a las casas de subastas y me ayudaba a comprar piezas para Mary y, puntualmente, para mí. De vez en cuando íbamos al cine o al teatro juntos; sabía que me tenía cariño, pero en ocasiones me preguntaba si Mary le gustaría más. Peter iba a su piso muchas tardes, y ella le cortaba el pelo rubio y liso —se le daba muy bien, la verdad sea dicha—, y me enteré de que también le planchaba las camisas, y de que se pimplaban una botella de vino entre los dos mientras ella planchaba. Él y yo nunca habíamos intimado tanto, aunque lo conocía desde hacía más de cinco años. Me contó que a menudo nos observaba a Gertrude y a mí mientras estábamos en el jardín, y recordé que una vez habíamos visto su cara pálida mirándonos desde su ventana de arriba. Lo llamábamos el príncipe de la torre, y le venía que ni pintado.
—Espero que ese joven tan agradable no se vaya con Mary y lo perdamos —dijo mi madre—. La casa no sería lo mismo sin él.
Y llevaba toda la razón: no lo sería.
Una mañana, mientras dejaba unas piezas en el puesto de Mary, me dijo, como quien no quiere la cosa:
—Estoy pensando en ir a España con Peter. A Barcelona, luego quizá a Madrid. Podríamos visitar ese mercadillo, el Rastro, al que Bernard no te dejó ir.
—Sí, seguro que os lo pasáis de maravilla —respondí, y me volví a casa muy pensativa.
Al entrar, oí unas notas de Scarlatti subir por las escaleras del sótano, con lo que supe que Peter estaba trabajando abajo. Bajé siguiendo lentamente las notas, y ahí lo encontré, con su cuerpo esbelto inclinado sobre un marco que estaba dorando con pan de oro; la lámina aún colgaba, irregular. Cuando acabó, dejó el marco en la parte del sótano donde daba el sol y, al girarse, me vio.
—Peter, ¿es verdad que te vas a España con Mary? —le pregunté.
Pareció sorprendido.
—¿Te lo ha dicho ella? Pues acabo de enterarme. —Y de repente sonrió. Aunque no sonreía a menudo, cuando lo hacía se le iluminaba la cara—. ¿Te molestaría que me fuera?
—¿Que si me molestaría? —le solté—. Pues claro que sí.
Y, por primera vez, fui consciente de lo mucho que significaba para mí, y supe, a juzgar por su expresión, que él sentía lo mismo por mí. Luego me dijo que me quería desde hacía años, desde la primera vez que me vio en casa de los Forbes, pero yo siempre estaba tan embelesada con ellos que sabía que no tenía posibilidades, hasta que llegó la farsa de mi matrimonio, que le dio la oportunidad de ayudarme un poquito.
—¿Un poquito? —dije—. La habitación de Bella no habría existido de no haber sido por ti; mucho me temo que di por descontado tu ayuda. Y hablaste bien de mí cuando declaraste ante el juez, o eso me dijo Mary. ¿Te parece «poquito»?
Mary planeaba ir a Madrid de verdad, pero no con Peter, sino con un hombre del que llevaba años enamorada. Estaba casado con una mujer parapléjica y solo podían disfrutar de unos días de vacaciones muy de cuando en cuando. Me resultaba extraño conocerla desde hacía tantos años y no haber sabido hasta entonces que tenía un amante.
Nos hicimos muy bien a la convivencia en la casa de Chiswick: mi madre en su piso sin cachivaches y nosotros abajo, viviendo la vida que queríamos. Marline era feliz en casa, iba a un colegio que le gustaba y tenía un perro del que estaba muy orgullosa, un pastor galés al que pasó una cantidad considerable de tiempo adiestrando, aunque el único rebaño que juntaba era el de los perros ajenos. A Peter le sobraba el trabajo y, después del primer año, tuvo que contratar a un ayudante. Yo intentaba cortarle el pelo, aunque no era mi fuerte —los tijeretazos mal dados se notan mucho más en el pelo liso—, y no permitía que nadie le planchara las camisas. Cuando se cumplieron dos años desde que Bernard y yo vivíamos separados, nos concedieron el divorcio y Peter y yo pudimos casarnos, a Dios gracias, porque ya estaba gestando una criatura. Era precioso estar embarazada de un marido bueno que cuidaba de mí.
Un día, mientras Mary y yo charlábamos tomando un café en mi cocina, me pidió que fuese a ver los objetos de valor de una pequeña casa a la venta, pero se retractó al instante.
—Ay, no, no querrás ir, es en Richmond.
—No me importa ir a Richmond, mujer —respondí—. Hasta ahora no se había presentado la ocasión, ya está. Cuéntame.
Me explicó que la casa, o casita, mejor dicho, estaba en una zona algo apartada, cerca de George Street, y que era de una pareja de ancianos que había fallecido. El hijo le había dicho que tenían unas cuantas antigüedades que podrían interesarle. Mencionó una pequeña colección de pisapapeles de cristal, unos pierrots de porcelana de los años veinte, unos caniches de Rockingham y barcos y pájaros en urnas de cristal. Nada que fuese extraordinariamente llamativo, pero merecía la pena ir a verlo.
Tenía el coche en el taller, así que hice el viaje en tren. Todo estaba igual: el desguace de autobuses a la derecha de la vía; el puesto de libros y la floristería a la izquierda al salir de la estación; la tienda de animales, y la que solíamos llamar «la tienda útil», con una fantástica gama de tiradores, aldabas y pomos de latón. No tardé en llegar a la dirección que iba buscando, en medio de una hilera de casitas con jardines diminutos, y en ver al hijo abatido esperándome fuera, con la puerta abierta. Llegamos muy pronto a un acuerdo: compré todo lo que me ofrecía, incluso unos dibujos de actores victorianos decorados con purpurina en sus marcos originales, que sabía que le gustarían a Mary, y el hombre se comprometió a llevarlos a su piso esa tarde. Los muebles ya se los habían vendido al tipo que se encargaría de vaciar la casa. Eran de un estilo eduardiano particularmente feo y tenían un olorcillo desagradable.
Cuando salí de la casa el sol de primavera brillaba con fuerza y, en vez de volver a la estación, me encaminé hacia Richmond Hill, deteniéndome en los escaparates de tiendas antaño familiares. En Dickens and Jones ya tenían expuestos los vestidos de verano, pero en esa época no me interesaba la ropa porque estaba embarazada de seis meses y engordaba por momentos. Noté que algo me arrastraba hacia las calles más tranquilas, a espaldas de George Street, y luego calle arriba, hacia la antigua casa de los Forbes, el lugar en que había sentido con tanta intensidad que había estado a punto de abrasarme, el lugar que me había convertido en lo que era y que por poco acaba conmigo. Me detuve frente a la casa y me pareció sentir la presencia de Gertrude, ver su silueta hermosa y valiente inclinada sobre las flores. El oso esculpido seguía protegiendo la casa. Pareció reconocerme con sus ojos fríos de piedra.
Sentí el impulso fortísimo de ver la parte de atrás, el jardín silvestre y la espesura. A pesar de todo lo que me evocaba, no podía resistir la tentación de observar el bosquecillo en que Gertrude y yo nos sentábamos; y volver a ver el árbol en que las urracas habían construido su nido y desde cuyas ramas nos observaban, cotorreando; el enebro cuyos frutos Gertrude comía con tamaño abandono; y, por último, el lugar donde ocurrieron todas esas cosas que me gustaría olvidar.
Avancé lentamente por una calle lateral, donde antes había una verja de hierro que daba al extremo más alejado del jardín. La verja seguía allí, pero, cuando miré dentro, esa parte del jardín había desaparecido. En su lugar se erigía un alto bloque de pisos construido con ladrillos color ciruela, con un aspecto horrorosamente definitivo. Habían edificado encima de todo el bosquecillo y solo quedaba la parte cuidada del jardín, aunque no estaba tan sumamente expuesto como podría parecer, pues las ventanas que daban al jardín eran pequeñas, quizá las de los baños.
Los nuevos dueños debían de haber vendido la mitad del terreno. Me preguntaba qué tipo de gente sería, y volví para echar un último vistazo a la fachada intacta. Justo cuando me detuve frente a la verja de hierro forjado, la puerta principal se abrió y una mujer rechoncha de piel oscura salió de la casa, seguida de dos niñitos muy guapos. Me parecieron árabes, y hablaban animadamente en una lengua extranjera. La madre no dijo ni una palabra, y se limitó a esparcir con delicadeza los trocitos de pan que llevaba en un bol de latón para las golondrinas que aparecieron piando en el acto. Los chiquillos echaron a correr hacia el viejo oso: el mayor se subió a su lomo, mientras que el pequeño le daba de comer las migajas de los pájaros. Me alegró volver a ver a niños viviendo en la casa.