El enebro
Capítulo XXVIII
Johnny empezó a tener pesadillas, así que Bernard pidió que trasladaran su camita al vestidor para que durmiese al lado de su padre, y las pesadillas cesaron. Me alegraba por el chiquillo, pero no podía evitar sentir cierto resquemor. Ahora, cuando los niños jugaban juntos y Johnny empezaba a llorar porque no podía salirse con la suya, Bernard aparecía de repente y acusaba a Marline de portarse mal con él. Si los dos le hablaban al mismo tiempo, como ocurría muy a menudo, Bernard decía: «Marline, calla un momentito y deja que hable Johnny». A veces parecía un poco dolida, pero en general lo llevaba muy bien. Cuando miraba a mi hija pensaba que la quería con locura, y cuando miraba a mi hijastro, con sus mejillas rojas y blancas de cuento de hadas, se me partía el corazón al pensar: «Siempre tendrá prioridad para su padre. Marline y yo no somos nada». Casi tenía celos del niño, y lamento reconocer que a veces le daba una torta si se ponía particularmente insoportable. No era un niño complicado por naturaleza; se había vuelto así por culpa de Bernard.
Unos días antes del cuarto cumpleaños de Johnny volvimos a ir por manzanas. No fue un día tan bonito como el del año anterior, quizá porque me esforcé demasiado. Repetimos el pícnic debajo del árbol, y esta vez también estaban Mary y Peter, por lo que tendríamos que haber pasado un rato muy agradable, como los niños. Johnny era mucho más ágil este año y trepaba por las ramas bajas del árbol, aunque nosotros estábamos muertos de miedo por si se caía. Bernard jamás nos perdonaría que en su piel blanca como la nieve apareciese un gran moratón. El chiquillo no se cayó, pero yo estaba de los nervios esa tarde. Podía estar riéndome y de repente romper a llorar, mientras Peter y Mary se intercambiaban una mirada. Sabía que estaban preocupados por mí; de hecho, yo también estaba preocupada por mí. A medida que mi matrimonio inhóspito se deterioraba, también lo hacía mi salud. Tenía migrañas y me costaba comer, como si la comida se me pegase a la garganta; pero lo peor era la depresión, unas veces profundísima y terrible, y otras oculta bajo la superficie, al acecho. Bajaba a la habitación secreta y las lágrimas me resbalaban por las mejillas; luego, cuando tocaba mis preciosos objetos —el tallado de la consola, las suaves incrustaciones de madera del escritorio y la virgen española con sus preciosas manos talladas y su manto bordado en oro—, sentía cierto consuelo y volvía a subir a la casa. Solo quedaba la señora Hicks trabajando con nosotros ahora que los dos niños iban al colegio, aunque Johnny solo por las mañanas. La mujer del policía seguía viniendo para hacer de canguro, pero no duraría mucho más, porque se había quedado embarazada. Bernard y yo casi nunca salíamos, para no causar demasiadas molestias.
Entretanto, se había colado en nuestras vidas una joven llamada Alison, una chica melancólica de pechos pequeños y ojos grandes que parecía pedir ayuda a gritos. Trabajaba en el banco de Bernard y llevaba más de un año cobrándole los cheques sin que él se hubiese percatado de ella. Hasta que un día se presentó en la galería a la hora del almuerzo y él la reconoció al instante, sorprendido al verla en otro contexto. Me habló de ella una noche mientras cenábamos.
—Había una chica tímida mirando los cuadros con sus ojos enormes e intentando entenderlos. Me ha dicho que antes iba a la National Gallery a la hora del almuerzo, pero que desde que visitó la Tate han empezado a interesarle los cuadros modernos. La pobre, que se llama Alison, por cierto, ha reconocido que no sabe nada de arte, pero que tiene muchas ganas de aprender. La cuestión es que le he prometido que le prestaría varios libros y el sábado por la tarde pasará a recogerlos. No te molesta tomar el té con ella, ¿verdad?
No, no me molestaba tomar el té con ella. Y así fue como Alison se coló en nuestras vidas. Espero de corazón que la pobre Gertrude no me viese como una especie de Alison. Creo, estoy casi segura, que acompañó a Bernard en varios de sus viajes a Bruselas, y no tuvo que aprender francés antes.
Y ahora llega una etapa terrible, una etapa en que me comporté como si no fuera yo. Era como si el cerebro se me hubiese convertido en una goma rota: habían tirado tanto de él, en un sentido y en otro, que era como si hubiera perdido el control. El desastre ocurrió al día siguiente de la recolecta de manzanas. Habíamos pasado un día muy agradable, la verdad sea dicha, y Johnny me estaba ayudando a guardar las manzanas en el vestíbulo del sótano. Había una repisa alargada al lado del contador del gas donde dejamos unos trece kilos, y decidí guardar el resto en mi gran baúl de roble, que había sido desterrado de mi habitación por su aspecto aparatoso y rural. Tenía una tapa enorme y pesada, con un cerradura de hierro enorme y pesada, y ahora estaba en un rincón oscuro del vestíbulo. Al principio me costó abrirlo, y lo aparté un poco de la pared para que fuese más fácil. Estaba vacío, y tenía un ligero olor a alcanfor, así que lo dejé abierto para que se orease.
Mientras el baúl se estaba oreando, Peter bajó por las escaleras con una maleta. Dijo que iba a pasar unos días en Cornualles con su familia y que había venido a despedirse. Johnny quería verlo marcharse en su pequeña furgoneta de Correos roja, así que subimos todos y, cuando salimos al jardín soleado, Johnny se subió a lomos del oso, como siempre hacía la mayoría de los niños. Los transeúntes que pasaban por delante de la verja debieron de pensar que éramos una familia muy feliz, con nuestro hijo precioso y sonriente y nuestra casa majestuosa, aunque quizá les extrañase la curiosa furgonetilla de Peter.
Cuando se marchó, volvimos a bajar al sótano con sumo cuidado, pues Bernard decía que las escaleras eran peligrosas, pero al llegar al último peldaño Johnny se soltó de un tirón y empezó a coger las manzanas brillantes y a arrojarlas bruscamente al baúl, y cuando le pedí que parase se rio con aire desafiante, se encaramó y se metió en el baúl.
—¡No! —grité, y crucé corriendo el vestíbulo para detenerlo, pero antes de llegar hasta él la tapa se cerró, la tapa se cerró, LA TAPA SE CERRÓ. No se veía nada más, solo la enorme tapa cerrada. Tendría que vivir el resto de mi vida con la imagen de esa enorme tapa negra cerrándose con un golpe seco.
¿Habría podido estar más rápida, más tranquila? ¿Habría podido salvar al chiquillo? ¿La culpa era mía por haber dejado abierto el baúl? Antes de abrirlo creía saber lo que me encontraría: un niño muerto con una sonrisa desafiante en la cara. Pero, cuando lo vi, tenía la boca deformada en una mueca de horror y una escalofriante mirada de sorpresa. Cuando tuve a mi pobre hijastro en brazos, perdí el juicio; fue como si me convirtiese en otra persona, idiota y taimada al mismo tiempo. Bernard no podía enterarse por nada del mundo de lo que le había pasado a su hijo; tenía que esconderlo en algún sitio. Mi pobre mente retorcida nunca se planteó pedir ayuda por teléfono; la ambulancia podría haber llegado en cuestión de minutos. Lo tumbé en el suelo sucio y subí corriendo a buscar uno de los elegantes pañuelos de Bernard para envolverle el cuello y que soportara el peso de su cabeza. Me parecía muy importante, como quien pega la cabeza rota de una muñeca. Pero no funcionó: la cabeza seguía inclinándose. Luego me acordé del beso de la vida y lo besé una y otra y otra vez, pero no sirvió de nada porque estaba decididamente muerto. De todos modos, lo cubrí con mi rebeca porque parecía estar enfriándose.
Para mí, lo principal era ocultárselo a Bernard: lo enterraría en el jardín. Así las cosas, volví a meterlo en el baúl mientras cavaba el hoyo fuera. El lugar más evidente era bajo del enebro, donde su madre acostumbraba sentarse y soñar antes de que él naciese. La tierra estaba muy mullida y cubierta de hojarasca, no costaría cavar una tumba poco profunda. Arranqué unas plantas de fresas silvestres de esa parte del jardín y las dejé al lado de la tumba, para plantarlas encima cuando hubiese terminado. Entonces oí el reloj de la iglesia dar la media hora y caí en la cuenta de que Marline estaba a punto de volver del colegio, así que me metí corriendo en la casa para cerrar la tapa del baúl, que había dejado abierta con la descabellada esperanza de que el niño resucitara, de que hubiese ocurrido un milagro y solo estuviera dormido. Le toqué la frente, pero no cabía duda de que estaba cada vez más fría, y sus manitas no parecían las de Johnny. Para mi sorpresa, los brazos le pesaban mucho, y volvían a desplomarse en cuanto los levantaba. A pesar de todo, aún habría estado a tiempo de llamar para pedir ayuda, pero era incapaz de enfrentarme a Bernard y confesarle lo ocurrido, y eso era lo único en lo que podía pensar mi pobre mente retorcida. Recordé aliviada que esa noche llegaría a casa tarde. Iba a llevar a un concierto a Alison, a la que ahora, además del arte, le interesaba la música.
No volví a acercarme al sótano hasta que Marline estuvo acostada, sin riesgos. Normalmente les leía a los niños un cuento cuando se iban a dormir. Esa noche le tocaba elegir a Johnny, y Marline preguntaba cada dos por tres dónde estaba. Le expliqué que Charlotte y su marido se lo habían llevado a pasar unos días de vacaciones en coche. Luego le conté a Bernard la misma mentira, algo más adornada, y me creyó porque no vio que mis ojos se movían de forma frenética, como siempre que miento. Eso sí, estaba muy enfadado con Charlotte por haberse llevado a su hijo sin su permiso.
—No me gusta un pelo —refunfuñó—. Ni siquiera ha podido despedirse de mí.
Yo aparté la mirada y respondí:
—Quería irse, ya sabes cómo es.
Luego nos separamos para pasar la noche; Bernard en su vestidor, con la cama de su hijo pegada a la suya, vacía.
Cuando me cercioré de que Marline estaba dormida, bajé al sótano, saqué a Johnny del baúl y lo envolví en mi mejor vestido de seda, de color maíz. Me parecía que nada era digno de él. Ahora estaba frío y tenía una expresión hermosa, aún más que en vida; pero me costó mucho más de lo que esperaba atravesar el jardín cargando con él, en dirección al bosquecillo.
Me di cuenta de que le hablaba como si estuviese vivo: «¡Cuánto pesas, Johnny! Venga, que ya casi estamos», y, cuando lo dejé en la pequeña tumba: «¡Ay, cariño mío! Ahora no sé qué pasará». Mientras lo cubría de tierra mezclada con hojarasca oí un leve crujido y me sentí observada, pero solo eran las urracas, cuyas plumas blancas destacaban bajo la clara luz de la luna. Parecía que había más de lo habitual, pero estaban muy tranquilas, solo miraban.
Planté las fresas como buenamente pude, pero no quise regarlas para que Johnny no se mojara. Luego me senté en el banco de Gertrude y recordé que me había pedido que cuidara de su hijo si a ella le pasaba algo. Y la verdad es que había cuidado de él como mejor sabía, y solo le había dado alguna torta puntual. Bernard era quien lo había malcriado. Me quedé en el banco un buen rato, pensando, sin dejar de temblar a pesar de que hacía buena noche.