El enebro

Barbara Comyns · Capítulo 33 de 33

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El enebro

Epílogo

 

 

Barbara Comyns escribió novelas extrañas e inquietantes y tuvo una carrera heterodoxa. Nunca fue una autora de masas, aunque en los últimos años se ha dicho que su obra fue predecesora del realismo mágico que tan de moda se puso en Inglaterra en los años setenta y ochenta, mucho después de que empezase a publicar. El enebro, aparecido en 1985, es una de sus obras más célebres, sólidas y curiosas. Tiene la clara esencia narrativa de las fábulas, pero también muestra una humanidad y una madurez que no siempre son evidentes en sus historias previas. Se trata de un logro extraordinario para una mujer bien entrada en la setentena, escrito tras un misterioso silencio de dieciocho años.

Barbara Comyns Carr, nacida Bayley (1907-1992), tomó su seudónimo del apellido de su segundo marido, un funcionario del Foreign Office con quien se casó en 1945. Su primera publicación fueron unas memorias, Sisters by a River (1947), que reúnen breves descripciones y ensayos escritos con ortografía infantil, al estilo Daisy Ashford, sobre su muy excéntrica infancia en una casa antigua y ruinosa del Warwickshire rural, con una madre sorda, una abuela exigente y un padre entregado a la bebida. Fue la cuarta de seis hermanos en una familia que iba quedándose rezagada de la clase media, y uno de sus temas predilectos eran las desventuras de la gente refinada que, azotada por la pobreza, se refugia en la vida bohemia y en los trabajos no cualificados, como el de modelo o criada. Después de su primera novela, Y las cucharillas eran de Woolworths (1950), un entretenido relato de su primer matrimonio, imprudente y fallido, con un artista fracasado, llegó La hija del veterinario (1959), que incluye una escena de levitación.

La estrecha amistad entre su segundo marido y Kim Philby, uno de los espías del Círculo de Cambridge descubiertos a principios de los años sesenta, hizo que la pareja tuviese que huir a España, donde vivieron casi veinte años en una suerte de semiexilio. A su regreso a Inglaterra, y en concreto a una casa de Richmond, Comyns empezó a escribir El enebro, inspirada por la intensa sensación espiritual que impregnaba el lugar, y quizá animada por la reimpresión de algunas de sus obras por parte de Virago Press. Esta poderosa fábula contemporánea se basa en un famoso cuento alemán recopilado por los hermanos Grimm, que a la propia autora le parecía «demasiado macabro para que lo lean los adultos». Conserva toda la potencia del original, donde una joven casada anhela tener un hijo «rojo como la sangre y blanco como la nieve», pero muere al dar a luz, y la criatura queda al cuidado de una madrastra que, como manda la tradición, solo mira por el interés de su hija Marline. La mujer mata al niño y con su carne prepara un guiso del que come el padre, ajeno a lo sucedido; sin embargo, la pequeña Marline, su hermanastra, recoge los huesos y los entierra bajo el enebro, envueltos en un pañuelo de seda. Del árbol alza el vuelo un ave que desvela el secreto, cantando:

Mi madre me mató,

mi padre me comió,

Marlinchen, mi hermanita,

recogió mis huesecitos y,

envueltos en un pañuelo,

los enterró bajo el enebro.

Pío, pío, soy un lindo pajarito.

El contenido freudiano del relato es sorprendente, y las madrastras malvadas (esta muere aplastada por una piedra de moler) son una parte esencial del acervo de los cuentos, como muestran claramente Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1978), de Bruno Bettelheim, y el estudio de 1994 From the Beast to the Blonde [De la bestia a la rubia], de Marina Warner.

Lo verdaderamente extraordinario de la versión de Comyns es su concepción del papel de la madrastra, y su versión compasiva y moderna de la mortífera piedra de moler. (He aquí un marcado contraste con la crueldad fría del tono y los argumentos de algunas de sus anteriores novelas). La madrastra narradora de esta versión, que vive para contar su historia, es un personaje redondo, una madre soltera que subsiste en el Londres multicultural de los años ochenta, maternal, cariñosa, trabajadora y emprendedora, cuya vida se cruza por casualidad con la de Gertrude, la esposa alemana, rubia, preciosa, generosa y sosegada, y su marido inglés, Bernard. La adaptación de la historia de los Grimm es ingeniosa y creativa, y su retrato del Londres que redescubrió a su regreso, después de una larga ausencia en España, goza de la frescura y la agudeza de la mirada limpia. La autora observa con ojos maravillados, que no inocentes.

Recurre a muchos de los personajes y los tropos de los cuentos tradicionales —Bella, la heroína con cicatriz; el padrastro, comerciante de carbón; la madrina jorobada, el hada malvada, el oso esculpido, la urraca ladrona, las gotas de sangre escarlata en la nieve—, pero los entrelaza con una historia realista que transmite al lector la intensidad de la vida cotidiana londinense. Comyns conoce el mundo de los estudios y los parques infantiles, de las tiendas de segunda mano y de antigüedades, de los parques, de los grupos de borrachos de Bayswater y las cenas majestuosas en Richmond, de las au pairs españolas, los camareros italianos y los inmigrantes ilegales. Y, a sus setenta años largos, escribe con autenticidad sobre ese paisaje profusamente poblado, y escribe desde el punto de vista de una mujer mucho más joven, enfrentada a los dilemas y las decisiones de una madre soltera que (como la madrastra malvada del cuento de los Grimm) está programada para buscar el bien de su hija. La protagonista nos sugiere con maestría la compleja relación de su hija Marline, de piel oscura y sin padre, con el hijo rojo y blanco de Gertrude y Bernard, y, aunque la historia tiene una línea clara, no simplifica: resuena y se expande.

El uso del color en la prosa de Comyns es sorprendente, y sin duda refleja un aspecto de su primera etapa de formación en la Heatherley School of Fine Art de Londres y de sus años sucesivos, en los que se ganó la vida dibujando para un estudio de animación y trabajando de modelo para un artista. La atraían el color, los tejidos y diseños exóticos, las vincapervincas y las bayas azules del jardín de Gertrude en Richmond, las sencillas ilustraciones de un libro infantil, un llamativo frigorífico rojo. Y, sin embargo, esta historia de dos niños y sus madres no tiene nada de pueril. Estamos ante un sofisticado relato de emociones adultas, narrado sin sentimentalismo, y sin ninguna idea preconcebida y convencional sobre cómo debe vivirse la vida. Tiene sus sombras, también sus luces. Se trata de un relato curioso que suena curiosamente real, con un final inesperado que sobresalta, sorprende y, a su manera, perdona.

Margaret Drabble

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