El Librero de Varsovia
Sofia Librería de Viejo
¡Perfecto!, se dijo. El lenguaje tiende puentes entre las personas, aunque también puede separarlas. Que saque cada cual sus propias conclusiones. Oscuro y revelador. Revelador y oscuro. Solo los pedantes se molestarán. La mayoría de la gente pensará que el nombre es por mi mujer, inexistente, claro.
El nuevo nombre atrajo en efecto a los curiosos, pero estos no encontraron muchas cosas que comprar. El pensamiento de Tadeusz se había extraviado durante sus últimos meses de vida, y había dejado de reponer las estanterías a media que se vaciaban. Hacía siglos que no limpiaban el polvo en aquel lugar. Los libros de contabilidad estaban en el más completo desorden. Pawel tardó dos años en hacer que el negocio volviera a funcionar. Poco a poco fue aumentando el número de clientes. Había personas que entraban ocasionalmente en el establecimiento solo para ver el bastón de Tadeusz, ante el cual se sonreían, recordando tiempos pasados, pero pocas compraban algún libro. De vez en cuando, algún que otro poeta o escritor, de la oscura bohemia polaca, se entretenía entre las pilas de libros y se pasaba allí las horas, y acababa comprando ejemplares que el propio Pawel consideraba sin valor. Sin duda encontraban en ellos cosas que los ojos de Pawel no acertaban a ver.
Cuando tenía un buen día, se mostraba hospitalario. Servía té a los clientes, con los que intercambiaba prudentes consideraciones literarias. Por supuesto, era necesario rechazar las reiteradas invitaciones de abierta amistad ofrecidas por los intelectuales más jóvenes, tanto hombres como mujeres, muchos de los cuales lo encontraban «interesante». Él sabía que si llegaban a mirar por debajo del caparazón de su hermoso aspecto exterior, encontrarían un hombre lleno de agujeros, acribillado por las dudas y las contradicciones. Su única certidumbre era que no había ningún salvador, ni humano ni de otra naturaleza, que fuera a interesarse por él.
En los años inmediatamente precedentes a la invasión alemana, el negocio comenzó a rendir unos modestos beneficios. De hecho, Pawel acabó preguntándose si, después de todo, las crisis y caídas por las que había pasado no habrían tenido finalmente un sentido, como si ahora,
aunque tarde, le hubiera llegado el momento de manifestarse contra todo aquello que había llegado a aborrecer en París. A finales de 1936
tuvo el capricho de montar una editorial, Zofia Press. La utilizó para publicar una colección de cuentos populares de Casubia, una región del norte de Polonia y una antología de poetas desconocidos (aunque todos ellos, había de confesarlo, tenían el honor de ser clientes de su librería).
También publicó una traducción del relato del Anticristo de Vladimir Soloviev, extraída de Los tres diálogos sobre la guerra, el progreso y el fin de la historia universal. No habría sabido decir por qué le interesaba tanto este pequeño extracto. Le intrigaba, suponía, el diálogo entre los poderosos y los débiles de este mundo. Quizá le recordara también el Apocalipsis pintado por aquel anciano de Viena.
Ninguno de los tres títulos vendió más allá de unos pocos centenares de ejemplares, pero al menos los volúmenes que no se vendieron contribuyeron a llenar los anaqueles. Su poco éxito no le turbó. Ya no aspiraba a ningún tipo de éxito humano. No tenía deseos de pintar, ni de ser amado, ni de ser grande. Estaba contento siendo un hombre mediocre. Su vocación, si es que podía llamarse así, era la de ser el último archivero de historias fútiles del mundo.
Aun así, seguía sintiéndose desdichado. No confiaba en los seres humanos. No podía perdonar a quienes le habían traicionado, y mientras observaba con frío ojo analítico las nubes de tormenta que se arremolinaban justo al otro lado de la frontera occidental, presentía que pronto iban a ocurrir muchísimos otros sucesos imperdonables. A pesar de la aparatosidad del malestar político de las masas en Europa, él se sentía acuciado por un creciente hastío, por un sentimiento de futilidad.
Aunque su vida estaba dispuesta de acuerdo con un cierto orden, su trabajo le reportaba pocas satisfacciones, y sus horas de ocio estaban vacías. No encontraba placer en nada, y así, durante el trascendental año de 1938, comenzó a reflexionar acerca de los atractivos de la muerte, creyendo que la nada suponía una liberación de la intolerable cárcel del yo. Viéndole tan desgraciado, sus hermanos le instaban a que regresara a los sacramentos. Él les respondía con una mirada de silencioso desdén.
Una noche de mediados de agosto, mientras cruzaba un puente sobre el Vístula se acercó al parapeto e inclinó el cuerpo hacia el agua, pero le faltó decisión para arrojarse y retrocedió. Con las piernas temblando, volvió a Casa Sofía y se sentó en el vestíbulo, a oscuras.
Después de horas de una angustia muda, empezó a anhelar aunque fuera un respiro transitorio en aquel estado de desesperación.
Consideró la posibilidad de hacer aquello que desde hacía tiempo le sugerían sus hermanos. Más de una vez le habían dicho que fuera en peregrinación al santuario de la Madre de Dios de Czstochowa.
Comprendía los motivos por los que se lo decían. Lo apostaban todo a un milagro de transformación personal que les aliviara de su preocupación crónica por su sombrío hermano. Querían que «Dios» lo arreglara. Por supuesto, no se sentía obligado a alimentar aquella liviana preocupación. Aunque un cambio de escenario tampoco parecía irrazonable, después de todo, aunque solo fuera una forma de escapar a sus bienintencionadas críticas, a sus ceños fruncidos, a sus repetidos
«pobre Pawel», a su inquietud empalagosa, en suma, que lo único que lograba era reforzar su sentimiento de fracaso.
Su única visita a su madre aquel verano no le aportó ningún tipo de consuelo, pues la mujer padecía fiebres cerebrales y no le reconoció. Se agarraba a Jan y le llamaba «papá». Murió un año antes de la invasión alemana, y fue enterrada en Mazowiecki.
Tardó semanas en decidirse a realizar el viaje a Czstochowa…
aunque también otro más corto. Los cementerios estaban más cerca, con todo su realismo. La vida era breve. La vida era absurda. La vida era carnívora; no, omnívora. Aunque en el pasado había observado ocasionalmente los curiosos giros y reversos de la fortuna, y había advertido también que la vida arroja algunas veces sorpresas a las playas de un mar permanentemente tempestuoso: restos de naufragios, conchas vacías y otras muestras de vida marina de una belleza asombrosa, aun así, estas eran las excepciones que confirmaban la regla. La vida era peligrosa, y acababa siempre fatalmente. Pero, tenía que admitirlo, uno no debía descartar la posibilidad de que hubiera algún significado oculto bajo sus sorpresas. Algo que solo era factible, claro está, en algún hoyo profundo en medio del embate de las olas.
Así fue como, sumido en uno de esos hoyos, cogió el tren a Czstochowa, a pesar de su razonada certeza de la inexistencia de Dios, a pesar de su convicción de, que si Dios existía, eso no le serviría de nada a los restos de un naufragio humano llamado Pawel Tarnowski.
En el monasterio de Jasna Góra revivió los mecanismos de la fe que recordaba de su niñez, esto es, el aparato externo. Se arrodilló y se levantó cuando tocaba.
Repitió los gestos que consideraba, ahora, meros artificios culturales, pero que no podía abandonar por completo, respetando al menos los sentimientos de quienes seguían creyendo, la multitud de peregrinos humildes que le rodeaban y que contemplaban con fervor incondicional el altar y los iconos.
Más tarde, arrodillado ante el icono de la Virgen Negra, no sintió más que vacío. Levantó la vista hacia aquel rostro y pensó que era frío y sombrío. Vio dos hendeduras en una de las mejillas, que por alguna razón los monjes habían dejado sin restaurar, a modo de antigua herida que había adquirido significación histórica. Entonces, como fruto de una ilusión óptica, la expresión de la Virgen se suavizó, y sus ojos le devolvieron la mirada con una gran ternura.
«Yo también recibí golpes», le dijo. «Y una espada me atravesó el corazón.»
Sobresaltado por la intensidad de aquella conversación imaginaria y totalmente unilateral, retrocedió con brusquedad y se levantó.
¿Procedían de sí mismo aquellos pensamientos? Por fuerza tenía que ser así. Cosa del subconsciente, sin duda. En aquel momento, inexplicablemente, una oleada de sentimiento volvió a inundar su mundo interior. Le entraron ganas de llorar. De gritar. Le dolía terriblemente, como cuando la sangre vuelve a circular en una extremidad congelada, pero había en ello una violenta exuberancia que prometía el retorno de la vida. Y, sumido en tal estado, le asaltó la posibilidad de que, fuera lo que fuera lo que le estuviera pasando, tenía que proceder de más allá de los límites de su estrecho yo. Se acercó tambaleándose a un confesionario.
El confesor era joven. No era uno de los ermitaños de San Pablo que vivían en el santuario, sino un sacerdote peregrino. Hablaba polaco con acento alemán. Le trató con amabilidad pero con firmeza y,
después de darle la absolución, le prescribió que asistiera a la misa de inmediato y que recibiera la Comunión, para su fortalecimiento y curación. Le preguntó también si podían hablar cara a cara. Pawel accedió de mala gana.
Cuando hubo sonado la última campanada de la misa y el santuario se quedó desierto, salió a la montaña brillante y se encontró con el rostro al que había visto a través de la pantalla translúcida del confesionario.
–Soy su penitente -le dijo al sacerdote, que llevaba el hábito marrón de los franciscanos.
–Soy el padre Andréi -repuso.
–Yo me llamo Pawel. ¿Por qué quería hablar conmigo?
–Me ha parecido que necesitaba hablar acerca de algunas cosas de su vida.
–¿De mi vida?
–Ha hecho bien confesándose y reconciliándose con el Señor. Él es amor. No le abandonará. Nosotros, en cambio, las criaturas, siempre somos libres de abandonarle. ¿No es así?
–Así que ha deducido de mis pecados que soy un traidor -dijo Pawel, con voz y ojos a la defensiva.
El sacerdote le miraba con expresión grave.
–No puedo hablar con usted de una confesión. Estoy obligado a guardar silencio hasta la muerte.
–Si soy yo el que le pide que hablemos sobre lo que le he confesado,
¿entonces sí podría hacerlo?
–Sí, entonces sí. Y solo entonces.
–En ese caso, lo libero de la prohibición.
El sacerdote permaneció en silencio. Echó a andar por un sendero e hizo un gesto a Pawel para que le acompañara. Pawel reparó en su ostensible cojera, y en que tenía una gran cicatriz en la mejilla que no le había visto en el confesionario.
–¿Podría decirme -comenzó el sacerdote- por qué una persona como usted ha llegado a considerarse una basura? Tras unos segundos de duda, Pawel replicó con voz grave:
–La lógica de la autodestrucción es algo de sobra probado.
Mi vida no tenía ningún valor.
–¿Ningún valor? ¿Por qué pensaba que su vida no tenía ningún valor?
Pawel bajó la mirada y guardó silencio. Tres niños pasaron corriendo ante ellos, cruzando la colina cubierta de hojas, tirando de una remisa cometa, que saltaba y se retorcía por el suelo. Sus gritos melodiosos se deshicieron en abstracciones.
Finalmente, levantó los ojos, aunque no hacia el sacerdote, y le contó al cielo la historia de su vida.
Pawel pasó por alto gran parte de su infancia y juventud, y narró sobre todo sus años de París y todo lo que siguió. Cuando terminó, miró a los niños que correteaban por la colina y vio que estaban haciendo volar la cometa. Discutían alegremente a quién le tocaba coger la cuerda.
–¿Hacia quién siente mayor ira? – preguntó el sacerdote. Pawel frunció el entrecejo, reflexionando sobre la pregunta un minuto antes de responder.
–Me resulta extraño decirlo, pero contra quien guardo un mayor rencor es contra Photosphoros.
Más aún que contra Goudron. Y más que contra el maestro de la academia de pintura. ¿Por qué? ¿Por qué contra ese pope ruso?
–Esperamos tanto de un hombre de fe, ¿verdad? Sobre todo de un sacerdote. Un religioso es un icono del Padre. Y cuando se revela inferior a Dios, cosa por otra parte inevitable, es como si alguien pintarrajeara un icono. Aquello fue una dura prueba para usted. Una prueba muy dura.
–¿Así lo considera? Nunca había pensado en ello como en una prueba.
–Si uno está llamado a llevar a cabo un trabajo extraordinario en el Reino de Dios, es preciso que las raíces del orgullo sean reducidas a cenizas lo antes posible, de lo contrario el orgullo lo destruirá. El orgullo es el portador de la muerte. Lo arruina todo, aun las mayores obras concebidas desde los más altos ideales.
–Yo no estoy llamado a ningún trabajo extraordinario, y menos destinado a Dios.
–¿Es que hay algún hombre que se conozca tan bien a sí mismo como para poder afirmar algo así con total certeza?
–A estas alturas yo ya debiera conocerme.
–Creo firmemente en que no hay ninguna persona carente de valor.
Aun las más desgraciadas…
–¿Aun alguien tan desgraciado como yo? Gracias, padre, pero mi experiencia desmiente sus palabras. El hombre es un depredador. El hombre es un lobo para el hombre.
–Algunos se han vuelto lobos porque no conocen el valor de un alma, ni conocen tampoco sus propias almas.
–Photosphoros parecía conocerme bastante bien. Leía en mi alma con muy poco esfuerzo.
–Si leía en su alma, lo hizo de forma incorrecta. Además, Dios se sirvió de él.
–¿A qué se refiere? ¿En qué sentido se sirvió Dios de él? ¿Acaso Dios habla a través de los viejos de mal carácter?
–Por lo general, habla a través de voces más amables. Pero todo lo usa en bien de aquellos que le aman. Fue la debilidad de un viejo. No se lo tome tan a pecho.
–Me parece que no soy capaz de liberarme de ese recuerdo.
–No tiene por qué deshacerse del recuerdo; tiene que entenderlo.
–¿Entenderlo? ¿De qué puede servir eso? Me agarraría a un clavo ardiendo, pero la verdad es que no hay gran cosa que merezca salvarse dentro de este penitente.
Miró directamente a los ojos del sacerdote para ver cómo reaccionaba ante aquello. El religioso le aguantó la mirada con firmeza.
Reanudaron la marcha, comenzando por tercera vez el circuito del parque.
–Pawel, ¿puede ver las raíces del círculo? Están aquí.
–¿Qué quiere decir con el círculo?
–El no perdonar nos encierra en la falta de fe, y la falta de fe ahonda la imposibilidad de perdonar. Es un círculo que gira sin cesar a menos que lo paremos. A menos que perdonemos.
–¿Perdonar? – murmuró Pawel con frialdad-. ¿Qué es perdonar?
–Perdonar -dijo el sacerdote- es una llave.
–¿Una llave? – dijo Pawel sin entonación-. Si hay una llave, tiene que haber una puerta.
–O una entrada estrecha.
El padre Andréi hizo una pausa. Tomando asiento en un banco del parque, indicó a Pawel con un gesto que se sentara junto a él. Pawel, rígido, se sentó, sin dejar de observar a los niños, que llevaban la cometa muy alta en el aire, volando hacia la cúpula del santuario.
–Deseamos ser merecedores de ser salvados -prosiguió el padre Andréi-. Que es otra manera de decir que cada uno de nosotros, lo sepamos o no, deseamos ser nuestro propio dios, es decir, salvarnos a nosotros mismos. Queremos el paraíso sin la Cruz, olvidando que la Cruz es la única forma de recuperar la armonía original que perdimos en la primera Caída. Esta es la puerta estrecha.
–Yo no veo ninguna puerta. Solo veo las paredes de una prisión.
–A nadie le gusta ser pobre, Pawel. Pero es esta misma pobreza lo que nos abre a la vida de Dios. Es esto lo que fuerza las paredes de la prisión.
–¿Por qué es tan complicado? ¿Por qué Dios no lo arregla todo?
–No es complicado. Dios nos ha salvado, pero no nos impone la salvación. El amor nunca obliga. El amor solo se desenvuelve si hay libertad. Debemos elegir para aceptar lo que ofrece.
–Yo no he recibido ninguna oferta.
–Ah, ¿no? Yo pienso que Dios le envió a sus mensajeros: Rouault en París. El viejo pintor en Viena.
–¿Mensajeros? No los reconocí como tales.
–¿Cómo es que no los reconoció?
–No lo sé -repuso Pawel, incómodo-. No confío en nadie.
Odio necesitar de los demás.
–Pero todos los seres humanos tienen esa necesidad.
–Lo único que quiero es que me dejen en paz.
El sacerdote no dijo nada. Dejó que Pawel escuchara la contradicción inherente a su propia afirmación.
–Siempre me he sentido como si tuviera el alma expuesta a los demás -dijo Pawel de pronto, con voz ronca y susurrante-. Sin armadura ni ropa. Cuando estuve desnudo delante de los estudiantes de arte, fue el momento de mayor sufrimiento de mi vida. ¿Por qué?
El sacerdote observaba pensativo a Pawel.
Pawel tragó saliva, perplejo ante una sensación de temor creciente en el pecho. Recordó el pequeño incidente del estanque de los peces en Zakopane, la noche en que su tío abuelo le desvistió… para secarle.
Aquel recuerdo quedó apartado rápidamente por el recuerdo, más reciente, de su desnudez en París.
–¿Usted por qué cree que soy tan…? – preguntó con voz opaca-.
¿Por qué soy tan extraordinariamente sensible en ese aspecto?
–Parece que es usted extraordinariamente sensible en muchos aspectos, Pawel. Le confieso que me siento desconcertado por la mezcla de sensibilidad e ingenuidad que hay en su naturaleza… Sí, ha dado muestras de ambas cosas mientras contaba su historia.
Pawel se encogió de hombros.
–Ya no soy una persona ingenua. Sé lo suficiente de la condición humana.
El sacerdote sonrió con afabilidad.
–A mí me parece que es usted especialmente sensible con respecto a su propio ser. ¿Es porque está inseguro de su ser? ¿No sabe que lo aman?
–¿Amar? Cuando estaba ante los ojos de aquellos estudiantes, el amor estaba más allá de toda mi comprensión. Muerto. Tal vez nunca haya existido.
–El amor no muere. Estuvo eclipsado un tiempo.
Pawel se volvió lentamente hacia el sacerdote. Escudriñándole, dijo:
–¿Por qué me ha pedido que hablara con usted?
–Tenemos aproximadamente la misma edad. En usted he visto cómo podría haber sido mi vida si las circunstancias hubieran sido diferentes.
–¿A qué se refiere?
–Yo soy hijo único, no tuve hermanos ni hermanas. Mis padres eran maestros en Dresde. Eran personas inteligentes y buenas. Tenía un tío obispo, otro era representante en el Reichstag. Mis padres lucharon férreamente a favor de que la política alemana adoptara un cariz católico. Aunque mi padre era alemán, mi madre era polaca y judía, pero más tarde se convirtió. Ello fue causa de cierto sufrimiento para mí de pequeño.
»Cuando tenía ocho años recibí una gracia singular. Sucedió un día en que unos compañeros de clase me salieron al encuentro, mientras volvía a casa del colegio, para pegarme. Me dejaron sangrando en las escaleras de la catedral. Comprendí que era un pequeño ser despreciable. Nunca antes nadie me había odiado.
»Levanté los ojos hacia la cruz suspendida sobre la ciudad y sobre el mundo, y vi a Jesús clavado en ella. Entonces Él me habló al corazón, me habló sin decir palabras. No fue como un pensamiento racional,
¿me entiende? Fue más bien una percepción. Me dijo que no habría amor humano capaz de colmar la sed que llevaba en mi interior.
Aunque todo amor genuino procede de Dios, no pasa de ser una encarnación, un reflejo. En este mundo siempre será imperfecto. Su amor es perfección, lo encierra todo. Por primera vez en mi vida vi ese amor no como una abstracción teológica, sino como algo real… ¡Ach, cómo decirlo con nuestras pobres palabras!
–Por desgracia, sigue siendo una abstracción para mí -dijo Pawel-.
Pero aún no me ha explicado por qué deseaba hablar conmigo.
–Aquella misma voz me ha hablado cuando usted estaba confesándose.
Pawel miró a su interlocutor con intensidad, preguntándose si de verdad era un sacerdote.
–La voz me ha dicho: He aquí mi pequeño niño al que tanto amo.
Le han destrozado. Está llamado a hacer un bien único en este mundo, pero primero será probado por el fuego.
–¡No le creo! ¡No le creo! – exclamó Pawel con vehemencia.
Se levantó de forma brusca, con las manos temblando, y sin decir adiós se alejó a grandes zancadas por las calles de la ciudad de Czstochowa. No entendía su propia reacción, y regresó a Varsovia sumido en una gran angustia.
Unos meses más tarde, Pawel descubrió de forma puramente casual el rostro de un monje franciscano que le observaba desde un cartel, cerca de la universidad. El nombre del monje era padre Andrei. La cicatriz era la misma. Estaba programado que hablara aquella noche sobre el nacionalsocialismo. Pawel se decidió a asistir en el último
momento, y se estrujó en la última fila de la sala de conciertos de la Facultad de Música.
Fue una conferencia emocionante. El sacerdote describió el campo de Sachsenhausen, donde lo habían recluido por leer desde un púlpito las dos encíclicas papales contra el nacionalsocialismo.
–El Santo Padre está realizando un gran esfuerzo para que preservemos la libertad de practicar nuestra fe en las zonas que pronto caerán bajo el dominio de este movimiento pagano. El Domingo de Ramos de 1937, su carta apostólica Mit brennender Sorge, En mi angustiosa inquietud, fue leída desde todos los púlpitos de Alemania.
Hizo que Hitler montara en cólera. La carta del Papa dejaba bien claro que el nacionalsocialismo era un movimiento pseudorreligioso, una idolatría completamente inaceptable entre hombres civilizados.
«Quienquiera que identifique, por confusión panteística, a Dios con el universo, no es un creyente en Dios; quienquiera que sustituya al Dios personal por un destino oscuro e impersonal, niega la sabiduría y la providencia divinas.» Repasando punto por punto la propaganda nazi, el Santo Padre la refutaba a la luz de la doctrina católica.
El sacerdote no se extendió en la descripción de sus experiencias personales, y de su fuga no contó casi nada, aunque estudiantes y profesores lo bombardearon a preguntas, pidién dole más detalles. Él se mantuvo con firmeza en el tema del combate ideológico y fue llevando paulatinamente a los asistentes al terreno que él deseaba.
–El catolicismo es una religión de verdades absolutas -les dijo-. A ningún católico se le permite votar a favor de una ley o de un gobernante malvados, por mucho que aparenten ser un mal menor en comparación, digamos, con el desorden económico o social. Uno no puede poner en peligro una parte de la verdad sin que se derrumbe el conjunto. Estoy aquí esta noche para prevenirles de que esto es lo que está sucediendo en Alemania. Grandes males van a sucederse a raíz de ese derrumbamiento.
La conferencia acabó muy tarde y Pawel fue uno de los últimos en levantase. El padre Andréi estaba cerrando su maletín cuando Pawel se acercó hasta él.
–Hermano -dijo el sacerdote-. Cuánto me alegra volver a verle.
–Padre, quisiera disculparme por mi comportamiento en Czstochowa. Fue una descortesía por mi parte huir de aquella manera.
–Sí, todos huimos alguna que otra vez.
–¿Tendría un momento para hablar conmigo?
–Por supuesto. Salgamos a dar un paseo.
Hacía una noche estrellada y fueron dando un apacible paseo hacia el monasterio en que se alojaba el sacerdote.
–¿Ha sido usted constante en la práctica de la fe desde la última vez que nos vimos? – le preguntó en tono inofensivo.
–Sí -repuso Pawel-. Aunque mi corazón no está ahí.
–Ah, el corazón… -comentó el padre Andréi pensativo.
–Me dejo llevar por la vida. No espero nada de ella.
–Ah -repitió-. Pero ¿qué es el corazón?
–No lo sé.
–¿Todavía se enfrenta a pensamientos autodestructivos?
–No. Eso ya pasó.
–Bien. No deje de rezar. No se aparte de los sacramentos. Pawel cambió de tema.
–¿Va a quedarse a vivir aquí algún tiempo, o regresa a Czstochowa?
–Mi superior piensa que la tormenta estallará dentro de un año o dos. En Alemania me busca la Gestapo, y si entran en Polonia me capturarán. Van a enviarme a Canadá.
–No parece muy contento.
El sacerdote miró a Pawel con aire pensativo.
–Es la voluntad de Dios, así que estoy contento.
–Pero ¿cuáles son sus sentimientos?
–Mis sentimientos están en paz si me voy, y están en paz si me quedo. No es importante para mí saberlo.
–¿Y qué dice su corazón de todo esto, padre?
El sacerdote lanzó una mirada a Pawel y sonrió.
–¿Qué dice su voz? – insistió Pawel.
El sacerdote guardaba silencio.
–Dígame una cosa, padre, ¿por qué a mí nunca me habla ninguna voz?
–Un alma debe tener experiencia para distinguir entre las voces.
Hay muchas voces que llegan hasta nosotros desde lo desconocido, y el
Maligno es capaz de simularlas. Es importante preguntar siempre qué voz dice la verdad con amor. Esa es la voz a la que debería se escuchar.
Aun así, es mejor no oír ninguna.
–¿Por qué?
–Porque lo que Dios más desea de nosotros es fe. Además, nosotros, pobres criaturas como somos, con frecuencia nos dejamos engañar.
Esta es la razón por la que nos permite oír en este sentido solo en circunstancias extraordinarias.
–Está describiendo un mundo de ilusiones e imágenes fugaces, de espejismos y laberintos. ¿Cómo puede uno confiar en nada?
–Es una gracia. Oír la voz es un puro don, y otro don es reconocerla como auténtica.
Se detuvieron, y el sacerdote miró a su alrededor a la plazoleta. Un joven oficial de caballería pasó montado a lomos de un magnífico bayo, cuyos cascos resonaron ruidosamente sobre los adoquines. Se quedaron observando su paso.
–Pawel, es improbable que volvamos a encontrarnos de nuevo en este mundo. Así que quizá no esté de más que le haga una revelación.
Su camino y el mío están curiosamente entrelazados. Usted lucha contra la desesperación, que es quizá la mayor tentación de nuestro siglo. Toda forma de mal mana de esa herida ancestral en el hombre, esa convicción de que está absolutamente solo, ese terror a que sus sufrimientos carezcan de sentido. ¿No es también ese su miedo?
–Sí.
–Descanse tranquilo, hermano, pues no es así. Todo tiene un sentido.
–¿Cómo puede decirlo con esa certeza?
–Si le cuento una historia, ¿me promete que no se la contará jamás a nadie?
Pawel asintió.
–En el campo de reclusión me torturaron. Eso fue lo peor. La degradación se sumó al tormento físico. Lo que buscaban era quebrantar mi sentimiento de humanidad, ¿entiende? Esta cicatriz, la pierna inutilizada, son cosas solo superficiales. En el momento de mayor abatimiento, cuando creí haberlo perdido todo, desde la voluntad de resistir hasta la capacidad de rezar, cuando no era más que
un saco de carne deshecha con la mente rota, Dios me envió un regalo.
Una señal. Se me apareció Nuestra Señora en la celda. La vi con mis propios ojos. Era más que una luz interior, era algo bien visible. Estaba acompañada por dos ángeles. Lloraba. Vi además a mi ángel custodio, que también estaba afligido. ¡Cuánta luz me inundó el corazón en aquella, la más oscura de las horas!
»La Madre del Redentor sostenía en las manos una corona de espinas, y de la punta de cada espina goteaba sangre. La corona brillaba con una luz poderosa, irradiando un color de una belleza indescriptible, un color que no existe en este mundo. Me ofreció la corona. Esta es la corona del martirio, dijo. ¿La aceptas? Y yo respondí con alegría: Oh, sí, mi Señora. Porque, ¿sabe?, en aquellos momentos la muerte habría supuesto un bendito fin a mis tormentos.
»Entonces apartó un poco la corona y me ofreció otra. Era de oro puro, y relucía con una luz muy brillante, aunque de un color diferente, que nunca había visto. Esta es la corona de la obediencia, dijo.
No comprendo, le dije. ¿No puedo elegir las dos?
Sí, dijo ella. Estas coronas encajan la una dentro de la otra. Siempre van juntas. Sufrirás mucho en este lugar, pero tu martirio está reservado para el momento final. Tienes años de vida por delante, y tu testimonio ha de servir para el fortalecimiento de muchas almas.
¿Aceptas? Y yo respondí: Sí.
»Luego me puso sobre la cabeza la corona de la obediencia y colocó la corona del martirio junto a su corazón. Así acabó la visión.
–El subconsciente es capaz de… -balbució Pawel, gesticulando con las manos.
–Sí, conozco muy bien todos los argumentos -dijo el sacerdote, parándose delante de la verja de entrada-. ¡Ah, mire! Ya hemos llegado, no hemos tardado nada. Así también llegará el futuro, mi pequeño hermano: vendrá y se irá antes de que nosotros tengamos tiempo de hacernos dueños de él.
–Pero ¿cómo sabré…?
–Solo una cosa es necesario saber: Dios está contigo. Confíe en Él.
No tenga miedo.
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