El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 45 de 59

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El Librero de Varsovia

Capítulo 12

La fiebre asaltó a Pawel mientras clasificaba las recientes adquisiciones. Se sentía perfectamente, pero en cuestión de un segundo empezó a dolerle la cabeza y a sentirse mareado. Al cabo de un momento no se sostenía en pie, y apenas pudo colocar el rótulo de

«Cerrado» en la ventana, bajar la persiana y cerrar la puerta con llave, antes de dejarse caer en la silla de su escritorio. Gritó el nombre del muchacho, y al cabo de un minuto David asomó con cautela la cabeza al pasillo.

–No temas, la puerta está cerrada con llave. No me encuentro bien.

¿Podrías ayudarme a subir la escalera?

Subió como pudo, medio arrastrándose, con el chico detrás, ya empujando, ya tirando de él. Con la vista borrosa, fue casi a tientas hasta el dormitorio y se tumbó en la cama de través. David le levantó las piernas, hasta hacerle girar y colocárselas encima del colchón, y fue corriendo al fregadero de la cocina. Volvió con un paño frío húmedo, que aplicó a la frente enfebrecida. Repitió la operación durante las horas sucesivas, mientras Pawel era presa del sudor, que le empapaba la ropa. En determinado momento, David le ayudó a despojarse con dificultad de la chaqueta, le deshizo la corbata y le soltó el cuello de la camisa.

–Agua, por favor -gruñó Pawel.

David le pasó el brazo por debajo de los hombros para incorporarlo un poco y le llevó un vaso a los labios. Al pasarle el agua por la garganta, Pawel tragó y derramó parte del líquido, sintiéndose avergonzado de que le vieran en aquel estado. Era como si alguien le disparara una pistola dentro del cráneo, seguido por cañonazos de dolor. Pawel cerró los ojos y la sensación que le invadió fue funesta.

Aunque le pareciera una eternidad, el chico le dejó la cabeza reposando de nuevo en el lecho al cabo de unos segundos.

–Estás muy enfermo, Pawel. Tengo que ir a buscar a un médico.

–Hay que dejar que la fiebre siga su curso -dijo Pawel en un susurro, como si cada palabra fuera disparada por un arma de fuego.

–¡Necesitas ayuda!

–Si sales es tu perdición.

El chico guardó silencio.

–¿Qué haces?

–Encender las velas.

–Déjalas.

–Lo hago para tener luz.

También él estaba cansado de discutir.

–¿Y ahora qué haces?

–Lavarte los pies.

Antes de que Pawel pudiera seguir protestando, se sumió en la inconsciencia.

Estuvo en cama durante más de una semana. Todas las mañanas, David rellenaba las lámparas votivas y las encendía. A continuación ayudaba a Pawel a ir hasta el aseo, y luego le acompañaba a la cama.

Después le traía té.

Las subidas de fiebre se alternaban con períodos de hipotermia, que le aquejaron de forma intermitente durante los tres primeros días; le temblaban las piernas con violencia y le castañeteaban los dientes. La tarde del cuarto día sufrió un acceso de fiebre muy elevada, durante el cual se desprendió de las sábanas, moviéndose y dando vueltas en la cama con el pijama empapado de sudor, y murmurando presa del delirio.

–¡Debería estar en un hospital! – exclamó el chico en vano.

Se pasó aquella noche sentado junto a la cama, vigilándole con impotencia, aplicándole un paño de vez en cuando. Antes del amanecer, se quedó dormido en contra de su voluntad, postrado en la silla, respirando con la boca abierta, a través de unos labios agrietados.

Al cabo de unas horas, Pawel se despertó. David abrió los ojos, sobresaltado, y le miró con fijeza.

–¡Estás mucho mejor!

–Ya no tengo fiebre.

–¡Demos gracias al Señor!

–¡Sí, demos gracias a Dios!

David se precipitó fuera de la habitación y regresó con un tazón de sopa muy clara y salada que sabía a patatas. Pawel se bebió un litro. El

chico fue dándole líquido durante todo el día, y al llegar la noche Pawel era ya capaz de caminar por sí mismo hasta el lavabo.

–Me estoy recuperando -dijo-. Puedes irte al desván a descansar y dormir un poco.

–No, me quedaré hasta estar seguro.

–¿Dónde has dormido estos últimos días?

–Una noche en la silla, tres noches cruzado en los pies de la cama.

Así podía oír si te despertabas.

–Esta noche tienes que volver a la fortaleza. Necesitas dormir.

–Durante una noche más, aquí soy yo el que manda -sonrió David-.

Estás demasiado débil para obligarme a subir al desván. Me bajaré el colchón.

Pawel hizo un gesto de impotencia.

Permaneció en cama otros tres días, completamente agotado. Su recuperación era extraordinariamente lenta. A veces se oía llamar débilmente a la puerta de la librería, en la planta baja, pero los golpes acababan siempre cesando.

David estuvo todo ese tiempo sentado en una silla a los pies de la cama, con las piernas en alto y los pies descansando encima de las mantas. Estaba inmerso en un grueso tomo de filosofía alemana que, a juzgar por la cubierta, parecía totalmente ininteligible. Era humanamente imposible sustraerlo a aquella lectura. Cada pocas horas se levantaba de un salto y bajaba las escaleras, lo cual hizo comprender a Pawel que David había aprendido solo a alimentar la caldera.

Al anochecer del octavo día, cuando estaba ya oscuro y tan solo la lamparilla de la mesita de noche y las velas de las lámparas votivas proporcionaban una suave luz, David arrastró ruidosamente la silla hasta la cabecera de la cama y siguió leyendo como un obseso. A Pawel le pareció una buena parodia del modo en que la mayoría de los chicos de su edad devoraban novelas baratas de aventuras.

–¡Es absolutamente increíble! – dijo David, levantando los ojos con expresión de asombro.

–¿El qué?

–Pawel, la mente humana es lo más asombroso de cuanto se haya creado. Este autor acaba de «demostrar» que el universo no existe.

Insiste, de la forma más razonable, en que todos nosotros, tú, yo y todo

cuanto existe, somos proyecciones de su mente. Su mente, ¿entiendes?, no la tuya o la mía.

–¿Quién ha escrito eso?

David se lo dijo.

–Sí. Ese es uno de tantos pensamientos de los que se alimentaron los precursores de Hitler. El autor al que lees contribuyó a crear el clima social que engendró a los nazis.

–Entonces las ideas son algo más que meras abstracciones.

–Tal y como los acontecimientos de nuestro siglo han demostrado.

David hizo una mueca y arrojó el libro al suelo.

–¡Esto es sitra ahra!

–Sí, creo que tienes razón. No resulta nada bueno que los hombres brillantes se sirvan del pensamiento para destruir el pensamiento.

–Tal vez sería mejor no pensar. En la vida, quizá solo debiéramos rezar.

–¿No pensar? ¿Tengo que oírtelo decir a ti?

–Disculpa, pero hay veces en que hasta dudo de la mente.

–¿Por qué iba a darnos el Creador del universo un poder como este si no quisiera que lo utilizáramos? – preguntó Pawel.

–Pero la mente es como un perro encadenado a un poste. Cuando se pone a correr, cree que es más veloz que el viento, cuando en realidad lo que hace es correr en círculos, y él ni siquiera lo sabe.

–Curiosa metáfora. ¿Se te ha ocurrido a ti?

–Sí. Pido perdón por sus limitaciones.

–¿No sería más acertado decir que nuestro filósofo loco es como un hombre con un solo ojo?

–¿Y qué sería el ojo que falta?

–La belleza -dijo Pawel-. El universo es bello. No tendría por qué.

¿Por qué es bello el universo? No puedo creer que ese filósofo contemplara alguna vez la obra de la Creación. Como mucho, creía contemplarla.

–Y nunca la amó.

–Es posible que amara partes de ella, pero no el todo. David asintió, mostrando su acuerdo.

–¿Puedo contarte una historia, Pawel?

–Si quieres.

Pawel se recostó contra la almohada y apagó la lamparilla de la mesita de noche. Solo los iluminaba la luz roja de la vela votiva, que lo bañaba todo con un suave resplandor. Entre el adulto y el joven, la Madre de Dios proyectaba su serena mirada desde el plano de su imagen.

David se enderezó en su asiento y comenzó hablando lentamente y con voz pausada:

–Había un muchacho campesino que se había quedado huérfano a muy temprana edad. Nunca aprendió a leer. Sus padres le habían dejado un grueso libro de plegarias por herencia. En el Día de la Expiación lo llevó a la sinagoga, lo dejó en la mesa de las lecturas y rompió en llanto, exclamándose: «¡Oh, Señor de toda la Creación! Yo no sé rezar, ni siquiera sé qué decir… ¡Aquí tienes! ¡Te ofrezco el libro de plegarias entero!»

David levantó los ojos y sonrió a Pawel con las cejas arqueadas.

–¿Ya está? – preguntó Pawel.

–Sí. Es muy fuerte, ¿verdad? Es más fuerte de lo que parece.

–Como una bomba que estalla después de una breve dilación.

–¡Lo has entendido! Pero es más bien como una flor que se convierte en semilla y cae en el terreno abonado de la mente, y brota y da su fruto en el momento oportuno.

–¿Tú crees que el niño estaba más cerca de Dios que los grandes sabios?

–Si su corazón estaba abierto…

–¿Crees que un intelectual puede tener el corazón abierto?

–Por supuesto. Pero es raro.

–¡Raro, dices! ¿Acaso no sois un pueblo especializado en el estudio?

David asintió con un gesto.

–Sí, lo somos. Pero sabemos que los libros por sí solos no bastan.

Por eso también bailamos y cantamos, y buscamos aquello que está por encima del entendimiento. El sabio es rico de entendimiento, y los ricos cargan con la riqueza a sus espaldas en su regreso a las puertas del Paraíso. Es una carga muy pesada. Muchos no llegan.

–Ya veo -dijo Pawel, dubitativo.

–Si el sabio es capaz de depositar su carga de riqueza y jugar como un niño, entonces todo estará bien en él. ¿Puedo contarte otra historia?

–Si ese es tu deseo, puedes contarme historias toda la noche y todo el día.

–¡Ah, estás jugando, Pawel!

–Empieza, por favor.

–Esta historia es diferente. Está extraída de mi propia vida. Es un recuerdo. ¿Sabes lo que es la Janucá?

–Una festividad de las luces, según creo.

–Sí. En ella se conmemora lo que fue un milagro para nuestro pueblo, el triunfo sobre la opresión. En el siglo II antes de la era cristiana, una banda de rebeldes judíos formó un ejército para derrocar a los invasores paganos. Tuvieron éxito y lograron liberar y purificar el Templo, que había sido profanado.

»Según el Talmud, cuando los rebeldes buscaron óleo sagrado para que ardiera en los candelabros del Templo solo encontraron cantidad para un día. Pero, milagrosamente, el santo óleo quemó durante ocho días. Por eso tenemos la januquiá, con sus ocho brazos. En la fiesta de Janucá la encendemos para recordar que el Señor puede salvar a su pueblo aun en un momento en que toda esperanza parece perdida.

»La menorá de mi familia tiene un brazo de más, algunas lo tienen y otras no. El noveno brazo es una delgada prolongación de metal que asciende a partir del centro, y que lleva una vela solitaria más pequeña que las demás. Se llama shammash, sirviente. Es la llama que se usa para prender las demás.

»El octavo día de la última Janucá que pasé con mi familia…

David con concluyó la frase. El silencio fue haciéndose mayor, hasta que se aclaró la voz y continuó:

–El octavo día tuve un sueño. En él se me apareció un antepasado mío, un docto rabino bien conocido de nuestro pueblo, que me dijo:

«Dovid, se avecina sobre el mundo una época de sufrimiento como jamás se ha conocido hasta ahora. Durante un tiempo parecerá que la luz se ha extinguido, y muchos dejarán de adorar al Señor».

–Bueno, tu antepasado estaba en lo cierto -dijo Pawel.

–En mi sueño… -David vaciló-. En mi sueño, lancé un grito a mi antepasado y elevé ambas manos hacia él, pero él se apartaba de mí y emprendía el camino del cielo. «Dovid, mi Dovid, – decía- cuando seas

un hombre, serás luz en el mundo. Debes aprender la diferencia entre la luz eterna y las tinieblas disfrazadas de luz».

Bajó la mirada.

–¿Ya está? ¿Así acababa el sueño?

–No.

–¿Por qué no me cuentas el resto?

–No es importante.

–¿Por qué no me lo cuentas y luego decido por mí mismo si es importante o no?

–Mejor que no.

–No puedes dejarme ahora con este suspense. Ningún narrador de historias que se precie le haría eso a su público. El chico suspiró.

–Mi antepasado me dijo que habría muchos que querrían situarme en un puesto de relevancia, porque me considerarían una persona brillante y ensalzarían mi aspecto. ¿Ensalzar mi aspecto? ¿Qué querría decir con eso? Esas fueron sus palabras… ¡Qué cosas!

–¿Se refería a tu aspecto físico?

–No lo aclaró. Había venido para prevenirme. Me dijo que no debía tomar el camino de la grandeza humana.

–¿No debías? Extraño consejo de un gran rabino a un colega prometedor.

–No te rías, Pawel. Es algo un poco embarazoso para mí.

–¿Por qué?

–Porque me halaga, y yo no merezco ningún halago. Ni soy atractivo, ni tengo una inteligencia excepcional.

El chico hablaba con sinceridad. Pawel se quedó mirándolo fijamente. Reprimió el deseo de espetarle que el antepasado de David le conocía mucho mejor de lo que él se conocía a sí mismo.

–¿Salían más cosas en tu sueño?

–Mi antepasado volvía a dirigirse a mí, portando esta vez un shammash. Se agachó y lo dejó en mis manos, y me besó las manos, lo cual me sorprendió mucho. Con estas manos harás mucho bien en el mundo, me dijo, pero primero serás puesto a prueba por el fuego. Mi pequeño Dovid, siempre, siempre tienes que ser un pequeño shammash.

Pawel se irguió en la cama.

–He venido a molestarte, Pawel.

–Es una historia repleta de significación. Te agradezco que me la hayas contado.

–Pero estás preocupado, ¿de qué se trata?

–Hace unos años, un sacerdote me dijo prácticamente esas mismas palabras. Me dijo que una voz del Cielo le había dicho que yo haría un bien único en el mundo, pero que primero debería ser probado por el fuego.

–Es verdaderamente asombroso… el mismo mensaje exactamente.

¿Qué puede significar?

–No lo sé, aunque no fue exactamente igual. La voz dijo: Aquí está mi pobre pequeño al que han roto.

–No lo entiendo, tú no estás roto, Pawel. Eres un hombre muy fuerte, uno de los hombres más fuertes que he conocido. Parece como si no tuvieras miedo a nada.

Pawel le devolvió la mirada, atónito, maravillado ante aquella curiosa facultad que era la percepción humana.

–Y eres brillante además -rió David.

–Estoy viejo y enfermo, y mis fuerzas se agotan deprisa -le corrigió-.

Escúchame, David Schäfer, dejemos a un lado los cumplidos por un momento. Yo creo que lo importante en este caso es que tú y yo tenemos una pequeña muestra probatoria de que no vivimos en un universo prisión. Vivimos en un cosmos con ventanas y puertas abiertas. Los mensajes del infinito llegan hasta aquí de vez en cuando.

–Tal vez continuamente, pero somos ciegos a ellos.

–Puede que tengas razón.

David alargó el brazo y dio un manotazo sobre la manta, junto a Pawel.

–Estos sueños… ¡son nuevas de la mayor magnitud!

–¿De la mayor magnitud? Comparto tu emoción, pero es posible que exageres su trascendencia.

–Ah, eso, por desgracia, es un rasgo característico de mi familia.

Incluso mi famoso antepasado tuvo ese mismo defecto.

Cuando David se quedó dormido en el suelo, Pawel apagó la luz de la mesita de noche. El chico no se despertó. Ya no estaba tan flaco, tan

solo delgado, y el pelo le crecía formando espesos rizos negros. Pawel cogió papel y pluma y se puso a escribir:

Archivo, 22 de febrero de 1943

Es brillante y hermoso. No puede haber duda de que si sobrevive a las intenciones de aquellos

que ahora le buscan para destruirle, vendrán otros que le buscarán para ensalzarlo. Y para

desearlo, también.

El deseo. ¿Qué es esta fuerza que no es enteramente amor, ni tampoco mero impulso

sexual?

¿Cómo era aquello que me escribió una vez Rouault? Cuando se corrompe el símbolo, se

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