El Librero de Varsovia
Capítulo 11
El dinero que Smokrev había pagado por los iconos disminuyó demasiado deprisa. Incapaz de soportar el espectáculo de la miseria, Pawel repartió muchos zlotys entre las mujeres con niños hambrientos que pasaban por la calle. Al ver a una niña escuálida y a su hermanito pequeño deambulando descalzos por la nieve bajo la estatua de Copérnico, fue a buscarles unos zapatos de segunda mano. Dio también algo de dinero a Masha, y a la señora Lewicki, una vez más, pues su marido estaba recuperado pero había vuelto a quedarse sin trabajo.
Hizo un donativo a las monjas y encargó medicinas para que se las enviaran al capellán, que según le dijeron ellas estaba recuperándose de una pulmonía. Una vez vio a Baba Yaga vendiendo un sucedáneo de té con una humeante tetera enfrente del palacio Staszic, y le compró una taza. Ella no le reconoció como el hombre que le había adquirido la colección de obras de Goethe. Estaba como aturdida, con las mejillas chupadas. Le dejó en la manaza el doble de monedas de las precisas.
La carbonera estaba vaciándose de nuevo, y pronto necesitaría que la llenaran. El apartamento todavía estaba moderadamente caldeado, pero su aspecto era más desangelado que nunca debido a los espacios vacíos en las paredes, allí donde antes colgaban los iconos. Al principio había tenido la esperanza de que el apartamento iría recuperándose poco a poco de la pérdida, que iría recobrando cierta normalidad; que, aunque menos ornamentado, seguiría siendo un hogar. Pero no sucedió así. El sentimiento de desolación prevaleció, como el de una iglesia que ha quedado vacía para el Sábado Santo. Pawel se daba cuenta ahora de que los iconos perdidos habían sido algo más que meras ventanas; habían sido presencias casi reales, como las fotografías de los miembros de una familia, las madres, los padres, los amigos en el paraíso, los guardianes, aquellos que resistieron al viejo enemigo. Echaba de menos la imagen de la Madre por encima de cualquier otra. Rezaba delante del crucifijo, por supuesto, y en ello encontraba algo de consuelo. Al besarlo, le pareció como si emanara de él una herida que le tranquilizaba, pero que le invitaba también a penetrar en un misterio terrible ante el cual únicamente podía postrarse sin comprender. La Cruz, bien lo sabía, era una señal de victoria que se erige por encima
del mundo; un mundo que no era más que un devastado campo de batalla.
Colocó sobre la mesilla de noche la talla de metal que su padre le había dado tantos años atrás. Limpia y pulida, permanecía en su sitio como un hijo pródigo reducido al silencio, irradiando un mundo pleno de sentido que él había creído perdido para siempre. Más aún, le ofrecía, a su manera tan humilde, una réplica contradictoria a sus recientes dudas acerca de la providencia. O del destino. Porque si el principio que gobernaba todas las vidas había devuelto aquel mundo perdido a la suya, a buen seguro lo había hecho con algún propósito.
Durante los últimos meses había vendido todos los cuadros de paisajes del siglo XIX que tenía colgados en el apartamento. El único cuadro que le quedaba era el de las fiori italianas que había adquirido en París, y por el que sentía de repente un fuerte rechazo. Smokrev había dicho de él que era horroroso. Desde luego, no lo era, pero aquel desprecio había deslucido el brillo que otrora transformara su triste habitación de París con la luz de una tierra bañada por el sol. Ahora le parecía bonito sin más, un mero objeto decorativo. Sus manchas de color representaban fielmente unas flores, pero no transmitían su misterio ni suscitaban admiración. Aquel cuadro no era una ventana, sino un espejo que reflejaba su propia falta de relieve. Sí, él era como un niño que se deja distraer fácilmente con pompas de jabón. Le parecía ahora que había malgastado la vida entera sin buscar otra cosa más que apariencias superficiales. Y aunque también se daba cuenta de que aquello no era del todo verdad, descolgó las fiori de la pared y las bajó a la librería. Preparó una etiqueta con un precio ridículo y colocó el cuadro en la vitrina delantera.
Una semana más tarde se lo llevaba Haftmann, junto con el resto de su compra.
–¿Dónde encuentra estas cosas? – le preguntó con incredulidad.
–Mis fuentes son inagotables, Herr Doktor -replicó-. La gente, cuando está desesperada, vende lo que sea.
El dinero de Haftmann le permitió adquirir algunos buenos títulos.
Le ayudó a alejarse de la tentación de echar mano del tesoro encontrado en el desván (de los libros no judíos más presentables, al menos). Le parecía como si, de algún modo no muy claro, hubiera
hecho la promesa de ser el guardián de la colección. Después de la guerra volvería a vendérsela al abogado de ód, y el abogado restituiría los libros a sus legítimos propietarios, si es que aún seguían con vida.
En cuanto a los libros sin valor que habían servido para camuflar el contenido de las cajas (tanto los triviales como los sitra ahra), no quería ser instrumento de su difusión. Los utilizaría como material combustible de emergencia o simplemente esperarían al final del túnel.
Era una tarde de domingo. La nieve caía lateralmente contra las ventanas de la salita de estar, donde estaba sentado Pawel, leyendo en silencio. Casi sin advertirlo, sintió, más que vio, que David había entrado en la sala y se había sentado en el extremo opuesto. Pasaban los minutos sin que Pawel levantara los ojos de la lectura.
–Discúlpeme, pan Tarnowski.
Conozco ese tono de voz, pensó Pawel.
–¿Querías decirme algo?
–Sí.
Pawel refunfuñó para sus adentros, levantando por fin la mirada.
–Las palabras no bastan -declaró David en medio del resonante silencio.
–¿Las palabras no bastan?
–Más de una vez me he sorprendido a mí mismo tratando de encontrar una forma de expresar la totalidad, una realidad experimentada dentro de uno mismo, pero siempre he visto frustrados mis intentos de encontrar suficientes…
–¿Suficientes palabras?
–No exactamente. Me refiero a transmisores de palabras.
–¿Qué son los transmisores de palabras, si no palabras?
–La corriente central del lenguaje, el lenguaje celestial.
–Ah, el lenguaje celestial -dijo Pawel, recordando vagamente una de sus conversaciones anteriores.
–Es la razón por la que el lenguaje tiene que acabar fuera de sí mismo, en acción.
Pawel dejó a un lado el libro.
–Acción -dijo cortante-. ¿Qué acciones tienes a tu disposición en la celda de esta prisión en la que vives?
Aquello pareció desconcertar al muchacho, que permaneció un rato en silencio. Luego, como si se hubiera topado con un pensamiento fuera de lugar, dijo:
–Una historia es una acción creativa, tanto la obra final como la serie de pequeños actos que forman parte de su creación. Podemos contarnos historias.
–La gente que está encerrada en los manicomios también cuenta historias. Muchas veces se les ve hablando a las paredes o al vacío.
–Hablan sin una acción.
–En eso estamos de acuerdo… Su lenguaje es como el ir y venir de un prisionero incomunicado en una celda, en la celda de confinamiento del yo, hablando con los fantasmas de su mente.
–Es verdad, pero si hay alguien que habla y alguien que escucha, entonces hay una acción auténtica.
–¿Qué es una acción auténtica?
–La acción, sin duda, es un nivel del lenguaje, los signos físicos de pensamientos invisibles.
–¿Por qué eso es auténtico? En un mundo regulado por las acciones de hombres egoístas, los pensamientos siempre se vuelven expresiones distorsionadas.
–Así es como nosotros pensamos. Así es como nos limitamos a nosotros mismos. Por eso no podemos ver más allá, ni profundizar.
–¿Qué propones entonces para ver más allá y profundizar?
–Ya habíamos hablado de esto, pan Tarnowski. ¿No lo recuerda?
–La verdad es que no.
–El hombre que mira a una ventana puede que solo vea su imagen reflejada, o puede que, atravesando esa imagen, vea lo que hay fuera de sí mismo… la grandeza del mundo que se extiende más allá de sí.
–Ah, sí, ya me acuerdo.
–Así que ya lo ve, es posible aprender a hablar y escuchar el lenguaje no lineal, eterno.
Interesado finalmente un poco por el tema, Pawel repuso con tono meditabundo:
–Supongo que tienes razón. Sí, es posible ver más allá del propio yo.
Narciso no sospecha que existan otras formas de belleza al margen de su propio rostro.
–O de su propia compasión.
–¿Compasión?
–Autocompasión. El prisionero que solo llorará y se desesperará por su propia situación.
–Está bien, David Schäfer, te concedo tu parte de razón. ¿Qué más podemos seguir buscando en los libros tú y yo sin descanso para encontrar indicios de otros universos?
Al chico se le iluminaron los ojos por la emoción.
–¡Así que lo entiende!
–Entiendo que un hombre puede utilizar los libros como reflejo de la propia imagen en un espejo, o bien como una ventana.
–Pero usted prefiere la ventana, ¿no es así? – le instó.
–Como mucho, a veces creo que hay vida más allá del cristal.
–Pero usted cuenta historias para los demás. Su obra, por ejemplo.
–La obra la escribí exclusivamente para mí mismo. A David se le mudó la expresión.
–No es una buena obra -añadió Pawel.
–¿Qué es una buena obra?
–El corazón del elemento dramático en una pieza teatral está en el mensaje inequívoco de que el hombre debe vivir con las consecuencias de sus actos.
–¿Y de los actos que los demás cometen sobre él?
Un miedo indefinible asomó a la conciencia de Pawel.
–Sí, eso también.
–Allá donde el pensamiento se tambalea, la música, la poesía y los relatos vienen a rescatarnos, para que podamos entender el mundo.
–¿No incluyes la pintura?
–No, yo no la incluiría. Las imágenes están prohibidas -replicó David.
–Ah, sí, olvidaba vuestras leyes. Pero tú olvidas que los relatos, la poesía y la música pueden cautivar a través del engaño.
–Creo que lo que quieres decir es que pueden engañar cautivando.
–Al menos hemos llegado al acuerdo de que en algunas artes es posible escuchar el lenguaje celestial. Uno puede saborear el Paraíso por un instante.
David añadió con tono enfático:
–En nuestro pueblo, cuando bailamos, cuando rezamos bailando, nos acercamos al Paraíso.
–Para mí eso es literatura. En concreto, el elemento poético de la literatura. La poesía verdadera, es decir, el fruto de la intuición creativa en unión con la maestría que el poeta tiene de la herramienta del lenguaje como signo contractual, puede acercarse a la visión mística y a otras formas de oración del alma.
–Estás diciendo que siempre que dos personas hablan entre sí hay un acuerdo, un contrato según tus palabras, por el que una palabra determinada tiene un significado particular para ambas, ¿es eso?
–Sí.
–Pero incluso un contrato de esta naturaleza está sujeto al defecto propio de la interpretación, ¿no te parece?
–Sí, eso también es verdad.
–Entre dos personas siempre hay que valorar el contexto y la personalidad, ¿correcto?
–Sí, totalmente de acuerdo. Es un factor contra el que siempre debemos prevenimos.
–¿Prevenirnos? – preguntó David, inclinando la cabeza con gesto inquisitivo.
–La interpretación tergiversa el sentido de la palabra expresada y el de la palabra escuchada. De hecho, no se ha escuchado de verdad.
–Pero sigue siendo una palabra. Yo no diría que debemos prevenimos, ya que esto implica temor. Yo más bien diría que debemos ser conscientes y estar dispuestos a ampliar nuestra comprensión del otro.
–Un hermoso idealismo. ¿Eso es lo que haces tú?
–Trato de hacerlo siempre. Y creo que usted también lo hace, pan Tarnowski, por cuanto me ha abierto las puertas de su casa a un alto precio, y no me cabe duda de que eso demuestra una gran capacidad de comprensión por su parte.
–Entiendo muy poco acerca de la naturaleza humana. Hubo una época en que creía saberlo todo acerca de ella, pero ya no. Es solo que no creo que los alemanes tengan por qué salirse con la suya en Polonia.
Todas las vidas son valiosas, las de todos los seres humanos… ninguna tiene precio.
–Si así es como piensa, entonces es un hombre con una gran capacidad de comprensión.
Pawel negó con la cabeza.
–No, sencillamente detesto las tropas de asalto.
–Nos hemos apartado del tema. Hablábamos acerca de la interpretación.
–Ah, sí. Bueno, yo me mantendré fiel a mi término prevenir, porque no comparto tu visión optimista de la naturaleza humana. El hombre enjuicia con demasiada facilidad otras vidas según el valor que tienen en una sociedad utilitarista… según su productividad.
–Me está hablando de falsos valores.
–Exacto. En mi caso, oír a un niño expresar los pensamientos de su alma, con sus palabras sencillas, me conmueve mucho más profundamente que escuchar a un profesor de literatura decir lo mismo pero expresado con los términos más sofisticados.
–¿Por qué?
–Porque, viniendo de un niño, el fenómeno apunta a la existencia de algo que está más allá de los límites de su cerebro. Su belleza trasciende el «valor» artificial de la persona, que se fundamenta en el conocimiento a modo de recopilación de hechos en lugar de fundamentarse en la sabiduría en tanto que depositaria de la verdad.
David esbozó de súbito una sonrisa.
–¡Cómo sabe usted esas cosas!
–No sé cómo las sé. ¿Las sé?
–Habla de ellas con la sangre palpitándole en las venas.
–Tengo los dedos ateridos por el frío, no me siento el corazón. Hasta donde yo sé, no tengo más que una fría piedra aquí dentro, y tinta roja en las venas.
David se rió abiertamente.
–Le gusta bromear, pan Tarnowski. Aprecio esa cualidad suya.
–Yo soy un hombre con mucho sentido del humor -repuso Pawel, haciendo rodar los ojos un poco.
–Pero volviendo a nuestro tema -continuó David con una sonrisa-, para mí, la manera de reducir las malas interpretaciones cuando se habla con otra persona es teniendo siempre presente, a los ojos del corazón, el gran respeto que siento por el misterio que anida en su interior, por su misión desconocida, por su identidad oculta en la mente del Señor.
–¿Todos los jasidim piensan como tú?
Ambos guardaron silencio unos segundos antes de la respuesta de David.
–He mantenido correspondencia de estudios con el gran rabí Dabrova desde los trece años. Creo que él piensa como yo, aunque en otro ámbito del pensamiento.
–¿Lo crees o lo sientes así?
–Buena distinción. Tiene razón: así es como lo siento.
De repente la extrañeza de aquel diálogo se hizo patente a ambos a la vez, tanto al hombre como al muchacho. David se quedó sentado unos minutos mirando por la ventana, como si tratara de penetrar a través de la barrera erigida entre su presente y su pasado. Se levantó con brusquedad y se dirigió a la cocina. Pawel supuso que quería estar solo y que se subiría al desván. Pero no fue así, porque al cabo de poco volvió con dos vasos de té.
Mientras ambos sorbían de los vasos, David reanudó la charla.
–Pan Tarnowski, cuando hablamos con otra persona, ¿no le parece que siempre la ubicamos en una categoría determinada? Aunque no lleguemos a hacerlo en el ámbito del pensamiento racional, nos preguntamos qué aptitud mental tiene esa persona, cuánto hace que está ahí, qué nivel de confianza debo otorgarle como para compartir con ella una pequeña porción de mí. ¿No le parece que hacemos este tipo de valoración antes de empezar a hablar? A mí me parece que el recurso al lenguaje se fundamenta siempre en una valoración semejante, tanto de la persona, como del lugar, como del nivel de confianza.
–Sí, algo así está siempre activo en nosotros.
–Y entonces, cuando he hecho mi valoración, si pienso en lo que voy a decir me doy cuenta de que la palabra está ya presente en mi corazón.
Y si quiero hablarle a usted de eso, tengo que hacer presente en su corazón lo que ya está presente en el mío.
Pawel asintió con la cabeza.
–Entonces, en mi búsqueda de una forma para hacer que la palabra que existe en mí le alcance a usted y se quede en usted, utilizo la voz. Su sonido le comunica mi palabra y su significado. Cuando la operación concluye, se desvanece en el aire, por cuanto ese sonido no es nada más que aire. Pero mi palabra está ahora en usted, aunque no por eso deja de permanecer en mí.
–Eso vale tanto para las palabras buenas como para las malas -
repuso Pawel.
–Una palabra degradada es un golpe propinado a la mente. Una palabra veraz, iluminadora, es una semilla. La fecundidad de la semilla depende del terreno en el que se planta.
–Pero entre la palabra malévola y la palabra veraz se extiende un vasto territorio, las tierras de frontera, según tú. ¿Qué sucede realmente en esos territorios y cuál es el significado de las palabras que se pronuncian en ellos?
–Yo creo que ahí se encuentra la mayor parte de las palabras de los hombres.
–Estoy de acuerdo.
–Esa es la razón por la que la mayoría de los libros que se escriben son tan banales, y la mayoría de las conversaciones, tan vacías.
–Tenemos al narcisista, una vez más.
–Sí -asintió el joven-. El lenguaje esterilizado deja de ser pensamiento.
–Pero el pensamiento necesita del lenguaje con el fin de ser…
pensamiento.
–Oh, no -dijo David, echando el cuerpo hacia atrás-. Eso no es correcto. El pensamiento puede permanecer inexpresado y seguir siendo pensamiento.
–Parece que hayamos topado con una barrera, aunque no podamos verla. ¿Qué es? ¿Hay algún medio para sortearla?
David reflexionó unos momentos antes de responder con voz pausada, como si escogiera cada palabra con sumo cuidado.
–Un prisionero solitario tendría muy pocas cosas suyas, aparte de la capacidad de pensar. Si descubriera que hay otro prisionero en la prisión, ambos podrían comunicarse mediante algún tipo de código, dando golpecitos en la pared que los separa. Si hubiera la más mínima brecha en la pared, podrían compartir una cuchara deformada o un mendrugo de pan rancio. Los regalos son importantes para los prisioneros, aunque no tanto como el acto de poder compartir.
–Ya, de modo que estás diciendo que compartir el lenguaje es una forma de acción.
–Sí. Y desarrollar el alcance del lenguaje amplía la capacidad de acción. Al liberar a los prisioneros, estarán preparados para más cosas de lo que habría sido posible si hubiera permanecido en libertad en un mundo de libertades mundanas.
–Yo nunca llamaría mundana a la libertad, en ninguna de sus formas.
–Gracias por la corrección, pan Tarnowski. Déjeme decir entonces que, al ser liberados, los prisioneros estarán más capacitados para ampliar el reino de la acción, pasando de la acción implícita a la explícita.
–Pero ¿y si a un prisionero se le ha condenado a una sentencia de por vida?
–Ese tipo de prisionero sigue conservando la libertad a los ojos de su corazón, por lo que en su ser más íntimo sigue siendo un hombre libre.
Ambos guardaron silencio esta vez. Por un acuerdo tácito, la conversación había llegado a su fin. Los dos reanudaron sus actividades previas, Pawel la lectura de su libro y David el remiendo de un roto en el abrigo.
A partir de principios de febrero, Pawel comenzó a asistir con regularidad a misa en el convento de la Visitación, pues su parroquia había sido clausurada y el párroco arrestado. Había muchas otras parroquias de la ciudad abiertas, pero el templo de las hermanas estaba
cerca, y lleno además de recuerdos de su infancia. Se preguntaba si tendría la suerte de encontrarse con la monja con la que había hablado después de caerse aquella vez en las escaleras heladas de la iglesia parroquial. Pero entre las pocas hermanas que salían del recinto reservado no había rostros reconocibles. Recordó más tarde que llevaba un hábito diferente. Las palabras de la monja volvían con frecuencia a su mente.
El miedo es nuestro gran enemigo reverberaba en su cabeza en los momentos más incongruentes, mientras preparaba la comida o lavaba la ropa. O también podía estar encolando el lomo de un libro y oír: Abandónate al Señor con plena confianza, y así los demonios no podrán alcanzarte. Si tienes miedo, no podrás oír la voz de Dios.
Todo aquello era muy piadoso, pensó, muy contemplativo, muy progresista, espiritualmente hablando, muy adecuado para aquellas santas personas que vivían protegidas en el interior de los conventos y monasterios de sus órdenes. Pero qué absurdo aplicado a hombres como él, que respiraban a diario una atmósfera compuesta casi por entero por realidades que no infundían otra cosa que miedo.
¡Imposible!
Entonces le contestaba Andréi Rubliov: Pawel, no digas que es imposible; di en todo caso que es el imposible al que estamos llamados.
Sí, todos los argumentos, exhortaciones, imaginaciones y dudas encontraban cobijo en él. Saberlo todo no resolvía nada. El suave y santo fuego era tan fácilmente relegado de golpe por las rachas de fuego negro y amargo… Toda la sabiduría de su pieza teatral, que él presentía que no era más que una colección de ideas absorbidas a lo largo de tantos años de lectura, no podía traducirse en la más mínima alteración de su propia personalidad.
Oh, espléndido fuego azul, que reluces como lámina de plata. Oh, verde sagrado. Oh, puro bermellón. Eres vino escanciado sobre criaturas hechas de barro, exclamaba Andréi Rubliov. ¡Escúchame, Pawel! ¡Qué triste! Qué triste cuando nos encerramos en nuestro miedo.
–Andréi Rubliov, tienes razón -replicaba Pawel, dirigiéndose al coro de libros de su abandonada librería-. ¡Es verdaderamente muy triste!
Toda mi vida se viene abajo, cae, se precipita desde la cara que mis
pobres garabatos representan. Pero ¿qué puedo hacer? Estoy lejos de Dios.
A buen seguro conoces el significado del icono del Dios silencioso, le replicó Teófanes el Griego.
¡Está cerca! ¡Está cerca!, cantó el monje Daniil.
Y luego el coro de ángeles cantando: Tu rostro es más reluciente que el sol, oh Señor glorioso. Es imposible soportar tu fulgor abrumador, tus discípulos caen sobre su rostro…
–Pero todos los hombres caen sobre su rostro, ¿no? Pues ninguno ha estado a la altura de la gloria de Dios…
Los debates se sucedían en su interior como un torbellino, sin llegar a sacarle nunca por completo del laberinto de sí mismo, sin mostrarle el camino empinado emprendido por los sabios, los eminentes, los contemplativos, los santos. Él seguía rezando las oraciones a su alcance, las de los tontos, los idiotas, los soñadores, los hombres malogrados.
Esas sí que las rezaba.
Una mañana de domingo, Pawel vio a la señora Lewicki en la capilla del convento. Concluida la misa, ella se le acercó mientras él aún seguía arrodillado y le puso un paquete entre las manos.
–Esto era de Janusz -dijo en un susurro-. Es para usted. Un regalo.
Rece por mi hijo.
–¿Cuándo fue la última vez que le vio, pani?
–A principios de septiembre del treinta y nueve.
–Han pasado más de tres años.
–Estaba en caballería. Iba tan guapo, ¡y estaba tan orgulloso de su uniforme! Pero yo ya sabía que era una equivocación, un joven tan inteligente como él, al que le había ido tan bien en Suiza y que tenía también un título de la Politécnica. ¡Ingresar en el ejército en un momento con tantos problemas en Europa! Piense si no… los comunistas en el este y el movimiento hitleriano en el oeste, ¡y nosotros pensando que podíamos hacerles frente con unos pocos miles de jóvenes a caballo! ¡No estábamos preparados para eso!
–El país entero no estaba preparado.
–¡No quiso escucharme! ¡No quiso!
–No pierda la esperanza. No hay que perderla nunca.
–Sí, ya me lo dijo otra vez. Acepte por favor esto, no es nada.
Consérvelo, por mi Januszek.
Se marchó, y las hermanas tras la reja de la capilla se pusieron a cantar una letanía a la Madre de Dios.
Madre del Creador, cantaban, ruega por nosotros.
Madre del Salvador,
Virgen clemente,
Virgen fiel,
Espejo de justicia,
Trono de sabiduría,
Rosa Mística,
Torre de David,
Torre de marfil,
Arca de la Alianza,
Puerta del Cielo, cantaban.
–Ruega por nosotros -contestaba Pawel.
De regreso en el apartamento, desenvolvió el regalo y se encontró con un pequeño icono muy bien pintado de la Madre de Dios de Czstochowa. Lo colocó en el rincón vacío para los iconos junto a su lecho, por encima del caballero y el dragón, y encendió una vela de vigilia. La habitación quedó inmediatamente inundada de presencia. Caminó por el apartamento y descubrió que la casa entera estaba de nuevo irradiada por lo que no es visible. Se volvió al dormitorio y se postró delante del icono.
David Schäfer, al pasar por delante de la puerta en su camino hacia la cocina, se detuvo y se quedó observándole.
–Discúlpeme, pan Tarnowski -dijo con mirada de preocupación-.
¿Por qué se postra ante una imagen? En la Humash está escrito, en el Deuteronomio está escrito que…
–¿Te refieres al precepto bíblico contra la adoración de ídolos?
–Sí. ¿Acaso no es un ídolo eso?
–Es una imagen. Pero nosotros no la adoramos.
–Perdóneme, pero no he podido evitar verle arrodillado delante de ella. También le había visto besar las demás imágenes, antes de
venderlas.
–Las personas a veces besan las fotografías de sus familiares. Es algo similar.
–Pero son de personas reales.
–Nuestros amigos del Paraíso también lo son.
David pensaba intensamente.
–Pero ¿dónde dice el Señor que el hombre pueda ahora hacer imágenes?
–Con la venida de Cristo, la Ley Vieja fue reemplazada por la Nueva. Se inició un orden nuevo en el ámbito de la creación. Antes de su era, el mundo estaba plagado de ídolos. Muchas de las civilizaciones antiguas practicaban sacrificios humanos, algunas llegaron a quemar niños vivos en sus altares. Incluso un descendiente del rey David retornó a aquellas prácticas. La civilización cristiana acabó con todo aquello.
–Aún queman a la gente, pan Tarnowski. Pero no lo hacemos nosotros.
–Cuando los hombres pierden la fe, olvidan. Una y otra vez.
–A mí me parece que esta guerra muestra todo un vasto panorama del olvido. Hay muchos niños que mueren…
–Hay incontables vidas humanas destruidas, y la mayoría de ellas no llegó a tener una comprensión cabal de lo que está sucediendo -dijo Pawel.
–¿Acaso nosotros podemos llegar a entenderlo? El Señor Supremo es infinitamente más grande de lo que nuestras pobres mentes pueden captar. No debemos cuestionar su voluntad, ni siquiera a la vista de tanta maldad.
–Yo creo que se nos permite meditar acerca de su voluntad. ¿No podría ser que, siempre que un gran mal nos golpea con fuerza en el corazón de nuestro entendimiento, se nos esté pidiendo que veamos más allá de lo que normalmente vemos?
David asintió tímidamente, aunque parecía turbado por la última observación de Pawel.
–¿No estás de acuerdo? – le instó Pawel.
–En el gueto vi a muchos niños abandonados en la calle, mendigando comida. Yo les daba lo que podía, pero no era suficiente.
Aquellos pequeños cuerpos, esparcidos como desechos, como basura por las aceras… Un niño muerto es una conmoción que lo sacude todo.
Usted dice que el mal nos enfrenta a una pregunta… una pregunta que se enraíza en los fundamentos de la existencia de este mundo. ¿El Señor lo permite, deduce usted entonces, con el fin de plantearnos una pregunta?
Ahora era Pawel el que asentía sin decir nada.
–Esa pregunta -dijo David con la mirada fija en el suelo- tiene un coste terrible.
–Pero no es que sea esa la intención principal de Dios.
–Él lo ha permitido, ¿o no?
–Está claro que sí.
–¿Por qué?
Pawel hizo una pausa, consciente de pronto de cierta dimensión hasta aquel momento no descubierta en el pensamiento del joven. ¿Era posible que David el inconmovible, el inflexible, el abogado entregado por entero a la defensa de los derechos del Señor, fuera vulnerable a la duda?
Hacía apenas un momento, el chico había sostenido que la voluntad de Dios no podía cuestionarse. ¿Estaba cuestionándola él ahora? ¿O
simplemente reflexionaba acerca del problema del mal con el fin de expandir su entendimiento?
–Preguntas por qué Dios permite el mal -dijo Pawel-. Yo no conozco la respuesta. Hay argumentos que podrían aducirse para explicarlo, pero siempre les falta algo, algo que es esquivo y que tal vez esté lejos de nuestra capacidad de entendimiento. ¿No podría ser que lo malinterpretáramos, aunque pudiéramos verlo? Cualquier intento por comprender el mal acaba en fracaso.
–Tal vez sea por eso por lo que las fuerzas del Sitra Ahra hacen lo que hacen, puesto que los ángeles de las tinieblas saben hasta qué punto sacude nuestra confianza en el Señor.
–¿La tuya también la sacude?
David bajó la mirada.
–La pone a prueba.
–De acuerdo con mi confesión, nosotros creemos que solo hay una respuesta a los golpes que el mal nos asesta. La respuesta no consiste en
un argumento racional. La respuesta es un hombre. Ese hombre es Dios mismo sufriendo por nosotros, muriendo por nosotros, para poder llevarnos hacia el Ser Supremo, desbaratando todas las artimañas del enemigo.
–El Mesías, cuando venga, será un hombre… no el Ser Supremo.
–Ahora tú y yo hablamos con una gran separación en medio. Es la separación que divide a nuestros entendimientos, a tu pueblo y al mío.
¿Me permites que te cuente lo que vemos desde este lado de la barrera?
Alzando la mirada, David asintió incómodo.
–Si tuviera que venir el Mesías como mero hombre, eso sería sin duda un argumento contra el mal, pero incompleto. Si hubiera de venir únicamente como Dios, encarnado pero sin ser un hombre de verdad, sería también algo incompleto.
–Ya he leído cosas acerca de vuestra teología, pero admito que en esto estoy un poco confundido. ¿Cómo explica eso la muerte violenta de un niño?
–Cuando estuvo entre nosotros, fue para enseñarnos que somos más grandes de lo que nos consideramos. Cada persona es su icono. Quemar uno solo, hacerle daño al más pequeño de los seres humanos, es agredir a Dios. Él nos muestra su rostro, y para asombro nuestro es un rostro humano.
–Si esto es así, ¿cómo es que sus seguidores han hecho tanto mal?
–Porque tales seguidores no lo eran en realidad. No miraban más allá del icono para ver al que este representa.
–Entonces no es muy sensato contar con tales imágenes.
–¿Destruiremos todas las ventanas porque haya hombres que solo vean su propia imagen reflejada en ellas?
David asimiló esto último con un fruncimiento de cejas.
–Aun así, sigo sin comprender su concepción del Ser Supremo. No puede ser correcta. La mirada que aplicamos sobre Él caería con demasiada facilidad hasta los niveles más bajos. Dejaríamos de adorarle.
–Dios ha tomado con nosotros ese gran riesgo. Extiende sus manos como puerta de acceso a la vida eterna. En la palma de una de ellas está escrito: Verdad; en la otra: Amor. Esos dos principios se unen en su corazón. Él permite que lo apresen y lo aten y le claven clavos que
atraviesan esas dos palabras… Palabras que pertenecen al lenguaje celestial.
–¿Está diciéndome que nosotros, los judíos, no somos capaces de ver lo que…?
–Toda la humanidad está aquejada de ese mismo mal. David se levantó y se quedó un momento inmóvil, reflexionando en silencio.
–Tengo mucho en que pensar -dijo, antes de añadir, cruzándose con la mirada de Pawel-: Hoy me ha dicho muchas palabras. Hoy, me ha dado una llave de su casa.
Cuando el chico hubo subido al desván, Pawel se sentó en el borde de la cama y se puso a pensar de nuevo en su propia complejidad, que no parecía tener fin. ¿Una llave? ¿Su casa? Aquella casa era un laberinto, más bien. En el espacio de unas horas había rezado las oraciones de los hombres malogrados, había rendido adoración y comulgado en misa como un polaco católico más, había dado consejos de sabio a una mujer, se había postrado como un bizantino, había instruido a un no cristiano como un escolástico, ¡y ahora estaba recayendo con rapidez en el enrevesado ensimismamiento que era su yo habitual y tan moderno!
Se liberó de aquellos pensamientos sacudiendo la cabeza, se levantó del borde de la cama y fue a prepararse una taza de té.
Aquella noche estaba casi dormido cuando oyó los gritos de David, que llegaban hasta él por las escaleras, procedentes del desván. Pawel encendió la lamparilla de la mesita de noche, mientras el muchacho irrumpía con el manto de oraciones y el solideo de medio lado y con un libro bajo el brazo. Se dejó caer a los pies de la cama y se sentó cruzando las piernas como un indio de Norteamérica.
–¿Quién es este tal Milton? – dijo.
–No lo sé.
–Es un poeta inglés. Lo que quiero decir es quién es dentro de las obras del Señor Supremo. Escribió esto -dijo el chico blandiendo el libro en alto-, que va todo ello sobre la caída del hombre. Es muy interesante.
–David, estoy muy cansado. Mañana será otro día.
–Escuche, pan Tarnowski, se trata de un poeta cristiano, por lo que hay algunos elementos que revisten una especial dificultad para mí.
Pero los fundamentos de su visión están enraizados en la Torá. El horror al caos y la confusión. La belleza del Cielo y del Edén. ¡Es el tema del que hemos hablado hoy! Escuche, es El paraíso perdido, de John Milton:
Lo que hay de oscuro en mí, ilumina, lo que hay de inferior, eleva y sostiene; para que desde las alturas de este gran Debate, sea capaz de afirmar la Providencia Eterna, y justificar los caminos de Dios ante los hombres.
David había leído en inglés
–Lo siento, no sé inglés. He oído la palabra Gott por algún lado, de modo que sospecho que la cosa va de nuestro tema favorito. ¿Me equivoco?
–No -masculló el chico, pasando las páginas de un pequeño diccionario ingléspolaco.
–¿Lo encuentras difícil?
–Sí, me cuesta apreciar a veces los sutiles matices de algunas palabras. Pero se percibe claramente aquello que alienta estos versos.
Casi se ve la sala de un gran tribunal y a Satanás acusando al hombre ante el Señor. Y el poeta no solo trata de defender al hombre ante Él,
¡sino que además intenta defender al Señor ante el hombre! ¡Algo asombroso! – Una expresión de duda asomó al rostro del joven, que levantó los ojos-. ¿Es oportuno defender al Señor ante el hombre?
¿Necesita defenderse? ¡Piense en la respuesta que dio a Job!
Sin esperar contestación, David se sumergió de nuevo en las páginas del libro, con el ceño fruncido y pasando el dedo a lo largo de las líneas impresas. Poco a poco, con paciente esfuerzo, iba traduciendo algunos pasajes al polaco y recitándolos en voz alta. Transmitía las ideas intactas, pero a Pawel le daban cierta impresión de aridez. Interesante, pero farragoso.
De improviso, David se dejó caer a lo ancho de la cama, y luego abrió los brazos en cruz, mirando al techo, con la boca abierta y los pies colgando por el borde de la cama.
–Es asombroso -murmuró.
–¿Qué es asombroso?
–La indecible inmensidad del drama en el que estamos envueltos.
Piénselo, ¡piense en el tamaño del cosmos!
Al chico le había quedado una parte del vientre al descubierto, una franja de blanco paisaje alrededor de un ombligo. Pawel apartó los ojos.
–David, vete a la cama.
–Oh, sí, sí, pan Tarnowski. Buenas noches, entonces.
–Buenas noches.
Cuando el chico se hubo marchado, Pawel apartó las mantas y posó los pies con firmeza en el suelo. Temblaba presa de escalofríos, con la cabeza apoyada en las manos. Tenía erizado el vello de los brazos, y en cambio le ardía la cara y el corazón le latía con fuerza.
«¡Basta!», exclamó en voz alta, y añadió para sí, con acritud: «Mi vida es absurda al extremo… ¡en el instante mismo en que siento avidez por el drama del universo me veo arrastrado al drama de la carne!»
Pero arrastrado enseguida dejó de ser la palabra adecuada.
Atrapado, hipnotizado, inmovilizado por una imagen que no le abandonaba. En la pantalla de su imaginación comenzó a proyectarse una escena en movimiento, como la de una película, un espectáculo carnavalesco en el que las llamas de una hoguera consumían a su víctima. Apartó de su mente aquellas imágenes, que no tardaron en regresar, tratando de penetrar de nuevo, hasta que, para su espanto, el íncubo estuvo a punto de prender.
Volvió a purgar la mente de imágenes, se levantó de un salto y salió del dormitorio. En el otro extremo del pasillo había una ventana que daba a la calle. La luz de la luna se derramaba a través de los cristales congelados. Abrió la ventana y dejó que el gélido aire le golpeara en el rostro.
Permaneció varios minutos en esta posición, hasta que el corazón dejó de latirle y la cara se le quedó exangüe. No quería volverse a la cama. Las ascuas seguían incandescentes, y un solo soplido del fuelle bastaría para inflamarlas.
–Ha vuelto -dijo.
Los perros de ojos verdes arrancaban la piel aterciopelada de los costados de un venado rojo, aún con vida, y devoraban entre crujidos su dorada cornamenta, los ojos de la víctima enloquecidos por el terror,
en el cuello un tajo del que manaban borbotones violeta heliotropo, morados, rojos cromo, a cada bombeo, mientras la boca se le abría buscando un grito que estaba más allá del sonido. Los gatos aferraban con sus garras los cuerpos fláccidos de las palomas azules caídas desde lo alto de las torres como rayos de gracia.
Yo te lo daré, dijo una voz que le llamaba desde el fuego que barría los campos cubiertos por la nieve.
–¿Quién… me habla? – balbució Pawel.
Yo haré que él lo elija, dijo la voz.
–El amor se da, no se toma -dijo Pawel en un susurro. Él deseará darlo.
–Está mal.
Yo doy donde doy y tomo donde tomo. Tú tienes mi permiso.
Entonces el miedo dio paso al recelo, a una inquietud del alma que le hacía escuchar en lo más profundo, una duda que se debatía con la parte de Pawel que deseaba dar crédito a la voz.
–¿Violaría Dios la voluntad de otro ser? – preguntó-. ¿Concedería Dios un don así, sin que el otro lo quisiera?
Yo lo pondré en tus manos y él deseará quedarse en ellas. Toda pasión es reflejo de mis pasiones divinas.
La luz de la luna parecía debilitarse, y su temor ante la voz se mitigó. El debate continuó por un tiempo. Él comenzó a pensar de acuerdo con el patrón de sus pensamientos, y se preguntó si realmente era algo tan malo poner fin a la soledad. En un momento en el que los hombres se destruían por millones, ¿por qué no iba a dejar que se enardeciera un deseo que hundía sus raíces en las fuentes mismas de la creación? ¿Qué daño había en ello? ¿En dos seres humanos, solo cada uno de ellos, sin familia, rodeados de muerte?
–El amor es amor -dijo a la luna-. ¿Qué importa la forma que adopte?
Permanecía inmóvil, a la espera de la reanudación del diálogo.
Apenas un momento antes, mientras hablaba con la voz, se había sentido envuelto en una sensación poderosa y dulce, y corrompida, como cerezas fermentadas. Ahora sentía de pronto frío y náuseas. No había dado su consentimiento a la proposición, no todavía, pero lo sopesaba, y la voz esperaba.
Le asaltó una ráfaga de luces fugaces, como una ilusión óptica mental, entre las que Pawel vio a un anciano en el cráter producido por una bomba, un profeta lloriqueante, y las estrellas girando en forma de corona circular, y un cuervo. El cuervo salió volando de sus pensamientos por un instante, dejando tras de sí una alucinación casi audible de sus chillidos, que resonaron como el eco en el silencio del apartamento.
–Es un niño apenas -dijo Pawel.
Así se declaró nuevamente abierta la lucha.
Es un hombre ya, dijo la voz, insistente.
–No es un hombre maduro, en cuanto a la verdadera naturaleza de un hombre -replicó Pawel-. Sería un pecado muy grave deformarlo.
Es un pecado menor. Inofensivo.
–No existen los pecados pequeños.
Tú le amas. Es tuyo.
–¡No es mío! Tengo los sentimientos propios del amor, pero no lo sustancial del amor.
¿Qué es lo sustancial del amor?
Pawel sacudió la cabeza, confuso, incapaz de formular los términos de una defensa. Por pura fuerza de voluntad, rechazó aquel diálogo hipnótico y se volvió al dormitorio.
Me obedecerás, dijo la voz.
–¡Es cosa de mi mente! ¡Es mi mente! – manifestó Pawel, pero de pronto la perspectiva de una conciencia escindida le pareció más amenazadora que el ataque de un monstruo exterior. El monstruo estaba dentro, era él mismo. Enfrentándose a él, gritó: «Una persona tan joven no puede elegir libremente. Sería expoliar. La respuesta es no.»
Con dedos temblorosos, prendió una cerilla y encendió la vela de vigilia frente al icono de Janusz Lewicki. Poco a poco, muy lentamente, el fuego, el paisaje blanco y la voz se desvanecieron.
–Salvador del mundo -exclamó-, ¡ayúdame!
Queda en paz, mi pequeño, dijo una voz sin rastro de coerción. Era necesario que experimentaras algo así. Aprende a reconocer esa voz y no vuelvas a prestarle oídos. No converses con ella. El engañador desea zarandearte entre sus dientes. Ven a mí, acude siempre a mí y confía.
Miró la imagen de compasivo rostro, y en ella vio verdad y misericordia perfectamente mezcladas.
–El hombre al que busco está dentro de mí -dijo en voz alta.
Exhausto, rezó y luego se durmió.
Por la mañana, se despertó con el tableteo de las armas de fuego: se oía tan cerca que el tiroteo debía de ser estar produciéndose a muy pocas calles de distancia. Se quedó un rato en la cama, escuchando aquel ruido con los ojos cerrados. Cuando cesó por completo, se sumió superficialmente en el sueño del que había sido sacado, intentando captar los detalles antes de que se desvaneciera por completo.
Un paisaje entre dos luces, lleno de presentimientos, de terror. Él estaba muy cerca de un incendio incontenible que devoraba un sinnúmero de pequeñas aves blancas que se debatían por huir del alcance de las llamas. El humo y el calor las aturdían, de modo que ninguna podía escapar. Él metía las manos entre las llamas para proteger a los pájaros y abrirles una vía de escape. Con los brazos en carne viva, los encaminaba hacia lo alto, fuera de las tinieblas del mundo, hacia un horizonte lejano, en que el borde circular del planeta se recortaba contra el incipiente amanecer.
Turbado por aquel sueño, y al mismo tiempo impulsado por el mismo sin razón aparente, se levantó pesadamente, con renovada preocupación por su desordenada psique. Entró dando tumbos en la cocina para preparar el té de la mañana. David bajó del desván al cabo de poco.
–Ah, pan Tarkowski, si le digo lo que he soñado… – dijo.
–¿Qué has soñado? – le preguntó Pawel distraídamente.
–He soñado que los alemanes irrumpían en el edificio. Yo estaba escondido en el desván y usted me salvaba de ellos.
–Ah, está bien -bostezó Pawel.
–Le habían prendido fuego a la casa, y usted había escapado. Pero volvía y se abría paso entre las llamas para rescatarme.
–Fuego -dijo Pawel, despertando por completo.
–Usted era un goel para mí.
–¿Qué es un goel?
–Un rescatador. Es una palabra hebrea que designa a la persona que paga un rescate o una deuda por otro
–¿Y qué pasaba después?
–Nos íbamos los dos a las montañas, donde no pudieran encontrarnos. Y cuando subíamos a la montaña más alta venían dos ángeles a saludarnos. Eran ángeles del Señor. Sus ojos, que eran como el cristal, emanaban luz. Uno de los ángeles lo llevaba al interior de un palacio, sobre el que había una espada y una corona. El otro ángel me conducía a mí a un palacio sobre el que había una hogaza de pan, un cuervo y otra corona. ¿Qué puede significar?
–¿Has dicho un cuervo?
–Un cuervo, sí.
–¿Sueñas a menudo este tipo de cosas?
–Muy raras veces. Solo cuando el Señor quiere ayudarme a ver cosas ocultas.
–¿El sueño ha acabado ahí?
–No. Mi ángel lo ha señalado a usted, diciendo: Ya que este hombre se ha negado a sí mismo, subirá más alto. A él se le ha asignado ese palacio y a ti este otro. Ambas moradas se comunican, y gozarán de grandes honores en la Jerusalén celestial.
Pawel miró por la ventana.
–No le ha gustado mi sueño -dijo David nervioso-. ¿Le parece una blasfemia encontrar a un judío en el Paraíso?
–No. Yo creo que todo aquél que ama a Dios de verdad, que le obedece y que cree de acuerdo con su conciencia no puede ir a otro sitio más que a ese. Dime tú, ¿te parece a ti una blasfemia encontrar a un cristiano en el Paraíso?
–No estoy seguro. Después de todo, quizá no sean más que las imágenes sin sentido de un sueño.
–¿Sin sentido?
–Es muy confuso, necesito tiempo para pensar. Pero tengo la esperanza de que existan esos dos palacios.
–Yo también.
–Sus ojos tienen hoy una expresión única, pan Tarnowski. Veo en ellos tanto el dolor como la alegría.
–Sí, así es. Me da miedo el fuego. Pero me alegra la promesa de que ambos sobrevivamos. Te agradezco que me hayas contado tu sueño.
Los dos asintieron con la cabeza. – Me alegro de tenerte aquí -dijo Pawel-. Creo que sería mejor que dejaras de llamarme pan Tarnowski. – ¿Cómo quiere que le llame? – preguntó el muchacho.
– Llámame Pawel, por favor. – Gracias -dijo con calma-, Pawel. Dio media vuelta y se subió al desván sin añadir una palabra.
11 de febrero de 1943
Kahlia:
«Goel», me llama. Un rescatador. Sí, supongo que así es como debe de ver mi papel… obnubilado como está por mi superficial parecido con un héroe inmolado. Él no sabe lo que hay debajo de esa superficie, ni puede oír mi insistente pregunta: «Y a mí, ¿quién me rescata?»
Es de noche. Mi huésped duerme bajo el alero del tejado, oculto a nuestros enemigos. No debe caer en sus manos. Yo no podría soportar otra pérdida más.
¿Por qué no encontré el atrevimiento necesario para presentarme a ti aquella noche después de tu recital de piano? Tu manera de tocar me dijo más cosas de ti que si hubiéramos estado un año entero saliendo juntos. Cuando me sentí tan impresionado la primera vez que te vi, comprendí, como no lo había comprendido hasta entonces, que el amor anhela realizarse en otro ser. No me refiero simplemente a la unión de la carne, sino a algo más perentorio todavía, a la unión de un alma con otra alma. En cualquier caso, el amor solo puede existir como un don gratuito. Tú no me conocías, así que era imposible que esta cuestión llegara a plantearse entre nosotros. La oportunidad de darme tu amor no era más que una de las incontables puertas que se le abren a una persona como tú. Al final, el enemigo decidió por nosotros.
Si esta correspondencia fuera real, sin duda me considerarías un tonto. Pero me consuelo imaginando. Echaré esto al correo en el lugar habitual. Quizá llegue el momento en que un ángel entregue la caja del fondo del cajón de mi escritorio.
Pawel.
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