El Librero de Varsovia

Michael O'Brien · Capítulo 4 de 59

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El Librero de Varsovia

Capítulo 2

No es que Pawel Tarnowski fuese un hombre de una inteligencia excepcional, ni que estuviera especialmente dotado para destacar en nada, aunque eran muchos los que pensaban que era inteligente, dándolo por sentado tal vez por su temperamento reflexivo y taciturno, o por el simple hecho de ser librero. Su principal cualidad (aunque para él era más bien una maldición) era que tenía una sensibilidad especial para comprender las complicaciones de la vida. Por otro lado, Pawel vivía con el convencimiento de que su vida carecía de valor para los demás. Su madre y su padre lo habían querido tanto como habían podido, pero ya no estaban con él, y de sus dos hermanos mayores no puede decirse que se hubiesen desentendido de él, pero era una carga para ellos y siempre lo había sido. Eran mucho más arrojados y siempre culminaban con éxito cualquier empresa. Además, estaban casados. Él no. Eran de carácter fuerte y decidido, mientras que él adolecía de una irremediable timidez, defecto que había de vencer todos los días y solo después de mucho esfuerzo. Pero no siempre había sido así.

Su primer recuerdo era el de la nieve, la nieve cayendo del cielo sobre Varsovia ante sus ojos atónitos mientras reía con la boca abierta.

Tenía dos años, quizá tres. Alzaba los brazos por encima de la cabeza, como invocando aquella efusión de los cielos.

Y así era. El incienso era algo que ascendía; la luz, en cambio, bajaba. Arriba la luz, abajo la oscuridad. Y cuando sucedía que era la oscuridad la que se instalaba arriba, de noche o en los días más tristes de invierno, entonces los ángeles enviaban la nieve como una señal. No lo olvides, Pawelek, parecían decirle. Estamos aquí. Te damos estas estrellas como mensajeras.

Y sucedió que papá tuvo que marcharse y aquella ausencia duró muchos, muchos años. Mamá recibía a veces la visita de algunos sacerdotes y de otra gente importante. El tío Tadeusz también venía a verla de vez en cuando; le traía dinero y entonces mamá lloraba de gratitud.

Al principio, Pawel insistía en saber cuándo iba a volver papá, pero poco a poco se dio cuenta de que era mejor no seguir preguntando,

porque siempre que lo hacía, mamá se echaba a llorar. Era un llanto distinto, que nada tenía que ver con la gratitud.

Por eso se lo preguntó a sus hermanos. Bronek tenía ocho años, que eran muchos. Jan era mayor aún, tenía diez. Ellos sabían muchas cosas que Pawel ignoraba. A veces, Jan le decía:

–Volverá cuando los rusos le dejen ir. Y ahora deja de portarte como un niño pequeño.

Bronek le decía lo mismo, y subrayaba la frase dándole un buen puñetazo en el brazo para que no lo olvidara.

–Deja a mamá tranquila, idiota. ¿No ves que se pone triste cada vez que preguntas por papá?

No recibió ninguna carta de él, ningún mensaje, ni siquiera ningún pequeño regalo como los que siempre le daba antes de irse de viaje: el avión biplano de madera, todo rojo, con una hélice de metal a la que se le podía dar vueltas, la lupa para mirar la vida que corría en miniatura bajo las hojas húmedas de los Jardines Sajones, la canica de color azul con aquellas manchas que parecían las nebulosas de un planeta… Tal vez porque todas estas cosas se rompieron o se perdieron, lo cierto es que el rostro de papá se fue desvaneciendo en el recuerdo.

En verano, el tío Tadeusz compraba un billete de tren a cada uno. A veces, aunque no muchas, iban a la granja que sus primos tenían en Mazowiecki, en la parte menos montañosa del este de Varsovia. Pero lo que sí hacían siempre en agosto era pasar unos días al sur de los Montes Tatras, en la granja donde su abuelo había sido muy rico hacía tiempo, la misma donde ahora era muy pobre. El abuelo era viejo y tenía el pelo blanco; en pocas ocasiones se mostraba contento. Iba y venía con un montón de medallitas de santos que tintineaban debajo de su estrafalaria camisa de lino, aunque estuviese amontonando el heno o recogiendo el estiércol en el cobertizo de los gansos. Le gustaba que los niños le llamaran «JaJa», aunque solo Jan y Bronek se atrevían a hacerlo. Pawel sentía una gran admiración hacia el abuelo, pero no sabía cómo dirigirle la palabra: era tan grande y tan fuerte, unas veces cariñoso y otras temible, pero siempre imponente.

Babscia, la abuela, era tan mayor como el abuelo, aunque más dulce; siempre miraba con ternura a Pawel, y le sonreía. Olía a lavanda y a salvia, un aroma agridulce que era exclusivo de ella, nadie más

despedía aquel olor. Rezaba el rosario con Pawel todas las noches, mientras él se iba quedando dormido bajo la manta azul que tenía bordado su nombre, Pawelek, y también un corazón y una cruz. El viento entraba por la ventana y llegaba al pie de la cama, las cortinas se agitaban, los pájaros se llamaban unos a otros en la noche, y las estrellas, infinitas, brillaban igual que copos de nieve.

En aquella casa el sueño era profundo y dulce, aunque a veces Pawel se despertaba, en mitad de la oscuridad de la alcoba donde dormía él solo, un poco asustado por el canto monótono de las lechuzas en el bosque de cerezos y por las imágenes imborrables de los cuentos sobre los osos pardos que el abuelo había cazado en el bosque hacía mucho, cuando era joven. O sobre los lobos que perseguían a los niños en las ventiscas de nieve, en invierno. Pero aquellos pequeños miedos pasaban pronto y enseguida volvía a quedarse dormido.

A veces soñaba con papá. A veces incluso llegaba a recordarlo. Le quedaba, por ejemplo, el maravilloso recuerdo del día en que, hacía ya mucho, poco antes de que tuviese que partir para luchar en la guerra contra Rusia, vestido con uniforme de soldado y la insignia del águila bicéfala en el pecho, lo puso sobre su regazo. Papá lo abrazaba y le besaba las mejillas, y hasta le dio un caramelo de jengibre.

–Dziecko, mi pequeño -murmuraba papá-. Mój synu, hijo mío.

Y entonces, sin apartarse de Pawel, depositó en sus manos un paquetito envuelto en papel de color rojo.

–Es para ti, para ti -le susurró papá al oído, abrazándole con fuerza.

Pawel rompió el envoltorio lleno de ansiedad y descubrió una figurita de latón. Era un diminuto caballero matando un dragón. El niño empezó a jugar hasta que unas gotas de baba azucarada cayeron sobre ella; y entonces la besó, lo cual hizo reír a papá.

–¿Cuántos años tienes, hijo mío? – le preguntó papá. Pawel le enseñó los cinco dedos de la mano.

–Dooos.

–Muy bien, tienes dos años. Ahora tengo que marcharme, Pawel, para luchar como este valiente caballero. Si la batalla va bien, volveré cuando tengas… -y le mostró tres dedos.

Pero los tres dedos llegaron y pasaron, y luego fueron cuatro.

Pasaron con ellos los inviernos y los veranos, las hojas nuevas y las viejas, el hielo y el fuego.

Cuando tenía cinco años se escapó a los Jardines Sajones, él solo.

Ese día, mamá se encontraba en el mercado comprando verdura y pescado para la comida, y Jan y Bronek se quedaron cuidando de él.

Sus hermanos empezaron a darse empujones y a pelearse en el suelo del dormitorio. A Pawel le hacía gracia porque parecían dos ardillas persiguiéndose, como las que ha bía visto subiendo y bajando del muro que había detrás del establo, en Zakopane. Primero era uno el que acometía al otro, y luego al revés, así hasta que se agarraban, y entonces se liaban a puñetazos, con el rubio cabello desmelenado y las caras rojas de rabia, tirándose una y otra vez al suelo, dando golpes en los muebles, llorando entre tortas y bofetadas, gritando, correteando y persiguiéndose otra vez por toda la casa.

Pawel se cansó enseguida del espectáculo y se fue al salón, donde se puso a jugar en el suelo, junto a los rayos del sol de la mañana, con unos ángeles de papel de periódico que había recortado. Deseó que papá estuviese allí para poner orden, de modo que Jan y Bronek dejaran de pelearse, y, sin más, regresó al dormitorio a buscar la figurita del caballero y el dragón, que guardaba debajo de la almohada.

Después de sortear un puñetazo perdido de Bronek, corrió hasta la puerta de entrada y salió al descansillo de la escalera. Desde los otros pisos llegaban sonidos familiares de juegos y discusiones. El aire estaba saturado de olor a col hervida.

Empezó a bajar las escaleras, llegó hasta la puerta y salió a la calle.

Allí tropezó con dos vecinos del mismo edificio, un hombre y una mujer que discutían y gesticulaban con grandes aspavientos. Se detuvo a observarlos un rato, pero no tardó en perder el interés y decidió buscar un lugar más tranquilo donde poder jugar con sus ángeles. Guiándose por la intuición, más que por el recuerdo, el niño empezó a caminar en dirección norte cantando las letras de la calle -zielna-. Enseguida llegó a una avenida más grande -krolewska-, y giró a la derecha para avanzar

por ella, cantando también sus letras. Un poco más adelante, alcanzó los árboles y las extensiones de hierba de los Jardines Sajones.

Durante cuatro horas estuvo recorriendo sus senderos, cogiendo flores para mamá, o sentado bajo los castaños, contemplando los frutos verdes y erizados meciéndose al viento. Aún faltaba mucho para que maduraran y cayeran al suelo, pero tenía la esperanza de poder recogerlos pronto para llevarlos a Zakopane y hacer con ellos un gigantesco rosario. Le pediría al abuelo que le hiciera los agujeros en las castañas, y también un poco de cordel, para unirlas todas y así poder regalárselas al tío abuelo Nicholas por Navidad.

Sacó los ángeles del bolsillo y esperó a que una ráfaga de aire hiciera balancear y susurrar a los árboles para soltar los trozos de papel, que salieron volando hasta perderse sobre la ciudad. Luego se sentó a la sombra de un tilo con la figurita del caballero y el dragón en la mano, y empezó a hablar con el caballero y a pedirle que fuese muy, muy valiente. Pensó en papá y se puso a imaginar qué estarían diciéndose ahora el uno al otro, y a qué lugares irían juntos, y qué se sentía cuando estaba entre sus brazos. Se echó sobre la hierba y se quedó medio dormido, hasta que le despertaron unas moscas que le zumbaban en la cara. Se dio cuenta de que tenía los pantalones sucios y húmedos porque había rodado por la hierba hasta la tierra negra y mojada de un lecho de rosas.

Miró a su alrededor en busca del caballero y el dragón, pero no pudo encontrarlos. Tampoco pudo pensar más en ello, porque de pronto se vio sobresaltado por los sollozos de una mujer. Miró hacia arriba y vio a mamá dirigiéndose hacia él, dando grandes zancadas y seguida de Jan y Bronek, los dos con cara de circunstancias.

Una pequeña bofetada y un abrazo, lágrimas y una regañina, todo a la vez, porque mamá estaba enfadada y feliz al mismo tiempo, mientras le sacudía la suciedad de los pantalones y de la camisa. Jan y Bronek lo miraban todo sin moverse, preocupados por haber perdido a su hermano pequeño.

Como de costumbre, aquel mes de agosto fueron a Zakopane, en un verano de cielos claros y hermosos. Pawel se olvidó de recoger las

castañas, y por eso no pudo hacerle el rosario al tío abuelo Nicholas.

También olvidó dónde había perdido la figurita del caballero y el dragón. La echaba de menos porque le gustaba hablar con el caballero como si fuese papá, convencido de que en algún lugar del mundo, muy lejos hacia el este, papá oiría su voz. Pawel ya no pensaba tanto en él como antes, y el recuerdo de la figurita acabó desdibujándose también en la memoria.

En Zakopane jugaba en el desván con los soldaditos de plomo del abuelo y los adornos de Navidad, sobre todo con los ángeles de cristal que volaban hacia arriba y hacia abajo, desde el cielo a la tierra y al revés, dejando a su paso un polvo dorado que era como un mensaje.

Era tan feliz allí, en el desván, persiguiendo a los patos en el estanque o revolcándose en los prados y en los senderos de montaña que había detrás de la casa… Parecía que allí siempre lucía el sol, un sol más grande que el de Varsovia, rodeado de rayos blanquecinos y más altos que las agujas de los campanarios. Todo estaba bien, muy bien, con el aire oliendo a pino, la sangre en las mejillas, el zumbido de los insectos entre el heno, y la sensación de calor en las piernas mientras corría y saltaba por el camino de tierra que llevaba desde la granja y a través del bosque de abedules hasta el palacio donde había nacido el abuelo.

En una ocasión, solo por capricho y sin decir nada a nadie, llegó hasta allí solo y lo vio completamente cerrado. Sabía que lo tenía prohibido porque el abuelo decía que a los nuevos propietarios no les gustaban los intrusos, aunque por supuesto a ellos no les importaba para nada portarse como intrusos con el abuelo cuando se les antojaba, sin previo aviso, cuando llegaba el día de cobrar el alquiler y se presentaban en el viejo caserón donde ahora vivían el abuelo y Babscia.

A pesar de todo, Pawel quiso echar un vistazo al palacio, convencido de que no estaba haciendo nada malo, ya que, al fin y al cabo, todo aquello había sido de los abuelos en el pasado, y tal vez aún lo fuese, porque los caballos jamás olvidaban a las personas que habían vivido con ellos. El propietario y su familia estaban fuera ese día, y los criados del palacio parecían haberse vuelto invisibles también. Bronek le había dicho que no eran seres reales, que podían aparecer y desaparecer a su antojo, porque habían sido creados de la nada a partir de un conjuro secreto y mágico que solo conocía el nuevo propietario. Por eso no había nadie

para impedir que Pawel se asomara de puntillas a una de las ventanas, pero no vio recuerdos ni cosas mágicas al otro lado del cristal. Pese a todo, se quedó fascinado por el modo en que la luz se derramaba hacia el interior de la casa desde los grandes ventanales, reflejándose en las arañas de cristal del techo y en las cornamentas de ciervo que colgaban de la pared. Se detuvo un momento a contemplar una alfombra de piel de oso con una enorme boca abierta, pero al ver que el animal no estaba vivo sonrió y regresó a casa, dando brincos por el camino.

La vida era un juego, sí, todo consistía en jugar. Hasta las cenas con el abuelo y Babscia eran una especie de juego. Por mucho que mamá le hubiese dicho que tenía que ser lo más educado posible con ellos, sabía perfectamente que en aquella casa nadie lo iba a regañar por meterse un trozo de salchicha ardiendo en la boca, haciendo muecas y goteando baba mientras todos se reían, y que podía beber todos los vasos que quisiera de zumo de limones y naranjas españolas con agua de soda, un lujo del que el abuelo no podía prescindir porque en el pasado había sido rico aunque ahora fuera pobre.

–¿Qué hay de malo en ser un arrendatario? – quiso saber Pawel un día, interrumpiendo una conversación en tono de preocupación entre Babscia y mamá.

–No tiene nada de malo -le explicó mamá con calma-; es algo menos que ser conde.

–Pero será mejor que no digas esa palabra delante de tu abuelo -

añadió Babscia.

–¿Es que no le gusta, Babscia?

–Lo pone triste, Pawelek.

Cada año pasaba lo mismo. El verano era siempre demasiado corto.

Justo acababan de llegar y ya tocaba coger el tren para volver a Varsovia, al gris edificio de pisos de la calle Zielna, a las lluvias de otoño, a los árboles despidiéndose de sus hojas, a las marcas de vaho que dejaba en el cristal de la ventana de la cocina mientras miraba el muro detrás del cual vivían los judíos. A los días interminables que pasaba hojeando los libros de imágenes que le prestaba el tío Tadeusz, mientras Bronek y Jan estaban en la escuela, porque eran mayores y siempre lo serían. A los gatos del callejón que engordaban y luego adelgazaban para volver a engordar otra vez. Al hielo

resquebrajándose sobre las aguas del Vístula, al río congelándose de nuevo. A las campanas anunciando la Navidad, la Pascua, la misa del domingo, las oraciones de la mañana, las de la tarde, las muertes, los nacimientos. Y mientras pasaba todo esto, él se iba impregnando del silencio a través del cual seguían cayendo los mensajes, lo mismo que la nieve, que el polvo, que las semillas desde los jardines invisibles del cielo.

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