El Librero de Varsovia
Andréi
¿También la conocéis? Decidme dónde, dónde está aquella a quien mi corazón busca.
NIKON [con ternura] Ella está aquí.
DANIIL
¡Padre Nikon! ¡Pero qué bufonada es ésta! Este mendigo delira.
Solo habla de pájaros y encima tú le animas.
Vayamos a los hechos, porque la verdad es que nos hemos quedado sin pan y este hombre está enfermo. ¿Qué dirán los hermanos? Suéltalo ya o te contagiará alguna terrible enfermedad.
ANDRÉI
Me temo que soy un problema, padre. Dejadme pagaros de alguna manera. Hace ya tiempo fui pintor; quizá podría decorar alguna de vuestras estancias.
Creedme, soy capaz de pintar una alondra que os maravillaría.
DANIIL
¡Mira! ¡Qué humildad!
ANDRÉI
Sé distinguir los colores del arco iris si me proporcionáis la pintura.
En invierno tendríais en vuestras paredes la vista de unos árboles con rojos y dorados que os alegrarían el corazón.
NIKON
¿Dices que pintas?
ANDRÉI
Ya no. Hace tiempo, mucho tiempo.
NIKON
Pero no los sagrados iconos.
ANDRÉI
No. No soy un santo.
NIKON
Respondes bien, pero eso el tiempo lo dirá. Tengo mucho que enseñarte.
DANIIL
¿Qué? ¿Enseñar a este necio? No puedo creer lo que estoy oyendo.
¡Es como echar margaritas a los cerdos!
Nos robará el pan y se beberá de un trago el vino del sacrificio.
NIKON
Lo estás juzgando mal.
DANIIL
Solo soy un novicio, pero no voy a compartir mi sitio con un campesino tan extraño.
NIKON
Todos somos extraños campesinos ante Dios.
Eres el mejor dotado de mis novicios, Daniil.
Pero te lo advierto, el orgullo ha podrido mayores dones de los que tú tienes.
Este hombre no busca gloria alguna.
Ya ha aprendido la lección más importante. Estúdiale bien.
Daniil sacude la cabeza y pone los ojos en blanco.
CORO DE MONJES [cantando de fondo]
Hay un icono en el mundo
que llora amargamente por el ser alejado de la luz; es un fuego en nuestra oscuridad, nuestro espacio interior, el que pronuncia una palabra de amor, de gracia.
¿Qué seno dará a luz esta palabra?
¿Habrá en el mundo algún alma que desperdicie su vida por Dios y que hable de Luz?
La misma Luz que está naciendo siempre en el alma que espera.
Otros habrá que en los muros de las cavernas
verán parpadear el ojo que no ve
con pinturas hechas por el mismo Lucifer
en apariencias de luz, desvíos de la forma esencial.
Un remedo de vida
en su templo, que no es más que un montón de tumbas, las de mil millones de iconos que han quedado sin nacer.
Pero aquel que siga la mirada interior
y acepte la búsqueda, la pena, el sufrimiento,
seguirá por los caminos más profundos del corazón
y sus defensores le ayudarán
mientras el hombre condena aquello que aborrece.
Despojad a este mendigo de sus harapos,
llevadlo hasta el monte de la calavera,
preparadle los pigmentos de su voluntad,
dejad todas las cosas por el pan y el vino,
en un estómago vacío, en la cabaña de un peregrino.
Mostradle a los padres que sollozan en secreto bajo los árboles, a los profetas en sus cuevas clamando por el simple batir del ala de un cuervo,
por tener pan en la boca y miel en la lengua
por oír a unos niños cantando una dulce canción.
Mostradle, sí, mostradle la colmena rota
y solo entonces quizá sepa
que está vivo, sí, muy vivo.
Mostradle la Verdad, mostradle el fuego,
ayudadle a descifrar los engaños del Mentiroso.
Y cuando llegue el día en que se vea sangrando
a un lado del camino
despojado de toda su belleza y con su cuerpo clavado en un árbol como adorno,
decidle que esa misma mañana despertará para ser libre.
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